Holaaa chicas volví después de 4 lindos días en la costa, como les prometí les traigo mas caapi, besos genias
CAPITULO 21
La casa de los Vaugham tenía la entrada a pie de calle y un pequeño jardincillo de estilo francés servía como preludio a lo que se encontrarían en el interior. La fachada estaba pintada de un color amarillo chillón. Eran frecuentes los colores alegres en las fachadas charlestonianas. Los recibieron los anfitriones: el insignificante señor Vaugham, un hombrecillo de metro y medio con una inmensa nariz, y su esposa, altísima y oronda. Formaban una extraña pareja.
Mariana no conocía a Anabelle Vaugham porque hacía años que esta no salía de casa. Recibía visitas casi a cualquier hora y celebraba reuniones literarias muy a menudo. Saludó a Pablo en francés, a pesar de que ni era francesa ni jamás había estado en Francia, y este le respondió con la misma fluidez. Mariana se limitó a sonreír, pues no había entendido ni una palabra. Le pareció irónico que Anabelle Vaugham, de origen irlandés, hablara el francés mientras ella, francesa por los cuatro costados, no supiera ni media docena de palabras en esa lengua.
Toda la casa estaba iluminada con luz de gas, igual que la de los Robilard. Los Du Maurier, en cambio, sólo la habían instalado en la sala principal y en el comedor, pero no en el resto de la casa, pues habían oído que el exceso de este tipo de luz era mala para los ojos. Los muebles eran muy similares a los de la casa de Pablo y ligeramente parecidos a los de su propia familia, solo que los Du Maurier eran más ostentosos. Terciopelos, brocados, amplios cortinones, caobas, candelabros dorados, un piano aquí y un arpa allá y libros, libros, cientos de libros en los lugares más insospechados: en muebles pequeños al lado de los sofás, junto a una mesa, cerca de los licores…
Habían instalado la orquesta en una esquina del salón de baile. Todas las casas disponían de uno porque toda familia que se preciara daba, al menos, una gran fiesta anual. Los Du Maurier la celebraban a finales de mayo. Los Robilard, a mediados de julio.
La entrada de Mariana fue tan triunfal como era de esperar, tratándose de la beldad del condado, aunque ya estuviese casada. Su vestido hizo que las mujeres murmuraran y los hombres se quedaran boquiabiertos. Estaba espléndida. Para ella fue extraño que el coro de pretendientes no la rodeara de inmediato, como ocurría en todas la fiestas. Tuvo que recordarse a sí misma que ya estaba casada y que la vida, a partir de ese momento, iba a ser mucho más aburrida. Pero vio tanta admiración en sus antiguos pretendientes que su ánimo se elevó hasta las nubes. “¡Al infierno con Pablo Robilard! Él no me encuentra atractiva, pero muchos otros hombres sí”, pensó. El calor era sofocante y se moría de sed, pero no podía beber nada, pues le sería imposible ir al baño con su vestido y su enorme miriñaque, así que nunca se veía a ninguna mujer del sur bebiendo en ninguna parte que no fuese su propia casa. La excepción era el té que iban a tomar con alguna amiga, pero incluso entonces no daban más de tres o cuatro sorbos. También había pastelitos salados, que le encantaban, aunque ahora que estaba casada y podía comer tantos como quisiese sin ser blanco de las críticas como antes, cuando estaba soltera, no tenía apetito, y todo por culpa de su marido. La gente iba y venía, la saludaban y felicitaban por su reciente matrimonio, algunas mujeres aplaudían su vestido, ella fingía sentirse feliz.
Pero entonces Pablo se despegó de su lado y Mariana observó que se dirigía a un grupo de mujeres para presentarles sus respetos. Entre todos los rostros, la joven se detuvo en uno porque lo que vio reflejado en él la pasmó: el rostro de Rocio Deveril. Era tan evidente, con sus enormes ojos de corderillo, que estaba enamorada de Pablo que Mariana se preguntó cómo no se había dado cuenta antes. Recordó con qué odio la miraba el día de su boda, ahora comprendía el motivo. Dios mío, Rocio Deveril. Se fijó detenidamente, por primera vez, en sus facciones. Había escuchado alabar su belleza de muñeca de porcelana, sus perfectas facciones de estatua clásica, significara eso lo que significase. Ahora la observaba con ojos críticos y se daba cuenta de que era condenadamente bonita, con unos rasgos armoniosos y una delicadeza que emanaba no sólo de su belleza, sino de sus movimientos y su porte. “¡Dios mío!”, volvió a exclamar Mariana , porque creyó comprenderlo todo de un plumazo. ¿Y si Pablo hubiese estado cortejando a Rocio Deveril, pensando incluso en comprometerse con ella, y el incidente del carruaje lo obligara a casarse para reparar la deshonra? Cómo la odiaría Pablo entonces, y cómo adoraría a Rocio.
Mariana se sintió mareada, por un instante la música le pareció estridente, las parejas bailaban en círculos y el simple hecho de observarlos la mareó. Necesitaba aire fresco. Necesitaba salir de allí. Tenía que salir de allí como fuera. Se movió entre la gente con cierta torpeza, mirando la puerta que daba al jardín como un sediento mira el agua que está al alcance de su mano, pero antes de llegar, Gaston Colbert salió a su encuentro e hizo una fría inclinación ante ella. Mariana imaginaba que estaría enfadado por la discusión sobre la esclavitud. Ella no había querido herirle, simplemente decir lo que pensaba. El joven lucía muy bien con sus largas patillas y su traje negro. Comenzó a decirle algo, pero Mariana lo interrumpió.
–Perdóname, Gaston, pero necesito salir a tomar el aire –él la miró con ojos suplicantes. Era tan fácil estar enfadado con ella cuando no la tenía cerca, pero tan difícil mantener esa actitud cuando lo miraba con aquellos increíbles ojos. Hubiera deseado acompañarla a la terraza, pero eso sería terriblemente inapropiado. Permaneció de pie, mirándola mientras salía del salón, sin ser consciente de que a unos pasos de distancia Pablo Robilard lo vigilaba y casi deseaba que Colbert saliera detrás de su esposa para tener la justificación perfecta y poder romperle la cara a golpes. No hizo falta, sin embargo, pues Colbert dio la vuelta sobre sus talones y se dirigió al grupo de caballeros que charlaba junto a la chimenea. El que sí siguió a Mariana fue su marido. La encontró apoyada en la barandilla, al fondo de la terraza, en un rincón recogido. Al principio no la había visto, tuvo que caminar hacia el centro de la terraza y acostumbrar sus ojos a la oscuridad.
Mariana sintió unos pasos detrás de ella y se dispuso a entrar nuevamente al salón de baile. Dio media vuelta y se sorprendió al comprobar que era Pablo.
–Ah, eres tú –comentó con fastidio, tratando de controlar su mal humor. Él entrecerró los ojos y su respiración se volvió más pesada.
–¿Esperabas a otra persona? –le preguntó con el tono de voz tenso. ¿Esperabas al imbécil de Colbert?, hubiera querido preguntarle, pero refrenó el impulso.
–No esperaba a nadie y mucho menos a ti. Se te veía tan entretenido en el salón… –estaba furiosa, sus mejillas ardían y deseaba gritarle, abofetearlo, de modo que no pensó en lo que decía, sólo quería escupirle su veneno. Pablo arqueó una ceja, sin comprender lo que su esposa le estaba diciendo–. ¡Oh, no te hagas el tonto! ¿No te ha bastado con comprometer mi honor para tratar de comprometer ahora el honor de otra muchacha? –los ojos de la joven centelleaban.
–¿Pero se puede saber de qué diablos estás hablando? –él no comprendía ni una palabra.
–Te he visto coqueteando con Rocio Deveril. Debería darte vergüenza. Cuando me comprometiste a mí tuviste que pagar con el matrimonio. ¿Cómo la compensarás a ella si la comprometes? ¡Al menos podías controlarte en público! –él no salía de su asombro. Mariana se había vuelto completamente loca.
–¡Tú te atreves a decirme a mí que me comporte en público! ¡Tú, que te has puesto un vestido que tentaría al mismísimo santo Tomás! –la joven ahogo un grito–. Estás muerta de celos, eso es lo que te ocurre –Pablo dio un paso y se acercó a ella iracundo, con el fin de amedrentarla.
–¿Celosa? ¿De ti? No me hagas reír. Lo que me preocupa es mi reputación. Hace pocas semanas fui centro de murmuraciones y escándalos por tu culpa, que me comprometiste paseándote conmigo solo y de noche en el interior de un carruaje. Ahora no quiero ser de nuevo centro de los chismes porque mi marido coquetea con cuanta mujer se le cruza en el camino –estaba tan furiosa que había dejado de tener conciencia de sus palabras hacía mucho tiempo. Eran su dolor y su amargura los que hablaban a través de su boca.
–No he coqueteado con esa muchacha jamás en mi vida. Además, eres la menos indicada para hablar de coqueteos, ¿o crees que no me he fijado en cómo te comportas cuando Gaston Colbert está presente? ¡Es vergonzoso! –él dio un nuevo paso hacia ella, con los puños crispados.
–¿Me estás diciendo que no te habías dado cuenta de que a Rocio Deveril le gustas? –preguntó ella con mirada inquisidora.
–¿Me estás diciendo tú que no coqueteas con Colbert? –las palabras de él comenzaban a ser cortantes como cuchillas.
–¡No niegas lo de Rocio! –casi gritó ella.
–¡Ni tú niegas lo de Colbert! –él sentía un extraño malestar en el estómago, unas ganas enormes de retorcerle el pescuezo a aquel muchacho barbilampiño y blancucho.
–¡Colbert es mucho mejor hombre de lo que tú serás jamás! Él nunca me haría sufrir. Nunca me faltaría al respeto como lo haces tú –le dijo Mariana para mortificar a Pablo. Este la agarró fuertemente por los antebrazos y la elevó unos centímetros del suelo hasta que el rostro de la muchacha quedó a la altura del suyo.
–También Rocio es mejor mujer de lo que tú serás jamás, hermosa y discreta, el sueño de cualquier hombre –le dijo a su esposa casi con los labios contra los suyos. Mariana trataba de contener las lágrimas, pero sus ojos brillaban con una furia y una tristeza que sorprendieron a Pablo.
–¿Por qué no te casaste entonces con ella? Es más bonita que yo, es mejor que yo en todo… ¿Por qué demonios no estás casado con ella? –le preguntó la joven alzando la barbilla, aún en el aire, sujetada por los fuertes brazos de Pablo y con los labios tan cerca de los suyos que le costaba respirar con normalidad.
–¿Por qué no estás tú casada con Gaston Colbert, si es el mejor hombre de Charleston? –le preguntó él. No recordaba haber estado tan furioso jamás, ni haber sentido esos celos nunca antes.
Ambos escucharon unos pasos a sus espaldas y una voz familiar los sacó de su ensimismamiento.
CAPITULO 22
–Suéltala inmediatamente, Pablo –él soltó a Mariana como un acto reflejo, no por hacerle caso a la voz. Cuando la joven hubo puestos los pies en el suelo, miró hacia el lugar del que procedían aquellas palabras y descubrió a Matias, el hermano de PAblo. Ella ni siquiera sabía que asistiría a la fiesta. Había llegado más tarde que ellos y cuando vio salir a su hermano a la terraza, lo conocía lo suficiente como para saber que aquella mirada indicaba que habría problemas.
–Métete en tus asuntos, Matias, y déjame a mí con los míos –le espetó PAblo con rabia. Matias, en la oscuridad, era tan parecido a su hermano que a Mariana le hubiese costado distinguirlos, pero sus personalidades era muy diferentes: mientras Matias era afable y tranquilo, un perfecto caballero del sur, Pablo era hermético y peligroso, con una constante mueca de burla en el rostro.
–No me haré el tonto mientras la tratas de ese modo. Eres un animal –la voz de Matias sonaba seca y cortante.
–Si te acercas a Mariana no respondo… –Si en algún momento la joven percibió que Pablo era peligroso fue aquel. Matias, en cambio, sonrió.
–¿Qué ocurre, hermanito, temes que sea como tú? Despreocúpate. Yo jamás haría, para vengarme, lo mismo que tú me has hecho –Mariana no comprendió las implicaciones de ese comentario, pero intuyó que algo grave flotaba bajo la superficie de aquellas palabras. Antes de darse cuenta, Pablo se abalanzaba sobre su hermano y lo tumbaba de un puñetazo. Tomó después a Mariana de la mano y le dijo: “Nos vamos a casa. La fiesta se ha terminado”. Cruzó el salón casi arrastrando a su esposa y cuando abandonaron la casa de los Vaugham, dejaron tras de sí un reguero de habladurías.
Cuando por fin subieron al carruaje, Mariana no pudo evitar preguntarle a Pablo por las palabras de su hermano. No inmediatamente, pues al principio su marido resoplaba como un caballo de carreras y prefirió esperar a que se calmase un poco. Percibía que algo terrible había ocurrido entre los hermanos y, por unos instantes, este secreto logró distraerla del descubrimiento de que PAblo se sentía atraído por Rocio Deveril.
–¿Qué significan las palabras de Matias? ¿Qué quiso decir? –Mariana no lograba ver bien a Pablo debido a la oscuridad, sólo distinguía su perfil, recortado contra la ventana del carruaje. Él giró el rostro y trató de escudriñarla entre las sombras.
–Mi querido hermano estuvo comprometido hace unos años –comenzó explicando Pablo.
–Ahora que lo dices, creo que recuerdo algo… El enlace finalmente se canceló porque la novia no quiso seguir adelante, ¿verdad? –preguntó ella.
–Más o menos. En realidad fue Matias el que lo canceló, pero el caballero sureño que lleva dentro lo empujó a ese último acto de generosidad con ella: permitir que todos pensaran que el abandonado era él. Conmigo no fue tan generoso, me temo –la voz de Pablo se tornó de pronto un susurro.
–¿Qué ocurrió? –Mariana estaba verdaderamente intrigada.
–La joven se encaprichó de otro hombre… No quería cancelar el enlace con Matias, sólo quería probar el fruto prohibido sin que su futuro esposo supiera nada –se detuvo unos instantes–. Ese otro hombre era yo –Debido a la oscuridad, Pablo no pudo ver el gesto horrorizado de Mariana, pero sí escuchó su grito ahogado.
–¿Fuiste capaz de hacerle eso a tu hermano? –la voz de ella mostraba incredulidad. Pablo esbozó una sonrisa triste, cerró los ojos durante un instante y después miró a través de la ventana.
–Veo que ni siquiera me concedes el beneficio de la duda. Me condenas sin preguntarme siquiera si soy culpable –respiró hondo–. Bueno, imagino que esa es la imagen que doy… Tu adorado Gaston Colbert jamás se vería involucrado en un asunto así, ¿no es cierto? Y si se viese involucrado, tú no dudarías de él como dudas de mí, eso seguro… –volvió a ponerse furioso.
Le dolía más de lo que quería admitir ante sí mismo, pero estaba cansado de explicarse, de hacer comprender que había límites que nunca cruzaría. Harto de la imagen que tenían los demás de él. Mariana no era una excepción. Tal vez si lo hubiese amado, habría deseado escuchar la historia de la prometida de Matias hasta el final, pero ella lo detestaba. También lo deseaba a ratos, él no era tan imbécil para no darse cuenta de eso, pero la joven lo deseaba con culpa y se odiaba por desearlo.
–Si yo fuese Rocio Deveril fingiría creerte, aunque me corroyeran las dudas. Es lo que hace una perfecta dama: decirle a los caballeros lo que quieren oír, lo que necesitan oír para sentirse fortalecidos –el comentario de Mariana tenía la misma finalidad que había tenido el de Pablo, hacer daño.
Ambos se mantuvieron en silencio durante el resto del trayecto, sintiendo que la furia crecía nuevamente en su interior y recordando la discusión que acababan de protagonizar en la terraza de la casa de los Vaugham. Mariana no quería recordar los ojos con los que Rocio había mirado a su marido, pero no podía olvidarlos. Pablo quería olvidar la cara de pánfilo enamorado que se le ponía a Colbert cada vez que veía a su esposa, pero la recordaba una y otra vez.

POR DIOS ME DAN GANAS DE PEGARLES A LOS DOS JUNTOS PARA Q DEJEN DE SER TAN TONTOSSSS!!!
ResponderEliminarSon tan tercos los dos y por anteponer su orgullo se mal entiende y si siguen asi se van a terminar matando en cualquier momento!!!
Q fea la historia de los hermanos... es muy triste lo q el deseo mal in yencionado de una mujer puede hacer a dos hermanos...!!!
Espero leernos pronto porq quiero ver como sigue esta historia!!!
Nos leemos prontito y espero q hayas pasado unas fantasticas vacaciones...!!! Besotes...
K tercos ,los dos hablan para hacer daño ,pero creo k con la esperanza d k el otro d el primer paso.
ResponderEliminarCortas vacaciones,espero las disfrutaras.