Holaa les dejo nuevos capis espero que les guste esto esta llegando a la trama final, besos
CAPITULO 33
El desayuno se desarrolló tranquilamente. Todos estaban animados ante el próximo enlace de Soledad y había tantas cosas que hacer que apenas había tiempo para nada más.
–¿Qué harás hoy, Pablo? –le preguntó su hermana.
–Más tarde iré a visitar a Viktor Koplotz. Se encuentra mucho mejor de su achaque y creo que ya ha comenzado a recibir visitas –Pablo era dolorosamente consciente de la presencia de Mariana . En un par de ocasiones le había dedicado una mirada furtiva y se había topado con que ella también lo miraba.
–Oh, me alegro de que esté mejor. Preséntale mis respetos. Iré a verlo la próxima semana –dijo Sole, después miró a su cuñada–. Creí que iba a necesitarte hoy para la prueba del vestido, pero la modista vendrá mañana, así que puedes acompañar a Pablo en su visita, si quieres –Mariana levantó la mirada de su taza de café y se sonrojó.
–Estaría encantado de que me acompañaras –le dijo Pablo, mirándola con la ceja levantada, ansioso porque ella dijera que sí.
–De acuerdo, te acompañaré –el hilo de voz de la joven no pasó desapercibido para el anciano señor Robilard, el padre de Pablo, que había asistido a la escena con preocupación.
–¿Puedo hablar contigo un instante en el despacho, Pablo? –dijo el anciano cuando todos se habían levantado ya de la mesa.
–Por supuesto, padre –Pablo ya se imaginaba los reproches que su padre iba a hacerle y le resultaría muy difícil justificarse.
–Por cierto –anunció Soledas antes de salir del comedor–, esta tarde vendrá Matias de visita –el rostro de Pablo se ensombreció y su ceño fruncido fue lo último que vio Mariana antes de que él desapareciera por la puerta del despacho de su padre.
El anciano señor Robilard se sentó tras su escritorio y espero a que su hijo tomara asiento frente a él antes de comenzar a hablar.
–Creía que le habías pedido el divorcio a Mariana y que los papeles estaban listos, a falta sólo de la firma de ambos –dijo, aparentemente tranquilo.
–Sí, exactamente –respondió Pablo.
–¿Se puede saber entonces qué estás haciendo? –el tono de su padre ya indicaba cierta tensión–. Y no te hagas el tonto, sabes perfectamente a qué me estoy refiriendo. Si quieres divorciarte, por qué parece como si estuvieras cortejando a tu mujer. Jamás te he visto tan atento con ella como ahora.
–Parece muy cambiada, padre. Creo que Europa la ha hecho madurar. Si ese cambio es cierto, tal vez exista una posibilidad de que podamos intentarlo de nuevo, pero con Mariana nunca se sabe. Es tan coqueta y finge tan bien, que de la noche a la mañana puedo descubrir que todo esto no ha sido nada más que un juego suyo, por eso voy con pies de plomo, pero quiero comprobar si realmente ha cambiado y si… –Pablo se interrumpió.
–Y si estás en lo cierto al creer que está interesada en ti, ¿no es cierto? –preguntó su padre–. Voy a sacarte de dudas, porque soy más viejo que tú y veo luz donde tú solo ves oscuridad: le interesas mucho, tanto que ha utilizado su estancia en París para cambiar y lo ha hecho por ti –Pablo tuvo la sensación de que alguien introducía una mano en su pecho y le apretaba el corazón. ¿Sería cierto? ¿Mariana estaría interesada en que siguieran casados? ¿Sentía, acaso, algo por él?
CAPÍTULO 34
Viktor Koplotz era el socio de Pablo. Mariana nunca le había preguntado a su marido a qué se dedicaba exactamente. Sabía que tenía algo que ver con préstamos. En realidad, Viktor y Pablo era dueños del Banco Sureño de Crédito, una entidad dedicada a prestar dinero a los hacendados en épocas de escasas cosechas, dinero que recuperaban con intereses cuando estos tenían cosechas mejores. Parte de ese dinero lo invertían en otros negocios. Pablo, por ejemplo, había invertido su parte de los beneficios en muchas empresas del norte: textiles, madereras,…
Estaba tan convencido de que la guerra con los yanquis era un hecho, que no quería tener todo su dinero en el sur, quería diversificarlo. En caso de conflicto, el sur no ganaría la contienda. Los yanquis tenían fábricas de armas, ellos no tenían nada con qué defenderse. Cuando el sur fuera derrotado, las grandes fortunas desaparecerían en manos de los yanquis o por la propia devastación de la guerra. Por eso había convencido a Victorio Du Maurier, el hermano de Mariana, de que también él invirtiera en territorio yanqui. Sólo así podría salvar Las Magnolias de una destrucción segura.
Cuando Mariana subió al carruaje con Pablo, se sentía tan nerviosa que no podía evitar que sus dedos tamborilearan sobre sus muslos. Él no parecía darse cuenta y su actitud tranquila molestaba a la joven. Ojalá estuviese tan nervioso como ella. No pudo soportar durante mucho tiempo el silencio y preguntó justo lo que no debía preguntar.
–Sole dijo que vendría Matias de visita y me pareció que te disgustaba la idea… ¿Están enfadados? –la joven comprobó cómo se oscurecía la mirada de pablo, pero él fue amable en su respuesta, a pesar de que no quería tratar ese tema.
–No hemos vuelto a hablar desde el incidente que tuvimos en la terraza, la fiesta de los Vaugham –dijo él, sin darle importancia.
–¡Dios mío, han pasado dos años! –ella estaba asombrada–. Son hermanos, deberian tratar de arreglar las cosas. Matias tiene que comprender que tú no eres culpable de lo que ocurrió con su prometida, que te comportaste lealmente al contarle lo que ella pretendía hacer… –había vehemencia en las palabras de Mariana y Pablo sonrió.
–¡Vaya, de modo que me consideras inocente! Recuerdo que cuando traté de explicártelo… –él no pudo terminar la frase porque la joven lo interrumpió.
–¡No me lo recuerdes! Lo sé, sé que no te dejé explicarte y te juzgué –ella parecía afectada.
–Vamos, Mariana , no te mortifiques por eso. Todo el mundo piensa de mí las peores cosas, estoy acostumbrado –ella lo miró boquiabierta.
–Pero yo no era todo el mundo, yo era tu esposa y debí… –se le quebró la voz y comenzó a juguetear con los pliegues de la falda–. Debí haberte escuchado –dijo por fin. Él actuó antes de pensar. Estaban sentados dentro del carruaje uno frente al otro, tan cerca que sus rodillas se tocaban. Pablo se inclinó hacia ella, tomó una de sus manos, se la llevó a los labios y depositó un beso sobre la piel suave del dorso. Cerró los ojos para disfrutar el contacto y cuando por fin levantó la mirada y se topó con las pupilas dilatadas de ella, le dijo:
–No te mortifiques por mí y mucho menos por Matias. Ninguno de los dos merecemos tales quebrantos, créeme. Yo, porque te he tratado de la peor manera que un hombre puede tratar a una mujer y él, porque no me extrañaría que, ahora que vas a ser libre de nuevo, comience a molestarte con la única intención ponerme celoso. Tratará de conquistarte… –el rostro de Pablo estaba muy cerca del suyo. Notaba la calidez de su aliento. ¿Sentiría celos Pablo si la veía con Matias… o con algún otro hombre?
–Poco importa que él quiera conquistarme, porque yo no quiero ser conquistada por él. Que haya perdido al original no significa que vaya a conformarme con la copia –las palabras de Mariana fueron dichas con una sonrisa en los labios y con tal desparpajo que a Pablo no lo cupo ninguna duda de que su esposa estaba coqueteando con él. Dijo que había perdido al original, como si eso la disgustara. Dijo que no se conformaría con la copia, como si él fuese mejor. Eso sí que era una novedad, pues Matias era el hombre perfecto para todo Charleston y él, nada más que el hermano díscolo. Sonrió y Mariana notó claramente la mirada juguetona de él, su actitud de enorme felino. Acercó un poco más el rostro al de su esposa.
–¿Está usted coqueteando conmigo, señora Robilard? –le preguntó con ironía, no pudiendo contener el brillo en la mirada. Ella también sonrió con picardía. Negó con la cabeza y uno de sus hermosos rizos negros se escapó de su peinado. Él lo tomó entre los dedos, provocando que Mariana contuviera la respiración–. ¡Dios, adoro París! –exclamó él de pronto, descolocando a su esposa, que no comprendió el comentario. Si esa ciudad era la causante de aquel cambio en Mariana, adoraba París.
El carruaje se detuvo, interrumpiendo el coqueteo de la pareja, ante la casa de Viktor Koplotz, una de aquellas elegantes y coloridas edificaciones de cuatro plantas en pleno centro de Charleston. Un esclavo abrió la puerta y los condujo hacia la sala donde estaba Koplotz hablando con dos mujeres, una de ellas era una encantadora joven rubia. Mariana no la reconoció al principio, pero Pablo sí supo al instante que aquella cabellera pertenecía a Rocio Deveril y palideció de inmediato.
Rocio estaba encantadora, con un vestido rosa claro y el pelo recogido hacia un lado con unas horquillas plateadas, pero ni aun así podía compararse con la vivacidad y el porte de Mariana . La joven Deveril disimuló muy bien su sorpresa, no así Pablo, al que se veía incómodo. Su esposa se dio cuenta, pero por primera vez no desconfió, pues creyó que él temería una de esas escenas que ella protagonizaba cada vez que Rocio aparecía.
-¡Querida Mariana! Estuve encantada cuando me dijeron que regresabas de París. No te imaginas lo aburrido que es esto. Estoy deseando que nos cuentes todo lo que viste en Europa –la falsedad de Rocio pilló por sorpresa a Pablo. La joven le había guiñado un ojo con picardía cuando los demás no miraban, algo que ofendió profundamente a Pablo. ¿Pero qué se creía esa mocosa? O comenzaba a comportarse como era debido o él tendría que ponerla en su lugar. Lo que había sido difícil de creer para él era el extremo cinismo con el que se dirigía a Mariana. Rocio se sentía muy ufana, creyendo que Pablo se divorciaría de su esposa y eso le daría a ella la oportunidad de conquistarlo. Trataba a Mariana con condescendencia, creyendo que sería la gran perdedora de esa historia. A Pablo le hubiera apetecido borrarle esa sonrisa de la cara gritándole que amaba a Mariana. De pronto se sintió asqueado por Rocio, que fingía ser una muchacha buena y honesta y se comportaba como una harpía con Mariana , a la que pretendía quitar el marido, ¿y aquella era una dama del sur? ¡Cómo había estado tan ciego, creyendo que Mariana era la peor de las mujeres, sin haberle dado la oportunidad de conocerla, y considerando a Rocio poco menos que una santa, cuando en realidad era una falsa y una miserable! Afortunadamente, la dama que acompañaba a Rocio, una tía soltera que había venido a visitarla desde Nueva Orleans, se levantó de su asiento diciendo: “Creo que ya debemos irnos, querida, para que el señor Koplotz disfrute de su nueva visita”. La joven Deveril se fue a regañadientes, no sin antes buscar con desespero que sus ojos se encontraran con los de Pablo. Éste la miró de una manera tan fría y despectiva que a ella no le pasó desapercibida. Frunció el ceño y comenzó a preguntarse qué diablos le ocurría, aunque llegó a la conclusión de que su enfado se debía a alguna riña con su esposa.

K ilusa Rocío ,ya empezó a sacar las garras.
ResponderEliminarCoqueteo ,coqueteo ,música celestial.
SON MUYYYY TIERNOS CUANDO QUIEREN... Y LA VERDAD Q TAMPOCO ESTAN PERDIENDO EL TIEMPO... Y Valeria la verdad q se pasa con su comportamiento, no es justo que haga el jueguito de buena cuando le quiere clavar un cuchillo por la espalda a Lali... Solo me alegra de q Pablo se haya dado cuenta de eso... pero no creo q Valeria se vaya a quedar de brazos cruzados..
ResponderEliminarEspero leerte prontito!!! Besos q estes mas q bien!!! :D