viernes, 28 de febrero de 2014

CApítulo 29 y 30 :"Pasión en el siglo XIX"





CAPITULO 29
Al principio, cuando Mariana se fue, Pablo hacía verdaderos esfuerzos por llevar una vida normal y no aparentar el dolor que sentía. Tuvo que enfrentar las miradas acusadoras de las buenas familias de Charleston no sólo por los escándalos protagonizados con Mariana , sino por el hecho de que ella huyera a París tan solo un mes después de la boda. Cuando debía comenzar su luna de miel, en realidad había comenzado la escapada de su esposa. Pasadas las primeras semanas, se volcó en el pequeño Tobey, el esclavo de Mariana . Contrató un profesor para el niño, lo obligó a estudiar y se ocupó de pasar tiempo con él. Era el único modo que tenía de demostrarle algo a Mariana . Era su forma de decir: “Esto he hecho por ti, no sé de qué otra maldita manera demostrarte lo que siento”. Pasaron tres meses y ella no regresó. Pasaron seis, nueve meses, y seguía sin noticias de ella, pues las cartas recibidas por Soledad no daban cuenta de otra cosa que no fueran pequeñas excursiones hechas con sus tías a pueblecitos cercanos a París o meriendas con tal o cual dama o veladas y bailes a los que asistía. La información era escasa y superficial. Parecía feliz. Casi un año después, Pablo volvió a frecuentar las fiestas en Charleston y en otras ciudades del sur. Se encontraba con Gaaston Colbert y con Rocio Deveril y recordaba a Mariana, aquellas violentas discusiones llenas de celos y frustración. Poco a poco el dolor se fue mitigando. 
En cierta manera, siempre estaría hechizado por ella, es difícil curarse de un amor que no pudo ser u olvidarse que quien debió habernos amado y no nos amó. Con el paso del tiempo, comprendió que debía aceptarlo: ella nunca lo había querido ni nunca lo querría y sus reacciones ante el hecho de desearlo eran lógicas. Mariana había sido educada para no desear a un hombre y si esos deseos la hubiesen mortificado amándolo, sin amarlo debía de haber sido un infierno para ella. Sus cuerpos se comprendían como sus corazones no se entenderían jamás. El divorcio no había pasado aún por su mente, pero comenzaba a darse cuenta de que no podían vivir así. Se arrepentía de cómo se había comportado con ella, de su visceralidad y sus modales. Nunca volvería a ocurrir nada semejante, no volvería a tratarla de ese modo ni permitiría que ella lo tratara así. Pablo no sabía si Mariana pretendía volver algún día y cómo se comportaría la joven tras el regreso, pero Pablo hablaría con ella para establecer una serie de límites.
Cuando los Deveril celebraron su famosa barbacoa, dos años después del incidente con el carruaje que lo había obligado a casarse con Mariana, ocurrió algo que hizo que abriera los ojos. Tal vez porque era el aniversario del inicio de su historia con su esposa, Pablo estaba especialmente melancólico en esa ocasión. Al anochecer salió a fumar a la terraza y, entre las sombras, apareció la hermosa silueta de Rocio Deveril, la hija del anfitrión.
–Últimamente lo veo un poco triste, señor Robilard –dijo ella, y Pablo se dio cuenta de inmediato de que estaba un poco achispada, tal vez había bebido. Le hizo gracia que una jovencita tan comedida en todo cometiera esa torpeza–. Lo veo triste y no se lo merece porque es usted el mejor hombre del mundo –la sonrisa de Pablo se borró de un plumazo. De modo que aquella muchacha seguía encaprichada con él. Qué irónico, había dicho que era el mejor hombre del mundo. Dos años atrás, en una terraza similar a aquella, Mariana le había dicho que Colbert era mejor hombre de lo que él sería jamás. Era agradable comprobar que para una mujer él era el mejor en algo.
–Será mejor que vuelva dentro, señorita Deveril, antes de que haga o diga algo de lo que mañana seguro se arrepentirá –Pablo tiró al suelo el cigarro y se disponía a entrar de nuevo en el salón de baile.
–No, por favor, escúcheme –suplicó ella–. Llevo años reuniendo el valor necesario y me he bebido media botella de licor para adquirirlo hoy. Necesito que me escuche. Yo… lo amo. Te amo, Pablo –se corrigió– y no me atrevería a decirlo si no supiera que Mariana y tú no son felices y que ella jamás regresará de Francia. ¿Por qué seguir atado a una mujer ausente cuando yo estoy aquí y te amo y estoy dispuesta a hacerte feliz? –la luz de la luna se reflejaba en su pelo rubio, en sus ojos, en sus facciones de escultura griega. Hasta que no la escuchó hablar así, Pablo no se dio cuenta de lo mucho que necesitaba que alguien lo amara. Se había agotado de amar a Mariana, necesitaba ser amado y lo necesitaba con urgencia, pero él no se aprovechaba de las muchachitas como Rocio.
–Vamos, entra dentro. Olvidaremos esto que ha ocurrido –Pablo le hizo una inclinación de cabeza y entró en el salón de baile, pero no pudo olvidar lo ocurrido. No quería olvidarlo. Merecía ser amado, merecía hacer el esfuerzo de enamorarse de alguien que lo correspondiese y Rocio era perfecta.
Volvieron a encontrarse en varias ocasiones, siempre sin ocasión de verse a solas, pero cuando Rocio recibió la noticia de que Mariana regresaba (lo escuchó en una reunión tomando el té), el corazón le dio un vuelco y fue a buscar a Pablo a la salida del casino. Estaban en plena calle, pero ella parecía olvidarlo. Cuando él la vio, se quedó paralizado.
–¿Qué haces aquí? –le preguntó.
–Sé que Mariana regresa. Yo creí que…Pensé que ella nunca… –Pablo la vio mortificada y no le gustó. Rocio estaba enamorada de él y él iba a enamorarse de ella aunque el esfuerzo le llevara toda una vida. No podía ser tan difícil: Rocio era hermosa, lo amaba, no podía ser complicado amar a una mujer así.
–Mariana vuelve porque le he pedido el divorcio –le confesó. El rostro de ella se iluminó como una mañana de verano.
–¡Oh, Dios mío, vas a ser libre!
–No te empeñes en imposibles, Rocio –trató de disuadirla–, me divorcio de Mariana , pero no volveré a casarme. Pon tus ojos en objetivos alcanzables, no en mí –él no quería decirle nada indebido a Rocio mientras aún estuviera casado. Era absolutamente inapropiado todo aquello y como la joven no parecía conocer la mesura, Pablo no quiso darle ni una sola esperanza por temor a que ella misma se pusiera en una situación deshonrosa y difícil y lo arrastrara a él.
–Oh, sí vas a volver a casarte. Te enamorarás de mí, ya lo verás –dijo ella con una sonrisa luminosa. Era tan agradable verse reflejado en unos ojos que lo amaban así, como él había amado a Mariana. Sí, la había amado, quizás seguía amándola, pero el tiempo había mitigado la angustia y el dolor, de modo que el amor también sería mucho más débil y quebradizo. Nunca como en aquel momento su corazón había estado más preparado para amar a otra mujer. Sin embargo, recibió una noticia que lo alegraba y lo entristecía al mismo tiempo: Victorio y Soledad habían fijado la fecha de su próximo enlace y su hermana le había suplicado que aplazara su divorcio para que el escándalo no empañara su boda. “¿Esto no será uno de tus truquitos, verdad Soledad? Nada de lo que hagas evitará que me divorcie de Mariana”. Ella le respondió fingiendo inocencia: “Claro que no, hermanito. Sé bien que lo tuyo con Mariana no tiene solución, sólo te pido que cuando ella regrese, viván dos meses bajo el mismo techo para evitarme el bochorno del escándalo antes de mi boda, ¿qué más da dos meses más o menos?”, pero a Pablo sí le importaba. No quería tenerla cerca. Le había costado mucho volver a la normalidad y arrancarse ese malestar que sentía cuando pensaba en ella o cuando discutían. Por eso, el día que ella regresaba a Charleston en tren desde Savannah y él acompañó a la familia Du Maurier para decirle a la joven que el divorcio debía ser aplazado, cuando esperaba en el andén apoyado en una columna, apartado del resto, su único pensamiento fue que debía permanecer frío como el hielo con ella y no volver a permitir que le destrozara la vida.

CAPÍTULO 30:
Cuando por fin se apeó en la estación de tren de Charleston, todas sus dudas se disiparon. Aquella era su tierra, su hogar, y tenía la fuerza suficiente como para comenzar de nuevo y ganarse el respeto de la gente. Y si no lograba el respeto, poco importaba, pues en París había aprendido a dar una importancia mínima a la opinión que los demás tenían de ella.
A la primera que vio fue a su madre. Se fundieran en un abrazo. “Estás preciosa”, dijo Gimena al tiempo que observaba el elegante vestido de viaje de seda a rayas, rosa y negro, de su hija. Mariana abrazó a su padre y a su hermano. Todos se volvieron hacia Génesis, que bajó del vagón del tren con un bonito vestido de seda y parecía más una dama que una esclava. Ninguna esclava vestía así y los Du Maurier unieron a la alegría del regreso de Mariana, la preocupación por sus excentricidades. Las esclavas vestían con trajes de paño barato y llevaban el pelo bajo un turbante blanco o negro. La visión de Génesis con ropas elegantes y el pelo graciosamente peinado con ondas hizo que muchas de las personas que estaban en la estación se dieran la vuelta para mirarla sin disimulo. Uno de los maleteros le dijo a Mariana : “¿Se encargará su esclava del equipaje?”.
–La señorita O’Malley no es mi esclava, es mi amiga, y no, no se ocupará del equipaje. Podría enviarlo a la hacienda Las Magnolias, ¿por favor? –respondió al hombre mientras depositaba en su mano varias monedas.
–¡Señorita Mariana! –la joven se dio la vuelta y se encontró frente a ella a un muchacho mulato, alto y guapo, elegantemente vestido y con unos modales excelentes. Le costó reconocerlo como Tobey, el nieto de Jills.
–¡Querido Tobey, qué alto y qué guapo estás! –exclamó ella, dándole un abrazo. Entonces recordó a Pablo. Si el niño estaba allí, tal vez él también. Lo buscó con la mirada y lo encontró apoyado en una columna, alejado de su familia. Se le paralizó el corazón por unos segundos. Iba vestido de oscuro y con una corbata color burdeos que lo favorecía. Dios mío, dos años sin verlo y seguía reaccionando del mismo modo ante aquel hombre. Alto y fuerte, a Mariana le pareció más arrebatadoramente atractivo de lo que recordaba. La miraba fijamente y ella se dirigió a él. Aquel era un buen momento para demostrarle que había cambiado, a pesar del dolor y de la humillación que suponía que le pidiese el divorcio, ella le demostraría que se podía comportar como una dama, controlar su mal genio. Se dirigió hacia él, que instintivamente se apartó de la columna y se irguió.
–Hola Pablo –fue un saludo sencillo, pero cálido. Él se sorprendió y su intención de ser frío con ella se quedó en algo imposible de llevar a cabo. ¡Estaba tan encantadora¡ Había crecido, ya no era la muchacha que abandonara Charleston, era una mujer hermosa. Pablo tomó la mano que ella le tendía y la besó.
–Hola Mariana–se detuvo unos instantes, observándola. Hacía mucho tiempo que no la tenía cerca y retuvo su mano más de lo debido. Su piel era suave y cálida y aún provocaba en él oleadas de nerviosismo–. Siento estar aquí. Imagino que deseabas reencontrarte con tu familia a solas y…
–Tú también eres mi familia –lo interrumpió ella. Sintió la boca seca, quizás porque su mano aún estaba entre las suyas–. No sé cómo agradecerte lo que has hecho por Tobey –Mariana estaba hipnotizada por Pablo. Su cuerpo estaba temblando y le costaba respirar. Él la miraba con un gesto extraño, como si no la reconociera o como si estuviera viéndola por primera vez.
–No tiene importancia. Es un niño fantástico. Mariana… tengo que hablar contigo del divorcio –Pablo notó el gesto triste de la joven… ¿Triste? ¿Era posible que Mariana sintiera tristeza ante el hecho de divorciarse de él o era sólo el fastidio por el escándalo que supondría dar ese paso? Él se persuadió de que era por lo segundo–. Si no tienes ningún inconveniente, deberíamos retrasar el divorcio dos meses, hasta después del enlace de Soledad y Victorio. Mi hermana me lo pidió encarecidamente, no quiere que el escándalo enturbie se boda –Mariana contuvo la respiración… ¿Sería posible? ¿Tendría tanta suerte de poder mostrarle su cambio a Pablo antes del divorcio? Vivir de nuevo bajo el mismo techo, verlo cada día… La excitación y la felicidad se asomaron a sus ojos y su marido pensó que esto se debía a que se alegraba por el enlace de Victorio y Soledad.
–Claro que estoy de acuerdo –dijo ella, tratando de no demostrar su euforia ante Pablo–. No podemos ser tan egoístas. Debemos pensar en los demás. Hemos causado tanto daño con nuestra conducta irreflexiva y escandalosa… –él no sabía cómo podría soportar el tormento de tenerla de nuevo a su lado, de verla cada día. Se sentía nervioso y emocionado como un muchacho.
–Tendremos que guardar las formas… Deberás vivir en mi casa hasta el divorcio –la voz de ambos era apenas un susurro y ni siquiera se daban cuenta de que los Du Maurier, Tobey y Génesis observaban la escena extrañados, sin comprender qué estaba ocurriendo entre ellos. La locomotora se puso en marcha y abandonó el andén, el ruido era estridente, pero ni Pablo ni Mariana parecieron darse cuenta.


jueves, 27 de febrero de 2014

Capítulo 27 y 28: "Pasión en el siglo XIX"



Holaa como andan??les dejo nuevos capis Se vienen momentos dificiles para nuestros amados protagonistas, besos

CAPITULO 27
Mariana no había querido salir de su cuarto y su madre trató de hablar con ella. “Tienes que decirme lo que ha ocurrido, Mariana , sin miedo ni vergüenza. Si él te ha hecho algo…”.
–No, él no me ha hecho nada, mamá… Solamente me odia, pero eso es algo que ya sabía antes de casarme. Él me odia y yo… –la joven se calló de pronto.
–Él te odia y tú lo quieres, es eso le que ibas a decir, ¿verdad? –su madre la miraba con ternura. La joven asintió y se cubrió el rostro con las manos.
–¿Cómo he podido ser tan idiota? ¡Enamorarme de un hombre que no me soporta cuando tenía a tantos a mis pies!
–Querida, creo que exageras cuando dices que él no te soporta o que te odia. Puede que no esté enamorado de ti, pero no creo que te odie –trató de convencerla su madre.
–Nos hemos dicho cosas horribles y a él no le duelen. A mí, en cambio, me desgarran. Tengo que alejarme de él, mamá. No me obligués a volver a la casa de los Robilard –suplicó Mariana.
–¿Por qué no te vas a Savannah a pasar unas semanas con tía Solange? –su madre trataba de animarla, pero lo que hizo fue darle una idea.
–¡Oh, mamá, podría hacer algo mejor que eso! Dime que sí por favor… Dime que podré ir a visitar a tía Amarille. Si me dices que no, me moriré de la pena, mamá… –a Gimena no le gustaba la idea de que Mariana viajara tan lejos, pero si ese era el único modo de verla de nuevo feliz, tendría que convencer a su marido.
–Es un viaje demasiado largo, querida. ¿Estás segura de que necesitas ir tan lejos para superar la situación con tu marido? –quiso saber Gimena.
–Sí, mamá, es el único modo. Déjame ir, por favor, por favor… –Mariana estaba dispuesta a hacer lo que fuera para conseguirlo.
Victorio había ido a visitar a Pablo a su casa y éste creyó que iba a reclamarle por lo ocurrido con su hermana aquella mañana en el burdel.
–Me envía mi padre para decirte que Mariana está en Las Magnolias y no quiere regresar aquí –Pablo abrió muchos los ojos. Pensaba que su esposa seguía en su cuarto y él estaba dándole tiempo hasta la noche, cuando pretendía disculparse con ella.
–¿Qué dices? –le preguntó a Vico. Este le puso al corriente de la situación a grandes rasgos
– …Y dice que no quiere regresar aún aquí, que necesita tiempo para pensar. Ha decidido pasar una temporada con tía Amarille –explicó Victorio.
–¿Amarille regresó a Savannah? –preguntó Pablo. En su época, Amarille Du Maurier había sido como Mariana , una beldad, una mujer que tenía decenas de pretendientes. Hacía años que había abandonado Savannah para vivir en Europa, pero aún se hablaba de ella en el sur, pues su belleza había sido tan famosa como la de su sobrina.
–No, no regresó a Savannah, sigue viviendo en París –Pablo  tardó unos instantes en comprender lo que eso implicaba… ¿Mariana huía a París para no verlo?
–Dios, ¿tanto me odia tu hermana que necesita poner un océano por el medio para separarse de mí? –su voz sonaba desesperada y Victorio sintió lástima.
–Déjala que vaya, pasará allí tres o cuatro meses y cuando regrese lo habrá olvidado todo. Conozco a mi hermana, en cuanto esté en París echará tanto de menos Charleston que no tardará demasiado en regresar. Eso también le servirá para echarte de menos a ti –Pablo rió burlonamente.
–A tu hermana no le importa si vivo o muero, Vico, pero está bien: que vaya. ¿Puedo, al menos, hablar antes con ella? –el joven Du Maurier apretó los labios. Sentía tener que decirle aquello.
–No quiere verte. Lo siento –Pablo se pasó la mano por el pelo, su gesto era derrotado y triste.
–Dios mío, creo que no hay un marido más odiado que yo en toda Carolina del Sur.

CAPÍTULO 28
Mariana estuvo cuatro días en Las Magnolias antes de emprender el viaje, preparando los baúles. Temía que Pablo se presentara por sorpresa, no estaba preparada para verlo, no se sentía con fuerzas. Él, sin embargo, no dio señales de vida y la joven creyó que era una prueba más de su indiferencia. Escribió dos cartas de despedida: una para Soledad y otra para el pequeño Tobey, que quedaba al cuidado de Pablo hasta su regreso.
Génesis y ella tomaron el tren a Savannah un martes al mediodía. Allí las esperaba tía Solange, que había recibido un telegrama días antes pidiendo que las acompañara a París. Tía Solange nunca se pensaba dos veces realizar un viaje. “Puedo preparar veinte baúles en cinco horas y salir de inmediato hacia la otra punta del mundo”, solía decir, y Mariana comprobó que era cierto. Durmieron aquella noche en Savannah y al día siguiente tomaron el buque que las llevaría a Irlanda. La travesía duró casi dos semanas y la melancolía de Mariana se vio en parte mitigada por la alegre algarabía de aquellos irlandeses bulliciosos que regresaban a la tierra de sus padres. Eran amables y les hicieron el viaje muy agradable. Lucían cada noche sus mejores galas y sus mejores joyas y las cenas terminaban con los bailes más alegres que Mariana había visto jamás. “Esta es tu gente”, le había dicho a Génesis, ya que al ser hija del hacendado O’Malley y de la esclava Tirsia, era medio irlandesa y medio africana. Desde luego, sus increíbles ojos verdes eran irlandeses.
Permanecieron unos días en Irlanda antes de tomar otro barco a Inglaterra y, una vez allí, otro a Francia. Llegaron a París en tren. Había pasado mes y medio. Mariana se enamoró del paisaje irlandés y de sus gentes, de la bulliciosa Londres, pero si algo la dejó impactada, fue París. Solía decir que no había nada como Las Magnolias (y seguía creyéndolo en parte, pues no amamos los lugares por lo hermosos que sean, sino por los recuerdos que nos vinculan a ellos), pero París no se parecía a nada que ella hubiera visto antes. Su familia procedía de allí, concretamente de la zona de Saint Germain. Imaginar a sus antepasados emprendiendo un viaje tan largo sin una moneda en el bolsillo, pasando las mayores calamidades, para llegar al Nuevo Mundo y construir de la nada una fortuna hizo que sintiese un inmenso respeto por su estirpe, los Du Maurier, los Roix, los Delafont y tantos otros apellidos que corrían por sus venas. No tenía ni una gota de sangre no francesa en sus venas.
La tía Amarille las recibió verdaderamente emocionada. Cuando aún vivía en Savannah y Mariana pasaba temporadas con ella, de niña, planeaban vivir en París, pero entonces Amarille estaba casada con el capitán Leclerc, uno de esos hombres que consideraba que nada fuera de Savannah merecía la pena ser visto. Cuando enviudó y se dio cuenta de que heredaba una fortuna, se trasladó a Europa de inmediato. Llevaba viviendo en París desde entonces y cuando escribía a su sobrina, le pedía que fuese a visitarla. Bien, allí estaba por fin.
Tía Solange y Tía Amarille se llevaron maravillosamente bien desde el principio. Ambas habían vivido años en Savannah y se habían encontrado en multitud de ocasiones en bailes y fiestas, pero no habían llegado a intimar. Solange Roix Dubois y Amarille Du Maurier Leclerc descubrieron que eran más parecidas de lo que pensaban: tenían gustos similares, ambas era jóvenes, hermosas y habían enviudado sin hijos. Solange comprobó que Amarille había hecho un mejor uso de su libertad que ella y decidió aprender la lección.
Con ellas, Mariana terminó contando todo lo que, por miedo y respeto, no le había contado a su madre. Sus tías eran alegres y desenfadadas, hablaban de sus pretendientes y de besos robados en bailes, y finalmente Mariana se sinceró con ellas. Así supieron que no eran las peleas lo que le había empujado al otro extremo del mundo, sino un amor imposible y sin esperanzas por un hombre que la despreciaba y que, para colmo, era su marido. “El vino a mi cama para castigarme y yo lo recibí con los brazos abiertos”, les contó un día que las cuatro (Génesis incluida) habían tomado más licor de la cuenta.
La estancia en París fue curativa. Comprobó que los hombres reaccionaban ante ella de un modo similar a como lo hacían en su tierra, de modo que sus dudas sobre las palabras de Pablo acerca de su atractivo se disiparon. De todos modos, el dolor seguía ahí: él no la deseaba. Pablo deseaba a Rocio Deveril. Pero era su marido y, por desgracia, seguiría siéndolo toda su vida. Había divorcio, pero ninguna buena familia de Charleston se planteaba nada tan escandaloso como eso. Cuando regresara, se dijo, él no tendría ni un solo motivo para burlarse de ella. Al principio, este pensamiento era algo abstracto, pero finalmente se concretó: tía Amarille le propuso que tomara clases, si de verdad se sentía tan avergonzada por su ignorancia. Fue así como Mariana comenzó a estudiar a los diecisiete años todo lo que no había estudiado de niña. Aprendió francés, historia, arte, literatura, comenzó a leer todos los días y a comprar novelas en una librería del Boulevard Donstain y lo que iba a ser una estancia de tres o cuatro meses se convirtió en dos años de ausencia.
Al principio esperaba noticias de Pablo. Creía que sus padres, su hermano o su cuñada Soledad le hablarían sobre él, pero tal vez porque creían que la molestarían, nadie lo nombró siquiera, excepto el pequeño Tobey, pero las suyas era noticias que aportaban poco: “El señor Pablo me obliga a estudiar mucho, ojalá vuelvas pronto” (escrito de su puño y letra con una caligrafía clara y elegante que sorprendió a Mariana) o “el señor Pablo y yo hemos estado montando a caballo”, nada que indicase lo que su marido sentía o pensaba. Poco a poco él fue convirtiéndose en un nombre que dolía cada vez menos y si bien al principio había comenzado a estudiar por su culpa, para evitar que se burlase de ella, pronto lo hizo por sí misma. Mariana se alegró de algunas de las noticias que recibía de Charleston: las cosechas de Las Magnolias estaban siendo estupendas, Matias Robilard había ganado las elecciones a la alcaldía de Charleston a pesar de que, por ser soltero, no lo consideraban el candidato favorito. Charleston era una vieja ciudad que se había fundado sobre valores como el de la familia y un hombre soltero a cierta edad despertaba cierto recelo y disgusto. Le había alegrado saber, sobre todo, que su cuñada Soledad había logrado volver a caminar y que por una de esas jugadas extrañas del destino, Victorio Du Maurier y ella se habían enamorado y estaban comprometidos. Recibió noticias de Pablo cuando ya no lo esperaba, aunque seguía pensando en él cada día, pero con una resignación mayor ante el hecho de que nunca iba a quererla, quizás porque se quería a sí misma lo suficiente como para que su autoestima ya no dependiera del amor de él o de su aprobación.
El señor Hartford, el abogado de Pablo, le envió un documento donde le explicaba que su marido solicitaba el divorcio y que era necesaria su presencia en Charleston para firmar los documentos. El impacto inicial la dejó postrada en la cama durante varios días. Sus tías trataron de animarla y de aconsejarla. “Vuelve a Charleston y haz que se enamore locamente de ti”, decía Solange, siempre tan romántica. “Acepta con dignidad el divorcio, piensa que vuelves a estar disponible y que muchos de tus antiguos pretendientes siguen solteros”, comentó Amarille, mucho más realista. “Además”, dijo su tía, podrás permitirte el lujo de no aceptar ni un centavo de Pablo”. Mariana la miró extrañada. ¿Pretendía que regresara a casa de sus padres con las manos vacías? Al menos debía recuperar la dote. “Que se la quede, dile que es por las molestias que le haya causado un matrimonio por obligación para reparar tu honor. Vas a ser mi heredera y no voy a esperar a morirme para darte parte de esa herencia”.
El viaje de regreso duró casi dos meses y fue triste no sólo por el divorcio, sino también por separarse de tía Amarille. El divorcio, bien pensado, no era de extrañar, ellos habían sido una pareja rodeada por el escándalo y así terminarían, con un escandaloso divorcio, pues ninguna otra buena familia de Charleston tenía tal mancha. Aún recordaba las habladurías que suscitó en la ciudad el hecho de que ella entrase a buscar a Pablo al burdel y que él la paseara montando a horcajadas y sin el miriñaque por toda la ciudad. Ahora, con la perspectiva que le daba el tiempo, se preguntaba qué diablo se les había metido a ambos en el cuerpo para comportarse de un modo tan indecoroso.
Una vez que tía Solange hubo quedado en Savannah y que Mariana tomaba el tren que la llevaría a casa, comenzó a pensar qué le deparaba esa nueva etapa en su vida. El vagón de primera clase se detuvo en la estación de Charleston y cuando divisó los rostros sonrientes de sus padres y de Victorio, supo que tenía fuerza para soportarlo todo y salir airosa. No, nadie lograría hundirla, ni Pablo con su divorcio, ni aquel amor enfermizo por él que no había logrado arrancarse del corazón tras dos años en París.

martes, 25 de febrero de 2014

Capítulo 25 y 26: "Pasión en el siglo XIX"


CAPÍTULO 25
Pablo se colocó de rodillas en la cama entre las piernas de Mariana y le levantó el vestido. Ella comenzó a revolverse para tratar de escapar del contacto de su marido.
–¡No seas ridículo! ¿No te das cuenta de que no podrás quitarme el corsé si yo no quiero que lo hagas? ¿Crees que voy a mantenerme quietecita mientras cometes tus fechorías conmigo? –dijo ella con una risa burlona mientras luchaba contra él, aumentando la ira y la frustración de su marido.
–No necesito quitarte el corsé, niña boba –bramó él–. Sólo me molestan tus malditos calzones –le dijo, mientras con sus dedos desataba la cinta de los calzones y los deslizaba piernas abajo hasta quitárselos. Ella estaba tan sorprendida que dejó de pelear por unos segundos y él aprovechó esa ventaja. La miró. Las medias le llegaban hasta la mitad del muslo y el corsé tapaba su ombligo. Entre ambos, entre los muslos y el ombligo, absolutamente expuesta y desnuda ante los ojos de Pablo, aparecía la blancura de la piel de su vientre y su pubis. Ella se sentía consternada, humillada. Pablo apoyó su mano entre los muslos de la joven y comenzó a acariciarla con delicadeza. Mariana cerró las piernas como acto reflejo, pero él no dejó de acariciarla y aumentó la presión. En cuanto la había tocado, la furia de Pablo había desaparecido y en su lugar se instaló un deseo salvaje, animal. La deseaba tanto, llevaba deseándola tanto tiempo, la sintió tierna y húmeda y perdió el control. No, maldita sea, esta vez no fingiría que la creía indiferente. Puede que ella no lo amara, puede que lo despreciase, pero lo deseaba y él la deseaba, y nada en el mundo impediría que fuese suya. Siguió acariciándola entre las piernas y notó cómo ella se relajaba, cómo se abría para él. La joven mantenían los ojos cerrados y la cara enterrada en la almohada, excitada y también avergonzada por los deseos que él le despertaba, por el modo en que su cuerpo se entregaba a Pablo a pesar de todo.
–Mírame, Mariana –le dijo él sin dejar de acariciarla íntimamente, inclinándose sobre ella y mordisqueándole el lóbulo de la oreja. Ella volvió el rostro y lo miró, con los ojos húmedos, como si fuese a llorar. Pablo se detuvo un instante, pero entonces ella gimió y él supo que no podía soportarlo por más tiempo, debía poseerla. Maldijo al darse cuenta de que aún seguía vestido. Se desabrochó el pantalón torpemente y no llegó ni siquiera a quitárselo. En algún rincón de su mente se dijo que no estaba bien, que debía ir más despacio, desnudarla y desnudarse, pero ya era tarde, estaba ardiendo y Mariana gemía contra él, estaba húmeda y entregada. La miró a los ojos y entonces entró en ella con suavidad, muy despacio, apretando los dientes para poder controlarse. La joven arqueó la espalda contra él y gimió su nombre. Lo miraba con las pupilas muy dilatadas. Pablo comenzó a moverse dejándose arrastrar por aquella locura, aquel deseo salvaje de poseerla. El placer que experimentaba con ella no lo había sentido antes, quizás porque nunca antes había experimentado tampoco los celos, ni la frustración, ni el dolor del rechazo.
Mariana no podía pensar en nada, sólo sentir, aunque en el fondo sabía que estaba mal entregarse a él, que no la amaba, que deseaba a Rocio, que a ella la despreciaba. El placer se unió a la mortificación y cada gemido era una mezcla de ambos: no debía desearlo y lo deseaba, no debía sentir placer con él y se comportaba como una mujerzuela entre sus brazos, entregada. Experimentó algo primitivo creciendo en su interior, algo que la volvía más voluptuosa y sensual, algo que estalló en mil pedazos haciéndola sentir que se cuerpo y el de Pablo eran uno solo. Cuando volvió a la realidad, él descansaba sobre su pecho y ella lo abrazaba. Pablo se incorporó sobre un codo y sólo entonces ella comprendió la magnitud de lo que había hecho. Se quedó sin palabras.
Pablo no sabía qué decir, ni qué hacer. Los sentimientos que lo invadían le atenazaban la garganta. ¿Qué diablos era aquello? ¿Amor? ¿Acaso había sido tan imbécil como para enamorarse sin darse cuenta de una joven que lo despreciaba, que nunca podría amarlo?

CAPITULO 26
 No fue capaz de decir ni una palabra. Estaba aún sobre Mariana . Se echó a un lado y fue consciente de la escena: él todavía vestido, con los pantalones bajados a medias. Ella con el vestido enrollado en la cintura. La joven se lo bajó de inmediato al darse cuenta de que él la miraba. Sus ojos estaban húmedos, llenos de lágrimas. Se ovilló, dio la espalda a Pablo y le pidió que la dejara sola.
–Vete, por favor –le suplicó ella con voz temblorosa. Allí estaba el maldito arrepentimiento, pensó él. Lo deseaba y se odiaba por ello. Se había entregado a él en un momento de debilidad y ahora solo quería olvidarlo y que él se alejara, mientras PAblo aún se consumía de deseo… Aún la deseaba y, lo que más lo asustó: creía que la quería. Quería a una mujer que no lo soportaba.
Mariana , en ese instante, solo quería morirse. “A Rocio no le hubiera hecho el amor así. Con Rocio hubiese sido gentil y se hubiese tomado su tiempo, no la hubiera tumbado sobre la cama como a una mujerzuela y la hubiese tomado con prisas y sin una pizca de ternura”, se dijo a sí misma. Y ella lo deseaba… Lo deseaba y lo quería… Por fin lo reconocía íntimamente. Quería a un hombre que estaba enamorado de otra y que sólo sentía por ella desprecio.
–Siento haber sido brusco. Yo… –comenzó a decir él, pero Mariana no le permitió continuar.
–Por favor, déjame sola –volvió a suplicarle entre lágrimas. El apretó los puños, se abrochó el pantalón y salió del cuarto. Se dirigió al despacho de la planta baja, abrió una botella de licor y comenzó a beber.
Mariana se asomó a la puerta de su cuarto y le pidió a uno de los criados, que en ese momento estaba cerca, que avisara a Génesis. Cuando la negrita llegó, le dijo: “Prepara discretamente un carruaje. No hagas las maletas, habrá tiempo de eso. Regresamos a Las Magnolias. Por el camino te lo explico todo”.
El carruaje se detuvo frente a la entrada principal de Las Magnolias. Victorio Du Maurier se disponía a montar en su caballo Trueno para visitar los cultivos cuando vio descender a su hermana.
–¿No habías quedado con mamá en el salón de té de madame Blanche? –preguntó él, extrañado. La joven corrió a refugiarse en los brazos de su hermano y hundió el rostro contra su pecho–. ¿Estás llorando, Mariana ? ¿Le ha ocurrido algo a mamá? –ella negó con la cabeza–. ¿Qué ocurre entonces?
–¡No regresaré a casa de Pablo! ¡No lo haré, aunque me azotén, no lo haré! –Victorio la estrechó entre sus brazos. Conocía bien a su hermana pequeña, era voluntariosa, coqueta, caprichosa, pero no era llorona… Algo tenía que haber ocurrido para encontrarse en ese estado.
–Entremos en casa –le dijo, y le dio un beso en al frente–. Las cosas suelen ser menos graves de lo que nos parece en un principio.
Media hora más tarde, Mariana contaba a su hermano y también a su padre lo que había ocurrido aquella misma mañana en el burdel de Sol Delclos.
–¿Entraste a buscar a tu marido al burdel? –se escandalizó su padre–. No te quejes entonces de lo que él hizo. Fue blando, ¡yo no te hubiese llevado a caballo sin miriñaque y a horcajadas, te hubiese dado una buena tunda para que aprendieras a comportarte como una dama y no como una mujerzuela!
–Padre, por favor… –trató de mediar Victorio.
–Oh, claro, padre –gritó Mariana–, a veces se me olvida que como mujer que soy mi único cometido es soportar. No vivir, no exigir, sólo soportar lo que a mi marido se le antoje que deba soportar. ¡Yo no soy así, no lo soy! –Mariana estaba completamente fuera de sí–. Y si me obligas a volver con él haré tantas locuras que querrás morirte de la vergüenza… Arrastraré nuestro apellido por el lodo y… –las palabras de Mariana quedaron interrumpidas por la sonora bofetada que le dio su padre. Ella se llevó la mano a la zona dolorida de la mejilla, lo miró perpleja y corrió escaleras arriba, hacia su cuarto.
Cuando Gimena Du Maurier llegó, poco después, y su marido la puso en antecedentes, ella sacó todo el carácter que había mantenido a raya durante los largos años de matrimonio y defendió a su hija como una leona. “Si Mariana dice que no regresará con él, no regresará hasta que ella lo desee. Pobre de ti si tratas de obligarla, porque haré las maletas y Mariana y yo nos iremos a Atlanta con mi hermana. Lo que le pasa a nuestra hija es algo muy serio. Nunca la había visto así y estaremos a su lado pase lo que pase, ¿entendido?”. Más por amor a su esposa que por temor a que cumpliera sus amenazas, el señor Du Maurier asintió ante las palabras de Gimena.

domingo, 23 de febrero de 2014

Capítulo 23 y 24: "Pasión en el siglo XIX"



Hola chicas gracias por estar siempre son unas genias me alegra leer sus comentarios siempre, les dejo un doble capi que uff se va armar heee despues no digan que no avise, despues de este conflicto va haber un gran cambio, espero que disfruten de leer tanto como yo , no puteen tanto a Pabli jajaja, besos
CARO

CAPITULO 23
–Un verdadero escándalo, Phyllis… No te imaginas de qué manera salieron del salón: él casi la arrastraba como si fuera uno de sus perros de caza. Y después aparece Matias, que también venía de la terraza, sangrando por el labio, figúrate… Todos nos preguntábamos que habría ocurrido.
–Dios mío, Ellen, ¿crees que trataría de propasarse con Mariana ? –preguntó la matrona mientras se llevaba la taza de té a los labios y bebía un breve sorbo.
–¡No! –respondió escandalizada Phyllis–. Matias es un caballero sin tacha… No se puede decir lo mismo de Pablo… No sé qué pudo pasar, pero la culpa no ha sido de Matias. Seguramente el culpable es el otro y también ella, siempre ha sido una muchacha tan voluntariosa e impredecible. Cuando mi hijo Buster la pretendía, rezaba cada noche para que ella no lo aceptase. Siempre he deseado para Buster una mujer más dócil.
–A mí tampoco me gustaba que Charles la persiguiera, pero ya se sabe, cuando los hijos se hacen mayores… De todos modos, Phyllis, esa pareja es muy escandalosa… Se casaron rodeados de escándalo y parecen cómodos viviendo así –ambas mujeres bebieron otro sorbo de té y se quedaron pensativas. Ojalá ellas nunca tuvieran que sufrir una situación tan deplorable en sus propias familias.
Ya se había convertido en una costumbre que Mariana no saliera de su cuarto durante días. Comía en su cuarto y pasaba el tiempo melancólica, en la cama y sin arreglarse. Cuando todos se iban a dormir, se deslizaba en bata por los pasillos hasta el cuarto de Soledad. Hacían algunos ejercicios juntas, Mariana la ayudaba a rotar el tobillo y la joven comenzaba a tener sensibilidad hasta la pantorrilla. “Creo que es hora de que se lo digas a tu padre. Hay médicos que pueden ayudarte a mejorar tu movilidad”, le dijo a Sole. Dos días después del incidente en casa de los Vaugham, Mariana se atrevió a preguntarle a su cuñada por la prometida de Matias. Le explicó la conversación de los hermanos y lo que Pablo le había contado en el carruaje.
–Oh, no, Pablo no hizo nada malo… Macarena se encaprichó de él. Quería casarse con Matias, pero le apetecía probar su atractivo conquistando también a su hermano. Pablo se lo dijo a Matias y éste rompió el compromiso, pero siempre culpó a Pablo. Mis hermanos son unos tontos orgullosos, ¿sabes? Matias se moría de los celos sólo de pensar lo que Macarena había tratado de hacer y creyó, o quiso creer, que no fue ella quien tomó la iniciativa, sino su hermano. Pero los problemas entre ambos vienen de antes, siempre competían para ver quién era el mejor en todo, desde niños. No me extrañaría que Matias tratara de conquistarte –explicó Soledad.
Mariana se escandalizó ante esta afirmación y sintió un leve remordimiento por haber juzgado a Pablo antes de escuchar de su propia boca la historia completa, pero después recordó que él la había comparado con Rocio, aplaudiendo la belleza y encanto de la muchacha, a la que consideraba mejor que su esposa en todo, y ese remordimiento desapareció, pues Mariana volvía a estar furiosa con él.
Al día siguiente, le pidió a Génesis que la acompañara al centro de la ciudad. Había recibido una nota de su madre diciéndole que estaría con unas amigas en el salón de té de madame Blanche y ella se dirigía allí. Se había arreglado especialmente para lucir lo más hermosa posible. Las palabras de Pablo hacían más mella en su corazón de lo que ella reconocería jamás. “¿No te has preguntado si realmente eres tan atractiva como crees?”, le había preguntado él, y de pronto Mariana se planteaba si tal vez siempre había tenido demasiada buena opinión de sí misma. Al fin y al cabo, la suya no era una belleza de líneas puras, como la de Rocio Deveril. Su boca era grande, su nariz respingona, los ojos eran hermosos, eso nadie lo podía negar, los pómulos marcados, el cutis tan blanco como los pétalos de las magnolias, el talle fino y el porte regio. En conjunto resultaba muy atractiva, pero observada por partes quizás no fuese tan hermosa, aunque el resultado final era llamativo y no era una mujer que pasase fácilmente desapercibida.
Iba pensando en estas cosas y acompañada de Génesis, cuando vio a un grupo de gente en medio de la calle rodeando un carruaje. “¿Qué ha ocurrido?”, preguntó la joven a una mujer que estaba en la acera observando la escena. “Han arrollado a un pobre niño”. Mariana se llevó la mano a los labios. “Oh, ¿y le ha ocurrido algo?”. La mujer le explicó que no, pero que el niño se había llevado tal susto que no podía ni hablar. Ya se disponía a cruzar de acera cuando se dio cuenta de que los balcones de la casa de enfrente estaban abiertos y varias mujeres y caballeros se asomaban para mirar. Las mujeres iban con los pómulos llenos de rubor rosado y los labios escandalosamente pintados. “Vaya”, pensó Mariana , “es la primera vez que veo a una de esas malas mujeres que trabajan en el burdel”. Estaba observando fijamente a una de ellas, que hubiera sido verdaderamente bonita si no fuera por sus ropas inmorales y el exceso de pintura, y entonces vio algo que le paralizó el corazón durante unos segundos. ¡Era Pablo! Había visto su rostro durante escasos instantes detrás de la mala mujer y después él se había retirado de la ventana, pero a ella no le cabía ninguna duda de que se trataba de su marido. “¡Maldito bastardo!”, utilizó por primera vez en su vida una palabra malsonante. No le bastaba con humillarla comparándola con Rocio Deveril, diciéndole que hubiera preferido casarse con ella, que era la mujer perfecta. ¿Ahora debía soportar también aquella humillación, que todo Charleston viera a su marido en el burdel? No iba a consentirlo de ningún modo. Pablo Robilard iba a saber quién era Mariana Du Maurier. “Espérame aquí”, le dijo a Génesis mientras cruzaba de acera y se dirigía a la puerta del burdel.
Traspasar la puerta de aquel local fue lo más osado que hizo en su vida y lo más indecente también. Las muchachas llevaban vestidos tan escotados que a algunas se les veían la aureola de los pezones. Todas iban adornadas con plumas y decenas de volantes, colores llamativos y mucha pintura en la cara. Mariana vio a varios caballeros conocidos, algunos habían sido pretendientes suyos. El rubio de los DuBois, por ejemplo, derramó su bebida cuando la vio entrar, y lo mismo le ocurrió al hijo pequeño de los Thorton, que en ese instante besuqueaba el cuello de una de las chicas. Una joven le salió al paso. “Señora, debe irse. Este no es lugar para usted”.
–Vengo a buscar a mi marido y por Dios que si no me llevas con él montaré tal escándalo que les cerrarán el local… –algo aterrador vio la muchacha en los ojos de Mariana , pues la creyó.


CAPITULO 24
–¿Quién es su marido, señora? –le preguntó ella de manera tan cortés y educada que Mariana se sorprendió.
–El señor Pablo Robilard –la joven asintió.
–Sígame –a Mariana le temblaban las piernas. ¿acaso encontraría a Pablo en la cama con una de esas mujerzuelas? No, la joven no le llevaría a un cuarto si supiera que dentro estaba Pablo haciendo… eso… con una de las prostitutas. ¿Dónde estaba Pablo entonces? La respuesta llegó enseguida–. Alguien le busca, señor Robilard –Mariana entró a un saloncito decorado con terciopelos granates y candelabros dorados por todos los rincones. Su marido fumaba sentado en un butacón y, frente a él, también sentada y completamente vestida, se encontraba aquella mujer que había visto desde la ventana y que le había parecido bonita, a pesar de su aspecto de inmoralidad. Pablo se levantó del sillón como si tuviera un resorte y el cigarrillo se le cayó al suelo, quemó levemente la alfombra, pero enseguida se apagó. La mujer que acompañaba a Pablo también se levantó de su sillón.
–¿Qué haces aquí, Mariana? –él había perdido el color, la miraba sorprendido, como si no pudiera creerse que ella hubiese dado aquel paso y hubiera hecho algo tan absolutamente inadecuado y escandaloso como entrar a buscarlo a un burdel.
–Te dije que no me humillaras teniendo amantes. Te lo advertí antes de casarnos –le dijo Mariana enfurecida. Se acercó a él con pasos decididos. Para entonces muchas de las jóvenes y varios caballeros estaban asomados al saloncito observando la escena–. ¿Acaso nunca te vas a cansar de humillarme? –tras decir esto alzó la mano y le cruzó la cara de una bofetada a Pablo. Lo había golpeado con toda la fuerza de la que era capaz. Un grito ahogado y sorprendido se escapó de la garganta de algunas de las prostitutas. El rostro de Pablo reflejaba un emoción desconocida para Mariana, algo fiero y salvaje que la asustó. Retrocedió dos pasos, pero él la agarró por la muñeca.
–Te dije que no volvieras a abofetearme jamás –viendo su rostro desencajado, Mariana sintió más terror que nunca en su vida. ¿Acaso iba a golpearla? Él trató de tomarla del talle y echársela sobre los hombros pero el enorme miriñaque del vestido se lo impedía. La joven gritaba y se debatía contra él para apartarlo. Pablo la soltó un instante, tomó la botella de licor que había sobre una mesita y la estrelló contra la puerta del salón–. ¡Todo el mundo fuera de aquí! –las muchachas se alejaron gritando, asustadas por los cristales rotos de la botella, y los caballeros las siguieron. Mariana había retrocedido hasta esconderse detrás de la mujer con la que había estado sentado Pablo –Ven aquí, maldita sea. No utilices a Sol como escudo.
–Por favor, Pablo, basta ya. La estás asustando y me estás espantando a la clientela –Sol trató de calmarlo, pero él no atendía a razones. Tomó la muñeca de Mariana y la sacó de detrás de la dueña del burdel. La muchacha estaba horrorizada, tanto que ni siquiera podía gritar. Creía que iba a desmayarse. Sin pensar siquiera en lo que hacía, Pablo le levantó el vestido a Mariana para desatarle el miriñaque, pero como llevaba demasiado tiempo hacerlo, arrancó los lazos de raso que lo ataban al corsé y cuando el miriñaque cayó al suelo y el vestido no era más que un enorme trozo de tela colgando sobre el delgado cuerpo de la muchacha, Pablo se la puso sobre los hombros y la sacó del burdel ante la mirada escandalizada de todos.
La joven que había llevado a Mariana ante su marido le dijo a la dueña del burdel: “Ese hombre está loco”.
–Sí, está loco, pero loco por ella –respondió Sol con gesto contrariado. Mariana era mucho más hermosa de lo que todos decían y Pablo estaba enamorado de ella, absolutamente loco por ella. Sol lo conocía lo suficiente como para no dudarlo.
Ya en plena calle, Pablo subió a su mujer al caballo, a horcajadas y no como debe montar una dama, y de un salto se subió tras ella. Mariana estaba tan humillada que no le quedaban fuerzas ni para gritar. La gente se arremolinó alrededor de ambos y Pablo arreó al caballo, pero en vez de ir a su casa con la mayor celeridad, lo hizo a paso lento, para que todo Charleston pudiera contemplar horrorizado la escena. Si hubiera sabido quién era Lady Godiva, Mariana se hubiese sentido como ella, a pesar de no ir desnuda sobre aquel caballo. Nunca, aunque pasaran mil años, se olvidaría en la ciudad un escándalo como aquel.
–Arrea al maldito caballo –masculló ella entre dientes con los últimos restos de orgullo y furia. Pablo se apretó más contra su espalda y la aprisionó con sus musculosas piernas.
–Ni lo sueñes. Todo Charleston te verá. ¿No era eso lo que querías, humillarme? Pues la humillación será pública y compartida, no sólo yo la sufriré –respondió él con una voz ronca y cruel que Mariana no le conocía. Al otro lado de la acera, Génesis vio la escena y corrió hacia su ama, pero esta la detuvo con un movimiento de la mano, pues temía que Pablo, furioso como estaba, pudiera hacerle daño.
Se pasearon a caballo por las calles más céntricas de Charleston. A Mariana le pareció que tardaban siglos en llegar a casa, pero cuando llegaron el castigo no terminó. Él la bajó del animal tomándola por el talle y se la echó nuevamente sobre los hombros. Entró en casa y, afortunadamente, no se tropezaron con nadie, ni una solo criado, ni tampoco los miembros de la familia. Subió con ella hasta su cuarto y la soltó sobre la cama como quien suelta un enorme saco de arroz.
–Acabas de avergonzarme creyendo que había hecho algo que no hice. No he estado con ninguna maldita mujer desde el incidente que tuvimos con el carruaje. Debí dejarte allí tirada en vez de socorrerte. No he estado con ninguna mujer y estoy harto. Vas a ser tú, mi querida esposa, quien calme mis ardores –Mariana estaba aterrorizada. No conocía a ese Pablo  iracundo y con gesto malvado que tenía enfrente–. Y no fingiré que no me doy cuenta de que me deseas. Me deseas, sé que me deseas, maldita sea, y por una vez en tu vida vas a comportarte como una mujer y no como una niña.

sábado, 22 de febrero de 2014

Capítulo 21 y 22: "Pasión en el siglo XIX"


Holaaa chicas volví después de 4 lindos días en la costa, como les prometí les traigo mas caapi, besos genias

CAPITULO 21
La casa de los Vaugham tenía la entrada a pie de calle y un pequeño jardincillo de estilo francés servía como preludio a lo que se encontrarían en el interior. La fachada estaba pintada de un color amarillo chillón. Eran frecuentes los colores alegres en las fachadas charlestonianas. Los recibieron los anfitriones: el insignificante señor Vaugham, un hombrecillo de metro y medio con una inmensa nariz, y su esposa, altísima y oronda. Formaban una extraña pareja. 
Mariana no conocía a Anabelle Vaugham porque hacía años que esta no salía de casa. Recibía visitas casi a cualquier hora y celebraba reuniones literarias muy a menudo. Saludó a Pablo en francés, a pesar de que ni era francesa ni jamás había estado en Francia, y este le respondió con la misma fluidez. Mariana se limitó a sonreír, pues no había entendido ni una palabra. Le pareció irónico que Anabelle Vaugham, de origen irlandés, hablara el francés mientras ella, francesa por los cuatro costados, no supiera ni media docena de palabras en esa lengua.
Toda la casa estaba iluminada con luz de gas, igual que la de los Robilard. Los Du Maurier, en cambio, sólo la habían instalado en la sala principal y en el comedor, pero no en el resto de la casa, pues habían oído que el exceso de este tipo de luz era mala para los ojos. Los muebles eran muy similares a los de la casa de Pablo y ligeramente parecidos a los de su propia familia, solo que los Du Maurier eran más ostentosos. Terciopelos, brocados, amplios cortinones, caobas, candelabros dorados, un piano aquí y un arpa allá y libros, libros, cientos de libros en los lugares más insospechados: en muebles pequeños al lado de los sofás, junto a una mesa, cerca de los licores…
Habían instalado la orquesta en una esquina del salón de baile. Todas las casas disponían de uno porque toda familia que se preciara daba, al menos, una gran fiesta anual. Los Du Maurier la celebraban a finales de mayo. Los Robilard, a mediados de julio.
La entrada de Mariana fue tan triunfal como era de esperar, tratándose de la beldad del condado, aunque ya estuviese casada. Su vestido hizo que las mujeres murmuraran y los hombres se quedaran boquiabiertos. Estaba espléndida. Para ella fue extraño que el coro de pretendientes no la rodeara de inmediato, como ocurría en todas la fiestas. Tuvo que recordarse a sí misma que ya estaba casada y que la vida, a partir de ese momento, iba a ser mucho más aburrida. Pero vio tanta admiración en sus antiguos pretendientes que su ánimo se elevó hasta las nubes. “¡Al infierno con Pablo Robilard! Él no me encuentra atractiva, pero muchos otros hombres sí”, pensó. El calor era sofocante y se moría de sed, pero no podía beber nada, pues le sería imposible ir al baño con su vestido y su enorme miriñaque, así que nunca se veía a ninguna mujer del sur bebiendo en ninguna parte que no fuese su propia casa. La excepción era el té que iban a tomar con alguna amiga, pero incluso entonces no daban más de tres o cuatro sorbos. También había pastelitos salados, que le encantaban, aunque ahora que estaba casada y podía comer tantos como quisiese sin ser blanco de las críticas como antes, cuando estaba soltera, no tenía apetito, y todo por culpa de su marido. La gente iba y venía, la saludaban y felicitaban por su reciente matrimonio, algunas mujeres aplaudían su vestido, ella fingía sentirse feliz.
 Pero entonces Pablo se despegó de su lado y Mariana observó que se dirigía a un grupo de mujeres para presentarles sus respetos. Entre todos los rostros, la joven se detuvo en uno porque lo que vio reflejado en él la pasmó: el rostro de Rocio Deveril. Era tan evidente, con sus enormes ojos de corderillo, que estaba enamorada de Pablo que Mariana se preguntó cómo no se había dado cuenta antes. Recordó con qué odio la miraba el día de su boda, ahora comprendía el motivo. Dios mío, Rocio Deveril. Se fijó detenidamente, por primera vez, en sus facciones. Había escuchado alabar su belleza de muñeca de porcelana, sus perfectas facciones de estatua clásica, significara eso lo que significase. Ahora la observaba con ojos críticos y se daba cuenta de que era condenadamente bonita, con unos rasgos armoniosos y una delicadeza que emanaba no sólo de su belleza, sino de sus movimientos y su porte. “¡Dios mío!”, volvió a exclamar Mariana , porque creyó comprenderlo todo de un plumazo. ¿Y si Pablo hubiese estado cortejando a Rocio Deveril, pensando incluso en comprometerse con ella, y el incidente del carruaje lo obligara a casarse para reparar la deshonra? Cómo la odiaría Pablo entonces, y cómo adoraría a Rocio.
 Mariana se sintió mareada, por un instante la música le pareció estridente, las parejas bailaban en círculos y el simple hecho de observarlos la mareó. Necesitaba aire fresco. Necesitaba salir de allí. Tenía que salir de allí como fuera. Se movió entre la gente con cierta torpeza, mirando la puerta que daba al jardín como un sediento mira el agua que está al alcance de su mano, pero antes de llegar, Gaston Colbert salió a su encuentro e hizo una fría inclinación ante ella. Mariana imaginaba que estaría enfadado por la discusión sobre la esclavitud. Ella no había querido herirle, simplemente decir lo que pensaba. El joven lucía muy bien con sus largas patillas y su traje negro. Comenzó a decirle algo, pero Mariana lo interrumpió.
–Perdóname, Gaston, pero necesito salir a tomar el aire –él la miró con ojos suplicantes. Era tan fácil estar enfadado con ella cuando no la tenía cerca, pero tan difícil mantener esa actitud cuando lo miraba con aquellos increíbles ojos. Hubiera deseado acompañarla a la terraza, pero eso sería terriblemente inapropiado. Permaneció de pie, mirándola mientras salía del salón, sin ser consciente de que a unos pasos de distancia Pablo Robilard lo vigilaba y casi deseaba que Colbert saliera detrás de su esposa para tener la justificación perfecta y poder romperle la cara a golpes. No hizo falta, sin embargo, pues Colbert dio la vuelta sobre sus talones y se dirigió al grupo de caballeros que charlaba junto a la chimenea. El que sí siguió a Mariana fue su marido. La encontró apoyada en la barandilla, al fondo de la terraza, en un rincón recogido. Al principio no la había visto, tuvo que caminar hacia el centro de la terraza y acostumbrar sus ojos a la oscuridad.
Mariana sintió unos pasos detrás de ella y se dispuso a entrar nuevamente al salón de baile. Dio media vuelta y se sorprendió al comprobar que era Pablo.
–Ah, eres tú –comentó con fastidio, tratando de controlar su mal humor. Él entrecerró los ojos y su respiración se volvió más pesada.
–¿Esperabas a otra persona? –le preguntó con el tono de voz tenso. ¿Esperabas al imbécil de Colbert?, hubiera querido preguntarle, pero refrenó el impulso.
–No esperaba a nadie y mucho menos a ti. Se te veía tan entretenido en el salón… –estaba furiosa, sus mejillas ardían y deseaba gritarle, abofetearlo, de modo que no pensó en lo que decía, sólo quería escupirle su veneno. Pablo arqueó una ceja, sin comprender lo que su esposa le estaba diciendo–. ¡Oh, no te hagas el tonto! ¿No te ha bastado con comprometer mi honor para tratar de comprometer ahora el honor de otra muchacha? –los ojos de la joven centelleaban.
–¿Pero se puede saber de qué diablos estás hablando? –él no comprendía ni una palabra.
–Te he visto coqueteando con Rocio Deveril. Debería darte vergüenza. Cuando me comprometiste a mí tuviste que pagar con el matrimonio. ¿Cómo la compensarás a ella si la comprometes? ¡Al menos podías controlarte en público! –él no salía de su asombro. Mariana se había vuelto completamente loca.
–¡Tú te atreves a decirme a mí que me comporte en público! ¡Tú, que te has puesto un vestido que tentaría al mismísimo santo Tomás! –la joven ahogo un grito–. Estás muerta de celos, eso es lo que te ocurre –Pablo dio un paso y se acercó a ella iracundo, con el fin de amedrentarla.
–¿Celosa? ¿De ti? No me hagas reír. Lo que me preocupa es mi reputación. Hace pocas semanas fui centro de murmuraciones y escándalos por tu culpa, que me comprometiste paseándote conmigo solo y de noche en el interior de un carruaje. Ahora no quiero ser de nuevo centro de los chismes porque mi marido coquetea con cuanta mujer se le cruza en el camino –estaba tan furiosa que había dejado de tener conciencia de sus palabras hacía mucho tiempo. Eran su dolor y su amargura los que hablaban a través de su boca.
–No he coqueteado con esa muchacha jamás en mi vida. Además, eres la menos indicada para hablar de coqueteos, ¿o crees que no me he fijado en cómo te comportas cuando Gaston Colbert está presente? ¡Es vergonzoso! –él dio un nuevo paso hacia ella, con los puños crispados.
–¿Me estás diciendo que no te habías dado cuenta de que a Rocio Deveril le gustas? –preguntó ella con mirada inquisidora.
–¿Me estás diciendo tú que no coqueteas con Colbert? –las palabras de él comenzaban a ser cortantes como cuchillas.
–¡No niegas lo de Rocio! –casi gritó ella.
–¡Ni tú niegas lo de Colbert! –él sentía un extraño malestar en el estómago, unas ganas enormes de retorcerle el pescuezo a aquel muchacho barbilampiño y blancucho.
–¡Colbert es mucho mejor hombre de lo que tú serás jamás! Él nunca me haría sufrir. Nunca me faltaría al respeto como lo haces tú –le dijo Mariana para mortificar a Pablo. Este la agarró fuertemente por los antebrazos y la elevó unos centímetros del suelo hasta que el rostro de la muchacha quedó a la altura del suyo.
–También Rocio es mejor mujer de lo que tú serás jamás, hermosa y discreta, el sueño de cualquier hombre –le dijo a su esposa casi con los labios contra los suyos. Mariana trataba de contener las lágrimas, pero sus ojos brillaban con una furia y una tristeza que sorprendieron a Pablo.
–¿Por qué no te casaste entonces con ella? Es más bonita que yo, es mejor que yo en todo… ¿Por qué demonios no estás casado con ella? –le preguntó la joven alzando la barbilla, aún en el aire, sujetada por los fuertes brazos de Pablo y con los labios tan cerca de los suyos que le costaba respirar con normalidad.
–¿Por qué no estás tú casada con Gaston Colbert, si es el mejor hombre de Charleston? –le preguntó él. No recordaba haber estado tan furioso jamás, ni haber sentido esos celos nunca antes.
Ambos escucharon unos pasos a sus espaldas y una voz familiar los sacó de su ensimismamiento.

CAPITULO  22
–Suéltala inmediatamente, Pablo –él soltó a Mariana como un acto reflejo, no por hacerle caso a la voz. Cuando la joven hubo puestos los pies en el suelo, miró hacia el lugar del que procedían aquellas palabras y descubrió a Matias, el hermano de PAblo. Ella ni siquiera sabía que asistiría a la fiesta. Había llegado más tarde que ellos y cuando vio salir a su hermano a la terraza, lo conocía lo suficiente como para saber que aquella mirada indicaba que habría problemas.
–Métete en tus asuntos, Matias, y déjame a mí con los míos –le espetó PAblo con rabia. Matias, en la oscuridad, era tan parecido a su hermano que a Mariana le hubiese costado distinguirlos, pero sus personalidades era muy diferentes: mientras Matias era afable y tranquilo, un perfecto caballero del sur, Pablo era hermético y peligroso, con una constante mueca de burla en el rostro.
–No me haré el tonto mientras la tratas de ese modo. Eres un animal –la voz de Matias sonaba seca y cortante.
–Si te acercas a Mariana no respondo… –Si en algún momento la joven percibió que Pablo era peligroso fue aquel. Matias, en cambio, sonrió.
–¿Qué ocurre, hermanito, temes que sea como tú? Despreocúpate. Yo jamás haría, para vengarme, lo mismo que tú me has hecho –Mariana no comprendió las implicaciones de ese comentario, pero intuyó que algo grave flotaba bajo la superficie de aquellas palabras. Antes de darse cuenta, Pablo  se abalanzaba sobre su hermano y lo tumbaba de un puñetazo. Tomó después a Mariana de la mano y le dijo: “Nos vamos a casa. La fiesta se ha terminado”. Cruzó el salón casi arrastrando a su esposa y cuando abandonaron la casa de los Vaugham, dejaron tras de sí un reguero de habladurías.
Cuando por fin subieron al carruaje, Mariana no pudo evitar preguntarle a Pablo  por las palabras de su hermano. No inmediatamente, pues al principio su marido resoplaba como un caballo de carreras y prefirió esperar a que se calmase un poco. Percibía que algo terrible había ocurrido entre los hermanos y, por unos instantes, este secreto logró distraerla del descubrimiento de que PAblo se sentía atraído por Rocio Deveril.
–¿Qué significan las palabras de Matias? ¿Qué quiso decir? –Mariana no lograba ver bien a Pablo debido a la oscuridad, sólo distinguía su perfil, recortado contra la ventana del carruaje. Él giró el rostro y trató de escudriñarla entre las sombras.
–Mi querido hermano estuvo comprometido hace unos años –comenzó explicando Pablo.
–Ahora que lo dices, creo que recuerdo algo… El enlace finalmente se canceló porque la novia no quiso seguir adelante, ¿verdad? –preguntó ella.
–Más o menos. En realidad fue Matias el que lo canceló, pero el caballero sureño que lleva dentro lo empujó a ese último acto de generosidad con ella: permitir que todos pensaran que el abandonado era él. Conmigo no fue tan generoso, me temo –la voz de Pablo se tornó de pronto un susurro.
–¿Qué ocurrió? –Mariana estaba verdaderamente intrigada.
–La joven se encaprichó de otro hombre… No quería cancelar el enlace con Matias, sólo quería probar el fruto prohibido sin que su futuro esposo supiera nada –se detuvo unos instantes–. Ese otro hombre era yo –Debido a la oscuridad, Pablo no pudo ver el gesto horrorizado de Mariana, pero sí escuchó su grito ahogado.
–¿Fuiste capaz de hacerle eso a tu hermano? –la voz de ella mostraba incredulidad. Pablo esbozó una sonrisa triste, cerró los ojos durante un instante y después miró a través de la ventana.
–Veo que ni siquiera me concedes el beneficio de la duda. Me condenas sin preguntarme siquiera si soy culpable –respiró hondo–. Bueno, imagino que esa es la imagen que doy… Tu adorado Gaston Colbert jamás se vería involucrado en un asunto así, ¿no es cierto? Y si se viese involucrado, tú no dudarías de él como dudas de mí, eso seguro… –volvió a ponerse furioso.
 Le dolía más de lo que quería admitir ante sí mismo, pero estaba cansado de explicarse, de hacer comprender que había límites que nunca cruzaría. Harto de la imagen que tenían los demás de él. Mariana no era una excepción. Tal vez si lo hubiese amado, habría deseado escuchar la historia de la prometida de Matias hasta el final, pero ella lo detestaba. También lo deseaba a ratos, él no era tan imbécil para no darse cuenta de eso, pero la joven lo deseaba con culpa y se odiaba por desearlo.
–Si yo fuese Rocio Deveril fingiría creerte, aunque me corroyeran las dudas. Es lo que hace una perfecta dama: decirle a los caballeros lo que quieren oír, lo que necesitan oír para sentirse fortalecidos –el comentario de Mariana tenía la misma finalidad que había tenido el de Pablo, hacer daño. 
Ambos se mantuvieron en silencio durante el resto del trayecto, sintiendo que la furia crecía nuevamente en su interior y recordando la discusión que acababan de protagonizar en la terraza de la casa de los Vaugham. Mariana no quería recordar los ojos con los que Rocio  había mirado a su marido, pero no podía olvidarlos. Pablo quería olvidar la cara de pánfilo enamorado que se le ponía a Colbert cada vez que veía a su esposa, pero la recordaba una y otra vez.

lunes, 17 de febrero de 2014

Capítulo 19 y 20: "Pasión en el siglo XIX"



Holaa lo mismo que en la otra nove les dejo doble cap. porque  lo mas seguro es que me tarde un poquito en subir los proximos por vaciones, espero disfruten estos el sabado o antes si es que puedo subo el proximo,  gracias a las de siempre por comentar y escribir lo que piensan coincido en muchas cosas con ustedes, besos las quiero

CAPITULO 19:
Como siempre, fue Soledad quien salvó la situación tensa y trató de llevar el tema de conversación por otro camino. Retomó el estreno teatral y la fiesta de los Vaugham, que tendría lugar en dos días, pero nada hizo que el ambiente mejorara. La discusión sobre la esclavitud había hecho decaer la velada y los Colbert dejaron la casa de los Robilard media hora más tarde con el gesto aún contrariado. “¿Acaso aquel maldito Pablo Robilard había logrado infectar a Mariana con sus ideas yanquis?”, se preguntó Gaston, que creía imposible que la joven hubiese llegado a tales conclusiones por sí misma.
El anciano Robilard, cuando las visitas se hubieron marchado, le dijo a su nuera que necesitaba hablar con ella. Pablo se quedó en la sala mientras Francisco tomaba en brazos a Soledad y ambos desaparecían escaleras arriba.
–Siento haberte ofendido ante los Colbert, no era mi intención, pero debes comprender que el tema de la esclavitud es muy delicado y no debes tratarlo con tus vecinos. Menos aún en estos tiempos. Si tu opinión es diferente, lo mejor es escuchar y callar. Si finalmente estalla el conflicto con los yanquis, Dios no lo quiera, serán hombres como los Colbert los que te defiendan, no lo olvides. Ningún yanqui te defenderá. Puedes pensar igual o distinto a tus vecinos, pero ellos son tu gente y los yanquis no luchan para abolir la esclavitud, al menos no sólo por eso. Quieren arrancarnos nuestras costumbres, nuestro modo de vivir. Quieren cambiarnos haciendo correr nuestra sangre, sin darnos tiempo a asimilar los cambios –la joven lo escuchó en silencio–. No pienso así porque yo tenga esclavos, Mariana . Hace muchos años que los Robilard no tenemos esclavos. Los liberamos hace tiempo. Los que se quedaron en casa son empleados, trabajan a cambio de un salario –la muchacha abrió tanto la boca por la sorpresa que Pablo  esbozó una sonrisa divertida.
–No lo sabía, señor Robilard –dijo ella en un murmullo.
–Pues ahora ya lo sabes, querida. No te reprendí ante los Colbert porque opine distinto a ti. Te reprendí, aun opinando igual, porque me pareció que eras poco prudente y estamos viviendo una época complicada. No debemos buscar enemigos en casa, pues ya tenemos demasiados afuera.
Esa misma noche, cuando se fue a acostar, le contó la conversación a Génesis, mientras ella la ayudaba a quitarse el vestido y prepararse para ir a dormir.
–Eso es lo que quiero hacer contigo y con Tobey, quiero que seáis libres. Le preguntaré al señor Robilard qué hay que hacer. Le pediré a papá los papeles de propiedad –miró a su criada–. Después podrás hacer lo que quieras. Quizás en el norte tengas más oportunidades que aquí. Te echaré horriblemente de menos, pero… –Mariana la miraba con infinito cariño.
–¿Me está hablando en serio? –preguntó Génesis, incrédula, con lágrimas en los ojos–. ¿Voy a ser libre?
–Sí, te doy mi palabra –Mariana terminó de atarse la bata de raso granate y abrazó a Génesis.
–Bueno, cuando sea libre, seguiré trabajando para usted y pocas cosas cambiarán –dijo ella–. No pienso abandonarla.
–Todo cambiará. Serás dueña de tu vida, de tu cuerpo y podrás hacer lo que quieras. Todo cambiará… –Mariana le sonrió. En ese momento se oyeron unos golpes en la puerta que separaba su cuarto del de Pablo. “¿Puedo pasar?”, preguntó él. Génesis se apresuró a dejar sola a Mariana.
–Pasa –dijo la joven con voz altanera. Pablo entró con el pecho desnudo y el primer botón del pantalón desabrochado. La joven se obligó a no escandalizarse, pues eso era lo que él quería, escandalizarla con sus modales de libertino. Si deseaba compartir su lecho, ya podía ir olvidándose. La noche anterior Mariana había esperado la visita nocturna de Pablo sólo para darse el gusto de rechazarlo, pero él no cruzó la puerta que separaba sus cuartos. Ahí estaba ahora, frente a ella y medio desnudo–. ¿Qué quieres? –le preguntó.
–A veces dices cosas asombrosamente coherentes –le dijo él, haciendo alusión al tema de la esclavitud. Ella hizo un gesto de impaciencia antes de responder.
–Sólo dices eso porque opino igual que tú. Si opinara diferente, darías por supuesto que mis opiniones son estupideces –él sonrió y cambió de tema.
–Quería comunicarte que mañana me voy a llevar a tu chico –le explicó. Mariana no sabía de qué le estaba hablando.
–¿Mi chico? –preguntó contrariada.
–Sí, Tobey. Se viene conmigo. Volveremos a la hora de la comida –Pablo le daba poca información a propósito, para mantenerla en vilo y que le hiciera preguntas.
–¿Y se puede saber a dónde te lo llevas y por qué? –ella temía que Pablo tratara de hacer que le niño llevase a cabo alguna tarea dura y ella debería ponerlo en su sitio.
–Adora los caballos y como mañana tengo que comprar uno, he pensado que le gustaría venir conmigo –miró a Mariana con sus ojos burlones–. Me ha tomado mucho cariño.
–¿Te conoce desde hace dos días y ya te ha tomado cariño? –preguntó la joven con impaciencia.
–Tiempo de sobra. La gente inteligente tiende a tomarme cariño muy pronto porque capta cómo soy –sus ojos se volvieron más burlones aún y su boca se curvó en una sonrisa seductora.
–¡Cuántas tonterías tengo que escuchar, Dios mío! –exclamó, malhumorada y apartando la mirada de él para no caer en el hechizo de sus ojos . Pablo se acercó a ella, pero Mariana no retrocedió ni un paso, no le daría ese gusto. No le tenía miedo y podía manejar perfectamente la situación. Si creía que podía intimidarla por acercarse a ella medio desnudo es que no la conocía en absoluto.
–¿Me das permiso entonces para llevar a Tobey? –le preguntó con una voz suave como el terciopelo.
–Por supuesto –respondió ella. Su corazón casi galopaba ante la cercanía del hombre.
–Bien, pues me retiro a mi cuarto, te dejo para que descanses. Buenas noches.
–Buenas noches –dijo ella. Pablo pasó a su lado, pero no cruzó la puerta que separaba sus cuartos, pareció pensárselo mejor, la tomó del talle y la acercó a él. Ella emitió un gemido de sorpresa. La miró unos segundos, como si quisiera darle la oportunidad de que se apartara, pero Mariana estaba demasiado aturdida por la cercanía y el contacto de sus manos, que ceñían su cintura con una intimidad que la desarmaba. El rostro de Pablo comenzó a descender lentamente sobre el de su esposa y dejó los labios a escasos centímetros de los de ella. Mariana entreabrió la boca, anhelante, y sólo entonces la besó. No fue un beso duro, ni exigente, ella podría haberlo evitado de no haberse sorprendido tanto por la cercanía de su marido. Fue un beso tierno, aunque invasor. En un primer momento sus sentidos se agudizaron y sólo fue consciente de las manos de PAblo asiéndola con delicadeza, del cuerpo de ambos, uno contra el otro, y de aquella boca sensual y tibia que le obligó a abrir la suya y recibir el beso con más deleite del que hubiera deseado. Su cuerpo temblaba contra el de él y tuvo que hacer acopio de fuerzas para no echarle los brazos al cuello. Mantenía sus manos apoyadas en el pecho de Pablo y notaba sus músculos tensos, su torso desnudo. El beso duró tan sólo unos segundos, pues cuando Pablo mordisqueó uno de sus labios, ella salió del estado de hipnotismo en el que se encontraba sumida y lo apartó de un empujón. Aún tenía la respiración jadeante cuando le dijo con furia:
–¡No compartirás mi cama! –él seguía estando demasiado cerca de ella y su mirada oscilaba entre los ojos de Mariana y sus labios, levemente hinchados por el beso. La sonrisa de Pablo seguía siendo burlona.
–No te he pedido compartir tu cama –no dejaba de sonreír. Sus ojos se entornaron y su apariencia era la de un enorme felino a punto de capturar una presa.
–Tampoco volveré a besarte –dijo ella tan furiosa que su respiración casi era entrecortada.
–Ni yo te lo he pedido, a pesar de que tengo todo el derecho, ¿o se te olvida que eres mi esposa? –Mariana rió al escuchar las palabras de él.
–No sólo deberías recordar que soy tu esposa cuando desees compartir mi cama, sino también cuando tratas de humillarme en público… ¿Crees que he olvidado tu truquito para hacerme quedar mal delante de los Colbert? ¿Qué creías, que iba a decir una de mis impertinencias en contra de los estrenos teatrales y todos me mirarían como a una pobre estúpida? –a esas alturas estaba ya tan furiosa que lo hubiera abofeteado–. Los Colbert me conocen perfectamente. Saben lo que me gusta y lo que no me gusta y no me desprecian por ello…–como vio que Pablo no decía nada, simplemente sonreía, continuó–. Te crees mucho mejor que yo, ¿no es cierto? Pero no lo eres… En realidad eres un ser despreciable, no eres un caballero y tampoco eres ni la mitad de atractivo de lo que crees –Mariana no sabía por qué había dicho esto último y se arrepintió al instante. Pablo dejó de sonreír, pero no estaba enfadado. La miraba con atención y sus ojos se tornaron más burlones que nunca. A veces le parecía tan bonita que le apetecía estrecharla entre sus brazos y besarla hasta hartarse. Inclinó la cabeza hacia la de ella y, tan cerca que sus bocas casi se tocaban, le susurró: “También tú te consideras atractiva, ¿nunca te has preguntado si realmente lo eres?”. Ella contuvo la respiración y sólo exhaló el aire cuando él hubo cerrado tras de sí la puerta que comunicaba ambos cuartos.


CAPÍTULO 20
Mariana no podía olvidar las palabras de Pablo. Ella, en efecto, se consideraba bonita porque creía que lo era. Cuando se miraba al espejo lo que veía reflejado era un rostro hermoso. Nunca se había planteado si tal vez estaba demasiado pagada de sí misma, ya que sus múltiples pretendientes le corroboraban que era atractiva. Sólo cuando Pablo le hizo la pregunta, las dudas comenzaron a invadirla. Al fin y al cabo, sus pretendientes eran hombres de Carolina del Sur cuyo viaje más largo nunca les había llevado, ni siquiera, a territorio yanqui. Pablo, en cambio, había viajado más. Había estado incluso en Europa y su visión del mundo y de la belleza era más confiable. Sus pretendientes conocían la belleza sureña. Su marido conocía la belleza, de manera más amplia. Quizás ella no fuese atractiva para un hombre como Pablo, eso explicaría que no hubiera vuelto a insistir, tras la noche de bodas, en compartir su cama. Cada vez que la besaba parecía un castigo más que un beso. “¡Dios mío, eso es lo que ocurre: no le gusto en absoluto!”, pensó Mariana, y este pensamiento la hirió profundamente. No sólo la despreciaba por su ignorancia, tampoco le gustaba físicamente. La joven sintió unas terribles ganas de llorar, pero se contuvo. 
Iba flanqueada por Génesis y el pequeño Tobey, que no dejaba de repetir una y otra vez lo bien que lo había pasado con el señor Pablo comprando caballos. “¡Dejó que me montara en uno!”, exclamaba el chiquillo, emocionado. Estaban en plena calle King, la arteria principal de Charleston, el centro neurálgico en lo que a compras se refería. Mariana había recorrido esa calle miles de veces sin reparar nunca en la librería del señor McDermont. Cuando se encontró ante el escaparate, observó la gran cantidad de libros que había en el interior y también expuestos frente al ventanal. Muchos de ellos estaban en otros idiomas. Mariana se había propuesto entrar a mirar, tal vez comprar algo que pudiera resultarle entretenido, pero la visión de aquellas montañas de libros la hizo sentirse insignificante e insegura. “¿A quién voy a engañar?”, se dijo a sí misma. “Jamás seré como los Robilard”. Siguió su camino hasta la tienda de la señorita Poppy Stevens. Siempre que quería un vestido de fiesta especial acudía a ella y la fiesta de los Vaughan era muy especial. Por primera vez, asistiría. Mucho antes del incidente del carruaje que la había obligado a casarse con Pablo, Mariana ya soñaba con aquella fiesta y había encargado la confección de un vestido muy especial, en muselina azul noche y con un escote en forma de uve, ribeteado por un volante de la misma tela. Dejaría al descubierto bastante piel, haciéndole el pecho más voluminoso de lo que en realidad era, y adornaría su cuello con el camafeo que había heredado de su abuela Vagness Roix. Cuando por fin se lo probó ante el espejo de la tienda, no pudo más que sorprenderse de su imagen. ¡Estaba hermosa! Mejor dicho: estaba hermosa a la manera sureña. “A Pablo seguro que le parecerá un horror”, pensó mientras fruncía los labios con una mueca de disgusto.
Los dos días que mediaban hasta la fiesta ni siquiera bajó a comer con la familia. Fingió un terrible dolor de cabeza. No hizo otra cosa que visitar a su cuñada en su cuarto cuando Génesis le comunicaba que Pablo había salido de casa. “Quiero que me lo cuentes todo cuando regreses de la fiesta”, le pidió Soledad. “No puedo asistir, así que serás mis ojos y mis oídos”. Mariana asintió, complacida. Le gustaba poder hacer algo para entretener a su cuñada. “Ojalá pudiéramos ir juntas…”, estaba hablando cuando de pronto le pareció que el vestido de Soledad se movía. La joven Robilard estaba sentada en una silla de su cuarto, frente al ventanal. Mariana hubiera jurado que acababa de mover un pie. Ella estaba sentada sobre la cama, se levantó de un salto, se arrodilló al lado de su cuñada y exclamó: “¡Estás moviendo un pie!”. Soledad se llevó un dedo a los labios y ordenó callar a Mariana , después se le escapó una risita nerviosa.
–Hace dos días comencé a notar que me picaba la planta del pie derecho, cuando lo normal era no sentir nada en absoluto. Desde entonces puedo moverlo un poquito, mira –la muchacha lo movió ligeramente y sonrió–, pero por favor, no se lo digas a nadie aún. Si es una falsa alarma y vuelve a quedar inmovilizado, sería… Oh, Dios… Papá ya ha sufrido bastante con esto. No quiero darle falsas esperanzas. Hablaré con él si voy ganando sensibilidad en las piernas, por ahora sólo es un pie.
–No te preocupes, no se lo diré a nadie, pero tenemos que ejercitarlo –Mariana estaba emocionada. Soledad sólo pensaba en Victorio Du Maurier. Tal vez si ella podía volver a caminar… Pero no, no quería hacerse ilusiones. Aún no.
–Por supuesto que haré ejercicios y tú me ayudarás, pero no ahora… Ahora debes prepararte para el baile. Y ya sabes: ¡quiero que me lo cuentes todo! –Mariana se sentía feliz por Soledad. No podía ni imaginarse lo que había sufrido la muchacha cuando las piernas dejaron de responder. Se despidió de ella, tras prometerle que sería sus ojos y sus oídos en casa de los Vaugham, y corrió hacia su cuarto para comenzar a prepararse.
Mariana descendió por la gran escalera de caracol con gesto tenso. Pablo la estaba esperando en el hall y eso que ella no se había retrasado. Era la primera vez en su vida que salía antes de tiempo para ir a un baile. Estaba preparada para todo y lo resistiría con la cabeza bien alta, fingiendo que no le afectaba. No sabía si Pablo se reiría abiertamente de ella y de su vestido, si la miraría con burla, tal vez con desprecio… Pero fuera lo que fuese, estaba preparada.
Pablo miraba la hora en su reloj de bolsillo. Suponía que Mariana se retrasaría y comenzó a enfadarse sin motivo, sin saber si la joven sería o no puntual. La oyó entonces descender por la escalera y miró con desgana. Lo que vio lo dejó sin palabras. El vestido, de muselina azul oscuro, estaba salpicado de algunos brillos aquí y allá, nada muy recargado, que le recordaban a un cielo de verano lleno de estrellas. El escote, en forma de uve, era tan pronunciado que Pablo contuvo la respiración. Sus hombros quedaban al descubierto y él pensaba que no habría un solo hombre en aquella fiesta, soltero o casado, joven o viejo, que no quedase impactado ante semejante visión. El color del vestido era muy poco habitual, de hecho Pablo no recordaba haber visto a ninguna joven con nada semejante. Solían llevar tonos pastel y estampados florales. Las más atrevidas a veces usaban telas de cuadros. Pero nadie llevaba vestidos azul oscuro, y sin embargo era de lo más favorecedor.
Cuando Mariana llegó a la altura de su marido, este le ofreció el brazo y la condujo hasta el carruaje, ayudándola a subir. El viaje hasta la casa de los Vaughan no duraba más de quince minutos y lo hicieron en absoluto silencio. Las respiraciones de ambos era lo único que podía escucharse en el interior del habitáculo. Pablo la observaba de reojo sin poder dejar de admirarla.

domingo, 16 de febrero de 2014

Capítulo 18: "Pasión en el siglo XIX"



Holaa les dejo rapidamente un cap muy largo o al menos me parece a mi mas largo que los demas jajaj, besos que lo disfruten
CARO

CAPITULO 18
–Piensa bien lo que vas a hacer –le dijo Soledad momentos antes de que los Colbert atravesaran el umbral de la casa de los Robilard en el centro de Charleston–. Si haces lo que me dijiste que ibas a hacer, si lo echas de casa, Mariana sabrá que lo haces por celos… Y si se da cuenta de eso, querido hermano, te tendrá en sus manos. ¿Es eso lo que deseas? –Sole quería asegurarse de que Pablo  no hacía ninguna idiotez y nada mejor que apelar a su orgullo. Preferiría morir antes de que Mariana supiera que estaba celoso.
–No digas tonterías, Soledad. Ni yo estoy celoso, ni Mariana pensaría jamás semejante cosa de mí –trató de sonreír burlonamente, pero la mueca se le congeló en los labios. Soledad sabía que había dado en el clavo y que, muy probablemente, su hermano mantendría las formas en presencia de Gaston Colbert.
Sonaron en la puerta los tres golpes metálicos del anciano señor Colbert, que llamaba con la empuñadura de su bastón. El mayordomo se apresuró a abrir y los Robilard al completo se dirigieron al hall para recibirlos.
Gaston Colbert estaba verdaderamente interesado en Mariana , lo había estado siempre, pero como un verdadero caballero del sur que era, desde el mismo instante en el que ésta se casó, se esforzó por apartarla de su mente. No siempre era fácil dejar de pensar en ella, pero lo que sí resultaba sencillo era comportarse como debía con una mujer casada. Le salía de forma natural. Lo habían educado para respetar una serie de cuestiones inviolables, entre ellas el matrimonio. 
Aquella tarde asistía con su padre a presentar sus respetos a la nueva pareja. Quería hacerlo cuanto antes para poder olvidarse después del asunto. No era agradable darle la enhorabuena a Pablo Robilard. Lo envidiaba por estar casado con Mariana y lo detestaba porque no valoraba la suerte que tenía. Qué clase de hombre se niega a casarse con una muchacha después de haberla comprometido y obliga a la familia de ésta casi a que le suplique para hacer lo correcto. Desde luego, no era un caballero.
Gaston y su padre vivían juntos y solos en Los Sauces, la hacienda vecina a la de los Du Maurier. La madre de Gaston había muerto muchos años atrás y el señor Joseph Colbert no había vuelto a casarse. Gaston conocía a Mariana y Victorio desde siempre y siendo un niño ya se había hecho a la idea de que la joven Du Maurier y él estaban predestinados al matrimonio, por eso nunca reparó en que había más muchachas. Nunca se había dado cuenta, por ejemplo, de que Mary Elizabeth Robertson lo adoraba o de que Suellen O`Malley lo perseguía desde que no era más que una niña. No tenía ojos ni corazón para nadie que no fuese Mariana . Verla casada con Pablo Robilard era lo más doloroso que había tenido que sufrir, tras la muerte de su madre.
Ella estaba al lado de su marido, en el hall de la casa de los Robilard. Llevaba un vestido blanco con flores rosadas y el pelo recogido graciosamente. Le sonrió nada más verlo y se acercó con la confianza con la que se acercaba a su hermano.
–Querido Gaston, cuánto me alegra verte –dijo Mariana . Llevaba sólo dos días viviendo en casa de Pablo, pero le parecían semanas. Había viajado muchas veces a distintas ciudades del sur (Atlanta, Savannah, Nueva Orleans, Baton Rouge), había estado alejada de Las Magnolias durante meses enteros, pues debido a la hospitalidad sureña, que no conocía límites, cuando alguien iba a visitar a un familiar no solía permanecer menos de tres o cuatro meses. Sabía lo que era vivir lejos de Las Magnolias, pero siempre tenía claro que tras cada larga estancia, iba a regresar. Ahora era distinto. Estaba casada con Pablo y Las Magnolias nunca más sería su hogar. Iría de visita, se quedaría alguna que otra temporada, pero ya no sería su casa. Echaba de menos todo lo que antes daba por supuesto: el canto del gallo por las mañanas, la voz del capataz llamando a los esclavos para ir al campo, el olor de las magnolias entrando a través de su ventana (por eso la hacienda había recibido ese nombre), los vecinos que se acercaban a caballo y se quedaban a comer y, a veces, incluso a cenar. Extrañaba a su madre, que nunca tenía las manos ociosas y cuando le quedaba tiempo libre, tras organizar el día a día en la casa, se sentaba en la sala con un bordado y la espalda muy recta, y a su padre, que fumaba puros y maldecía como un bucanero cuando algún asunto de la hacienda lo perturbaba. Extrañaba su vida, cómo planeaba las fiestas o cómo trataba de adivinar, por las mañanas, cuál de sus pretendientes se acercaría al atardecer para visitarla. Ver a Gaston Colbert le recordaba lo que había sido su vida, aquella vida que parecía tan lejana y que en cambio había sido la suya hasta poco tiempo atrás.
–Te veo estupenda, Mariana . Te ha sentado bien el matrimonio –le dijo Colbert con aquella galantería sureña que Pablo detestaba y una sonrisa triste. Hacía mucho tiempo que había comprendido que la gente hablaba por hablar, daba igual que tuviese algo que decir o no. Colbert era ese tipo de persona. Pablo pensó que su carácter era parecido, en cierto sentido, al de Mariana y que tal vez la unión entre ellos no hubiese dado un mal resultado, al fin y al cabo. Le sorprendió la punzada en el estómago que había sentido al tener este pensamiento. Soportó con estoicismo que Mariana lo recibiera tan calurosamente. “¿Tratará de ponerme celoso?”, se preguntó Pablo. Aquel joven estaba enamorado de su esposa, no era un capricho o un simple flirteo, no: la amaba y la conocía. La conocía mejor que él, pues habían sido vecinos durante toda su vida. Sabría cosas de Mariana que él ni siquiera imaginaba. La confianza entre ambos, se notaba, era mucha. Cuando Pablo había escuchado hablar de Mariana y de sus cuarenta pretendientes, también había oído el nombre de Colbert como favorito. ¡Hubiera sido tan ventajosa una unión entre ambos! Ella se trasladaría a la propiedad colindante a Las Magnolias y su vida apenas cambiaría, se conocían de toda la vida, las familias eran amigas desde siempre… Pablo volvió a sentir el deseo de estrellar sus puños contra la cara de Gaston Colbert. Los apretó e hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para no tomar a aquel muchacho por las solapas y echarlo de su casa.
Pasaron al salón y se sirvieron unos licores y unos pastelitos salados. Los invitados saludaron a Soledad, que estaba sentada frente a la chimenea. Pablo, como siempre que se sentía incómodo, apenas dijo una palabra. A Mariana , en cambio, le sorprendió mucho la conversación. Los Colbert hablaban con los Robilard del próximo estreno de una obra teatral, de unos nuevos libros llegados de Francia aquel mismo mes y que estaban en la tienda del librero McDermont, en la calle King. Mariana había compartido innumerables veladas con los Colbert y jamás los había escuchado hablar de nada semejante. Cuando iban a Las Magnolias hablaban del arroz (las plantaciones de Charleston, al contrario que las de Georgia, no se dedicaban al cultivo del algodón, sino del arroz, de ahí que todas ellas estuviesen a orillas de un río; Las Magnolias se encontraba a orillas del río Ashley), de la necesidad de más esclavos, de quién había hecho negocios con quién, de alguien que se había arruinado o se había enriquecido repentinamente, de las fiestas que iban a celebrarse o de la guerra, siempre de la guerra, al menos en los últimos tiempos los hombres no sabían hablar más que de un futuro y no muy lejano conflicto con los yanquis, casi como si lo desearan.
 Pero nunca de libros, ni de estrenos teatrales, ni de tonterías por el estilo. De hecho Mariana hubiera dado por supuesto que a los Colbert les interesaban tan poco esas cosas como a ella misma, pero con el paso de los días y la llegada de visitas a la casa de los Robilard, se fue dando cuenta de que solo los Du Maurier y algún que otro hacendado de las afueras de Charleston, como los O’Malley o los Ducan, eran inmunes a los supuestos encantos de la cultura. El resto de los caballeros de la ciudad parecían interesados en esos temas. Las damas eran distintas. Ellas se veían obligadas a participar con sus maridos en determinados actos culturales, pero no lo hacían por devoción. Mariana comenzó a recordar lo que durante mucho tiempo estuvo en un rincón oscuro de su mente, como todo lo que no le llamaba la atención: en muchas de las haciendas en las que había estado, sobre todo con motivo de las fiestas, había una gran biblioteca con libros desde el suelo hasta el techo, pero ella jamás pensó que los habitantes de la casa los habían leído, del mismo modo que en las haciendas había cuadros o jardines y la gente no se detenía demasiado tiempo a contemplar ni lo uno ni lo otro. Creyó que los libros también eran simples elementos decorativos. Comenzó a sentirse, entonces, un poco avergonzada. Ella había hecho tantos comentarios estúpidos delante de sus pretendientes y ellos habían reído con ganas de modo que Mariana interpretó esas risas como una confirmación de que ellos opinaban del mismo modo. Ahora se preguntaba cuántos de ellos, igual que su propio marido, la consideraban una cabeza hueca, una cara bonita, pero vacía como la cáscara de una nuez.
–¿Te apetece ir al estreno teatral, querida? –las palabras de Pablo, con evidente afán de mortificarla, la sacaron de su ensimismamiento. Había estado demasiado callada y eso era poco habitual en ella, que tenía la habilidad de llevar siempre las conversaciones a su propio terreno. Se sonrojó al ver el gesto de burla con el que la miraba su marido y trató de salvar dignamente la situación.
–Me encantaría, y en cuanto a la librería de la calle King, mañana mismo me acercaré a ver esas novedades de las que habláis. Me pica la curiosidad –sonrió mientras paseaba la mirada por los rostros de los presentes, excepto el de Pablo. Volvió a permanecer callada y sólo cuando hablaron de la guerra prestó oídos.
–Tarde o temprano ocurrirá –dijo Matias Robilard, el hermano de Pablo. Los Colbert no parecían estar seguros de que eso fuera así.
–Los yanquis son demasiado cobardes, no se atreverán. Serían necesarios cuatro yanquis para poder con un caballero y en el sur lo que sobran son caballeros –dijo Gaston Colbert. El comentario le pareció tan absolutamente descerebrado a Pablo que no pudo más que sonreír irónicamente–. Si esos malditos yanquis siguen así, dentro de poco dirán que debemos educar a los esclavos y que tienen derecho a poseer tierras y hasta a votar –continuó el joven Colbert con la voz cada vez más encendida.
–¿Y por qué no? –preguntó Mariana antes de poder refrenar su lengua. Se daba cuenta de que desde que su nodriza Portia había muerto y su madre no estaba cerca para juzgarla, su lengua estaba más suelta de lo habitual y hablaba de temas que siempre le habían estado prohibidos. Una verdadera dama no se preocupaba de ese tipo de cosas. Todos volvieron la mirada hacia ella, sorprendidos, pero quizás el más sorprendido era Pablo.
–¿Qué quieres decir, Mariana , que tienen derecho a todas esas cosas? –quiso saber Gaston, incrédulo. La joven se dio cuenta de lo inconveniente que había sido hablar de ese tema, pero como ya lo había hecho, diría lo que pensaba. Al diablo con todos, ¿no la consideraban una imbécil? Pues que la consideraran por algo.
–Simplemente me pregunto por qué no tienen derecho a esas cosas y nosotros sí, ¿Porque son negros y nosotros blancos? ¿Porque son pobres y nosotros no? ¿Porque son esclavos? Pero si son esclavos, ¿es su culpa? ¿No han sido los blancos los que fueron a África, los metieron en barcos como si fueran mercancías y los obligaron a palos a doblegarse? – Mariana  se dio cuenta de que los Colbert la miraban boquiabiertos. No se atrevió a mirar a los Robilard, mucho menos a Paablo.
–No puedes creer de verdad en lo que estás diciendo. Además, ellos no quieren la libertad, no sabrían qué hacer con ella. Son como niños que necesitan un guía –murmuró Gaston.
–¿Les has preguntado a tus esclavos si desean la libertad, acaso? Tal vez te dijeran que no por miedo a las represalias. ¿Y quién decide que no están preparados para ser libres, tú y el resto de hacendados a los que les compensa tenerlos trabajando gratis? Ellos deben elegir la vida que quieren llevar, igual que tú decides tu vida –acabó acaloradamente su discurso.
–Te recuero que tu padre también tiene esclavos –dijo Gaston, dolido.
–Lo sé, pero resulta que mi padre no es perfecto por el hecho de ser mi padre. En algunas cosas tiene razón y en otras está equivocado.
–Querida Mariana–esta vez era el anciano Joseph Colbert quien hablaba. Hizo girar su bastón antes de continuar–. Eso que dices es altamente peligroso. ¿Sabe tu padre que piensas así? Es un pensamiento indigno de una dama del sur, querida. Es traición. Aquí estás entre amigos, pero lo mejor será que nunca más lo repitas en ninguna parte. No son buenos tiempos para ese tipo de pensamientos.
–No sabe lo que dice –trató de mediar el padre de Pablo–, es joven y está muy encariñada con dos de sus esclavos: Génesis y Tobey, el nieto del cochero que murió en el accidente. No se lo tomes en cuenta. No sabe lo que dice.
–Con todos mis respetos, señor Robilard, sé perfectamente lo que digo. No son tonterías sólo porque yo no piense como usted –estaba dolida y harta de que todos la trataran como a una niña estúpida. Tal vez no tuviera la cultura que tenían los malditos Robilard, pero era perfectamente capaz de tener pensamientos coherentes. Miró entonces a Pablo. No había burla en sus ojos, ni desprecio, ni odio, sólo sorpresa. Mariana no sabía si eso era bueno o malo, pero al menos era una mirada distinta a las que solía recibir de él.