viernes, 28 de febrero de 2014
CApítulo 29 y 30 :"Pasión en el siglo XIX"
CAPITULO 29
Al principio, cuando Mariana se fue, Pablo hacía verdaderos esfuerzos por llevar una vida normal y no aparentar el dolor que sentía. Tuvo que enfrentar las miradas acusadoras de las buenas familias de Charleston no sólo por los escándalos protagonizados con Mariana , sino por el hecho de que ella huyera a París tan solo un mes después de la boda. Cuando debía comenzar su luna de miel, en realidad había comenzado la escapada de su esposa. Pasadas las primeras semanas, se volcó en el pequeño Tobey, el esclavo de Mariana . Contrató un profesor para el niño, lo obligó a estudiar y se ocupó de pasar tiempo con él. Era el único modo que tenía de demostrarle algo a Mariana . Era su forma de decir: “Esto he hecho por ti, no sé de qué otra maldita manera demostrarte lo que siento”. Pasaron tres meses y ella no regresó. Pasaron seis, nueve meses, y seguía sin noticias de ella, pues las cartas recibidas por Soledad no daban cuenta de otra cosa que no fueran pequeñas excursiones hechas con sus tías a pueblecitos cercanos a París o meriendas con tal o cual dama o veladas y bailes a los que asistía. La información era escasa y superficial. Parecía feliz. Casi un año después, Pablo volvió a frecuentar las fiestas en Charleston y en otras ciudades del sur. Se encontraba con Gaaston Colbert y con Rocio Deveril y recordaba a Mariana, aquellas violentas discusiones llenas de celos y frustración. Poco a poco el dolor se fue mitigando.
En cierta manera, siempre estaría hechizado por ella, es difícil curarse de un amor que no pudo ser u olvidarse que quien debió habernos amado y no nos amó. Con el paso del tiempo, comprendió que debía aceptarlo: ella nunca lo había querido ni nunca lo querría y sus reacciones ante el hecho de desearlo eran lógicas. Mariana había sido educada para no desear a un hombre y si esos deseos la hubiesen mortificado amándolo, sin amarlo debía de haber sido un infierno para ella. Sus cuerpos se comprendían como sus corazones no se entenderían jamás. El divorcio no había pasado aún por su mente, pero comenzaba a darse cuenta de que no podían vivir así. Se arrepentía de cómo se había comportado con ella, de su visceralidad y sus modales. Nunca volvería a ocurrir nada semejante, no volvería a tratarla de ese modo ni permitiría que ella lo tratara así. Pablo no sabía si Mariana pretendía volver algún día y cómo se comportaría la joven tras el regreso, pero Pablo hablaría con ella para establecer una serie de límites.
Cuando los Deveril celebraron su famosa barbacoa, dos años después del incidente con el carruaje que lo había obligado a casarse con Mariana, ocurrió algo que hizo que abriera los ojos. Tal vez porque era el aniversario del inicio de su historia con su esposa, Pablo estaba especialmente melancólico en esa ocasión. Al anochecer salió a fumar a la terraza y, entre las sombras, apareció la hermosa silueta de Rocio Deveril, la hija del anfitrión.
–Últimamente lo veo un poco triste, señor Robilard –dijo ella, y Pablo se dio cuenta de inmediato de que estaba un poco achispada, tal vez había bebido. Le hizo gracia que una jovencita tan comedida en todo cometiera esa torpeza–. Lo veo triste y no se lo merece porque es usted el mejor hombre del mundo –la sonrisa de Pablo se borró de un plumazo. De modo que aquella muchacha seguía encaprichada con él. Qué irónico, había dicho que era el mejor hombre del mundo. Dos años atrás, en una terraza similar a aquella, Mariana le había dicho que Colbert era mejor hombre de lo que él sería jamás. Era agradable comprobar que para una mujer él era el mejor en algo.
–Será mejor que vuelva dentro, señorita Deveril, antes de que haga o diga algo de lo que mañana seguro se arrepentirá –Pablo tiró al suelo el cigarro y se disponía a entrar de nuevo en el salón de baile.
–No, por favor, escúcheme –suplicó ella–. Llevo años reuniendo el valor necesario y me he bebido media botella de licor para adquirirlo hoy. Necesito que me escuche. Yo… lo amo. Te amo, Pablo –se corrigió– y no me atrevería a decirlo si no supiera que Mariana y tú no son felices y que ella jamás regresará de Francia. ¿Por qué seguir atado a una mujer ausente cuando yo estoy aquí y te amo y estoy dispuesta a hacerte feliz? –la luz de la luna se reflejaba en su pelo rubio, en sus ojos, en sus facciones de escultura griega. Hasta que no la escuchó hablar así, Pablo no se dio cuenta de lo mucho que necesitaba que alguien lo amara. Se había agotado de amar a Mariana, necesitaba ser amado y lo necesitaba con urgencia, pero él no se aprovechaba de las muchachitas como Rocio.
–Vamos, entra dentro. Olvidaremos esto que ha ocurrido –Pablo le hizo una inclinación de cabeza y entró en el salón de baile, pero no pudo olvidar lo ocurrido. No quería olvidarlo. Merecía ser amado, merecía hacer el esfuerzo de enamorarse de alguien que lo correspondiese y Rocio era perfecta.
Volvieron a encontrarse en varias ocasiones, siempre sin ocasión de verse a solas, pero cuando Rocio recibió la noticia de que Mariana regresaba (lo escuchó en una reunión tomando el té), el corazón le dio un vuelco y fue a buscar a Pablo a la salida del casino. Estaban en plena calle, pero ella parecía olvidarlo. Cuando él la vio, se quedó paralizado.
–¿Qué haces aquí? –le preguntó.
–Sé que Mariana regresa. Yo creí que…Pensé que ella nunca… –Pablo la vio mortificada y no le gustó. Rocio estaba enamorada de él y él iba a enamorarse de ella aunque el esfuerzo le llevara toda una vida. No podía ser tan difícil: Rocio era hermosa, lo amaba, no podía ser complicado amar a una mujer así.
–Mariana vuelve porque le he pedido el divorcio –le confesó. El rostro de ella se iluminó como una mañana de verano.
–¡Oh, Dios mío, vas a ser libre!
–No te empeñes en imposibles, Rocio –trató de disuadirla–, me divorcio de Mariana , pero no volveré a casarme. Pon tus ojos en objetivos alcanzables, no en mí –él no quería decirle nada indebido a Rocio mientras aún estuviera casado. Era absolutamente inapropiado todo aquello y como la joven no parecía conocer la mesura, Pablo no quiso darle ni una sola esperanza por temor a que ella misma se pusiera en una situación deshonrosa y difícil y lo arrastrara a él.
–Oh, sí vas a volver a casarte. Te enamorarás de mí, ya lo verás –dijo ella con una sonrisa luminosa. Era tan agradable verse reflejado en unos ojos que lo amaban así, como él había amado a Mariana. Sí, la había amado, quizás seguía amándola, pero el tiempo había mitigado la angustia y el dolor, de modo que el amor también sería mucho más débil y quebradizo. Nunca como en aquel momento su corazón había estado más preparado para amar a otra mujer. Sin embargo, recibió una noticia que lo alegraba y lo entristecía al mismo tiempo: Victorio y Soledad habían fijado la fecha de su próximo enlace y su hermana le había suplicado que aplazara su divorcio para que el escándalo no empañara su boda. “¿Esto no será uno de tus truquitos, verdad Soledad? Nada de lo que hagas evitará que me divorcie de Mariana”. Ella le respondió fingiendo inocencia: “Claro que no, hermanito. Sé bien que lo tuyo con Mariana no tiene solución, sólo te pido que cuando ella regrese, viván dos meses bajo el mismo techo para evitarme el bochorno del escándalo antes de mi boda, ¿qué más da dos meses más o menos?”, pero a Pablo sí le importaba. No quería tenerla cerca. Le había costado mucho volver a la normalidad y arrancarse ese malestar que sentía cuando pensaba en ella o cuando discutían. Por eso, el día que ella regresaba a Charleston en tren desde Savannah y él acompañó a la familia Du Maurier para decirle a la joven que el divorcio debía ser aplazado, cuando esperaba en el andén apoyado en una columna, apartado del resto, su único pensamiento fue que debía permanecer frío como el hielo con ella y no volver a permitir que le destrozara la vida.
CAPÍTULO 30:
Cuando por fin se apeó en la estación de tren de Charleston, todas sus dudas se disiparon. Aquella era su tierra, su hogar, y tenía la fuerza suficiente como para comenzar de nuevo y ganarse el respeto de la gente. Y si no lograba el respeto, poco importaba, pues en París había aprendido a dar una importancia mínima a la opinión que los demás tenían de ella.
A la primera que vio fue a su madre. Se fundieran en un abrazo. “Estás preciosa”, dijo Gimena al tiempo que observaba el elegante vestido de viaje de seda a rayas, rosa y negro, de su hija. Mariana abrazó a su padre y a su hermano. Todos se volvieron hacia Génesis, que bajó del vagón del tren con un bonito vestido de seda y parecía más una dama que una esclava. Ninguna esclava vestía así y los Du Maurier unieron a la alegría del regreso de Mariana, la preocupación por sus excentricidades. Las esclavas vestían con trajes de paño barato y llevaban el pelo bajo un turbante blanco o negro. La visión de Génesis con ropas elegantes y el pelo graciosamente peinado con ondas hizo que muchas de las personas que estaban en la estación se dieran la vuelta para mirarla sin disimulo. Uno de los maleteros le dijo a Mariana : “¿Se encargará su esclava del equipaje?”.
–La señorita O’Malley no es mi esclava, es mi amiga, y no, no se ocupará del equipaje. Podría enviarlo a la hacienda Las Magnolias, ¿por favor? –respondió al hombre mientras depositaba en su mano varias monedas.
–¡Señorita Mariana! –la joven se dio la vuelta y se encontró frente a ella a un muchacho mulato, alto y guapo, elegantemente vestido y con unos modales excelentes. Le costó reconocerlo como Tobey, el nieto de Jills.
–¡Querido Tobey, qué alto y qué guapo estás! –exclamó ella, dándole un abrazo. Entonces recordó a Pablo. Si el niño estaba allí, tal vez él también. Lo buscó con la mirada y lo encontró apoyado en una columna, alejado de su familia. Se le paralizó el corazón por unos segundos. Iba vestido de oscuro y con una corbata color burdeos que lo favorecía. Dios mío, dos años sin verlo y seguía reaccionando del mismo modo ante aquel hombre. Alto y fuerte, a Mariana le pareció más arrebatadoramente atractivo de lo que recordaba. La miraba fijamente y ella se dirigió a él. Aquel era un buen momento para demostrarle que había cambiado, a pesar del dolor y de la humillación que suponía que le pidiese el divorcio, ella le demostraría que se podía comportar como una dama, controlar su mal genio. Se dirigió hacia él, que instintivamente se apartó de la columna y se irguió.
–Hola Pablo –fue un saludo sencillo, pero cálido. Él se sorprendió y su intención de ser frío con ella se quedó en algo imposible de llevar a cabo. ¡Estaba tan encantadora¡ Había crecido, ya no era la muchacha que abandonara Charleston, era una mujer hermosa. Pablo tomó la mano que ella le tendía y la besó.
–Hola Mariana–se detuvo unos instantes, observándola. Hacía mucho tiempo que no la tenía cerca y retuvo su mano más de lo debido. Su piel era suave y cálida y aún provocaba en él oleadas de nerviosismo–. Siento estar aquí. Imagino que deseabas reencontrarte con tu familia a solas y…
–Tú también eres mi familia –lo interrumpió ella. Sintió la boca seca, quizás porque su mano aún estaba entre las suyas–. No sé cómo agradecerte lo que has hecho por Tobey –Mariana estaba hipnotizada por Pablo. Su cuerpo estaba temblando y le costaba respirar. Él la miraba con un gesto extraño, como si no la reconociera o como si estuviera viéndola por primera vez.
–No tiene importancia. Es un niño fantástico. Mariana… tengo que hablar contigo del divorcio –Pablo notó el gesto triste de la joven… ¿Triste? ¿Era posible que Mariana sintiera tristeza ante el hecho de divorciarse de él o era sólo el fastidio por el escándalo que supondría dar ese paso? Él se persuadió de que era por lo segundo–. Si no tienes ningún inconveniente, deberíamos retrasar el divorcio dos meses, hasta después del enlace de Soledad y Victorio. Mi hermana me lo pidió encarecidamente, no quiere que el escándalo enturbie se boda –Mariana contuvo la respiración… ¿Sería posible? ¿Tendría tanta suerte de poder mostrarle su cambio a Pablo antes del divorcio? Vivir de nuevo bajo el mismo techo, verlo cada día… La excitación y la felicidad se asomaron a sus ojos y su marido pensó que esto se debía a que se alegraba por el enlace de Victorio y Soledad.
–Claro que estoy de acuerdo –dijo ella, tratando de no demostrar su euforia ante Pablo–. No podemos ser tan egoístas. Debemos pensar en los demás. Hemos causado tanto daño con nuestra conducta irreflexiva y escandalosa… –él no sabía cómo podría soportar el tormento de tenerla de nuevo a su lado, de verla cada día. Se sentía nervioso y emocionado como un muchacho.
–Tendremos que guardar las formas… Deberás vivir en mi casa hasta el divorcio –la voz de ambos era apenas un susurro y ni siquiera se daban cuenta de que los Du Maurier, Tobey y Génesis observaban la escena extrañados, sin comprender qué estaba ocurriendo entre ellos. La locomotora se puso en marcha y abandonó el andén, el ruido era estridente, pero ni Pablo ni Mariana parecieron darse cuenta.
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OHHH POR DIOSSS!!! ME MOLESTO MUCHO LA ACTITUD DE ROCIO!!! Y Pablo seguro q se arrepiente porq ambos aunq lo nieguen estan enamorados y eso no lo van a poder cambiear aunq lo quieran... Y SOLE GENIAAA TOTAL!!! Me encanta su personaje... Y lo de Genesis lo AMEEEEEE... Me encanta q Lali la trate y respete como una igual... estoy segura que va a tener una historia de amor tambien...
ResponderEliminarY ya quiero ver como sigue esto...
Espero q estes bien y nos leamos prontito!!! Besos!!! :D
Increible ,se les presenta una nueva oportunidad.K la aprovechen!!!!!
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