domingo, 9 de febrero de 2014
Capítulo 13: "Pasión en el siglo XIX"
Holaa hoy dejo nuevo capi llego la noche de bodas, que pasara?? jaja, no se olviden de pasar por mi otro blog que acabo de subir el final de la otra adaptacion en 100presimonella.blogspot.com
besos
CAPÍTULO 13
Habían sido necesarias dos criadas, además de Génesis, para ayudarla a quitarse el hermoso vestido de novia. El camisón que se puso después era de seda blanca, bordado por las monjas del convento de Santa Catalina. Era tan liviano que se sentía desnuda con él y eso la ponía nerviosa. Sentada frente al tocador, mientras Génesis cepillaba cien veces su cabello, Mariana observó su rostro. Aquel brillo alegre y juvenil que siempre la caracterizó había desaparecido. Estaba ojerosa y triste. Nunca se había visto tan poco bonita como aquella noche.
–Es hora de que me vaya, señorita Mariana … Perdón, quise decir señora Mariana –murmuró Génesis–. El señor Robilard estará a punto de…
–¿Dónde dejó Dotty la botella de licor? –preguntó la joven sin permitir que la criada terminara de hablar.
–Debajo de la cama –Génesis frunció los labios, como siempre que algo la disgustaba, y aquello la disgustaba profundamente: ver a Mariana tan derrotada y no poder hacer nada para ayudarla.
–Ya puedes irte, entonces –dijo con un hilo de voz. Levantó la mirada y sonrió con tristeza–. No te preocupes por mí. Todas las mujeres pasan por esto y ninguna se ha muerto, que yo sepa. No puede ser tan terrible –la esclava dio varios pasos dirigiéndose a la puerta.
–Es un hombre muy guapo –se atrevió a comentarle a Mariana– y usted siempre ha sido capaz de conseguir de los jóvenes cualquier cosa.
–Esta vez es distinto. Esta vez… –la voz se le quebró y no fue capaz de explicar por qué esa vez era distinto. Tal vez ni siquiera ella misma supiera por qué en aquella ocasión todo era tan distinto, ni qué hacía que Pablo Robilard fuera tan condenadamente diferente a todos los hombres con los que había tratado.
Cuando Génesis salió del cuarto, Mariana aún seguía sentada ante el tocador y miró la estancia a través del espejo. No se podía negar que aquellos Robilard tenían buen gusto. Los muebles eran de caoba, macizos y hermosamente tallados, traídos desde Francia en la época de Pierre Robilard, el abuelo de Pablo, la cama era tan enorme que hacía que su cama, en la casa de sus padres, pareciera la de una niña. Se dirigió hacia ella y se agachó buscando la botella de licor. La encontró detrás de una de las patas traseras. Dotty había dicho que diera un trago largo, que eso lo haría todo más llevadero. La abrió y olió el licor. Era nauseabundo, pero no se lo pensó dos veces y dio un buen trago. El licor le quemó la garganta y la hizo toser. Se sentó en el tocador, esperando sentir algo diferente, nunca antes se había emborrachado, pero se encontraba perfectamente normal, de modo que dio varios tragos más al licor.
Cuando Pablo entró en el cuarto, Mariana ya comenzaba a sentirse bastante mareada. Seguía en al tocador y lo vio a través del espejo. “Dios mío”, pensó en medio de la nebulosa que el alcohol le provocaba, “ha llegado el momento”, y sintió un escalofrío recorriéndole la columna vertebral. Pablo se quitó la levita negra y la corbata sin decir una palabra. Comenzó a desabrocharse la camisa y entonces reparó en Mariana. La joven tenía la mirada fija en el vello del pecho masculino y los labios de él esbozaron una sonrisa de crápula conocedor de las mujeres. Ella lo detestaba, se lo había dicho, pero también sentía curiosidad. La forma en la que lo miraba era una muestra de ello. ¿Podía despreciarse algo que de manera puntual también nos resultase deseable? Pablo había llegado a la conclusión de que sí, pues Mariana y él no se soportaban, pero en ese preciso instante él la deseaba y si todos sus sentidos no le estaban engañando, la joven también sentía algo muy similar al deseo cuando lo miraba. La camisa blanca de él cayó al suelo. Se sentó en la cama para quitarse las botas negras y cuando sólo lo cubría el pantalón, se dirigió a su esposa, que lo miraba sonrojada.
Mariana no sabía si la culpa la tenía el alcohol o el hecho de que, al fin y al cabo, ella quizás no era una dama, a pesar de los trabajos de su madre y su nodriza Portia, muerta meses atrás. Tal vez una mezcla de ambos, alcohol y desvergüenza, era lo que le impedía apartar la mirada del cuerpo de Pablo. La sensación de ansiedad aumentó al verlo acercarse, tomarla de la cintura y levantarla en volandas hasta que los rostros de ambos quedaron frente a frente. Él notó de inmediato el terrible olor a licor que emanaba de la joven. Frunció la boca, enfadado.
–¿Has bebido? –preguntó tontamente, pues sabía que la respuesta sería afirmativa. No esperó las palabras de la joven–. ¿Tan insoportable te resulta estar conmigo?
–No te deseo más de lo que tú me deseas a mí –contestó ella, repitiendo las palabras que Pablo le había dicho dos días atrás. Se notaba que los párpados le pesaban.
–Eso es lo que te dijeron que hicieras, ¿no es cierto? Te dijeron que bebieras para poder tolerar a tu esposo en el lecho… ¡Qué sufridas son las damas sureñas! –murmuró él con desprecio y furia en la voz. Pablo miró a Mariana y dudó que la joven pudiera mantenerse en pie si él la soltaba–. ¡Despierta! –le dijo zarandeándola con suavidad, pues ella había cerrado los ojos por espacio de unos segundos. La muchacha parpadeó con desgana y, para sacarla de ese estado de adormecimiento, él dejó de sujetarla en vilo, apoyó los pies de ella en el suelo, inclinó la cabeza y tomó uno de los pezones de la joven entre los dientes, por encima del camisón. Lo mordisqueó delicadamente. Eso provocó la reacción esperada: Mariana abrió los ojos, desorbitados, y se retorció para apartarse de él.
–¿Qué estás haciendo? –le preguntó con un chillido. Pablo no respondió. Miró sus labios durante un segundo y de inmediato la besó. La joven se resistió al beso, pegaba con los puños en el pecho de su marido tratando de apartarlo. El beso era duro, sin un solo ápice de ternura. Sintió que la tomaban en brazos y la depositaban sobre la cama, todo ello sin que los crueles labios de él le dieran una tregua. El alcohol hacía que sus movimientos fuesen lentos y desacompasados y casi no se dio ni cuenta del momento en el que Pablo se tumbó sobre ella, inmovilizándola, sujetando sus muñecas sobre su cabeza. “Quieres no sentir, pero maldita sea, te obligaré a que sientas”. La fuerza del hombre era algo contra lo que ella no podía luchar. Dejó de resistirse, se mordió el labio para que no temblara y trató de controlar el llanto. La nube de alcohol sobre su cabeza le impidió refrenar la lengua e hizo lo que juró que no haría: suplicarle a Pablo–. No me hagas daño… Por favor.
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HAY POR DIOS Q FUERTE JAJAJA En primer lugar no me gusta nada este Pablo tan pedante... el dice q Lali lo es pero es todo lo contrario solo espero q no haga algo de lo q se arrepienta despues!!!
ResponderEliminarY Lali pobre q fea su situacion... la verdad q muy feo eso de q te determinen con quien pasar el resto de tu vida...
YA QUIERO MASSS NOVE!!! Quiero ver como sigue este par asiq espero leerte pronto!!! Besos q estes bien!!!!
Jajajaja,Pablo la quiere muy consciente.
ResponderEliminarA estas alturas ,no se si Pablo atenderá la súplica d Mariana.
Solo se ,k yo quiero máaaaaas.