martes, 18 de marzo de 2014
Epilogo: "Pasión en el siglo XIX"
Holaaa hoy dejo e epilogo de esta gran historia, espero que les haya gustado, van a ir teniendo novedades a traves del otro blog pienso subir mas adaptaciones pablalis en el foro tambien, besos
EPILOGO
Pocos meses más tarde, Abraham Lincolm ganó las elecciones y tomó posesión de su cargo. Después de esto, los estados de Luisiana, Texas, Georgia, Alabama, Florida, Misisipi y Carolina del Sur proclamaron su independencia y se constituyeron en los Estados Confederados de América, pues se oponían a la política antiesclavista de Lincolm. Los yanquis atacaron Fort Sumter, pero los Estados Confederados lo recuperaron, lo que les valió que se les unieran los estados de Virginia, Tennessee, Carolina del Norte y Arkansas. Se iniciaba así la guerra entre los Estados Confederados del Sur y los Estados del Norte.
Pablo Robilard no estaba a favor de la esclavitud, pero sí apoyó al sur en la contienda y fue al frente junto a su cuñado Victorio Du Maurier y su hermano Matias. Todos ellos, verdaderos caballeros sureños, sentían que debían al menos eso a la tierra en la que habían nacido. Estuvieron un año en el frente, tiempo en el que ni Mariana ni Soledad tuvieron noticias de ellos durante la mayor parte del tiempo. El 1863 MAtias salvó la vida de Pablo y Victorio en la batalla de Gettysburg, pero los tres resultaron heridos y regresaron a casa. Encontraron la ciudad destruida. Las Magnolias había sido tomada como cuartel por los yanquis y cuando terminó la guerra y el Sur resultó la gran perdedora, sólo los sureños que decidieron negociar con los yanquis pudieron seguir adelante. Los Robilard y los Du Maurier tenían inversiones en el norte y su fortuna apenas se había visto mermada. Pudieron reconstruir Las Magnolias y abrieron de nuevo el Banco Sureño de Crédito. Ayudaron a sus vecinos en todo lo que pudieron y poco a poco, con el paso de los años, Charleston se fue recuperando.
Génesis y Zacharias Hobbes se casaron antes de que terminara la guerra y se convirtieron en activista en favor de los derechos de los antiguos esclavos. Tobey se fue a vivir con ellos a una casa en el centro de la ciudad. Los Du Maurier habían liberado ya a todos sus esclavos de Las Magnolias y Victorio y Soledad sacaban adelante las cosechas gracias a esos antiguos esclavos, muchos de los cuales eran ahora trabajadores asalariados.
Pablo y Mariana, tras la guerra, viajaron a Europa y vivieron allí varios años. Cuando regresaron a Charleston, se incorporaron a la vida de la ciudad de una manera muy poco escandalosa. Ya no eran los que habían sido. Se convirtieron en una pareja feliz y bien avenida. Finalmente, Pablo y MAtias comenzaron a tratarse de un modo más cercano, aunque seguía habiendo muchas diferencias entre ellos, pero se dieron cuenta de que en el fondo se querían. Si en algún momento Matias fue injusto con Pablo, este lo perdonó porque había salvado su relación con Mariana y le había salvado la vida durante la guerra.
Roico Deveril dio muestras de ser una muchacha muy poco razonable. Siguió obsesionada con Pablo durante un tiempo, pero no se atrevió a hacer nada por miedo a que Mariana cumpliera su palabra de convertirla en el centro de un enorme escándalo. Sin saber muy bien cómo, la obsesión de la joven se trasladó de hombre, pero no de familia, Comenzó a obsesionarse con Matias Robilard, pero igual que había ocurrido con Pablo, Matias tenía su corazón ocupado, en este caso era una viuda yanqui la que se convirtió en la nueva enemiga de Rocio Deveril.
Mariana supo (y lo recibió con gran alegría) que Gaston Colbert se había casado Mary Elizabeth Robertson. La joven siempre había estado enamorada de él y por fin Colbert se dio cuenta de que aquella era la mujer de su vida.
Los ancianos de la familia, tristemente, fueron muriendo: primero el padre de Pablo, dos años más tarde el padre de Mariana. Pero las familias también se llenaron de niñas y con ellas llegó la alegría: las hijas de Pablo y Mariana se llamaron Amarille, por la querida tía Du Maurier, e Isabelle, por la madre de Pablo. Sus primas, las tres hijas de Victorio y Soledad, revolucionaron durante años Las Magnolias con sus travesuras. Cuando Matias se casó finalmente con la viuda White, una yanqui que conoció durante la guerra en la frontera con Arkansas, ésta ya estaba embarazada de Odette, la última de las primas Robilard. Las seis muchachas se convirtieron con los años en centro de miradas y cotilleos en el Charleston de la postguerra. Unas llamaron la atención por su belleza, otras por su inteligencia, o por su valentía, o por su forma de romper las convenciones de la época. Lo cierto es que ninguna de ellas logró pasar desapercibida en la ciudad, dando así crédito a los que decían que los Du Maurier y los Robilard no estaban felices si no hacían el ruido suficiente como para que la gente se diera cuenta de que ellos habían pasado por allí.
FIN
domingo, 16 de marzo de 2014
Capitulo final : "Pasión en el siglo XIX"
Hola hola chicas espero que esten muy bien sory por la demora estoy con problemitas tecnicos no se si les conte que mi cable se rompio y tengo que estar prestando el de mi hermana en conclusion tengo que esperar que no lo este usando y yo tenga tiempo para conectarme jum jum, bueno llego el final de esta historia espero que les haya gustado, luego se viene otra nove no se preocupen pero antes el epilogo de esta linda historia mañana o el martes lo subo.besos muchos
PD: Tambien subi nove en mi otro blog
CAPITULO 41
–Ya he escuchado suficiente. Estoy cansada y deseo dormir. Seguiremos hablando mañana –él trató de hablar, pero ella se lo impidió–. Si sigues hablando ahora, sólo conseguirás que me enfade. Respétame, es lo único que te pido. No quiero seguir hablando.
–De acuerdo –dijo Pablo–. Seguiremos mañana, entonces, pero no me daré por vencido –aseguró justo antes de dejarla sola en el cuarto. No pudo dormir en toda la noche. Habían llegado a un punto muerto y lo sabía: Mariana quería castigarlo por Rocio aun sabiendo que él no había hecho nada, porque realmente Mariana lo sabía. Sabía que él no era el culpable, pero sus celos la estaban cegando. Quería castigarlo y punto. Pablo debía hacer algo rápido para hacerla entrar en razón.
A la mañana siguiente, Mariana se levantó temprano y cuando bajó a desayunar al comedor, se encontró a Pablo al pie de las escaleras.
–¿Podemos hablar ahora? –preguntó él, mirándola de arriba abajo. La conocía lo suficiente como para saber que si lucía especialmente hermosa era para torturarlo.
–Puedes hablar tú si quieres. Yo ya he dicho todo lo que tenía que decir –Mariana tenía aquella mirada altanera que tanto ofendía a Pablo, pero esta vez no iba a permitirle que echara todo a perder por su maldito orgullo. Él la amaba y sabía que también ella lo amaba, así que dejó de lado su miedo y decidió hablar abiertamente de sus sentimientos.
–Te amo –respiró profundamente al ver que ella parpadeaba sorprendida y, de inmediato, trataba de disimular. El corazón de Mariana comenzó a descontrolarse y ella estuvo a punto de claudicar y echarse en sus brazos, pero no, no lo haría, no después de que él se hubiera planteado una relación con Rocio–. Estoy loco por ti –continuó él, y subió los escalones que le separaban de ella hasta quedar a su lado–. No he podido arrancarte de mi cabeza ni de mi corazón desde que te vi con el vestido amarillo en Las Magnolias y he sufrido cada desplante, cada coqueteo con alguno de tus pretendientes, muriéndome de la rabia –la tomó por la cintura y la estrechó contra él. La joven no se lo impidió, pero lo miraba con aparente frialdad, aunque le temblaban las piernas y se le había acelerado el pulso–, pero si tú no sientes lo mismo, me iré y no volveré a molestarte, te doy mi palabra –ella estaba callada, casi no pestañeaba–. ¿Quieres que me vaya de tu vida, Mariana? –preguntó él, sabiendo que eso no es lo que quería la joven.
–Quizás eso sea lo mejor, que te vayas de mi vida –dijo Mariana con frialdad.
–Mentirosa –la voz susurrante de Pablo sonaba burlona. Ella lo miró furiosa y se encontró con aquellos ojos verdes y chispeantes. ¡Qué seguro estaba de sí mismo!
–¿Acaso te ríes de mí? No creo que esta situación sea como para reírse –le dijo ella con una voz cortante como un cuchillo. Él se puso serio de pronto.
–No, jamás me reiré de ti de nuevo. Solo me hace gracia la manera en la que tratas de manipularme –Pablo volvió a sonreír y la estrechó más contra él. La joven lo empujó y se alejó de su esposo, pero él seguía con las manos sobre su cintura, aunque ahora había unos centímetros de separación entre ambos–. Deberías saber, querida mía, que estoy loco por ti, pero no soy ningún pelele. Te amo y no me asusta tu carácter. Yo también tengo el mío. No he hecho nada por lo que merezca tu enfado. Desde el mismo instante en que te saqué de aquel carruaje accidentado, no he tocado a ninguna otra mujer ni he pensado en ninguna otra mujer –los ojos de Mariana se abrieron enormemente, incrédulos–. Y por todos los demonios, no finjas que no te importa que te amo. ¿Acaso crees que no estoy escuchando los latidos desbocados de tu corazón? –ella frunció los labios y se marchó escaleras abajo. Él la oyó murmurar:
–Vete a decirle tonterías a Rocio. Tal vez ella te las aguante –justo al llegar al hall se encontró con Matias. Era lo que le faltaba, enfrentarse también al otro hermanito.
–Veo que el armisticio entre Pablo y tú ha acabado. ¿Vuelven a estar en guerra? –le dijo.
Matias vio a su hermano en lo alto de la escalera–. Para estar en guerra con alguien debes manejar toda la información, Mariana, y yo tengo mucha información de primera mano sobre Rocio y Pablo. ¿Quieres saberla?
–Por supuesto –respondió ella, alzando la barbilla para dar a entender que nada de lo que le contara la pillaría por sorpresa. Estaba convencida de que Pablo y Rocio eran las peores personas del mundo, aun sabiendo que su marido la amaba, pues ya no le cabía ninguna duda al respecto, pero una rabia interna la obligaba a castigarlo. Entraron al despacho del viejo señor Robilard y tomaron asiento en los sillones que había frente a la chimenea.
–Ayer yo también estaba en la terraza mientras Rocio y Pablo hablaban, pero ellos no me vieron –Matias observó la mirada expectante de Mariana–. Sabes que no le tengo demasiado aprecio a mi hermano, pero no soporto las injusticias. Te diré que jamás he visto a una dama más irrespetuosa que Rocio. Pablo no se citó con ella en la terraza, fue ella la que lo siguió. En la conversación quedó claro que ella le había declarado su amor e insistió en varias ocasiones, incluso lo amenazó. No sé lo que crees que ocurrió, pero Pablo te ama. No lo creí capaz de un sentimiento tan profundo y limpio, pero te ama de verdad –Mariana lo miraba con el ceño fruncido.
–Lo sé –admitió por fin. Ahora era su cuñado quien fruncía el ceño.
–¿Entonces qué te pasa? –le preguntó.
–Estoy enfadada. Yo no he pensado en nadie más que en él desde que lo conocí y él, en cambio, me pide el divorcio y piensa que Rocio sería una buena sustituta para mí –le costaba no llorar. Se sorprendió ante la sonora carcajada de Matias.
–¿Cómo puedes ser tan ingenua, Mariana? ¿Acaso no te das cuenta de que fue la desesperación lo que lo llevó a pedirte el divorcio y a plantearse otra relación? Pensó en Rocio porque fue la primera que se le ofreció. Si otra se hubiera adelantado, sería esa otra la supuesta sustituta. Cualquier cosa o cualquier mujer hubieran servido para tratar de no seguir sufriendo por ti… ¡Pero si dejó de ir al burdel y no me extrañaría que no hubiera tenido ninguna relación con nadie durante este tiempo! Mi hermano se ha convertido en un monje por ti, Mariana . Si Rocio no se le hubiese ofrecido de esa manera, ¿crees que él habría pensado en ella una sola vez? Es más, ¿crees que aun así ha pensado en ella ni una sola vez? Apuesto la cabeza a que no.
–Mataría a esa maltita Rocio… Mosquita muerta… –la odiaba de un modo tan intenso que no podía dejar pasar la ocasión de decirle en su cara lo que pensaba.
Mariana fue a la casita que había en el jardín, donde sabía que el señor Hobbes estaría dando clase a Génesis y a Tobey, para pedirle a su joven amiga que la acompañara a casa de los Deveril para hablar cara a cara con Rocio, pero lo que vio la conmovió intensamente. El pequeño Tobey hacía sus tareas en la mesa más pequeña de la sala y en la otra, el señor Hobbes le estaba explicando algo a Génesis. Los dos estaban muy cerca, casi cabeza con cabeza, sobre un libro, y se miraban con timidez y ternura. La manera en la que ambos se miraban era un signo inconfundible de amor. El señor Hobbes era un mulato alto y atractivo, de profundos ojos negros y grandes convicciones políticas. “Un héroe para los suyos”, había dicho Pablo en alguna ocasión, pues lo respetaba profundamente. Al igual que Panlo, Zacharias Hobbes había pasado varios años en el norte, formándose como profesor, y había regresado después a Charleston para ayudar a otros negros a salir de su ignorancia y a luchar por sus derechos. Era una extraordinaria influencia para Tobey y para Génesis. Mariana no dio ni un paso más por miedo a romper la magia de aquel instante. Retrocedió si hacer ruido y los miró una última vez antes de regresar al interior de la casa. Decidió ir sola a la hacienda de los Deveril. Su odio hacia Rocio le bullía en venas y cuando la hicieron pasar a la sala principal de la familia, donde también estaban los padres de la joven y su hermano, antiguo pretendiente de Mariana, y la vio palidecer por la impresión, la hubiera abofeteado gustosamente allí mismo.
–Señor Deveril, señora, perdonen que los moleste a estas horas de la mañana, pero es de suma importancia que hable a solas con Rocio –dijo. El rostro de Mariana era tan serio, que toda la familia se retiró para dejarlas a solas. Rocio no levantó la mirada del suelo y, si cabe, había palidecido aún más–. Ten la vergüenza de mirarme al menos a la cara, pequeña sabandija, ¿o te crees que a estas alturas me creo esa pose? Ten el mismo valor para enfrentarme que tuviste para tratar de quitarme a mi marido –la otra levantó los ojos hacia ella, chispeantes de orgullo herido y furia–. No te reprocho haberte enamorado de él, ni te reprocho que le declarases tu amor mientras yo estaba en París, pues creíste que el matrimonio estaba roto. Amar nos engrandece y no voy a juzgarte por ello, trataré de ser buena y generosa contigo, aunque no te lo merezcas. Lo que te reprocho es lo de anoche: amenazar a un hombre cuando te das cuenta de que ama a su esposa es lo más ruin que he escuchado jamás. Tú no eres una dama. Y sí, asúmelo: me ama y lo amo. Nos amamos con locura, Rocio Deveril, y si sigues obsesionada con él tú jamás experimentarás lo que es que te ame un hombre, ¿lo comprendes? ¿Te merece la pena rebajarte por alguien que no te ama?
–¿Y a ti, te merece la pena estar con un hombre que no quería casarse contigo? –le escupió con furia Rocio. Mariana rió con ganas.
–¡Ay, Rocio! ¿Acaso importa que no quisiera casarse? Para mí lo que importa ahora es que no quiere divorciarse ni muerto porque me ama.
–¡No serás feliz! –la rabia de Rocio no conocía límites.
–Oh, sí, querida, seré triplemente feliz: porque me ama, porque lo amo y porque tú estás sufriendo. Triplemente feliz. Y si vuelvo a tener noticias de que nos amenazas o tratas de hacernos una jugarreta, diré ante todo Charleston la verdad: que has perseguido a mi marido como una mujerzuela y que quieres provocar nuestro divorcio. El escándalo paralizará la ciudad, te lo aseguro. Pablo y yo podemos superar cualquier escándalo, Rocio, ya lo sabes, pero… ¿Podrás tú? ¿Serás capaz de recuperarte después de que tu reputación quedé destrozada para siempre? –Rocio retrocedió un paso, nuevamente pálida, y Mariana se marchó triunfante de la casa de los Deveril.
CAPÍTULO 42
Cuando Mariana llegó a casa y entró en su cuarto, descubrió que Pablo estaba echado despreocupadamente sobre su cama. Iba vestido con un traje gris, de los que solía llevar cuando iba al banco, y estaba curioseando entre los libros que ella tenía sobre la mesilla de noche, todos ellos de temática amorosa. La joven se sonrojó. Se moriría si algún día Pablo llegaba a saber que lo veía a él en cada protagonista de novela romántica y en cada soneto amoroso que leía.
–¿Sigues enfadada o hablar con mi hermano te ha aclarado las ideas? –le preguntó él. Ella se encogió de hombros. No sabía muy bien cómo arreglar las cosas y, aunque no fuera la culpa de su marido, seguía dolida por todo lo ocurrido con Rocio–. Bueno, si sigues enfadada, tendré que centrar mi interés en Rocio, entonces… –dijo él para que Mariana estallara. Sabía que si se enfadaba lo suficiente, aflorarían sus verdaderos sentimientos y diría lo que de verdad pensaba. Pablo no contó, sin embargo, con que la joven le lanzara el pequeño bolso de tela que llevaba en la mano y le diera de lleno en el medio del pecho.
–¿Crees que puedes ponerme celosa de una manera tan burda? Como si no supiera que estás loco por mí. Déjate de tonterías –Pablo sonrió. Ahí estaba lo que él quería escuchar. Su esposa estaba alargando aquel enfado por pura pataleta infantil, pero ella sabía toda la verdad. Él se levantó de la cama y se acercó a ella.
–¿Tan segura estás? –el tono de Pablo era burlón e irónico. Su mirada la recorría de arriba abajo una y otra vez, como un gato que se relame ante su inmediato festín. Mariana no pudo evitar una sonrisa y miró al suelo.
–Completamente segura –dijo. Él se acercó a la joven que, instintivamente, pegó su espalda contra la puerta. Pablo apoyó sus manos a ambos lados de la muchacha.
–Espero que no tengas nada importante que hacer, porque no saldrás de este cuarto en muchas, muchas horas –ella volvió a sonreír ante sus palabras y no respondió, pero él se puso serio de pronto–. Mariana , prométeme que nunca volverás a huir cuando tengamos un problema, ni te irás a Las Magnolias o a cualquier otro lugar. Prométeme que trataremos de solucionarlo –dijo Pablo mientras con el dedo índice dibujaba la línea imaginaria que unía su barbilla, su cuello y el inicio de su escote.
–Prometido –respondió ella, conteniendo la respiración–. Prométeme que nunca me ocultaras nada, aunque creas que puede hacerme daño y que es mejor que lo soluciones tú mismo. Si desde el principio me hubieras contado lo de esa estúpida, anoche no habríamos discutido –comentó ella.
–Prometido –él sonrió y depositó un beso en su cuello–. Quiero que comiences a confiar en mí. Yo confío en ti –dijo, sin dejar de depositar pequeños besos a lo largo de su cuello y su clavícula–. No quiero que haya entre nosotros más malos entendidos. Nos lo contaremos todo y no desconfiaremos el uno en el otro. Nunca más permitiremos que nadie se interponga entre nosotros –la estaba mirando fijamente, con sus manos asiendo fuertemente la cintura de Mariana. La seriedad se borró entonces de su rostro y en su lugar se dibujó una enorme sonrisa–. De acuerdo, ahora dímelo, sé que lo estás deseando.
–¿Decirte qué? –preguntó la joven sin saber a qué se refría él.
–Dime que me quieres –la mirada de él era burlona, arrolladora. Mariana sonrió.
–No voy a decírtelo ahora sólo porque tú me lo pidas… –la mirada de ella también se tornó burlona.
–Entonces tendremos que hacer todo lo necesario para que no te quede más remedio que decírmelo. Conozco métodos infalibles para hacerte hablar… –ella sonrió más ampliamente. Pablo comenzó a desnudarla muy lentamente, besando cada centímetro de piel que quedaba desnudo ante sus ojos. Ella también le iba quitando la ropa, acariciándolo, descubriendo los puntos débiles de su marido, al igual que él iba descubriendo los de la joven. El amor hacía que ese acto de erotismo fuese más profundo, como una comunión que iba más allá de los cuerpos. Mariana escuchaba el martilleo de los latidos de su corazón y sentía los de su marido al apoyar la mano en su pecho. Pablo tenía un nudo en la garganta, la amaba tanto que aquel instante no le parecía real: tenerla entre sus brazos, saberla enamorada de él y excitada por sus caricias era una experiencia de extrema emoción. Se acariciaron con la ternura y la avidez de los inexpertos, pues aunque Pablo sí tenía experiencia, aquella era la primera vez que hacía el amor sabiéndose profundamente enamorado. Se entregaron el uno al otro con alegría y absoluto desenfado. Mariana olvidó todas las normas que imponían contención a las damas sureñas y llevó a cabo cada deseo. Descubrió que hacer el amor con Pablo era un acto que le resultaba tan natural como respirar. Lo deseaba de una manera avasalladora, igual que él la deseaba, pero en vez de temer un sentimiento tan intenso, la disfrutaba y lo saciaba sin sentirse culpable por ello. Cuando alcanzaron el momento de máximo placer y se abrazaron, relajados y satisfechos, Mariana murmuró al oído de Pablo: “Te amo”. Él sonrió complacido y le respondió: “No más que yo a ti”. Ella lo pellizco en el brazo, juguetona, y le dijo con voz quejumbrosa: “No comencemos a pelear por quién quiere más a quién porque perderías”. Él se rió y le dijo: “Yo jamás pierdo, pequeña”, y comenzó a besarla de nuevo.
miércoles, 12 de marzo de 2014
Capítulo 39 y 40: "Pasión en el siglo XIX"
CAPITULO 39
Salió a la terraza y se lo encontró de espaldas, fumando. “¿Pablo?”, lo llamó con voz temblorosa. Hacía mucho tiempo que no había cruzado una palabra con él, desde que Mariana regresó. El hombre se dio la vuelta con una mirada glacial. Había reconocido la voz y se sentía fastidiado por la insistencia de la muchacha. Ni siquiera se había dado cuenta de que ella también estaba en la fiesta, pues Mariana lo había tenido absorto.
–¿Qué diablos haces aquí, Rocio? ¿No te das cuenta de lo terriblemente inconveniente que es esto para tu reputación? –iba a hablar con la muchacha de una vez por todas para aclarar las cosas. Le diría que estaba enamorado de Mariana, que debía olvidarse de él.
–No me importa nada, ni mi reputación, ni absolutamente nada que no seas tú, Pablo. Yo… –dio un paso hacia él, pero Pablo la detuvo con un gesto, alzando la mano.
–Estoy enamorado de Mariana y ella también me quiere. Nos hemos dado una segunda oportunidad. Siempre te dije que no debías hacerte ilusiones conmigo –Pablo se lo había comunicado de una manera tan fría y directa, que Rocio tardó en comprender el significado de sus palabras.
–¡No! –exclamó–. Ella te está chantajeando para que le digas eso a la gente porque teme el escándalo del divorcio, pero no te quiere… ¡No pueden quererse! –la joven estaba fuera de sí, pálida como una muerta y con las manos crispadas sobre el brazo de Pablo.
–No digas locuras, Rocio… ¿De qué chantaje hablas? Ella no me está obligando a nada. Yo la quiero, siempre la he querido –Pablo trató de zafarse de las manos de la joven, que lo asían fuertemente del brazo.
–¡No! –gritó ella de nuevo–. Tú vas a enamorarte de mí, vas a casarte conmigo. ¡No la quieres a ella! –estaba levantando la voz y el hombre temió que alguien la escuchara desde el salón de baile.
–Basta de escenas melodramáticas, Rocio. Sabías a lo que te exponías persiguiendo a un hombre casado –Pablo estaba siendo excesivamente cruel y lo sabía, pero no sentía lástima por la muchacha–. No trates de que sienta compasión por ti, no eres la cándida jovencita que quieres hacer creer a todo el mundo. Te vi en casa de Viktor Koplotz, comportándote con Mariana como una víbora miserable, diciéndole palabras dulces y riéndote internamente porque pensabas que ibas a quitarle el marido. ¿Cómo te sientes ahora que la gran perdedora eres tú y no ella? Porque la amo, Rocio. La amo como no creí que fuera capaz amar a nadie –él estaba diciendo estas palabras por primera vez en voz alta y el vértigo se apoderó de él. Calló de pronto.
–¡No, no y no! –gritó Rocio, desencajada–. ¡Tú eres mío!
Entre las sombras, Matias Robilard había observado toda la escena, impactado por los profundos sentimientos de Pablo hacia Mariana y por el comportamiento de Rocio Deveril, a quien nunca había creído capaz de algo tan bajo y ruin.
Mariana había visto a Matias moviéndose por el salón de baile y se había puesto nerviosa. Temía que él y Pablo se encontrasen y terminaran por estropear la fiesta de Victorio y Soledad. Cuando vio que su cuñado se dirigía a la terraza, trató de cortarle el paso, pero una señora interceptó a Mariana antes de esta saliera a la terraza y la joven no tuvo más remedio que intercambiar unas palabras con ella. Cuando por fin se vio libre de la dama, caminó con rapidez hacia la puerta acristalada en busca de Matias y Pablo, pero a quien vio entre las sombras fue a su marido… A su marido acompañado de una mujer en una terraza oscura, bajo la luz de la luna. La mujer lo agarraba del brazo con confianza y desesperación, casi como si quisiera arrancárselo. “¡Tú eres mío!”, oyó claramente que decía la voz femenina. La silueta le resultaba familiar, aquel cabello rubio y hermosamente peinado… Y entonces se dio cuenta: ¡Rocio Deveril! Mariana hogó un grito, se llevó la mano a la boca y se tambaleó. Pablo la vio justo en ese instante, sus miradas se cruzaron y él notó el reproche y el dolor desgarrador en los ojos de Mariana, que se dio la vuelta y volvió corriendo al salón de baile. Él iba a ir tras ella cuando la mano de Rocio lo agarró de nuevo fuertemente del brazo y la joven lo amenazó: “Si me dejas aquí de esta manera, te juro que armaré tal escándalo que no te quedará más remedio que divorciarte de Mariana. Acabaré con ella, ¿me oyes? ¡Acabaré con Mariana !”. Matia salió de entre las sombras y Rocio palideció de pronto al darse cuenta de que Pablo no era el único que había sido testigo de su verdadera forma de ser. El mayor de los Robilard miró a su hermano con un gesto de comprensión y le dijo: “Busca a Mariana. Yo me encargo de Rocio”, le dijo.
Pablo miró a su hermano como si no lo conociera, sorprendido de que apareciese de la nada en el momento más conveniente. “Gracias”, le dijo con una sinceridad que Matias captó al instante. Corrió al salón de baile y la joven Deveril no se atrevió a mover ni un solo músculo cuando se vio bajo la atenta mirada despreciativa del alcalde de Charleston. “¿No se avergüenza de su comportamiento, señorita Deveril? Jamás en mi vida había visto a una joven dama rebajarse tanto”, le dijo Matias.
Pablo encontró a Mariana en una esquina del salón de baile. “Déjame que te explique…”, comenzó a decirle. A la joven le estaba costando un esfuerzo enorme no romper a llorar allí mismo.
CAPITULO 40
–Quiero irme a casa. Pon la excusa de que me encuentro indispuesta y avisa al cochero, por favor –le dijo con un gesto helado, sin mirarlo y con la voz temblorosa.
–Mariana… –él trató de tomarla del brazo, pero ella retrocedió. El dolor de Mariana le dolía, no soportaba la idea de que estuviera sufriendo, pensando las peores cosas sobre él y Rocio.
–Llama al cochero o lo llamo yo, como prefieras –Mariana seguía sin mirarlo. Panlo se despidió de los Bolton aduciendo que su esposa se encontraba mal. El rostro de ella estaba tan desencajado que nadie lo puso en duda.
–Mariana, debemos hablar –acababan de subirse al carruaje. Palo tenía el ceño fruncido y estaba verdaderamente preocupado. No permitiría que la miserable de Rocio Deveril estropeara el acercamiento que había logrado con su esposa. Esa iba a ser su gran noche y aquella muchacha alocada lo había estropeado todo. Maldita sea–. Mírame, Mariana, por favor. Estás imaginándote cosas que no son –la joven seguía sin querer mirarlo.
–No quiero hablar ahora, Pablo –su voz era temblorosa y temía que él lo notara. No le daría la satisfacción de verla sufrir. Aquella era la mayor canallada que él podía hacerle: cortejarla como si le importara, como si la quisiera, y al mismo tiempo coquetear con Rocio. Era más de lo que podía soportar–. Si hablo ahora, diré cosas crueles, hablaré sin pensar, y no quiero comportarme como lo hacía antes. Me tomaré unos días, iré a Las Magnolias y…
–¡No, no irás a Las Magnolias! ¡No permitiré que vuelvas a escaparte! ¡Los problemas hay que enfrentarlos, no huir de ellos como un ratoncito asustado! –exclamó él con firmeza. Mariana no pudo evitar que las lágrimas acudieran a sus ojos.
–¿Cómo te atreves a decirme lo que puedo y no puedo hacer después de la canallada que acabo de presenciar? ¿Qué pretendes, dime, qué demonios pretendes jugando conmigo y con Rocio? –las lágrimas hacían que viera a Pablo borroso y, tratando de controlar el llanto, se descontroló por completo y rompió a llorar desesperadamente. Pablo se acercó para abrazarla y ella se revolvió de forma salvaje–. ¡No me toques, aléjate de mí! –el carruaje se detuvo ante la casa de los Robilard pues vivían muy cerca de los Bolton y, antes de que Pablo pudiera darse cuenta, ella saltaba al exterior y corría hacia la entrada. Él la persiguió escaleras arriba y entró detrás de ella en el cuarto–. ¡Déjame sola! –gritó de nuevo la muchacha.
–No, Mariana. Ya una vez huiste durante dos años a París y todo por no haber aclarado las cosas. Esta vez no ocurrirá eso. Debemos aprender de nuestros errores. Hablaremos de esto y después decidiremos qué hacer. Déjame que te explique… –la joven levantó la mano para que se detuviera, pues él comenzaba a acercarse a ella. Estaban de pie, en medio de la habitación. Ella, por momentos, tenía los hombros hundidos y, por momentos, levantaba el mentón desafiante con los ojos llenos de furia y dolor.
–¿Quieres explicarme lo que ya sé, lo que he tratado de olvidar para no sufrir? No hace falta que me expliques nada, lo sé todo: te gusta Rocio, siempre te ha gustado –su voz se rompió durante unos segundos–. ¿Por qué has jugado conmigo así, Pablo? ¿Por qué no te divorciaste sin más si lo que querías era estar con Rocio? ¿Tanto me odias para hacerme esto? –estaba temblando, como si de pronto un frío glacial hubiese inundado el cuarto.
–Mariana, por Dios, no digas locuras. Yo no he jugado jamás con ninguna mujer y contigo menos aún… No di ni un solo paso que me acercara a Rocio. Debes saber que fue ella… Ella se me acercó en la fiesta que dieron sus padres hace dos o tres meses, me dijo que me quería y que se atrevía a decírmelo porque al llevar tú tanto tiempo en París daba por supuesto que nuestro matrimonio estaba roto. Volvió a insistir en dos o tres ocasiones y siempre, siempre, le dije que se olvidara de mí. ¡Siempre! –él movía las manos mientras trataba de explicarse, parecía confuso y asustado ante la idea de que Mariana se volviera a alejar. La joven lo miró directamente. Tenía el rostro lleno de lágrimas. Pablo hubiera deseado tomar ese rostro entre sus manos y borrar con sus besos las lágrimas y hasta el último vestigio de dolor.
–¿Por qué estabas entonces con ella en la terraza? –la mirada suspicaz de ella le dolió. Era terrible tener que pasar por una situación así para darse cuenta de cuánto lo amaba Mariana, pero sólo en ese momento se dio cuenta de que la muchacha no sólo lo deseaba, sino que también lo quería, que estaba enamorada de él. La certeza se le instaló en el medio del pecho llenándolo de una euforia desconocida. También él debía hacerle entender a Mariana que sus sentimientos eran verdaderos y que para él no existía ninguna otra mujer que ella.
–Salí a fumar, tal y como te dije. Ella me siguió para tratar de insistir en lo mismo de siempre: que tú no me amabas, que no podías hacerme feliz y que ella era la mujer ideal para mí –Mariana no podía creer que aquella mosquita muerta de Rocio Deveril fuera una miserable arrastrada. Sí, una miserable arrastrada, porque sólo así podía explicarse que se ofreciera a un hombre casado como si fuese una cualquiera.
–¿Y esa es la mujer a la que tú considerabas perfecta, con la que siempre me comparabas? ¡Vaya dama del sur! –ella retrocedió un paso al ver que Pablo trataba de acercarse.
–Mariana… Cuando te hablaba de Rocio quería hacerte daño, como cuando tú me hablabas de Gaston Colbert… Éramos otro tipo de personas. Ahora somos distintos –Pablo comenzaba a desesperarse. No permitiría que Mariana se alejara de él. No esta vez. No sin luchar hasta las últimas consecuencias.
–¿Y por qué debo creerte? –ella se dio cuenta de que creía a Pablo, era una locura, pero lo creía. Sólo necesitaba que él dijera aquellas dos palabras, que la quería. Él nunca diría algo así sin sentirlo y Mariana sabía que le costaría mucho reconocerlo.
–Lo sabes, Mariana. Sabes que te estoy diciendo la verdad. Yo jamás le prometí nada a Rocio. Es cierto que estaba desesperado, creí que tú nunca me amarías, y cuando la oí decir que me quería, me di cuenta de que necesitaba que alguien me quisiera y pensé que tras el divorcio debía obligarme a querer a Rocio, dejarme amar por alguien, casarme con alguien así, que me quisiera… –dio un paso hacia ella y la joven no retrocedió, estaba conmocionada.
–¿Pensaste en casarte con Rocio tras nuestro divorcio? –Mariana no podía pensar nada más que en eso. Poco le importaban el resto de palabras que había dicho Pablo. No era capaz de recordar ya toda su declaración, el modo en el que había estado exponiendo veladamente sus sentimientos hacia ella. Sólo podía pensar en Pablo y Rocio, en esa posible boda que se habría llevado a cabo tras el divorcio. Su marido tenía un plan bien trazado por si lo suyo no funcionaba.
–Lo estás malinterpretando todo. Tienes que darte cuenta de que yo creía que tú me despreciabas. Estabas desesperado, ¿no lo comprendes? –preguntó él.
–¿Comprender? ¿Qué es lo que debo comprender, que antes de divorciarte ya tenías una sustituta buscada? ¿Qué diablos debo comprender? –ella comenzaba a perder los nervios–. Fui una imbécil desde el principio. Una redomada idiota. Yo nunca me fijé en otro hombre, ni siquiera cuando todo iba mal, ni cuando estaba en París, ni cuando me escribió tu abogado hablándome del divorcio. Me fui a París y he estado estudiando como una idiota durante dos años, quería mejorar, que dejaras de reírte de mi ignorancia. ¡Quería ser digna de ti! –Pablo estaba mudo por el asombro… ¿De verdad Mariana había hecho todo eso por él?–. Estaba tan concentrada en mejorar para ser digna de ti que en todo ese tiempo no me di cuenta de que tal vez eras tú el que no era digno de mí. Eso es lo que veo ahora claro: yo me merezco algo mejor, Pablo. Merezco alguien que me ame como soy, que acepte que no soy perfecta, alguien que no me considere prescindible y busque un recambio como si yo no valiera nada. Sí valgo, ahora lo sé. Valgo mucho más de lo que ni tú ni nadie imagina y ya no necesito ni de ti, ni de mi familia, ni de estos malditos charlestonianos cortos de miras. No me importa la opinión de nadie, ni siquiera la tuya. Mi tía Amarille ha puesto a mi nombre parte de su fortuna. Soy independiente, libre y rica. No permitiré que nadie vuelva a tratarme como lo has hecho tú –ni siquiera se daba cuenta de que había dejado de llorar. Era su dignidad la que hablaba ahora y lo hacía con sinceridad. Pablo estaba consternado.
–No sabía que habías hecho esas cosas por mí y quería arreglar nuestro matrimonio. Imagínate ahora, Mariana, ahora que lo sé todo… –trató de acercarse a ella, que retrocedió un paso.
–Pero yo ya no quiero arreglarlo, Pablo. Se acabó. No quiero estar con un hombre al que le importo tan poco como para humillarme una y otra vez, primero negándote a casarte conmigo y haciendo que toda la ciudad se riera de mí, la pobrecita Mariana, cuya familia tuvo que implorar a Pablo Robilard porque él no quería casarse con ella ni muerto. Ahora me humillas dejándote ver en una terraza, a solas y románticamente, con Rocio Deveril. Puede haberte visto mucha gente, pero eso no te importó. Yo jamás hubiera hecho semejante cosa con Gaston Colbert y tú me mortificabas con él, pero Gaston y yo siempre nos comportamos de manera intachable. Rocio y tú, en cambio, han sido ruines e innobles y realmente se merecén el uno al otro –Pablo no conocía a la mujer que tenía delante de él. Esa sí que era una mujer, por todos los demonios. No podía amarla más de lo que la amaba en ese instante. Ella tenía razón: no era digno de ella, pero jamás nadie la amaría como la amaba él. Ella también lo amaba y él lo sabía, debía luchar para que el amor de ella no se apagara.
–Por favor, tienes que escucharme… –le pidió Pablo.
lunes, 10 de marzo de 2014
Capítulo 37 y 38: "Pasión en el siglo XIX"
Hola les dejo dos de los ultimos capis falta 3 mas y se acabo toda esta linda historia , espero que les haya gustado tanto como a mi, besos
CAPITULO 37
–Sé que no tenemos tiempo, sólo quiero quitarte el vestido –le dijo él, mientras comenzaba a desatar los lazos de su espalda. La tela resbaló hasta caer al suelo. Pablo acarició los brazos de la joven antes de continuar con el corsé. Mariana se sentía embriagada, incapaz de pensar, y dejó de importarle llegar tarde a la fiesta o, simplemente, no llegar. Sintió cómo él acariciaba su cintura con la yema de los dedos y libre ya de su camisola, la llevó a la cama. “Ten cuidado con el vestido, no lo arrugues”, dijo ella. Pablo la depositó sobre el colchón con sumo cuidado y, sin dejar de mirarla a los ojos, le desató la cinta de los calzones.
–Recuerdo la última vez que me quistaste los calzones –dijo ella con un hilo de voz–. Nunca había estado tan excitada en toda mi vida… hasta ahora. Me sentía tan culpable… Tú querías castigarme y yo… Yo te deseaba –oírselo decir hizo feliz a Pablo. ¡Se había sentido tan culpable por haberse dejado arrastrar salvajemente por aquella pasión avasalladora!
–Sé que fui brusco en aquella ocasión, Mariana, pero fui torpe y brusco por culpa del deseo. No era una manera de castigarte, es que no podía controlarme. Siempre me cuesta controlarme contigo –le dijo, antes de volver a besarla en la boca. La joven se sentía mareada, le parecía que aquello que estaba viviendo no era real. Pablo la deseaba y en el pasado también la deseó, no podía creerlo. Estaba completamente desnuda, expuesta ante él, a excepción de las medias, y él las deslizó despacio. Mariana creyó desmayarse al sentir las yemas de los dedos de Pablo recorriendo sus piernas. Cuando no había ni un milímetro de tela que la cubriera, él la miró con las pupilas dilatadas por el deseo y se tumbó sobre ella–. No te imaginas cuánto he soñado con esto, mi amor.
–Yo también –confesó Mariana. Intentó quitarle la chaqueta, pero él la detuvo.
–El único modo de asegurar que podré controlarme es permaneciendo vestido –le dijo, y comenzó a besarla en el cuello, bajó por el valle entre sus senos hasta alcanzar el ombligo y finalmente se detuvo cuando sus labios alcanzaron los rizos del pubis de la muchacha–. ¿Me deseas, Mariana ?
–¡Sí! –exclamó ella, al tiempo que arqueaba la espalda–. ¡Por favor, Pablo, no te detengas! –murmuró, tratando de apretarse más contra él.
–Sin embargo, debo detenerme o llegaremos tarde a la fiesta. Victorio y Soledad cuentan con nuestra presencia –una malévola sonrisa iluminaba su rostro–, pero al menos me he asegurado de que esperarás esta noche con la misma ansiedad que yo… y de que estarás tan excitada como lo estoy yo –se levantó de la cama tras besarla en la frente. Observó durante unos instantes la espléndida desnudez de su esposa, que le despertaba, al mismo tiempo, un deseo voraz y la mayor de las ternuras.
–¡Eres un demonio, Pablo Robilard, más te vale compensarme esta noche! –dijo ella con un desparpajo que arrancó en él una sonora carcajada.
–No te preocupes, me aplicaré al máximo para que no tengas ninguna queja –le dijo, fingiendo seriedad. Ella lo miraba sonriente, tierna. Lo miraba, pensó Pablo, como si estuviera enamorada de él.
CAPITULO 38
Génesis estaba ayudándola a ponerse el vestido verde manzana que le había regalado Pablo.
–Estos días nos vemos muy poco –le dijo Mariana.
–Bueno, estoy dejando que disfrutes de tu luna de miel sin molestias –la negrita sonrió con picardía.
–¿Seguro que ese es el único motivo? –le preguntó Mariana. Le extrañaba que Génesis no la bombardeara a preguntas sobre su relación con Pablo.
–Bueno, la verdad es que estoy pasando bastante tiempo con Tobey y estoy aprovechando que el señor Hobbes viene a darle clases en casa… También yo estoy recibiendo clases –dijo con una sonrisa tímida.
–¡Eso es fantástico, Génesis! Me alegro mucho por ti. Eso es lo que debes hacer, estudiar… Si ese es el motivo de tu lejanía, te perdono –Mariana era tan feliz que sólo quería que el resto del mundo fuese tan feliz como ella. Esa noche iría a la fiesta de los Bolton y después… Después… No podía pensar en el después ni en Pablo sin sentir que un escalofrío la recorría de pies a cabeza.
Rocio Deveril observó a Pablo y a Mariana desde que estos habían llegado a la fiesta de los Bolton. Tenía que reconocer que parecían una pareja feliz. Demasiado feliz. Nadie con un mínimo de decoro se muestra tan explícitamente cariñoso en público a menos que quieran demostrar algo. ¡Eso era! Seguramente Mariana estaría tratando de chantajearlo de algún modo. ¿Con qué lo amenazaría? Debía de ser algo terrible para que él se plegara a los deseos de la muy víbora y pareciese tan sincero en sus muestras de afecto, pensó Rocio. Tenía que hablar con Pablo, era sumamente urgente. Quería decirle que ella lo apoyaría en todo momento y estaría a su lado por muy escandaloso que fuera el divorcio. Pablo debía ser suyo. Fuera como fuese, ella tenía que convertirse en la nueva señora Robilard y a Mariana iba a costarle sangre y lágrimas interponerse en su camino. Estaba tan cerca, tan cerca de lograr lo que más había ansiado en su vida. Sí, Pablo tenía que ser suyo a cualquier precio.
La escandalosa pareja despertó murmullos en el salón de baile. Sus muestras de afecto eran tan evidentes y exageradas, se miraban desprendiendo tal fuego, que la inmensa mayoría de las matronas llegaron a la conclusión de que aquello no era decente, aunque ya estuvieran casados. “Dios mío, ese hombre la desnuda con la mirada y ella no parece ofendida, al contrario”, dijo alguna de las viejas lechuzas que iban a los bailes con el único afán de criticar. “Tal vez se haya casado por obligación con ella y quizás su matrimonio estuviera roto cuando Mariana se fue a París, pero nadie puede dudar de que ahora se quieren. Por Dios, es inmoral gustarse de esa manera. Ninguna dama se sentiría cómoda si su marido la mira con tal ansia, y menos aún en público”, comentó otra de las matronas. La verdad es que cualquiera de ellas hubiera dado lo que fuera porque sus maridos las hubieran mirado así al menos una vez en la vida.
–Estoy deseando llegar a casa –murmuró Pablo con la boca pegada a la oreja de su esposa–. Te haré el amor toda la noche. Tendrás tales ojeras por la mañana que nadie pondrá en duda lo que ha ocurrido en el interior de tu cuarto en cuanto te vean –Mariana se rió con ganas.
–¡Eres un exagerado! Eso tendré que verlo para creerlo –lo retó con una mirada coqueta. Él respiró pesadamente mientras apretó más su cintura, la atrajo hacia él todo lo que el maldito miriñaque le permitió y siguió haciéndola girar en la pista de baile.
–Si sigues mirándome de ese modo, no esperaré a llegar a casa. Te arrastraré al jardín y te haré el amor bajo el roble de los Bolton –ella volvió a reírse. Sus ojos brillaban de felicidad y Pablo estaba hechizado por esa sonrisa y por ser el causante de la felicidad de Mariana. De pronto, ella trató de ponerse seria.
–Esta es la fiesta de Victorio y Soledad y no nos hemos acercado a ellos desde que llegamos. Creo que debería estar con tu hermana durante un rato. Pensará que soy muy egoísta por dedicarme sólo a mi propia felicidad –le sonrió de nuevo a su marido. Él resopló. Definitivamente, iba a ser muy difícil controlarse hasta llegar a casa.
–De acuerdo, saldré a fumar a la terraza, entonces. A ver si la brisa fresca de la noche me calma los ardores –Mariana hizo un gracioso mohín con los labios.
–Yo calmaré tus ardores, Pablo. Sólo tienes que espera unas horas –se dio la vuelta con garbo y se encaminó hacia donde estaba su cuñada, contoneándose todo lo provocativamente que pudo, pues era consciente de que su marido la miraba embobado.
Rocio Deveril había estado esperando la oportunidad apropiada para acercarse a Pablo y ya había llegado. Él no se había separado de Mariana ni un solo instante desde que había llegado a la fiesta, pero ahora se dirigía a la terraza y su esposa se había unido al grupo de mujeres que había alrededor de Soledad Robilard.
viernes, 7 de marzo de 2014
Capítulo 35 y 36: "Pasión en el siglo XIX"
Holaaaa sory por la minidemora se me rompio el cargador d la compu :( les dejo mas de esta linda historia, les adelanto que se viene otra adapta del año 1800 aunque se basa mas en la historia que las costumbres de aquel tiempo, pero bueno espero les guste el próximo final de esta, falta menos de 7 capis ,gracias por sus comentarios genias, besos
CARO
CAPITULO 35
Mariana se dio cuenta del cambio de humor de Pablo, pero no supo a qué achacarlo y, más tarde, cuando ya iban en el carruaje de regreso a casa, tampoco se atrevió a preguntárselo directamente.
–¿Te encuentras bien? –quiso saber, pues él tenía la mirada perdida y parecía preocupado. Pablo se dio cuenta de que estaba siendo tremendamente ambiguo: antes de entrar en casa de Koplotz habían estado coqueteando y ahora se volvía taciturno, como si fuera dos personas distintas o como si se hubiera arrepentido de sus coqueteos. Su esposa lo miraba con el ceño fruncido sin saber muy bien cómo interpretar aquel cambio brusco. Pablo no podía hablarle de Rocio, no hasta que tuviera una conversación con la muchacha y le dejase claro que no debía perseguir a un hombre casado y, menos aún, a un hombre casado y enamorado de su esposa.
–Estoy preocupado por unas cuestiones… Ahora no puedo hablar de ello, pero algún día, cuando lo resuelva, te lo contaré todo –se daba cuenta de que estas palabras no sólo no aclaraban nada, sino que daban un carácter más preocupante a su humor, de manera que quiso evitar malos entendidos con Mariana. No quería que ella pensase que él estaba levantando un muro entre ellos–. Pero no tiene nada que ver contigo, nada, ¿de acuerdo? –ella lo miraba sin dar mucho crédito a sus palabras, triste. Se recolocó en su asiento y comenzó a mirar por la ventanilla del carruaje mientras se mordía el labio inferior–. Mariana, soy el mismo que antes de entrar en casa de Koplotz…
–No, no lo eres –dijo ella sin mirarlo. Pablo se levantó y se sentó al lado de ella. Mariana se sobresaltó.
–Te doy mi palabra de que soy el mismo… Mira, no sé lo que está pasando. No sé si esto es un espejismo, pero creo que tú has cambiado y que yo he cambiado y quiero conocerte, conocer a la mujer que eres ahora –ella respiraba con dificultad y lo miraba fijamente. Pablo estaba apostando fuerte, no estaba haciendo caso a su instinto, que lo obligaba a ir con cautela por si su esposa jugaba con él–. ¿Es un espejismo, Mariana, o verdaderamente eres tal y como te muestras ahora conmigo? Porque la mujer que eres ahora me gusta, me gusta muchísimo, y quiero conocerla –ella seguía callada–. ¿Es, acaso, un espejismo? –ella negó con la cabeza–. Pues si no es un espejismo, permíteme conocerte y confía en mí. Mi cambio de humor no se debe a nada que tenga que ver contigo. Desde que has vuelto, eres causante de emociones positivas, Mariana, pero hay cosas que debo solucionar –la joven seguía muda–. Dime algo. Dime si te parece bien que te… corteje –Pablo sonrió al decir la última palabra.
–¿Cortejarme? –preguntó ella asombrada.
–Nos casamos por motivos equivocados, sin conocernos. No tuvimos noviazgo, ni cortejo, ni nos permitimos conocernos el uno al otro. Quiero cortejarte ahora si me lo permites, hablar con calma, ver si surgen sentimientos entre nosotros que puedan evitar el divorcio –Pablo no se atrevió a decirle que esos sentimientos ya existían en su corazón. La joven sonrió de una manera exquisita. Estaba tan cerca que él hubiera podido besarla con una leve inclinación de cabeza, pero debía ir despacio. Quería que Mariana lo deseara, que la próxima vez que estuviesen a solas ella se entregara completamente a él. No le bastaba su cuerpo, quería su alma y hasta el último rincón de sus pensamientos, quería que fuese suya y que lo fuese de forma absoluta, de la misma manera que él le pertenecía absolutamente a ella.
–¿Eres… mi pretendiente, entonces? –dijo ella con una sonrisa dulce y emocionada. Él asintió y la joven levantó la mano para acariciarle el rostro. Pablo tembló ante este contacto y la miró muy quieto, conteniendo la respiración. No iba a besarla, aunque se moría por hacerlo. Mariana quedaría tan excitada y ansiosa como él. No, no la besaría… aún.
CAPÍTULO 36
La visita de Matias aquella tarde traía de cabeza a Mariana. Deseaba que Pablo y él se comportaran como hermanos. No concebía cómo podían llevar dos años sin hablarse. Ella no se imaginaba tanto tiempo enfadada con Vico. Estaba decidida a hablar con Mattias para hacerle comprender lo injusto que era con su hermano.
Pablo ni siquiera había asistido a la reunión, pero el resto de la familia Robilard sí y Mariana esperó a que Matias decidiera retirarse para hablar con él. Le extrañó encontrarse a un hombre tan distinto al que había conocido cuando se casó. Llevaba un año y medio al frente de la alcaldía de Charleston y había envejecido diez años. El pelo comenzaba a presentar algunas canas y Mariana se dio cuenta de que lo que se decía sobre la política era cierto: demasiadas responsabilidades te roban tranquilidad y años. Matias había envejecido, pero no había cambiado. Ella se dio cuenta de eso en cuanto trató de hablarle de Pablo.
–¿No crees que Pablo y tú deberían resolver sus diferencias de una vez? –le preguntó directamente, cuando su cuñado estaba a punto de subir a su carruaje. Matias se había dado la vuelta, sorprendido.
–La verdad es que no, no creo que debamos resolver nada. Pablo y yo nunca nos hemos llevado bien –a él no parecía importarle.
–¡Pero son hermanos! –exclamó ella.
–¿Y qué? ¿Dónde está escrito que los hermanos deban llevarse bien? Uno no elige a la familia. Con suerte, elige a los amigos, a las amantes, a la esposa… Además, ¿desde cuándo tratas de interceder en favor de Pablo? Creí que se odiaban –él la miraba con el ceño fruncido.
–¡No nos odiábamos! Simplemente nos llevábamos mal, pero ya no –dijo ella, sonrojándose.
–Bueno, si eso es lo que te hace feliz… Sólo espero que mi hermano te trate bien, aunque lo dudo –la besó en la mano, a modo de despedida.
–Ambos piensan lo peor el uno del otro. Crees que él no puede hacerme feliz y debes saber que tu hermano es maravilloso. Él piensa que tú serías capaz de coquetear conmigo… y Soledad también lo cree –él pareció molesto.
–¡Yo jamás haría nada semejante, ni por molestar a Pablo ni por nada del mundo! Puede que él no lo sea, pero yo sí soy un caballero. No entiendo por qué él y Sole creen que yo tendría un comportamiento así –estaba realmente enfadado y molesto.
–Quizás deberías preguntarte por qué tus hermanos tienen esa opinión sobre ti –le dijo Mariana. Él se despidió con una inclinación de cabeza, cerró la puerta del carruaje y desapareció por la avenida.
La fiesta que los Bolton ofrecían en honor de Victorio y Soledad con motivo de su próximo compromiso era todo un acontecimiento. No se hablaba de otra cosa en la ciudad desde hacía semanas. Los Bolton tenían un salón bastante pequeño y estaba comprobado que sólo cabían, holgadamente, unas setenta personas, lo cual obligaba a ser muy puntillosos a la hora de elegir a los invitados. Los setenta charlestonianos más influyentes estarían allí y quienes quedaran excluidos se contentarían con ver salir de los carruajes a tan insignes ciudadanos desde la calle.
Pablo había querido darle una sorpresa a Mariana y había mandado confeccionar para ella un vestido de seda verde manzana. Cuando la joven lo vio extendido sobre la cama, no puedo contener un grito de satisfacción. Él la miraba con una enorme sonrisa. Estaba apoyado contra el quicio de la puerta y disfrutaba al observar el gesto maravillado de la joven.
–¡Es… no tengo palabras! –lo tomó entre las manos y se observó con él frente al espejo–. ¿Cómo sabías que este color me favorecería?
–Fácil –respondió él–. Te favorecen todos los colores –ella lo miró con una sonrisa que indicaba que él estaba exagerando–. Cuando te vi por primera vez, en Las Magnolias, llevabas un vestido amarillo. No conozco a nadie a quien le quede bien el amarillo. Tú, en cambio, estabas espléndida –la joven lo miró a través del espejo. Se sorprendió de que Pablo recordara cómo iba vestida cuando se conocieron.
–¿Recuerdas eso? –dijo ella con la voz tomada por la emoción.
–Lo recuerdo todo –se miraron unos segundos, ambos a través del espejo, hasta que Pablo se acercó a Mariana y la abrazó por la espalda. La estrechó por la cintura y depositó un beso suave sobre su hombro–. ¿Sería muy atrevido si tu pretendiente te pide un beso? –ella negó con la cabeza. Pablo la hizo girar hasta que quedaron frente a frente. Ella elevó el rostro y lo miró con los ojos muy dilatados y los labios entreabiertos. ¡Cuántas veces había soñado con verla así, deseándolo, ansiando que la besara, que la tocara! Inclinó la cabeza para ir depositando pequeños besos a lo largo de la línea de la mandíbula y después descendió por su cuello para, finalmente, ascender de nuevo y detenerse antes de tomar su boca. Cuando Mariana abrió los ojos, lo vio a escasos centímetros de su rostro, observándola. Tenía una sonrisa malévola. “¿Estás ansiosa, Mariana?”, le preguntó él antes de besarla. “No más que tú, Pablo”, le dijo ella, juguetona, al tiempo que se ponía de puntillas, lo tomaba por las solapas de la chaqueta y lo obligaba a besarla. Pablo la estrechó contra su cuerpo con delicadeza y la besó tiernamente al principio. Sus manos rodeaban la delgada cintura de la joven y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no arrastrarla a la cama. Trató de controlarse, pero muy pronto sus labios ansiaron más y el beso se tornó más profundo. Sentía la tibieza del cuerpo de Mariana pegado al suyo, su respiración entrecortada, y comenzó a explorar la boca de la muchacha, que se entregó con pasión. Pablo supo que ella era apasionada desde su noche de bodas. Había un volcán bullendo bajo esa apariencia de frívola beldad sureña. La deseaba de una manera tan intensa que cuando se obligó a detenerse sintió casi dolor físico, pero no quería hacerle el amor con prisas y en dos horas debían estar en la fiesta de los Bolton. Apartó sus labios de los de la muchacha y ella emitió un quejido ronco de protesta. Él tampoco quería dejar de tocarla. Sabía que era tentar al diablo, pero creía tener la suficiente fortaleza para seguir jugueteando con ella sin que ocurriese nada más, de ese modo Mariana iría a la fiesta tan excitada como él y también ansiaría regresar a casa para hacer el amor. Sí, así era: su intención de ir despacio no parecía posible. Pablo no había contado con que la pasión y la sensualidad de su esposa dieran al traste con su plan de tomarse aquel cortejo con calma.
–Déjame que te ayude a quitarte el vestido –le dijo a su esposa mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.
–No tenemos tiempo –murmuró ella, ahogando un gemido y apretándose contra él.
martes, 4 de marzo de 2014
CApítulo 33 y 34: "Pasión en el siglo XIX"
Holaa les dejo nuevos capis espero que les guste esto esta llegando a la trama final, besos
CAPITULO 33
El desayuno se desarrolló tranquilamente. Todos estaban animados ante el próximo enlace de Soledad y había tantas cosas que hacer que apenas había tiempo para nada más.
–¿Qué harás hoy, Pablo? –le preguntó su hermana.
–Más tarde iré a visitar a Viktor Koplotz. Se encuentra mucho mejor de su achaque y creo que ya ha comenzado a recibir visitas –Pablo era dolorosamente consciente de la presencia de Mariana . En un par de ocasiones le había dedicado una mirada furtiva y se había topado con que ella también lo miraba.
–Oh, me alegro de que esté mejor. Preséntale mis respetos. Iré a verlo la próxima semana –dijo Sole, después miró a su cuñada–. Creí que iba a necesitarte hoy para la prueba del vestido, pero la modista vendrá mañana, así que puedes acompañar a Pablo en su visita, si quieres –Mariana levantó la mirada de su taza de café y se sonrojó.
–Estaría encantado de que me acompañaras –le dijo Pablo, mirándola con la ceja levantada, ansioso porque ella dijera que sí.
–De acuerdo, te acompañaré –el hilo de voz de la joven no pasó desapercibido para el anciano señor Robilard, el padre de Pablo, que había asistido a la escena con preocupación.
–¿Puedo hablar contigo un instante en el despacho, Pablo? –dijo el anciano cuando todos se habían levantado ya de la mesa.
–Por supuesto, padre –Pablo ya se imaginaba los reproches que su padre iba a hacerle y le resultaría muy difícil justificarse.
–Por cierto –anunció Soledas antes de salir del comedor–, esta tarde vendrá Matias de visita –el rostro de Pablo se ensombreció y su ceño fruncido fue lo último que vio Mariana antes de que él desapareciera por la puerta del despacho de su padre.
El anciano señor Robilard se sentó tras su escritorio y espero a que su hijo tomara asiento frente a él antes de comenzar a hablar.
–Creía que le habías pedido el divorcio a Mariana y que los papeles estaban listos, a falta sólo de la firma de ambos –dijo, aparentemente tranquilo.
–Sí, exactamente –respondió Pablo.
–¿Se puede saber entonces qué estás haciendo? –el tono de su padre ya indicaba cierta tensión–. Y no te hagas el tonto, sabes perfectamente a qué me estoy refiriendo. Si quieres divorciarte, por qué parece como si estuvieras cortejando a tu mujer. Jamás te he visto tan atento con ella como ahora.
–Parece muy cambiada, padre. Creo que Europa la ha hecho madurar. Si ese cambio es cierto, tal vez exista una posibilidad de que podamos intentarlo de nuevo, pero con Mariana nunca se sabe. Es tan coqueta y finge tan bien, que de la noche a la mañana puedo descubrir que todo esto no ha sido nada más que un juego suyo, por eso voy con pies de plomo, pero quiero comprobar si realmente ha cambiado y si… –Pablo se interrumpió.
–Y si estás en lo cierto al creer que está interesada en ti, ¿no es cierto? –preguntó su padre–. Voy a sacarte de dudas, porque soy más viejo que tú y veo luz donde tú solo ves oscuridad: le interesas mucho, tanto que ha utilizado su estancia en París para cambiar y lo ha hecho por ti –Pablo tuvo la sensación de que alguien introducía una mano en su pecho y le apretaba el corazón. ¿Sería cierto? ¿Mariana estaría interesada en que siguieran casados? ¿Sentía, acaso, algo por él?
CAPÍTULO 34
Viktor Koplotz era el socio de Pablo. Mariana nunca le había preguntado a su marido a qué se dedicaba exactamente. Sabía que tenía algo que ver con préstamos. En realidad, Viktor y Pablo era dueños del Banco Sureño de Crédito, una entidad dedicada a prestar dinero a los hacendados en épocas de escasas cosechas, dinero que recuperaban con intereses cuando estos tenían cosechas mejores. Parte de ese dinero lo invertían en otros negocios. Pablo, por ejemplo, había invertido su parte de los beneficios en muchas empresas del norte: textiles, madereras,…
Estaba tan convencido de que la guerra con los yanquis era un hecho, que no quería tener todo su dinero en el sur, quería diversificarlo. En caso de conflicto, el sur no ganaría la contienda. Los yanquis tenían fábricas de armas, ellos no tenían nada con qué defenderse. Cuando el sur fuera derrotado, las grandes fortunas desaparecerían en manos de los yanquis o por la propia devastación de la guerra. Por eso había convencido a Victorio Du Maurier, el hermano de Mariana, de que también él invirtiera en territorio yanqui. Sólo así podría salvar Las Magnolias de una destrucción segura.
Cuando Mariana subió al carruaje con Pablo, se sentía tan nerviosa que no podía evitar que sus dedos tamborilearan sobre sus muslos. Él no parecía darse cuenta y su actitud tranquila molestaba a la joven. Ojalá estuviese tan nervioso como ella. No pudo soportar durante mucho tiempo el silencio y preguntó justo lo que no debía preguntar.
–Sole dijo que vendría Matias de visita y me pareció que te disgustaba la idea… ¿Están enfadados? –la joven comprobó cómo se oscurecía la mirada de pablo, pero él fue amable en su respuesta, a pesar de que no quería tratar ese tema.
–No hemos vuelto a hablar desde el incidente que tuvimos en la terraza, la fiesta de los Vaugham –dijo él, sin darle importancia.
–¡Dios mío, han pasado dos años! –ella estaba asombrada–. Son hermanos, deberian tratar de arreglar las cosas. Matias tiene que comprender que tú no eres culpable de lo que ocurrió con su prometida, que te comportaste lealmente al contarle lo que ella pretendía hacer… –había vehemencia en las palabras de Mariana y Pablo sonrió.
–¡Vaya, de modo que me consideras inocente! Recuerdo que cuando traté de explicártelo… –él no pudo terminar la frase porque la joven lo interrumpió.
–¡No me lo recuerdes! Lo sé, sé que no te dejé explicarte y te juzgué –ella parecía afectada.
–Vamos, Mariana , no te mortifiques por eso. Todo el mundo piensa de mí las peores cosas, estoy acostumbrado –ella lo miró boquiabierta.
–Pero yo no era todo el mundo, yo era tu esposa y debí… –se le quebró la voz y comenzó a juguetear con los pliegues de la falda–. Debí haberte escuchado –dijo por fin. Él actuó antes de pensar. Estaban sentados dentro del carruaje uno frente al otro, tan cerca que sus rodillas se tocaban. Pablo se inclinó hacia ella, tomó una de sus manos, se la llevó a los labios y depositó un beso sobre la piel suave del dorso. Cerró los ojos para disfrutar el contacto y cuando por fin levantó la mirada y se topó con las pupilas dilatadas de ella, le dijo:
–No te mortifiques por mí y mucho menos por Matias. Ninguno de los dos merecemos tales quebrantos, créeme. Yo, porque te he tratado de la peor manera que un hombre puede tratar a una mujer y él, porque no me extrañaría que, ahora que vas a ser libre de nuevo, comience a molestarte con la única intención ponerme celoso. Tratará de conquistarte… –el rostro de Pablo estaba muy cerca del suyo. Notaba la calidez de su aliento. ¿Sentiría celos Pablo si la veía con Matias… o con algún otro hombre?
–Poco importa que él quiera conquistarme, porque yo no quiero ser conquistada por él. Que haya perdido al original no significa que vaya a conformarme con la copia –las palabras de Mariana fueron dichas con una sonrisa en los labios y con tal desparpajo que a Pablo no lo cupo ninguna duda de que su esposa estaba coqueteando con él. Dijo que había perdido al original, como si eso la disgustara. Dijo que no se conformaría con la copia, como si él fuese mejor. Eso sí que era una novedad, pues Matias era el hombre perfecto para todo Charleston y él, nada más que el hermano díscolo. Sonrió y Mariana notó claramente la mirada juguetona de él, su actitud de enorme felino. Acercó un poco más el rostro al de su esposa.
–¿Está usted coqueteando conmigo, señora Robilard? –le preguntó con ironía, no pudiendo contener el brillo en la mirada. Ella también sonrió con picardía. Negó con la cabeza y uno de sus hermosos rizos negros se escapó de su peinado. Él lo tomó entre los dedos, provocando que Mariana contuviera la respiración–. ¡Dios, adoro París! –exclamó él de pronto, descolocando a su esposa, que no comprendió el comentario. Si esa ciudad era la causante de aquel cambio en Mariana, adoraba París.
El carruaje se detuvo, interrumpiendo el coqueteo de la pareja, ante la casa de Viktor Koplotz, una de aquellas elegantes y coloridas edificaciones de cuatro plantas en pleno centro de Charleston. Un esclavo abrió la puerta y los condujo hacia la sala donde estaba Koplotz hablando con dos mujeres, una de ellas era una encantadora joven rubia. Mariana no la reconoció al principio, pero Pablo sí supo al instante que aquella cabellera pertenecía a Rocio Deveril y palideció de inmediato.
Rocio estaba encantadora, con un vestido rosa claro y el pelo recogido hacia un lado con unas horquillas plateadas, pero ni aun así podía compararse con la vivacidad y el porte de Mariana . La joven Deveril disimuló muy bien su sorpresa, no así Pablo, al que se veía incómodo. Su esposa se dio cuenta, pero por primera vez no desconfió, pues creyó que él temería una de esas escenas que ella protagonizaba cada vez que Rocio aparecía.
-¡Querida Mariana! Estuve encantada cuando me dijeron que regresabas de París. No te imaginas lo aburrido que es esto. Estoy deseando que nos cuentes todo lo que viste en Europa –la falsedad de Rocio pilló por sorpresa a Pablo. La joven le había guiñado un ojo con picardía cuando los demás no miraban, algo que ofendió profundamente a Pablo. ¿Pero qué se creía esa mocosa? O comenzaba a comportarse como era debido o él tendría que ponerla en su lugar. Lo que había sido difícil de creer para él era el extremo cinismo con el que se dirigía a Mariana. Rocio se sentía muy ufana, creyendo que Pablo se divorciaría de su esposa y eso le daría a ella la oportunidad de conquistarlo. Trataba a Mariana con condescendencia, creyendo que sería la gran perdedora de esa historia. A Pablo le hubiera apetecido borrarle esa sonrisa de la cara gritándole que amaba a Mariana. De pronto se sintió asqueado por Rocio, que fingía ser una muchacha buena y honesta y se comportaba como una harpía con Mariana , a la que pretendía quitar el marido, ¿y aquella era una dama del sur? ¡Cómo había estado tan ciego, creyendo que Mariana era la peor de las mujeres, sin haberle dado la oportunidad de conocerla, y considerando a Rocio poco menos que una santa, cuando en realidad era una falsa y una miserable! Afortunadamente, la dama que acompañaba a Rocio, una tía soltera que había venido a visitarla desde Nueva Orleans, se levantó de su asiento diciendo: “Creo que ya debemos irnos, querida, para que el señor Koplotz disfrute de su nueva visita”. La joven Deveril se fue a regañadientes, no sin antes buscar con desespero que sus ojos se encontraran con los de Pablo. Éste la miró de una manera tan fría y despectiva que a ella no le pasó desapercibida. Frunció el ceño y comenzó a preguntarse qué diablos le ocurría, aunque llegó a la conclusión de que su enfado se debía a alguna riña con su esposa.
domingo, 2 de marzo de 2014
Capítulo 31 y 32: "Pasión en el siglo XIX"
Holaaa les dejo dos nuevos capi, espero que Mariana y Pablito aprovechen estos dos meses jjaja, besos
CAPITULO 31
Mariana y Soledad se abrazaron y comenzaron a hablar como si no hubiese dos años que no se veían. Como la correspondencia había sido frecuente entre ambas, pocas eran las cosas que no se habían contado. Mariana aún no podía creerse que Soledad ya caminara.
–Cuando me pidió matrimonio, tú ya habías iniciado tu viaje de regreso y no pude contártelo. ¡Vamos a ser doblemente cuñadas, eso casi te convierte en mi hermana! –dijo Soledad entre risas.
–No te imaginas qué sorpresa me llevé al enterarme de que tu misterioso amor platónico era mi hermano. ¡Y ya ves! Decías que era imposible que se fijara en ti y van a casarse –Mariana estaba feliz por ellos.
–La verdad es que no hay nada imposible, por eso yo no me conformo con su divorcio. Sigo soñando con que todo se arreglará entre Pablo y tú.
–Oh, no, Soledad, eso es imposible. Pablo jamás me ha querido, ni siquiera le he gustado. Es normal que quiera el divorcio. Al fin y al cabo, tiene derecho a encontrar a alguien que lo haga feliz. Además, el nuestro fue un matrimonio para acallar rumores. Nunca debimos habernos casado –Soledad estaba sorprendida de la tristeza que reflejaban las palabras y la mirada de Mariana.
–Por Dios, ¡tú quieres a Pablo! –ella se sorprendió al escuchar en boca de su cuñada cuáles eran sus sentimientos, pero no tuvo fuerza para negarlo.
–¡Qué más da lo que yo sienta! Él…
–Oh, por favor, basta de estupideces. ¡No lo soporto más! –Soledad resopló, impaciente–. ¿Por qué huiste a Europa y permaneciste allí dos años? –Mariana iba a responder, pero la interrumpió–. ¡No, no me lo digas, lo sé de sobra!: Porque no soportabas pensar que mi hermano te odiaba mientras tú lo amabas, ¿no es cierto? –Mariana asintió–. Pues quiero que sepas que Pablo enloqueció con tu partida, estuvo más de un año sin pisar un acto social, bebía demasiado y Victorio me ha dicho que cuando te negaste a verlo antes de partir a París, él le comentó desesperado que no creía que hubiese un esposo más odiado que él en toda Carolina del Sur. ¿Crees que esas son las reacciones de un hombre que odia a su esposa? –Mariana no podía creerse lo que su cuñada le estaba contando y como Soledad se dio cuenta, decidió revelar aquel secreto que mantenía oculto por miedo a que su hermano no volviera a hablarle nunca–. Debo contarte algo, Mariana… Dios mío, Pablo me matará si sabe que te lo he contado. Cuando te conocimos en Las Magnolias, él se prendó de ti. Nunca lo había visto tan interesado por una muchacha y eso que, no te ofendas por lo que voy a decirte, querida, pero no eras en absoluto su tipo. De hecho, siendo lo estricto que es Pablo, estaba dispuesto a pasar por alto que no te interesaba nada de lo que le interesaba a él. Estaba loco por ti, Mariana. Lo estuvo desde el primer instante, pero entonces tú comenzaste a coquetear con Gaston Colbert ante sus propias narices y lo humillaste, lo hiciste sentir como un pobre imbécil, como un títere en tus manos. Creyó que habías jugado con él. Ese es el motivo de que siempre te tratara de eso modo cruel y despectivo. Se sentía herido, Mariana, pero le gustabas y, después, tras el matrimonio, sé que llegó a quererte, lo sé…
–Oh, Dios, coqueteé con Gaston Colbert porque mi nodriza, Portia, me dijo que estaba siendo demasiado explícita con Pablo y que a los caballeros no les gustaban las mujeres que estaban tan disponibles. Les interesaban los retos –suspiró desesperada–. A mí me gustaba Pablo, me gustaba, maldita sea, y lo he perdido por ser boba y hacer caso a quien no debía –las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Sole se acercó a ella y la abrazó.
–Aún estás a tiempo. Tampoco seas demasiado directa, porque no te creerá, pensará que vuelves a jugar con él. Vete poco a poco demostrándole que tus sentimientos y tus actitudes hacia él han cambiado, haz que se sienta cómodo contigo, ¡diablos!, coquetea con él, tú sabes muy bien cómo hacerlo –Soledad bajó el tono–. Vuélvelo loco de deseo.
Rocio Deveril, acompañada de una esclava, se encaminó hacia el club de caballeros donde Pablo iba cada tarde. Su idea era interceptarlo en la entrada y hablar con él. “Esto no es apropiado, Rocio”, le dijo en cuanto la vio. Pero la joven estaba enfadada y no le hizo caso.
–Creí que te ibas a divorciar de Mariana y me entero de que se ha instalado en tu casa –la joven parecía triste. Cómo habían cambiado las cosas desde hacía unas pocas horas. Ver de nuevo a Mariana le demostró que no había para él más mujer que ella y que debería esforzarse mucho para amar a Rocio.
–En primer lugar, señorita, usted y yo no tenemos ninguna relación ni ningún compromiso. Yo no le he prometido nada, lo único que he hecho ha sido escuchar sus palabras y recomendarle que ni las repitiese ni se expusiera, pues su honor puede quedar mal parado. En segundo lugar, le he suplicado que no se haga ilusiones conmigo –Pablo no quería que la muchacha se pusiera más en entredicho. El día que él estuviera ya divorciado la buscaría, se casaría con ella, formaría una familia que lo hiciera sentir querido, pero aún no podía darle esperanzas a aquella muchacha, sería una canallada por su parte.
–No me doy por vencida. Te amo y sé que tú me amarás. Soy la mujer perfecta para ti, Pablo. Mariana no es más que una coqueta sin corazón –Pablo hizo una inclinación de cabeza y desapareció dentro del club de caballeros. Su humor se había oscurecido. Lamentablemente, Rocio tenía razón: Mariana era una coqueta sin corazón. Él le había entregado su amor a alguien capaz de pisotearlo y burlarse sin sentir ni un ápice de remordimiento… ¿O no? Mariana parecía tan distinta ahora a aquella muchacha con la que se había casado. ¿Era realmente distinta o es que él quería creerlo así?
CAPÍTULO 32
Era superior a sus fuerzas saber que Mariana estaba al otro lado de aquella maldita puerta que comunicaba los cuartos y no acercarse a ella. Dio varias vueltas en la cama, apagó la luz, volvió a encenderla, trató de leer el libro que tenía sobre la mesilla de noche, pero nada lo distraía de la idea obsesiva de que ella estaba tras aquella maldita puerta. Había creído que lo que sentía por ella se había mitigado, pero eso era antes de haberla visto de nuevo. Cuando bajó del vagón, su corazón se había detenido durante unos segundos. Hablar con ella después no lo ayudó a calmar sus latidos desbocados. Parecía otra. Él recordaba a una Mariana distinta, beligerante, déspota, con miradas rencorosas y dardos envenenados en vez de palabras. No esperaba encontrarse a esa nueva Mariana que lo miraba con aquellos ojos limpios de rencor y en cuyas palabras él encontró calidez y hasta ternura. Esa nueva Mariana lo desarmaba, debía reconocerlo. No hizo ningún escándalo por el divorcio, ni por tener que aplazarlo e irse a la casa de los Robilard. Parecía dispuesta a hacer las cosas de la manera menos dolorosa para todos. Entonces él recordó cómo se había comportado con ella, las cosas horribles que le había dicho, cómo había tratado de humillarla. Cerró los ojos con fuerza, avergonzado. Decía que ella se había comportado como una niña, pero él no había sido más maduro en sus reacciones. Su manera de sobrellevar sus celos, su frustración y su amor no correspondido era burlándose de ella, de su formación, de cada cosa que hacía o decía. No tenía justificación. Nada de lo que dijera o hiciese la compensaría jamás por tanta barbaridad y tanto atropello. Le dolía cada palabra que le había dicho. Antes de darse siquiera cuenta, se levantó de la cama, se puso el batín y llamó con los nudillos a la puerta que comunicaba los cuartos. Lo hizo muy suavemente, para no despertarla en caso de que ya estuviese dormida. Tenía sólo una idea en la cabeza: disculparse, demostrarle hasta qué punto se arrepentía de todo lo que había hecho.
Mariana no lograba conciliar el sueño. Todo estaba resultando muy diferente a como había imaginado. Creía que esa noche estaría durmiendo en Las Magnolias y que no vería a Pablo nada más que para la firma del divorcio y en alguna que otra fiesta, desde lejos, de manera que iba a ser complicado demostrarle que había cambiado. Sin embargo, la boda de su hermano y Soledad y la petición de su inteligente cuñada de posponer el divorcio para que el escándalo no afectase a la boda le daría una oportunidad de oro que debía aprovechar.
Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para conciliar el sueño. Debía pensar en lo que le había dicho Sole… ¿Sería cierto que Pablo la quería? Era demasiado hermoso para ser cierto y, además, el comportamiento de él indicaba más bien lo contrario. Claro que Mariana reflexionó sobre su propio comportamiento con Pablo y no era el de una mujer enamorada, a pesar de que lo estaba, y mucho. Los golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos. ¿Procedían del cuarto de su marido? ¿Acaso era Pablo quien llamaba? Una oleada de calor arreboló sus mejillas y el estómago le dio un vuelco.
–¿Sí? –dijo la joven.
–¿Puedo pasar? –la voz de Pablo sonó en los oídos de Mariana mejor que la mejor de las sinfonías. Dios mío, iba a entrar en su cuarto, ella estaba en la cama, ¿debía levantarse y poner una bata o permanecer entre las sábanas? En una décima de segundo decidió hacer lo segundo.
–Pasa –le había temblado un poco la voz y esperaba que él no se hubiera dado cuenta. Pablo abrió la puerta y dio unos pasos indecisos hacia el centro de la habitación. Llevaba un batín azul oscuro y un pantalón de dormir del mismo color. El pelo, un tanto despeinado, le daba un aspecto peligroso y enormemente atractivo. Cuando vio a Mariana en la cama sintió una ternura que nunca antes su esposa había despertado en él. Atracción, deseo… Amor… Ahora ternura. ¿Acaso nunca dejaría de asaltarlo un nuevo sentimiento cuando la tuviera cerca? Ella llevaba puesto un camisón blanco de seda y el pelo suelto se extendía sobre la almohada, era mucho más largo que cuando había partido hacia París. Si ella seguía manteniendo esa actitud con él, Pablo estaba dispuesto a darse otra oportunidad, claro que debía estar seguro de que no jugaba con él y de que cuando comprendiera sus verdaderos sentimientos no haría como cuando era una muchachita y la había conocido en Las Magnolias, que tras comprobar que le interesaba, comenzó a coquetear con Gaston Colbert ante sus narices. No, iría con cuidado, pero no ignoraría aquel cambio en Mariana.
–Siento molestarte, pero no hemos podido estar a solas durante todo el día y hay algo que quiero decirte sin demorar un instante más –Mariana contuvo la respiración. Él la miraba de aquel modo que siempre le había dado miedo, tan profundamente como si sus ojos pudiesen escarbar en las profundidades de su alma o como si quisiera absorberla en una sola mirada–. No tuve la oportunidad de decírtelo antes de que te marcharas a París y a lo largo de estos dos años ni siquiera sabía si querías escucharlo o saber de mí, pero necesito decírtelo –tomó aire–. La forma en la que me he comportado contigo no tiene perdón. No he sido un caballero, ni siquiera he sido un hombre. Me porté como niño malcriado e irrespetuoso y te pido perdón por ello. Jamás volveré a hacerlo y quiero que estés tranquila, ahora que vuelves a vivir por una temporada en esta casa. No haré ni diré nada que te incomode –se calló y esperó las palabras de Mariana . La joven se removió entre las sábanas. Estaba sentada en la cama e irguió un poco más la espalda. Parecía incómoda o incrédula y Pablo lo comprendía, pero iba a demostrarle que sus palabras y sus disculpas eran ciertas.
–Yo también debo disculparme por muchas cosas, Pablo. Mi comportamiento no ha sido mejor que el tuyo. Nos hemos hecho daño a propósito, nos hemos faltado al respeto y yo también te doy mi palabra de que no volverá a ocurrir. Sólo quiero que seamos civilizados por una vez, que el divorcio, ya de por sí escandaloso, sea lo menos desagradable posible. No quiero sufrir, ni quiero hacer sufrir a nadie –Mariana parecía tan sincera cuando hablaba, que Pablo estaba tentado a creerla sin reservas, pero algo dentro de él gritaba que tuviese cuidado, ya había sufrido mucho por ella, un nuevo golpe sería mortal. Debía ir con pies de plomo.
–De acuerdo, entonces… ¿amigos? –le preguntó con una sonrisa que habría derretido el hielo, pícara y a la vez con un desvalimiento que la joven nunca había visto en los ojos de Pablo, como si él desease ser su amigo, como si lo necesitara y la respuesta de ella pudiera darle paz.
–Claro que sí. Amigos –respondió Mariana, también sonriendo.
–Me retiro entonces. Te dejo descansar. Has llegado hace pocas horas de un largo viaje… Buenas noches, Mariana –su mirada se detuvo, sin poder evitarlo, en la boca de la muchacha.
–Buenas noches, Pablo –le dijo ella, con la voz entrecortada. Él desapareció tras la puerta y la joven sintió que el cuerpo se le helaba. Ya había olvidado las reacciones físicas que tenía ante él, la manera en la que Pablo podía hacerla sentir.
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