lunes, 10 de febrero de 2014
Capítulo 14 y 15: "Pasión en el siglo XIX"
Holaa vuelvo a dejarles nuevo capi doble, espero que les guste, besos
Pd: empezo la nueva adaptacion en mi otro blog http://www.100presimonella.blogspot.com.ar/
CAPITULO 14:
Antes de escuchar sus palabras, él ya había notado el cambio en la actitud de Mariana . No se había relajado, no se dejaba llevar. No era eso. Su cuerpo estaba en una laxitud dolorosa, rendido, quizás por el pavor que le provocaba que le hiciera daño. Malditas matronas y malditas criadas, meterles esos miedos a las muchachas en el cuerpo.
–El daño es inevitable. La primera vez siempre duele, pero tendré mucho cuidado –le susurró él al oído. En ese momento no la despreciaba, tampoco era lástima lo que sentía. Por todos los demonios, le gustaba lo que estaba viendo, los ojos asustados de Mariana , el cuerpo delgado de pequeños pechos y caderas suaves, la boca entreabierta.
Mariana sintió los labios de Pablo nuevamente sobre los suyos, pero esta vez la delicadeza del contacto hizo que se sorprendiera. El beso fue breve y delicado, casi cariñoso. Él levantó la cabeza para mirarla. A la joven le daba todo vueltas, como si fuera a desmayarse. A partir de ese momento las cosas ocurrieron sin que ella tuviera mucha conciencia de nada, sólo cuando sintió un dolor punzante que le traspasaba las entrañas supo que había perdido la virginidad. Gritó, pero Pablo acalló su queja con un beso. “Ya pasó”, le dijo, “ya nunca volverá a doler”. Mariana creyó distinguir ternura en su voz y se abrazó a él, que la recibió contra su pecho y siguió moviéndose con exquisita lentitud. La joven tenía una sensualidad natural que lo sorprendió y lo dejó embobado, sus movimientos eran torpes e inexpertos, pero logró encenderlo con su cadencia y su entrega.
A la mañana siguiente, Pablo se despertó con los primeros rayos del sol. Mariana y él estaban desnudos y con las piernas entrelazadas. La miró fijamente mientras ella aún dormía. Era preciosa, mucho más bonita sin sus vestidos y sus peinados, así, desnuda y con el pelo suelto, sin adornos. Levantó la mano para acariciarle el rostro, pero la detuvo en el aire, lo pensó mejor y no la tocó. Él había sido tierno la noche anterior, tan delicado como fue capaz para que la muchacha sufriera lo menos posible. No había esperado la actitud apasionada de ella, quizás hubiera sido el alcohol el que la había desinhibido, pero de todos modos el alcohol sacaba a la superficie algo que la joven guardaba oculto. Ella era apasionada, pensó Pablo mientras la miraba y sentía crecer de nuevo el deseo. Entonces Mariana abrió los ojos y trató de tapárselos con las manos, mientras emitía un quejido.
Pablo sonrió, conteniendo el deseo de besar el pecho desnudo de la joven que subía y bajaba con cada respiración. La noche anterior había comprobado que sus pechos eran más pequeños que la palma de su mano, tiernos y delicados, y que reaccionaban a su contacto. La joven se había quejado cuando él había dejado de acariciarlos y había arqueado la espalda pidiéndole sin palabras que siguiera. Se moriría de vergüenza cuando lo recordase y eso hizo que la sonrisa del hombre se ampliara aún más.
–Ese malestar que sientes es la resaca. Es la consecuencia de haber bebido más de la cuenta –dijo él. Ella lo miró con sorpresa, como si no se esperara encontrarlo allí, y de hecho no lo esperaba, pues al despertar no recordaba que se había casado el día anterior.
Esos primeros minutos ella seguía siendo Mariana Du Maurier, la beldad del condado, la muchacha con cuarenta pretendientes a sus pies, y no la señora Robilard. Tardó en acostumbrarse a la claridad, que le hacía daño en los ojos como cuchillas clavándose, y cuando por fin pudo distinguir el rostro risueño de Pablo, comprobó algo que la dejó estupefacta… ¡Ambos estaban desnudos, completamente desnudos! Emitió una queja gutural y trató de cubrirse con la sábana ante la mirada divertida de su esposo, que estaba disfrutando al verla mortificada.
–¿Cómo puede resultarte divertido? ¿Me… me desnudaste? ¿Cómo has sido capaz de hacer algo… así? –ella estaba enfadada, pero sentía más vergüenza que enfado. Se había tapado hasta el cuello con el embozo de la sábana y se alejó todo lo posible de Pablo, de modo que cada uno estaba en un extremo de la cama.
–Sí, querida, yo te desnudé, pero recuerdo perfectamente que tú estabas más que encantada con que te desnudara –declaró él con una enorme sonrisa cínica.
Los ojos de ella se abrieron de par en par y su piel se sonrojó.
–¡Eso no es cierto! Yo… no recuerdo tal cosa –aseguró ella con un hilo de voz, mortificada por las palabras de él y por la duda, pues en realidad no recordaba casi nada de lo ocurrido la noche anterior, excepto aquel dolor intenso y un sueño bastante recurrente: trotaba con el caballo que le había regalado su padre una Navidad, años atrás, y saltaba la cerca del vecino. Siempre que emprendía un nuevo camino en su vida tenía ese mismo sueño, quizás porque aquella había sido la primera vez que decidió hacer algo sin pedir permiso a sus padres y logró llegar más lejos que nunca con Púrpura, su caballo español de pelaje negro.
–Sabía que ocurriría esto, que dirías que no recordabas todo lo que no te interesa recordar… Quizás te avergüences, pero en realidad no es nada malo ser tan… apasionada –Mariana hubiera deseado borrarle aquella sonrisa cínica de un bofetón. Ella nunca se habría mostrado apasionada con él. ¡Con él, nunca!
–Te equivocas, realmente no lo recuerdo, pero a pesar de no recordarlo, lo que sí sé es que jamás me mostraría apasionada contigo –le espetó ella enfadada. El rubor aún teñía sus mejillas–. Para tu información, sólo logro recordar el dolor –se ruborizó aún más– y un sueño que tengo muy a menudo.
–¿Un sueño? ¿Qué sueño? –quiso saber él, divirtiéndose de lo lindo.
Nunca pensó que su noche de bodas sería tan satisfactoria, su joven esposa tan apasionada y el primer amanecer juntos tan divertido. Ella era inocente y resultaba muy fácil encender su furia, mortificarla y hacer que el rubor tiñera sus mejillas. Mariana no era la clase de mujer con la que él había imaginado casarse, no era alguien con quien compartir todos sus pensamientos, aficiones e inquietudes, era una mujer que vivía para estrenar vestidos bonitos, ir a fiestas, pero por Dios que era divertida, aun sin pretenderlo.
Capítulo 15:
–Sueño con Púrpura, un pura sangre negro que me regaló papá por mi decimotercer cumpleaños. Aprendí a montar en él, pero apenas me dejaban dar un trote, por miedo, así que un día me armé de valor, cuando ya me sentía segura, y salí al trote, crucé la plantación, llegué hasta la cerca de la propiedad de los vecinos y la salté, si medir las consecuencias. Fue lo más osado que he hecho en mi vida –nunca la había escuchado hablar durante tanto tiempo. Su conversación era infantil y llena de mohines y de gestos coquetos que habría practicado mil veces ante un espejo para resultar atractiva, pero esta vez no le molestaba, al contrario: le resultaba muy graciosa y no pudo evitar sonreír–. Muchas veces se repite ese sueño y siento la misma libertad y veo las caras de susto de los Colbert cuando me vieron saltar su cerca –la joven se rió, pero el rostro de Pablo cambió radicalmente cuando escuchó el apellido Colbert. ¿Ella había estado soñando con Gaston Colbert mientras él le hacía el amor? ¡Cómo había podido ser tan imbécil de pensar que aquella pequeña sabandija había disfrutado entre sus brazos? Era la segunda vez que anteponía a Colbert, la primera había sido el día que la conoció en la hacienda, pero esta vez el asunto era mucho más grave. ¿Mientras hacían el amor ella había soñado con Gaston?
Mariana se dio cuenta del cambio de actitud de PAblo y no supo a qué se debía. De pronto se dio cuenta de que había hablado demasiado y para alguien que la consideraba una estúpida debía de ser horrible tener que escuchar sus tonterías durante tanto tiempo. Frunció el ceño al darse cuenta de que ella misma estaba comenzando a considerar sus conversaciones como estupideces, contagiada por la opinión que Pablo tenía de ella, y se enfadó de manera irracional. Un remolino de odio se le instaló en el estómago. ¿Cómo era posible que la opinión que él tenía de ella estuviera condicionando la opinión que ella tenía de sí misma?
–Quizás no quieras recordarlo –dijo él furioso de pronto, mientras se levantaba de la cama y Mariana podía contemplar su magnífica desnudez con cierto pasmo –, pero anoche fuiste tan apasionada que nadie podría adivinar que eras una dama –ella ahogó un grito y se puso de rodillas en la cama olvidando que estaba desnuda–. Gemiste y te entregaste a mí con un hambre feroz y susurrabas mi nombre con un arrobamiento que bien se podría pensar que me amabas con locura –ella le lanzó la almohada y él la esquivó.
–¡Yo jamás haría eso que dices que he hecho y menos contigo! –él saltó a la cama y quedó tan cerca de ella que la joven comenzó a temblar de furia.
Trató de abofetearlo, pero él le agarró la muñeca y la dobló detrás de su espalda. Hizo lo mismo con su otra mano libre.
–No te atrevas a levantarme la mano jamás. Ya me abofeteaste una vez y lo consentí, pero nunca más –el cuerpo de él estaba pegado al suyo y Mariana tuvo miedo de que él tratara de hacerle nuevamente el amor, a plena luz del día. Si eso ocurría, ella iba a gritar tan fuerte que hasta el último habitante de la casa creería que Pablo la estaba matando. Pero contrariamente a lo que esperaba, él la soltó y cruzó desnudo la puerta que separaba el cuarto en el que habían dormido, y que más tarde descubrió que era el suyo, y el cuarto de él. Los padres de Mariana siempre habían compartido lecho, por eso a ella le parecía extraña esta decisión de Pablo, pero se sintió muy aliviada por no tener que dormir con él cada noche–. Vístete para bajar a desayunar –le dijo él mirándola de arriba abajo–. Es curioso tu pudor virginal y sureño, tan pronto te avergüenzas de tu desnudez como la muestras con total impudicia. ¿Realmente eres la dama que presumes ser? –fue entonces cuando ella se dio cuenta de que estaba de rodillas sobre la cama y completamente desnuda.
Su furia le había hecho olvidar ese detalle. En vez de taparse con las sábanas, tomó de encima de la mesita de noche lo primero que encontró (un jarrón pequeño de porcelana) y se lo lanzó a Pablo, pero éste cerró la puerta antes de que le diera y el jarrón se hizo añicos al estrellarse contra la pared. Sólo entonces ella volvió a sentir aquel terrible dolor de cabeza y aquella revoltura en el estómago. Se juró a sí misma que jamás volvería a probar el alcohol.
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jajaja vaya par.
ResponderEliminarPablo malinterpretó su relato.
Pero le encanta provocarla.
Me gusto el Pablo del principio pero lodeteste despues es tan soberbio y celoso que tengo ganas de cachetearlo... lo peor es q se desquita con Lali...
ResponderEliminarQuierooo mas nove!!!
Espero q estes bien y nos leamos pronto...!!! Besos... :D