viernes, 31 de enero de 2014

Capítulo 7 y 8: "Pasión en el siglo XIX"



Holaa les dejo doble capi, porque las quiero y tambien porque son cortos jajaj, espero que les guste y ya saben si tienen noves o adaptaciones pablalis pasenme los links quiero leer hay muy poco hoy en dia, besotes

CAPITULO 7
En el club de caballeros más exclusivo de Charleston, un grupo de jóvenes hacendados comentaban la noticia que desde hacía días estaba en boca de todos: la beldad del condado, Mariana Du Maurier, había sido sorprendida en una actitud bastante comprometida con Pablo Robilard. Él debería casarse con ella, pero no mostraba intención de reparar el daño ocasionado.
–No es un caballero –dijo Gaston Colbert, uno de los múltiples pretendientes de Mariana–. A estas alturas yo ya habría comunicado el matrimonio y me sentiría, además, el hombre más afortunado de toda Carolina del Sur.
–Es la primera vez que esta norma de moralidad me parece injusta. Nuestra hermosa Mariana casada con ese renegado que pasó los dos últimos años viviendo en el norte, contaminándose con las ideas yanquis. Además, ¿alguien piensa que realmente ocurrió algo dentro de ese carruaje? –comentó Jason O’Linney.
–Por supuesto que no –dijo Robert Cardington y el grupo de hombres que había a su alrededor asentía dándole la razón–. Mariana acababa de tener un accidente y solo el más ruin de los hombres aprovecharía una situación así. ¿Por qué ella debe casarse con Robilard cuando es tan perfectamente intachable como lo era antes del accidente?
–Oh, vamos, Robert… ¿Te casarías tú con ella? Por mucho que te guste, no lo harías, porque en el fondo de tu corazón, y aún creyendo que entre ellos no ocurrió nada, siempre te quedaría una pequeña duda, de modo que no te casarías con ella. Además está el qué dirán. Nadie en Charleston es tan fuerte como para pasar las habladurías por alto.
Los hombres callaron unos instantes. Todos ellos pensaron que las últimas palabras de Peter Dobston era muy ciertas. Seguramente Mariana seguía siendo la misma muchachita inocente y virginal de siempre, pero su reputación ya estaba dañada, eso no había forma de cambiarlo.
–Pero es muy injusto para nuestra hermosa Mariana. Si al menos hubiese sido otro hombre el que la hubiese comprometido. Uno de nosotros, por ejemplo –aseguró Gaston Colbert y todos estuvieron de acuerdo con él.
En la hacienda de los Deveril un grupo de jóvenes damas tomaban el té en la terraza que daba al jardín de gladiolos. Estaban hablando de Mariana Du Maurier. Se regocijaban de felicidad sólo de imaginarse lo mucho que la muchacha estaba sufriendo. La detestaban porque nunca había hecho ni el más mínimo esfuerzo para ser amiga de ellas y, además, traía de cabeza a todos los jóvenes del condado.
–Se lo merece –sentenció Mary Elizabeth Robertson–, por ser tan descocada. ¿A quién se le ocurre bailar todas las piezas de una fiesta con hombres diferentes y comer rodeada de casi cuarenta caballeros? Esto se veía venir. Ninguna joven decente haría jamás algo parecido.
–Sí, se lo merece –afirmó Suellen Gibbson, que no le perdonaba que el rubio de los Du Bois, el joven al que ella amaba en silencio desde niña, no tuviera ojos nada más que para Mariana.
La única que no parecía contenta era Rocio Deveril. Sí se alegraba de la desgracia de Mariana , pero pensaba que incluso en la desgracia, tenía suerte. Pablo Robilard debía casarse con ella. ¡Pablo Robilard! Y pensar que Rocio se derretía por él. Imaginarlo en brazos de Mariana la hacía tener una sensación cercana al vómito.
–Ojalá el señor Robilard se niegue a casarse con ella –dijo antes de poder refrenar su venenosa lengua. El resto de las damas que la acompañaban se quedaron perplejas. Todas tenían a Rocio en alta estima, la consideraban prudente y buena porque Rocio sabía refrenar muy bien su lengua y su carácter. Pero aquellas palabras les parecieron de una crueldad intolerable. A pesar de todo, ninguna de ellas le deseaba a Mariana que Pablo Robilard no cumpliese con su obligación. Esa deshonra era demasiado horrible como para deseársela a ninguna mujer. Se revolvieron incómodas en sus sillas y pensaron qué podía tener Rocio en contra de Mariana para desearle algo como eso.


CAPITULO 8
–Oh, vamos Pablo, no exageres –la que estaba hablando era Soledad Robilard, su hermana pequeña. La joven no podía levantarse de la cama desde hacía meses. Nadie sabía muy bien qué le ocurría, ningún doctor supo explicar el motivo de que las piernas no pudieran sostenerla. Solo un médico de Atlanta se atrevió a ponerle un nombre: “Nervios”, les dijo, y eso fue todo lo que sacaron en limpio tras decenas de estudios y consultas con los mejores doctores del sur.
–Sole, querida, cómo se nota que no la conoces –dijo Pablo tratando de obviar las ganas de fumar, pues en el cuarto de su hermana estaba terminantemente prohibido hacerlo–. Ella no es como tú y como yo. No tiene nada en la cabeza, querida mía. Es coqueta, insensible, superficial y –bajó repentinamente el tono de voz– muy, muy ignorante. Más ignorante que las damas sureñas que conocemos, así que podrás imaginarte con qué espécimen voy a casarme.
–A veces me cuesta comprender cómo puedes ser tan cruel. Eres mi hermano y te quiero, pero imagino que a la mayoría de la gente debes de resultarle absolutamente insoportable con esos aires de superioridad. Crees saberlo todo y, lo que es peor, hermanito, crees que la persona que tienes en frente es siempre un redomada idiota–Sole lo miraba con ojos cansados y su piel se veía pálida y enfermiza. Había sido una muchacha bonita, pero tanto encierro la estaba marchitando.
–¿No te apetecería salir al jardín, Sole? Te vendría muy bien un poco de aire fresco –trató de convencerla Pablo.
–Oh, no, no… No cambies de tema. Este me resulta tremendamente divertido y bien sabes que no tengo demasiadas diversiones –su hermano la miraba con el ceño fruncido–. ¿Nunca te has preguntado por qué te resulta tan odiosa la señorita Du Maurier? Quiero decir… ¿No es extraño ese odio tan visceral? Recuerdo bien que cuando la conociste en su hacienda te despertó cierta admiración tanto por su físico como por su brioso carácter…
–Vaya, querida hermanita, ¿tan aburrida te encuentras que necesitas inventarte historias sobre y mí y la señorita Du Maurier? –a Pablo no le estaba gustando aquella broma de su hermana. Se encontraba verdaderamente fastidiado por aquel matrimonio impuesto.
–No invento nada, Pablo –respondió ella, alisando con su delicada mano la puntilla de la sábana de su cama–. Yo estaba allí, ¿recuerdas? Aún podía caminar –el gesto de Soledad se ensombreció unos segundos, pero el carácter fuerte de ella impidió que esa tristeza permaneciese mucho tiempo tiñendo su rostro–. Estaba allí y pude ver cómo la mirabas. Te encantó que te prestase atención y su carácter pizpireto te gustó más aún, no lo niegues… Pero después dejó de hacerte caso para volcar toda su atención en aquel otro joven, creo que se apellidaba Colbert, y eso es algo que tu vanidad no pudo soportar… –las palabras de Soledad pusieron de mal humor a Pablo. No era así como él recordaba el primer encuentro con Mariana Du Maurier. Nadie podía negar que le había parecido bonita, por supuesto, pero ya desde el primer instante había sentido cierto aborrecimiento por su carácter. No sabía de dónde sacaba Soledad aquellas fantasías, pero le resultaban de lo más molestas a Pablo.
–Vaya, qué tarde se me ha hecho. Me había olvidado de que tenía un compromiso –dijo a modo de excusa para escabullirse de la habitación. Quería demasiado a su hermana para ser grosero con ella y si permanecía durante más tiempo en el cuarto y Sole seguía provocándolo con sus comentarios sobre Mariana , terminaría diciéndole algo inadecuado. Al abrir la puerta del cuarto, PAblo se tropezó con su padre, que iba a entrar a ver a su hija. Emitió una breve disculpa y desapareció.
–¿Qué le ocurre a tu hermano, que escapa de aquí como si hubiese fuego? –le preguntó Francisco Robilard a su hija, mientras le acariciaba el cabello con ternura.
–Papá, ¿no crees que el carácter de Pablo es lo suficientemente duro e inflexible como para que nadie pueda obligarlo a hacer algo que verdaderamente no quiera hacer? –quiso saber Soledad, sin hacer caso a lo que su padre le había preguntado segundos antes. El anciano se encogió de hombros.
–Yo sólo sé, querida, que un matrimonio que se lleva a cabo a raíz de un escándalo tendrá siempre el escándalo rondándolo –dijo el anciano. Parecía preocupado–. Pero un hombre tiene que hacer lo que debe hacer y tu hermano está actuando tal y como exige el código de honor.

jueves, 30 de enero de 2014

Capítulo 5 y 6: "Pasión en el siglo XIX"



Holaaa chicas a pedido de ustedes hoy va capi doble, besos que lo disfruten

CAPITULO 5:
–Me duele horriblemente el pie –dijo la joven con un hilo de voz.
–Debo ir a casa a pedir ayuda. Está a pocos minutos. Volveré enseguida –le dijo.
–¡No me dejes sola! Que vaya Jills –Génesis no hubiera querido decirle lo de Jills para no asustarla, pero tenía que hacerlo.
–Jills está muerto, señorita, y si no voy a pedir ayuda, podemos pasarnos aquí horas y horas.
–Dios mío, Génesis, no quiero quedarme sola con un muerto –dijo aterrorizada, pero sabía que no había otra solución, así que respiró hondo y trató de controlarse–, pero no hay otra opción, ¿verdad? De acuerdo, vete.
Pablo Robilard iba en su carruaje camino de Las Magnolias. Era demasiado tarde para ir a su casa en la ciudad y Victorio lo había invitado a pasar la noche en su hacienda. Otros cuatro jóvenes dormirían en Las Magnolias también para evitar tener que regresar a la ciudad a esas horas de la noche. No estaría a más de diez minutos de la hacienda cuando oyó el galope desatado de unos caballos. Se asomó por el ventanuco y le preguntó a su cochero: “¿Qué ocurre, Evangelista?”. “Me pareció ver a los caballos blancos del carruaje de la señorita Mariana, señor Robilard. Iban a galope”. Pablo se preocupó y le ordenó a su cochero ir más rápido. Unos minutos más tarde, el cochero frenaba en seco y Pablo descendía del carruaje para comprobar que otro carruaje había volcado a un lado del camino. Tropezó con el cuerpo de Jills y al tomarle el pulso se dio cuenta de que estaba muerto. Oyó una voz débil pidiendo ayuda. Mariana lo había escuchado llegar. Pablo saltó sobre el carruaje volcado y a través de la puerta metió medio cuerpo. La oscuridad era tal que no vio a nadie. Palpó hasta dar con Mariana.
–¿Está bien? –le preguntó. La joven reconoció la voz masculina y se quejó en silencio de su mala suerte. De todos los hombres del mundo, tenía que ser precisamente aquel altanero quien la encontrase en semejantes circunstancias.
–Sí, pero me duele mucho un tobillo –explicó de mala gana.
–¿No la acompañaban Génesis y su hermano? –quiso saber él. Le extrañaba que la muchacha estuviese allí sola, teniendo en cuenta que cuando los vio salir del baile iban todos juntos.
–Sí –musitó la joven–, pero Vico nos dejó hace unos minutos para ir a ver a una de sus amiguitas –en ese instante Mariana comprendió su indiscreción y su voz tuvo una pequeña inflexión, pero trató de recomponerse; la oscuridad le impidió ver la sonrisa en los labios de Pablo– y Génesis ha ido a pedir ayuda. Jills está… –no fue capaz de terminar la frase.
–Lo sé –dijo él–. Rodéeme el cuello con los brazos –ella obedeció y Pablo pudo sacarla agarrándola del talle. Las manos del hombre estaban tan cerca de sus senos que ella contuvo la respiración. La llevó en brazos hasta su propio carruaje, en parte porque había perdido las chinelas y estaba descalza y en parte porque pensaba que podía haberse torcido un tobillo. La depositó con sumo cuidado en el asiento. “Ya pasó todo. Llegaremos pronto a casa”, le dijo con su distante voz varonil. Si hubiese sido cualquier otro hombre, ella se habría desahogado llorando, pero Pablo Robilard ni siquiera cambiaba su expresión ceñuda en una situación como aquella y Mariana no podía mostrarse débil ante un hombre así. Se acurrucó en el asiento como un gatito asustado. En algún lugar de su cerebro se dijo que aquello era incorrecto: ir a solas con un caballero en el interior de un carruaje cerrado, por la noche y sin carabina, pero estaba demasiado asustada y dolorida como para pensar en lo conveniente o inconveniente de la situación. Además, ¿quién, excepto su familia, iba a saber que él la había llevado a casa y había estado unos minutos a solas con ella dentro de un carruaje?
Cuando llegaron a Las Magnolias, el padre de Mariana y varios de los jóvenes que iban a pasar la noche en la hacienda estaban ya montados a caballo y listos para salir a buscarla, pues Génesis los había avisado. Al ver a Pablo Robilard sacando en brazos a Mariana del interior del carruaje, se quedaron estupefactos. ¿Cómo se había atrevido a ser tan descortés y poco caballeroso como para estar a solas con ella en un sitio cerrado? Acababa de meter a la muchacha en un terrible problema. Acababa de destrozar completamente su reputación y si no reparaba el daño hecho, la sociedad de Charleston al completo le daría la espalda a Mariana Du Maurier.
El padre de Mariana bajó del caballo, apretó los puños con fuerza y si no hubiera sido porque el matrimonio con ese hombre era la única oportunidad de Mariana para no caer en la más ignominiosa deshonra, hubiese matado allí mismo y sin miramientos a Pablo Robilard.

CAPÍTULO 6
Gimena Du Maurier, la madre de Mariana , retorcía entre sus delicadas manos un hermoso pañuelo blanco ribeteado de puntillas y con sus iniciales bordadas en hilo de plata.
–Dios mío, querido –le dijo a su marido–, si el señor Robilard sigue negándose a casarse con Mariana , ¿qué será de nosotros?
–No te preocupes, querida. Victorio está hablando con él y lo convencerá. Son amigos desde hace años. Nosotros lo hemos recibido mil veces en esta casa con la mayor cortesía de la que éramos capaces. Al fin y al cabo, es un caballero del sur. Hará lo que debe hacer –el señor Du Maurier decía esto para tranquilizar a su esposa, pero en realidad no estaba seguro de que aquel renegado de Pablo Robilard hiciese lo correcto. ¡Dios Santo! ¿Qué sería de ellos si caían en semejante deshonra?
Porotro lado...
–No me casaré, Vico, y lo sabes. ¡Por todos los demonios! No le he hecho nada a tu hermana. En lo que a mí respecta, está tan intacta como el día que vino a este mundo. ¡Y no me casaré por una estúpida norma social!
–Siento escuchar eso, Pablo. Tendremos que hablar con tu familia, entonces. A ver si ellos te hacen entrar en razón. Has deshonrado a mi hermana y debes reparar el daño hecho –dijo Victorio Du Maurier, que se sentía culpable por no haber acompañado a su hermana aquella noche hasta casa. Tenía una cita con una viuda muy complaciente. Si él hubiese estado con Mariana nada de aquello habría ocurrido.
–Diablos, Vico, no puedes estar hablando en serio. Yo no he deshonrado a nadie. La situación era dramática: el cochero muerto y tu hermana herida en un carruaje volcado. ¿Qué hubieras hecho tú si te encuentras a una joven en semejantes circunstancias? ¿La dejarías allí tirada esperando que alguien, en una situación menos comprometida, la rescatase? ¿A quién, en su sano juicio, se le ocurriría pensar que yo abusaría de una joven que acaba de tener un accidente? –dijo Pablo tratando de convencer a su amigo.
–Yo te entiendo, amigo mío, pero es de mi hermana de quien estamos hablando, y de su reputación. De la reputación de toda la familia, en realidad. Nadie querrá casarse con Mariana después de esto. Nadie la invitará a ninguna parte. Acabará encerrada el resto de su vida en esta hacienda o en un convento. Y nosotros, su familia, también estaremos en boca de todos. ¿Te parece justo?
–¡Tampoco es justo que yo me case con una mujer que no me gusta lo más mínimo sólo porque esta sociedad nuestra es de miras estrechas! –exclamó Pablo Robilard.
–De acuerdo. Deberé retarte a un duelo entonces –le dijo Victorio Du Maurier.
–¿Pero qué dices, Victorio? ¿Estás loco? –Pablo estaba verdaderamente asombrado por el camino que estaban tomando los acontecimientos.
–No estoy loco. Es el procedimiento habitual en estos casos. Y llevarás sobre tu conciencia la deshonra de mi hermana y la muerte de tu mejor amigo, pues ambos sabemos que a pesar de que yo he estado estos últimos años en West Point, tú me aventajas con creces cuando de armas se trata.
Pablo Robilard se sintió atrapado. De todas las malditas mujeres estúpidas que había en el sur, a él le había tocado comprometer a la más estúpida de todas ellas y, para colmo, era la hermana de su mejor amigo.

martes, 28 de enero de 2014

Capítulo 4: "Pasion en el siglo XIX"



CAPÏTULO 4:

 El joven frunció el ceño. Su presencia imponía respeto y tenía la rara cualidad de hacer que todo el mundo a su alrededor se sintiese empequeñecido. “Detesto bailar, Vico, y lo sabes”, pero Victorio ya se alejaba de la pareja. “Si no quiere bailar, por mí, encantada”, le dijo secamente Mariana, pero la música ya estaba sonando y se encontraban en el medio de la pista, así que Pablo Robilard la tomó del talle con mano firme y empezó a dar vueltas con ella por el salón. Él miraba al frente; como era alto, en realidad miraba por encima de la cabeza de Mariana, que mantenía la mirada fija en la corbata del joven. Para no gustarle bailar, pensó ella, lo hacía de maravilla. Si ella hubiese mirado a su alrededor, hubiese visto el odio en los ojos de Rocio Deveril, la hija del anfitrión de la fiesta. Rocio estaba enamorada de Pablo Robilard y nadie parecía darse cuenta, excepto el propio Pablo, a quien no le llamaba la atención Rocio en absoluto, pero sí la consideraba mejor que el resto de jóvenes del condado. Quizás fuese igual de boba, pero como era discreta, lo disimulada mucho mejor.
El vals le pareció terriblemente largo a Mariana, tal vez porque deseaba que se terminara de una vez. Cuando la música cesó, ella se soltó de su mano, hizo una reverencia descuidada y sin mirarlo siquiera, se alejó. Hasta ese instante no se había dado cuenta de la calidez de la mano de él sobre la suya, pues al separarse su propia mano se quedó helada. Pablo inclinó la cabeza también con desgana, dio media vuelta y salió del salón de baile. Se había sentido incómoda con él. Le molestó también sentir su mano sobre su talle. Minutos después de que el vals hubiese terminado, ella aún sentía un molesto hormigueo en la zona baja de la espalda, donde la mano de Pablo había estado apoyada.
Casi a medianoche su padre se acercó a ella y le dijo que se iban a casa porque su madre estaba indispuesta. Ella podía marcharse después, en el segundo carruaje, con Génesis. Además, Victorio también se quedaba en la fiesta, de modo que tenía alguien que la vigilaba. Mariana se quedó hasta el final. Bailó hasta el último vals y sólo se preocupó de sus pies destrozados cuando se subió al carruaje, camino de Las Magnolias.
Apenas faltaban un par de curvas para llegar a Las Magnolias y su hermano, que iba a caballo al lado del carruaje, le dijo que desde allí ya nada malo podía pasarle, así que él no iba a casa aún. “Irá a frecuentar a alguna mujerzuela”, pensó Mariana, pero en vez de decir nada, simplemente le sonrió. Victorio se alejó al trote y pronto lo perdieron de vista. La joven siguió hablando con Génesis sobre el baile y sobre sus pretendientes.
–¿Pero no le gusta ninguno, señorita? –le preguntó la esclava.
–Bueno, Gaston Colbert es agradable y muy rico. Tiene una estupenda planta a caballo y es todo lo que un caballero del sur debe ser. Pero no sueño con él, ni pienso en él cuando estoy a solas, ni tiemblo cuando me toma del talle para bailar –explicó Mariana. Génesis elevó las cejas en señal de resignación.
–Debería elegir al que vaya a hacerla más feliz. Debe ser dócil para poder manejarlo, pero no tan dócil como para parecer estúpido. Muy rico. Y debe amarla con locura.
–¡Ay, Génesis! Todos creen amarme con locura tras verme unas pocas horas en algunos bailes y fiestas, aquí y allá, sólo porque soy bonita y sé jugar un poco al coqueteo. Pero no creo que ninguno me ame de verdad, aunque todos ellos estarían dispuestos a casarse conmigo, sin titubear, mañana mismo.
La morena se rió y Mariana se unió a esta risa. Fue entonces cuando sintieron el bandeo del carruaje. Los caballos iban al galope, como locos, y el carruaje saltaba con cada piedra que tropezaba en el camino. “¿Qué ocurre?”, preguntó Mariana. Génesis trató de asomarse por el ventanuco, pero como no pudo por los bandeos que las lanzaban de un lado al otro del carruaje, le gritó al cochero.
–¡Jills, Jills, detén ahora mismo a los caballos! –no notaba ningún cambio. Se abrazó a Mariana y volvió a gritar– ¡Jills!
Lo siguiente que supo Génesis es que estaban dentro del carruaje, que este había volcado y que debían de haberse desmayado durante un buen rato. Zarandeó a Mariana, pero esta no despertaba. Pegó su oído al pecho de la joven y se tranquilizó al comprobar que respiraba. Salió del carruaje trepando, pues al volcar, la puerta quedó sobre su cabeza. Una vez fuera llamó a Jills y nadie contestó. Lo vio tendido en el suelo y aterrorizada comprobó que estaba frío y que no respiraba. “¡Jills, por dios!”, gritó en vano. Se dio cuenta también de que los caballos se habían desenganchado y habían huido. Trepó nuevamente a la puerta del carruaje y sin entrar llamó a Mariana. La joven balbuceó algo.
–¿Está bien, señorita Mariana? –se notaba el nerviosismo en sus palabras.

lunes, 27 de enero de 2014

Capítulo 3: Pasion en el siglo XIX"



Holaa les traigo un nuevo capi, espero que les guste y lo disfruten esto apenas empieza jaja, besos

CAPITULO 3:

Las jóvenes que habían asistido a la fiesta se preparaban para dormir la siesta. Habían traído a sus criadas, que ahora se afanaban en quitarles los vestidos de la mañana para que pudieran descansar, aunque no era fácil dormirse con el corsé oprimiéndolas. Génesis, la esclava de Mariana, era una negrita hermosa de unos catorce años y ojos verde claro. Los Du Maurier se la habían comprado a los O’Malley hacía ya muchos años. Génesis no tendría más de cuatro, pero ya se parecía demasiado al dueño de la hacienda y la mujer de éste no quería tener cerca al recordatorio de los escarceos de su marido en los barracones de las esclavas. La madre de Génesis le había confiado a su hija que su padre era el amo. Poco después su madre había desaparecido sin dejar rastro y la niña fue vendida a los Du Maurier.
La relación de Génesis y Mariana era muy especial. Cada una conocía los secretos de la otra y se protegían mutuamente con una lealtad inquebrantable. Mariana sabía con seguridad que Génesis era la hija de Albert O’Malley, el patrón de la plantación algodonera más grande de Carolina del Sur y eso hacía que mirase a la esclava casi como a una igual. Una igual que había tenido la desgracia de nacer negra en una época y un lugar donde los negros no gozaban de ningún derecho. Mariana mantenía estos pensamientos en el más estricto secreto, pues sabía que era escandaloso para sus vecinos hacendados, pero la verdad es que consideraba que Génesis era infinitamente superior al resto de muchachas con las que se supone que debía trabar amistad y tener mil cosas en común. Ya quisieran esas bobas de Rocio Deveril, Daniela Dolbert, Mery O’Riordan o Paula-Sue McBein ser la mitad de hermosas y elegantes que Génesis. Su esclava era su única amiga. Nunca se había llevado demasiado bien con las hijas del resto de los hacendados. Hablaba con ellas y pasaban el rato juntas en las fiestas, pero Mariana no iba a visitarlas a sus casas ni ellas venían a Las Magnolias a ver a la joven Du Maurier. A ella le bastaba con Génesis. Además, sabía que las demás jóvenes la criticaban debido a que tenía más pretendientes que ninguna. En ese instante, por ejemplo, sentía los ojos de ellas clavados en su cuerpo, comprobando por qué su talle era tan delgado o si debajo del vestido las piernas eran bonitas o torcidas.
Cuando se tumbó sobre una de las camas vacías, Génesis le preguntó si quería que la abanicase, como estaban haciendo otras esclavas. “Ni hablar, vete a descansar y sube después a ayudarme con el vestido del baile”. Mariana chasqueó los dedos y llamó a una esclava que estaba de pie cerca de la puerta. “Abanícame, por favor”, le dijo. La muchacha sorteó los cuerpos de las señoritas que dormitaban sobre los improvisados colchones, en el suelo (no había camas suficientes para todas), y tomó entre las manos un inmenso abanico que comenzó a mover con suavidad sobre la cara de Mariana.
El vestido de baile era de seda color fresa. No tenía demasiados adornos porque ya el color, por sí mismo, era lo suficientemente llamativo. Sólo una elegante puntilla blanca festoneando el escote y las mangas cortas y abullonadas rompía la explosión rosa fuerte que cubría el cuerpo de la joven. Llevaba unos guantes cortos blancos. Algunas jóvenes los llevaban de colores, pero a ella le parecía una vulgaridad. La abuela Du Maurier, que era hija de los duques de Chenonceau (de soltera se llamaba Cecile Beaumont), decía que los guantes debían ser blancos o negros. Y ella sí que sabía de moda y de elegancia.
El vestido de la joven había llegado en perfectas condiciones al baile: había sido primorosamente planchado y guardado en una enorme caja de cartón y había llegado en carruaje (habían utilizado uno de los carruajes de la familia exclusivamente para llevar su vestido de baile y el de su madre) sin una sola arruga. Las chinelas era también nuevas, las estrenaba esa misma noche, y eran del mismo color que el vestido y con incrustaciones de cristal.
Mientras el resto de las jóvenes estaban durante algunas piezas sentadas, Mariana Du Maurier tenía todos los bailes comprometidos y eso que la mayoría de sus pretendientes se habían quedado con las ganas, pues no había bailes para todos. Comenzó bailando con el hijo del anfitrión de la fiesta, continuó con el rubio de los Du Bois y a continuación pasó por los brazos de los primogénitos de los grandes terratenientes de Carolina del Sur. Cuando la orquesta hizo una pausa, ella fue a sentarse en una silla vacía que había cerca de las matronas, las mujeres casadas que no iban a la fiesta a bailar, sino a acompañar a sus hijos y esposos y a enterarse de quién se había casado, quién había tenido o perdido bebés y qué escándalos estaban más en boga en ese momento. A Mariana le dolían terriblemente los pies. Los zapatos nuevos le estaban haciendo daño, pero ni loca hubiese abandonado el baile. Sus pretendientes no tardaron ni un minuto en rodearla y la algarabía general le impedía comprender las conversaciones de ellos y las cosas que le decían, pero se imaginaba que eran halagos y sonreía coqueta. Vio a su hermano Victorio acercándose a ella con aquel hombre miserable, Pablo Robilard, pero no pensó que cruzaría la marabunta de pretendientes para hablarle. Los músicos regresaban y estaban comenzando a ocupar sus lugares dentro de la orquesta. “¿A quién le prometiste este baile, hermanita?”, le preguntó. Miró su carnet y dijo: A Gaston Colbert, ¿por qué?”. Su hermano buscó a Gaston entre los pretendientes y le dijo: “Amigo mío, debes perdonar a mi hermana, pero ya había comprometido este vals. Como compensación, ven a cenar a casa el jueves próximo”. El joven Colbert no se atrevió a rechistar ante la imponente figura de Pablo, que además lo estaba mirando con un odio que no comprendía. Qué le había hecho él a Pablo Robilard, se preguntó Gaston Colbert, para que lo odiase. Victorio tomó a su hermana de la mano, la sacó del círculo de sus pretendientes y le puso la mano sobre la de Pablo.

domingo, 26 de enero de 2014

Capítulo 2: "Pasion en el siglo XIX"



Hola le straigo un capitulo mas de esta hermosa historia, este capi dedicado a Jess mi lectora number one jajaj y a Chari  que siempre esta y no pudo comentar por mi error en el blog sory Chari ahora espero que se pueda, besos

CAPITULO 2
Pablo Robilard no soportaba a Mariana Du Maurier. Desde el día en que la conoció en la hacienda de su padre, dos años atrás (había acompañado a su amigo Victorio, el hermano de Mariana), le había parecido una mocosa coqueta, frívola y malcriada. No tendría por aquel entonces más de quince años y ya había intentado captar su atención, que era un hombre de veintitrés. Es cierto que en el sur era habitual que las mujeres a los quince años ya estuvieran casadas, pero a él no dejaba de extrañarle esta costumbre.
–Debe de parecerle tan poca cosa esto, señor Robilard –dijo, mostrando con la mano la amplia extensión de Las Magnolias, la hacienda que tenían los Du Maurier a las afueras de Charleston–, usted que es un hombre de ciudad y ha viajado tanto, mientras que nosotros somos gente del campo –le había dicho esto con un leve aleteo de sus largas pestañas negras. “Tan joven y ya tan falsa”, había pensado Pablo. No entendía tampoco cómo todos los jóvenes de Charleston estaban locos por ella. ¿Acaso no veían lo que veía él, que era una coqueta sin corazón y, lo peor de todo, sin una pizca de cerebro? Sus conversaciones siempre giraban en torno a sí misma y cuando se hablaba de otra cosa, se aburría con rapidez. Cada una de sus palabras buscaba el halago del hombre que tenía enfrente.
–Con este calor es imposible lucir bonita. Ojalá viviese más al norte, seguro que estaría más presentable –la escuchó decir una vez, y el coro de aduladores exclamaron al unísono: “¡Pero si es imposible que usted luzca más bonita de lo que ya luce, señorita Du Maurier!”.
¡Ag, qué asco sentía Pablo hacia la gente encorsetada de Charleston! Con sus mentes cerradas y su incapacidad para evolucionar, estaban echando a perder el futuro. Las jóvenes eran educadas para fingir veinticuatro horas al día. Nadie llegaba a saber cómo eran en realidad, ni ellas mismas lo sabían. Los hombres eran educados en un obsoleto sentido del honor que les hacía pensar que sólo con intenciones se ganaban las guerras y se levantaban imperios. “Yo soy un caballero”, decían a veces, como si eso fuese el mayor escudo para defenderse de todo mal. “Los yanquis con sus ideas de progreso y su abolicionismo no podrán acabar con nosotros los sureños, porque nosotros somos caballeros”. Qué estupidez. Ni siquiera pensaban que en el sur no había ni una fábrica de armas y que si estallaba un conflicto con el norte, éstos tendrían cañones mientras que ellos sólo tenían honor y un viejo código de caballerosidad que sólo servía para cortejar a alguna que otra damita estúpida, pero para poco más.
Mariana Du Maurier representaba todo lo que Pablo odiaba del sur, a pesar de ser hermana de su mejor amigo. Victorio era un hombre cabal, inteligente, un buen caballero del sur que defendía los valores tradicionales, pero que no dejaba de ver que el norte tenía razón en algunas cosas, aunque ninguna de esas cosas le convinieran a él ni al resto de los hacendados cuyas cosechas salían adelante gracias a los esclavos, porque si tuviesen trabajadores asalariados, no podrían hacer frente a los gastos, lo perderían todo. Mariana, en cambio, representaba al profundo sur de potentados blancos: tenía diecisiete años recién cumplidos y su única meta era cazar un buen partido, no sin antes romper todos los corazones que pudiera. No sería él quien criticase a las mujeres apasionadas e impetuosas, le gustaban esas mujeres, él mismo era un mujeriego, pero jamás jugó con el corazón de ninguna: retozaba con mujeres que sabían que él no podía dar más que eso, ratos de placer, y nunca rompió corazones a propósito ni se embarcó en aventuras con jovenzuelas decentes que buscaban marido. Mariana rompía corazones a propósito, jugaba con los jóvenes que la cortejaban, les hacía tener esperanzas, nunca llegaba a rompérselas del todo ni a ofrecerles nada que ellos le pudieran reclamar y así tenía una corte rendida de admiradores. Pero Pablo Robilard odiaba lo que representaba Mariana porque era la típica mujer sureña de clase alta: con un ligero toque de elegancia en las formas, pero con la cabeza llena de aserrín. De hecho, Pablo estaba harto de aquellos comentarios paternalistas que tanto daño hacían a la sociedad: este tema no se discute delante de las damas, una dama no debe preocuparse por tal o cual cosa, de manera que había toda una masa de damitas casi analfabetas que iban sumando años, pero se las mantenían en un perpetuo desinterés infantil.
Él era capaz de valorar también las cosas buenas, por supuesto. Por ejemplo, la manera que tenían algunas damas sureñas de manejar con mano de hierro sus haciendas de puertas para adentro y que todo estuviese siempre perfecto.
Cuando había vivido en el norte, había conocido a damas increíblemente instruidas y había sentido lástima de que en su tierra no se fomentara ese tipo de amor por el saber en las damas (y también en los caballeros, dicho sea de paso). El resultado de tan poco conocimiento, finalmente, eran damas como Mariana Du Maurier, incapaces de hablar de nada que no fuese ellas mismas porque no tenían ni una sola idea sólida en sus cabezas de chorlito.
Los Deveril habían colocado largas mesas y bancos para que los invitados comieran bajo la sombra de los robles centenarios. Habían asado cochinillo y cordero y se decía que el postre consistía en unos helados hechos por un cocinero traído expresamente desde Atlanta. Mariana Du Maurier se sentó en el centro de la más larga de las mesas y el resto de los puestos en la misma fueron ocupados por sus pretendientes, unos cuarenta en total. Alguno de ellos no tenían espacio en los bancos y se habían sentado en el suelo al lado de la joven, que apenas probó bocado, tal y como exigía la etiqueta sureña para una joven dama. Ella frunció su naricita, hizo aleteos con sus pestañas, sonrió con picardía y habló de sí misma sin cesar. Los jóvenes estaban encandilados y cuando por fin las muchachas se fueron a dormir la siesta tras la comida, con el fin de estar descansadas para el baile posterior, los casi cuarenta pretendientes de Mariana Du Maurier permanecieron en el gran salón de los Deveril fumando puros, bebiendo licores y hablando de la muchacha, charlando sobre a quién le había prometido tal o cual baile y quién les parecía que era el pretendiente que estaba más cerca de su corazón. También hablaron del norte, claro, de aquellos malditos yanquis norteños que pretendían acabar con la esclavitud y, de paso, con el estilo de vida sureño. Pero eso, pensaban los jóvenes, era imposible: esos renegados del norte nunca podrían vencerlos a ellos que eran caballeros que sabían lo que era el honor.

miércoles, 22 de enero de 2014

Capítulo 1: "Pasión en el siglo XIX"



CAPÍTULO 1
Charleston (Carolina del Sur), mediados del s. XIX.
La fiesta en la hacienda de los Deveril estaba siendo el éxito esperado. La gente había comenzado a llegar a las once de la mañana aproximadamente. Los Du Maurier, en cambio, llegaron poco antes de que comenzara a servirse la barbacoa en el enorme patio trasero. La culpa la había tenido Mariana, cuya coquetería hacía imposible salir a la hora en punto ya que nunca parecía estar lista del todo. Cuando el carruaje se detuvo ante la puerta principal de la hacienda, uno de los esclavos corrió a avisar a Salvador  Deveril, el anfitrión, para que recibiese él mismo a tan ilustres invitados. Nicolas Du Maurier y su esposa Gimena fueron los primeros en hablar con Deveril. A continuación, éste saludó a Victorio Du Maurier, el primogénito, una especie de héroe local por sus magníficos resultados en la academia militar de West Point el curso anterior. Por último, el anfitrión besó la mano de la beldad (mujer que destaca por su belleza) del condado: Mariana Du Maurier, una jovencita de diecisiete años que traía de cabeza a todos los caballeros solteros de varios kilómetros a la redonda. Tenía el pelo oscuro, la piel blanquísima y unos chispeantes ojos marrones adornados con enormes pestañas. Era más atractiva que hermosa. No poseía, por ejemplo, la belleza clásica de Rocio Deveril, la joven hija del anfitrión, pero su carácter y su rasgos llamativos la hacían mucho más deseable para los jóvenes casaderos.
Cruzaron el impresionante hall de los Deveril y accedieron al patio posterior. Cuando los jóvenes vieron llegar a Nicolas Du Maurier, buscaron con ojos anhelantes a Mariana. La rodearon de inmediato, pidiéndole atropelladamente que comiese a su lado o que les reservase algún baile. Ella asentía sin comprometerse formalmente con ninguno. Era su primera temporada. Había debutado en sociedad hacía apenas tres meses (estaban de luto por la muerte de la abuela y no pudo debutar a los quince, como era norma en la época) y pensaba divertirse un poco antes de elegir esposo. Se sentía resplandeciente con su vestido azul claro que se abría como una cascada y eso se notaba en su actitud segura, aunque estaba deseando ponerse su escotado vestido nuevo para el baile. Antes de las tres de la tarde estaba mal visto llevar los hombros descubiertos y Mariana sabía que sus delicados hombros y su delgado talle de junco, eran uno de sus grandes atractivos.
Paseó la vista por la multitud de personas que abarrotaban el patio. Habían venido caballeros de todas las partes de Carolina del Sur, no sólo de Charleston. Aquella fiesta anual de los Deveril era mítica en la ciudad. Le hubiese gustado tomar un julepe de menta, como hacían los caballeros, eso la refrescaría (el calor era sofocante), pero no estaba bien visto que una dama bebiese nada que llevara alcohol y el julepe llevaba una considerable cantidad de bourbon. En casa, solía tomarse, a escondidas, algún que otro sorbo de los que los esclavos preparaban para su padre y su hermano.
“Cuántos jóvenes desconocidos”, pensó excitada ante la novedad. Ya estaba cansada de ver siempre las mismas caras en todas las reuniones a las que había asistido durante los tres últimos meses. De pronto, se topó con la mirada altiva de aquel hombre miserable, el amigo de su hermano Victorio: Pablo Robilard. Siempre la miraba así, como si fuese superior a ella. La odiaba y Mariana desconocía el motivo. Siempre tenía esa actitud altanera y de suficiencia que lo hacía insoportable. Si su padre aceptaba sus visitas en casa no era sólo porque fuese el mejor amigo de su hermano Victorio, sino porque la suya era una excelente familia de Charleston, la mayoría dedicados a la política y la banca. Todos ellos eran unos buenos caballeros del sur, hombres de honor, patriotas. PAblo, en cambio, y tal vez por haber pasado bastante tiempo viviendo en el norte, era la oveja negra de la familia y las suyas, según el padre de Mariana, eran unas ideas un tanto atípicas, casi se puede decir que traicionaba al sur con su forma de pensar. Claro que a Mariana no le decían en qué consistían dichos pensamientos. Había temas con los que nunca se debía molestar la tranquilidad de una dama. 
Pablo Robilard, además, era un conocido mujeriego y eso a su padre no le gustaba. Parecía que sólo sabía ser amable con los miembros de su familia y con las mujerzuelas ¿Cómo se atrevía a mirarla a ella con actitud de juez? Al menos ella era una dama intachable y no se relacionaba con gentuza ni mujerzuelas. ¡Habrase visto! Creerse tan superior porque era un Robilard. ¿No eran acaso los Du Maurier tan buenos como esos malditos Robilard? ¿No era acaso ella mucho mejor que esas mujerzuelas que tanto le gustaban? La joven lo odiaba intensamente.
Apartó de inmediato la mirada de Pablo Robilard para centrarse en los pretendientes que la rodeaban. No volvería a pensar en él ni en su mirada desdeñosa. Y pensar que la primera vez que fue a la hacienda con su hermano a ella le había parecido tan atractivo. Literalmente, se había derretido por él, aunque trató de no demostrarlo, tal y como era su costumbre, coqueteando con otros jóvenes para despertar sus celos. Hubiese jurado que al ser presentados él se sentía atraído por ella, pero de pronto cambió de actitud y se volvió odioso, la ignoraba casi siempre y cuando le dirigía una de sus gélidas miradas, lo hacía con esa superioridad que a ella la ofendía profundamente. Sí, le había parecido muy atractivo cuando lo conoció. Ahora, en cambio, le parecía un hombre despreciable, un hipócrita, un indigno caballero del sur. Y tampoco era tan atractivo. De acuerdo, era alto y musculoso, y cuando montaba a caballo tenía una magnífica estampa. Los pantalones que llevaba se ajustaban maravillosamente a sus piernas y la chaqueta favorecía sus anchos hombros. Sus ojos verdes y su piel transmitían una pasión por la vida difícil de obviar y el rictus duro de su boca era de lo más sensual. “¡No!”, se dijo Mariana, “¡no quiero pensar en ese estúpido!”, y se lo quitó de la cabeza sin más.
Benjamin Deveril, el hijo mayor del anfitrión de la fiesta, se acercó a ella y le dijo: “Señorita Du Maurier, es usted una aparición celestial. Debe comer a mi lado, no aceptaré una negativa, y el primer baile de la tarde me lo reservo también”. Ella le sonrió. “De acuerdo, señor Deveril. Con ese ímpetu que demuestra, cualquiera le lleva a usted la contraria”.
–¿Y a mí, señorita Du Maurier? ¿Me reservará un baile? –preguntó, casi suplicando, el rubio de los Du Bois.
–Claro, señor Du Bois. A usted le reservo el segundo –le dijo con una sonrisa luminosa, aunque no le apetecía sonreír. Génesis, su criada negra, le había apretado el corsé más de la cuenta. Nada era suficiente para realzar su delicada figura, pero esta vez había sido demasiado. Mariana sentía que casi no podía respirar.
De inmediato se arremolinaron a su alrededor más muchachos compitiendo por su atención. Pablo Robilard, la miró con una sonrisa despreciativa en el rostro, después dio media vuelta y se dirigió al grupo de caballeros que había junto al jardín de gladiolos.

martes, 21 de enero de 2014

SINOPSIS : " Pasión en el siglo XIX"



Holaaa chicas les traigo una nueva adaptación es distinta a las otras porque se desarrolla en el siglo XIX donde las cosas eran muy distintas ala actualidad, espero que les guste tanto como a mi capaz que al principio es un poco tedioso porque no hay muchos diálogos pero después se pone mas entretenida, hoy les dejo la sinopsis , besos


SINOPSIS:

Mariana Du Maurier es la beldad del condado. Tiene diecisiete años y pertenece a una familia de hacendados de origen francés cuya plantación es la más antigua de Carolina del Sur. No hay un solo muchacho en Charleston que no desee casarse con ella. O mejor dicho, sí lo hay: Pablo Robilard, perteneciente a otra insigne familia dedicada a la política, un mujeriego empedernido, un hombre muy culto que desprecia a Mariana por su frivolidad y su ignorancia, típicas de las damas sureñas de mediados del siglo XIX. Pero se ven involucrados en un asunto que deja malparada la reputación de la muchacha y Pablo se ve obligado a casarse con ella, de modo que ambos se embarcan en una desastrosa vida juntos.