lunes, 10 de marzo de 2014

Capítulo 37 y 38: "Pasión en el siglo XIX"


Hola les dejo dos de los ultimos capis falta 3 mas y se acabo toda esta linda historia , espero que les haya gustado tanto como a mi, besos

CAPITULO 37
–Sé que no tenemos tiempo, sólo quiero quitarte el vestido –le dijo él, mientras comenzaba a desatar los lazos de su espalda. La tela resbaló hasta caer al suelo. Pablo acarició los brazos de la joven antes de continuar con el corsé. Mariana se sentía embriagada, incapaz de pensar, y dejó de importarle llegar tarde a la fiesta o, simplemente, no llegar. Sintió cómo él acariciaba su cintura con la yema de los dedos y libre ya de su camisola, la llevó a la cama. “Ten cuidado con el vestido, no lo arrugues”, dijo ella. Pablo la depositó sobre el colchón con sumo cuidado y, sin dejar de mirarla a los ojos, le desató la cinta de los calzones.
–Recuerdo la última vez que me quistaste los calzones –dijo ella con un hilo de voz–. Nunca había estado tan excitada en toda mi vida… hasta ahora. Me sentía tan culpable… Tú querías castigarme y yo… Yo te deseaba –oírselo decir hizo feliz a Pablo. ¡Se había sentido tan culpable por haberse dejado arrastrar salvajemente por aquella pasión avasalladora!
–Sé que fui brusco en aquella ocasión, Mariana, pero fui torpe y brusco por culpa del deseo. No era una manera de castigarte, es que no podía controlarme. Siempre me cuesta controlarme contigo –le dijo, antes de volver a besarla en la boca. La joven se sentía mareada, le parecía que aquello que estaba viviendo no era real. Pablo la deseaba y en el pasado también la deseó, no podía creerlo. Estaba completamente desnuda, expuesta ante él, a excepción de las medias, y él las deslizó despacio. Mariana creyó desmayarse al sentir las yemas de los dedos de Pablo recorriendo sus piernas. Cuando no había ni un milímetro de tela que la cubriera, él la miró con las pupilas dilatadas por el deseo y se tumbó sobre ella–. No te imaginas cuánto he soñado con esto, mi amor.
–Yo también –confesó Mariana. Intentó quitarle la chaqueta, pero él la detuvo.
–El único modo de asegurar que podré controlarme es permaneciendo vestido –le dijo, y comenzó a besarla en el cuello, bajó por el valle entre sus senos hasta alcanzar el ombligo y finalmente se detuvo cuando sus labios alcanzaron los rizos del pubis de la muchacha–. ¿Me deseas, Mariana ?
–¡Sí! –exclamó ella, al tiempo que arqueaba la espalda–. ¡Por favor, Pablo, no te detengas! –murmuró, tratando de apretarse más contra él.
–Sin embargo, debo detenerme o llegaremos tarde a la fiesta. Victorio y Soledad cuentan con nuestra presencia –una malévola sonrisa iluminaba su rostro–, pero al menos me he asegurado de que esperarás esta noche con la misma ansiedad que yo… y de que estarás tan excitada como lo estoy yo –se levantó de la cama tras besarla en la frente. Observó durante unos instantes la espléndida desnudez de su esposa, que le despertaba, al mismo tiempo, un deseo voraz y la mayor de las ternuras.
–¡Eres un demonio, Pablo Robilard, más te vale compensarme esta noche! –dijo ella con un desparpajo que arrancó en él una sonora carcajada.
–No te preocupes, me aplicaré al máximo para que no tengas ninguna queja –le dijo, fingiendo seriedad. Ella lo miraba sonriente, tierna. Lo miraba, pensó Pablo, como si estuviera enamorada de él.

CAPITULO 38
Génesis estaba ayudándola a ponerse el vestido verde manzana que le había regalado Pablo.
–Estos días nos vemos muy poco –le dijo Mariana.
–Bueno, estoy dejando que disfrutes de tu luna de miel sin molestias –la negrita sonrió con picardía.
–¿Seguro que ese es el único motivo? –le preguntó Mariana. Le extrañaba que Génesis no la bombardeara a preguntas sobre su relación con Pablo.
–Bueno, la verdad es que estoy pasando bastante tiempo con Tobey y estoy aprovechando que el señor Hobbes viene a darle clases en casa… También yo estoy recibiendo clases –dijo con una sonrisa tímida.
–¡Eso es fantástico, Génesis! Me alegro mucho por ti. Eso es lo que debes hacer, estudiar… Si ese es el motivo de tu lejanía, te perdono –Mariana era tan feliz que sólo quería que el resto del mundo fuese tan feliz como ella. Esa noche iría a la fiesta de los Bolton y después… Después… No podía pensar en el después ni en Pablo sin sentir que un escalofrío la recorría de pies a cabeza.
Rocio Deveril observó a Pablo y a Mariana desde que estos habían llegado a la fiesta de los Bolton. Tenía que reconocer que parecían una pareja feliz. Demasiado feliz. Nadie con un mínimo de decoro se muestra tan explícitamente cariñoso en público a menos que quieran demostrar algo. ¡Eso era! Seguramente Mariana estaría tratando de chantajearlo de algún modo. ¿Con qué lo amenazaría? Debía de ser algo terrible para que él se plegara a los deseos de la muy víbora y pareciese tan sincero en sus muestras de afecto, pensó Rocio. Tenía que hablar con Pablo, era sumamente urgente. Quería decirle que ella lo apoyaría en todo momento y estaría a su lado por muy escandaloso que fuera el divorcio. Pablo debía ser suyo. Fuera como fuese, ella tenía que convertirse en la nueva señora Robilard y a Mariana iba a costarle sangre y lágrimas interponerse en su camino. Estaba tan cerca, tan cerca de lograr lo que más había ansiado en su vida. Sí, Pablo tenía que ser suyo a cualquier precio.
La escandalosa pareja despertó murmullos en el salón de baile. Sus muestras de afecto eran tan evidentes y exageradas, se miraban desprendiendo tal fuego, que la inmensa mayoría de las matronas llegaron a la conclusión de que aquello no era decente, aunque ya estuvieran casados. “Dios mío, ese hombre la desnuda con la mirada y ella no parece ofendida, al contrario”, dijo alguna de las viejas lechuzas que iban a los bailes con el único afán de criticar. “Tal vez se haya casado por obligación con ella y quizás su matrimonio estuviera roto cuando Mariana se fue a París, pero nadie puede dudar de que ahora se quieren. Por Dios, es inmoral gustarse de esa manera. Ninguna dama se sentiría cómoda si su marido la mira con tal ansia, y menos aún en público”, comentó otra de las matronas. La verdad es que cualquiera de ellas hubiera dado lo que fuera porque sus maridos las hubieran mirado así al menos una vez en la vida.
–Estoy deseando llegar a casa –murmuró Pablo con la boca pegada a la oreja de su esposa–. Te haré el amor toda la noche. Tendrás tales ojeras por la mañana que nadie pondrá en duda lo que ha ocurrido en el interior de tu cuarto en cuanto te vean –Mariana se rió con ganas.
–¡Eres un exagerado! Eso tendré que verlo para creerlo –lo retó con una mirada coqueta. Él respiró pesadamente mientras apretó más su cintura, la atrajo hacia él todo lo que el maldito miriñaque le permitió y siguió haciéndola girar en la pista de baile.
–Si sigues mirándome de ese modo, no esperaré a llegar a casa. Te arrastraré al jardín y te haré el amor bajo el roble de los Bolton –ella volvió a reírse. Sus ojos brillaban de felicidad y Pablo estaba hechizado por esa sonrisa y por ser el causante de la felicidad de Mariana. De pronto, ella trató de ponerse seria.
–Esta es la fiesta de Victorio y Soledad y no nos hemos acercado a ellos desde que llegamos. Creo que debería estar con tu hermana durante un rato. Pensará que soy muy egoísta por dedicarme sólo a mi propia felicidad –le sonrió de nuevo a su marido. Él resopló. Definitivamente, iba a ser muy difícil controlarse hasta llegar a casa.
–De acuerdo, saldré a fumar a la terraza, entonces. A ver si la brisa fresca de la noche me calma los ardores –Mariana hizo un gracioso mohín con los labios.
–Yo calmaré tus ardores, Pablo. Sólo tienes que espera unas horas –se dio la vuelta con garbo y se encaminó hacia donde estaba su cuñada, contoneándose todo lo provocativamente que pudo, pues era consciente de que su marido la miraba embobado.
Rocio Deveril había estado esperando la oportunidad apropiada para acercarse a Pablo y ya había llegado. Él no se había separado de Mariana ni un solo instante desde que había llegado a la fiesta, pero ahora se dirigía a la terraza y su esposa se había unido al grupo de mujeres que había alrededor de Soledad Robilard.

1 comentario:

  1. Rocío no entiende!!,nunca tendrá lugar ,en el corazón , ni en la vida d d Pablo

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