domingo, 26 de enero de 2014

Capítulo 2: "Pasion en el siglo XIX"



Hola le straigo un capitulo mas de esta hermosa historia, este capi dedicado a Jess mi lectora number one jajaj y a Chari  que siempre esta y no pudo comentar por mi error en el blog sory Chari ahora espero que se pueda, besos

CAPITULO 2
Pablo Robilard no soportaba a Mariana Du Maurier. Desde el día en que la conoció en la hacienda de su padre, dos años atrás (había acompañado a su amigo Victorio, el hermano de Mariana), le había parecido una mocosa coqueta, frívola y malcriada. No tendría por aquel entonces más de quince años y ya había intentado captar su atención, que era un hombre de veintitrés. Es cierto que en el sur era habitual que las mujeres a los quince años ya estuvieran casadas, pero a él no dejaba de extrañarle esta costumbre.
–Debe de parecerle tan poca cosa esto, señor Robilard –dijo, mostrando con la mano la amplia extensión de Las Magnolias, la hacienda que tenían los Du Maurier a las afueras de Charleston–, usted que es un hombre de ciudad y ha viajado tanto, mientras que nosotros somos gente del campo –le había dicho esto con un leve aleteo de sus largas pestañas negras. “Tan joven y ya tan falsa”, había pensado Pablo. No entendía tampoco cómo todos los jóvenes de Charleston estaban locos por ella. ¿Acaso no veían lo que veía él, que era una coqueta sin corazón y, lo peor de todo, sin una pizca de cerebro? Sus conversaciones siempre giraban en torno a sí misma y cuando se hablaba de otra cosa, se aburría con rapidez. Cada una de sus palabras buscaba el halago del hombre que tenía enfrente.
–Con este calor es imposible lucir bonita. Ojalá viviese más al norte, seguro que estaría más presentable –la escuchó decir una vez, y el coro de aduladores exclamaron al unísono: “¡Pero si es imposible que usted luzca más bonita de lo que ya luce, señorita Du Maurier!”.
¡Ag, qué asco sentía Pablo hacia la gente encorsetada de Charleston! Con sus mentes cerradas y su incapacidad para evolucionar, estaban echando a perder el futuro. Las jóvenes eran educadas para fingir veinticuatro horas al día. Nadie llegaba a saber cómo eran en realidad, ni ellas mismas lo sabían. Los hombres eran educados en un obsoleto sentido del honor que les hacía pensar que sólo con intenciones se ganaban las guerras y se levantaban imperios. “Yo soy un caballero”, decían a veces, como si eso fuese el mayor escudo para defenderse de todo mal. “Los yanquis con sus ideas de progreso y su abolicionismo no podrán acabar con nosotros los sureños, porque nosotros somos caballeros”. Qué estupidez. Ni siquiera pensaban que en el sur no había ni una fábrica de armas y que si estallaba un conflicto con el norte, éstos tendrían cañones mientras que ellos sólo tenían honor y un viejo código de caballerosidad que sólo servía para cortejar a alguna que otra damita estúpida, pero para poco más.
Mariana Du Maurier representaba todo lo que Pablo odiaba del sur, a pesar de ser hermana de su mejor amigo. Victorio era un hombre cabal, inteligente, un buen caballero del sur que defendía los valores tradicionales, pero que no dejaba de ver que el norte tenía razón en algunas cosas, aunque ninguna de esas cosas le convinieran a él ni al resto de los hacendados cuyas cosechas salían adelante gracias a los esclavos, porque si tuviesen trabajadores asalariados, no podrían hacer frente a los gastos, lo perderían todo. Mariana, en cambio, representaba al profundo sur de potentados blancos: tenía diecisiete años recién cumplidos y su única meta era cazar un buen partido, no sin antes romper todos los corazones que pudiera. No sería él quien criticase a las mujeres apasionadas e impetuosas, le gustaban esas mujeres, él mismo era un mujeriego, pero jamás jugó con el corazón de ninguna: retozaba con mujeres que sabían que él no podía dar más que eso, ratos de placer, y nunca rompió corazones a propósito ni se embarcó en aventuras con jovenzuelas decentes que buscaban marido. Mariana rompía corazones a propósito, jugaba con los jóvenes que la cortejaban, les hacía tener esperanzas, nunca llegaba a rompérselas del todo ni a ofrecerles nada que ellos le pudieran reclamar y así tenía una corte rendida de admiradores. Pero Pablo Robilard odiaba lo que representaba Mariana porque era la típica mujer sureña de clase alta: con un ligero toque de elegancia en las formas, pero con la cabeza llena de aserrín. De hecho, Pablo estaba harto de aquellos comentarios paternalistas que tanto daño hacían a la sociedad: este tema no se discute delante de las damas, una dama no debe preocuparse por tal o cual cosa, de manera que había toda una masa de damitas casi analfabetas que iban sumando años, pero se las mantenían en un perpetuo desinterés infantil.
Él era capaz de valorar también las cosas buenas, por supuesto. Por ejemplo, la manera que tenían algunas damas sureñas de manejar con mano de hierro sus haciendas de puertas para adentro y que todo estuviese siempre perfecto.
Cuando había vivido en el norte, había conocido a damas increíblemente instruidas y había sentido lástima de que en su tierra no se fomentara ese tipo de amor por el saber en las damas (y también en los caballeros, dicho sea de paso). El resultado de tan poco conocimiento, finalmente, eran damas como Mariana Du Maurier, incapaces de hablar de nada que no fuese ellas mismas porque no tenían ni una sola idea sólida en sus cabezas de chorlito.
Los Deveril habían colocado largas mesas y bancos para que los invitados comieran bajo la sombra de los robles centenarios. Habían asado cochinillo y cordero y se decía que el postre consistía en unos helados hechos por un cocinero traído expresamente desde Atlanta. Mariana Du Maurier se sentó en el centro de la más larga de las mesas y el resto de los puestos en la misma fueron ocupados por sus pretendientes, unos cuarenta en total. Alguno de ellos no tenían espacio en los bancos y se habían sentado en el suelo al lado de la joven, que apenas probó bocado, tal y como exigía la etiqueta sureña para una joven dama. Ella frunció su naricita, hizo aleteos con sus pestañas, sonrió con picardía y habló de sí misma sin cesar. Los jóvenes estaban encandilados y cuando por fin las muchachas se fueron a dormir la siesta tras la comida, con el fin de estar descansadas para el baile posterior, los casi cuarenta pretendientes de Mariana Du Maurier permanecieron en el gran salón de los Deveril fumando puros, bebiendo licores y hablando de la muchacha, charlando sobre a quién le había prometido tal o cual baile y quién les parecía que era el pretendiente que estaba más cerca de su corazón. También hablaron del norte, claro, de aquellos malditos yanquis norteños que pretendían acabar con la esclavitud y, de paso, con el estilo de vida sureño. Pero eso, pensaban los jóvenes, era imposible: esos renegados del norte nunca podrían vencerlos a ellos que eran caballeros que sabían lo que era el honor.

1 comentario:

  1. Gracias Caro !!!!.
    Linda opinión tiene Pablo d Mariana.
    Espero k ella lo sorprenda.
    Te faltó quitar la verificación d palabras

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