Holaaaa sory por la minidemora se me rompio el cargador d la compu :( les dejo mas de esta linda historia, les adelanto que se viene otra adapta del año 1800 aunque se basa mas en la historia que las costumbres de aquel tiempo, pero bueno espero les guste el próximo final de esta, falta menos de 7 capis ,gracias por sus comentarios genias, besos
CARO
CAPITULO 35
Mariana se dio cuenta del cambio de humor de Pablo, pero no supo a qué achacarlo y, más tarde, cuando ya iban en el carruaje de regreso a casa, tampoco se atrevió a preguntárselo directamente.
–¿Te encuentras bien? –quiso saber, pues él tenía la mirada perdida y parecía preocupado. Pablo se dio cuenta de que estaba siendo tremendamente ambiguo: antes de entrar en casa de Koplotz habían estado coqueteando y ahora se volvía taciturno, como si fuera dos personas distintas o como si se hubiera arrepentido de sus coqueteos. Su esposa lo miraba con el ceño fruncido sin saber muy bien cómo interpretar aquel cambio brusco. Pablo no podía hablarle de Rocio, no hasta que tuviera una conversación con la muchacha y le dejase claro que no debía perseguir a un hombre casado y, menos aún, a un hombre casado y enamorado de su esposa.
–Estoy preocupado por unas cuestiones… Ahora no puedo hablar de ello, pero algún día, cuando lo resuelva, te lo contaré todo –se daba cuenta de que estas palabras no sólo no aclaraban nada, sino que daban un carácter más preocupante a su humor, de manera que quiso evitar malos entendidos con Mariana. No quería que ella pensase que él estaba levantando un muro entre ellos–. Pero no tiene nada que ver contigo, nada, ¿de acuerdo? –ella lo miraba sin dar mucho crédito a sus palabras, triste. Se recolocó en su asiento y comenzó a mirar por la ventanilla del carruaje mientras se mordía el labio inferior–. Mariana, soy el mismo que antes de entrar en casa de Koplotz…
–No, no lo eres –dijo ella sin mirarlo. Pablo se levantó y se sentó al lado de ella. Mariana se sobresaltó.
–Te doy mi palabra de que soy el mismo… Mira, no sé lo que está pasando. No sé si esto es un espejismo, pero creo que tú has cambiado y que yo he cambiado y quiero conocerte, conocer a la mujer que eres ahora –ella respiraba con dificultad y lo miraba fijamente. Pablo estaba apostando fuerte, no estaba haciendo caso a su instinto, que lo obligaba a ir con cautela por si su esposa jugaba con él–. ¿Es un espejismo, Mariana, o verdaderamente eres tal y como te muestras ahora conmigo? Porque la mujer que eres ahora me gusta, me gusta muchísimo, y quiero conocerla –ella seguía callada–. ¿Es, acaso, un espejismo? –ella negó con la cabeza–. Pues si no es un espejismo, permíteme conocerte y confía en mí. Mi cambio de humor no se debe a nada que tenga que ver contigo. Desde que has vuelto, eres causante de emociones positivas, Mariana, pero hay cosas que debo solucionar –la joven seguía muda–. Dime algo. Dime si te parece bien que te… corteje –Pablo sonrió al decir la última palabra.
–¿Cortejarme? –preguntó ella asombrada.
–Nos casamos por motivos equivocados, sin conocernos. No tuvimos noviazgo, ni cortejo, ni nos permitimos conocernos el uno al otro. Quiero cortejarte ahora si me lo permites, hablar con calma, ver si surgen sentimientos entre nosotros que puedan evitar el divorcio –Pablo no se atrevió a decirle que esos sentimientos ya existían en su corazón. La joven sonrió de una manera exquisita. Estaba tan cerca que él hubiera podido besarla con una leve inclinación de cabeza, pero debía ir despacio. Quería que Mariana lo deseara, que la próxima vez que estuviesen a solas ella se entregara completamente a él. No le bastaba su cuerpo, quería su alma y hasta el último rincón de sus pensamientos, quería que fuese suya y que lo fuese de forma absoluta, de la misma manera que él le pertenecía absolutamente a ella.
–¿Eres… mi pretendiente, entonces? –dijo ella con una sonrisa dulce y emocionada. Él asintió y la joven levantó la mano para acariciarle el rostro. Pablo tembló ante este contacto y la miró muy quieto, conteniendo la respiración. No iba a besarla, aunque se moría por hacerlo. Mariana quedaría tan excitada y ansiosa como él. No, no la besaría… aún.
CAPÍTULO 36
La visita de Matias aquella tarde traía de cabeza a Mariana. Deseaba que Pablo y él se comportaran como hermanos. No concebía cómo podían llevar dos años sin hablarse. Ella no se imaginaba tanto tiempo enfadada con Vico. Estaba decidida a hablar con Mattias para hacerle comprender lo injusto que era con su hermano.
Pablo ni siquiera había asistido a la reunión, pero el resto de la familia Robilard sí y Mariana esperó a que Matias decidiera retirarse para hablar con él. Le extrañó encontrarse a un hombre tan distinto al que había conocido cuando se casó. Llevaba un año y medio al frente de la alcaldía de Charleston y había envejecido diez años. El pelo comenzaba a presentar algunas canas y Mariana se dio cuenta de que lo que se decía sobre la política era cierto: demasiadas responsabilidades te roban tranquilidad y años. Matias había envejecido, pero no había cambiado. Ella se dio cuenta de eso en cuanto trató de hablarle de Pablo.
–¿No crees que Pablo y tú deberían resolver sus diferencias de una vez? –le preguntó directamente, cuando su cuñado estaba a punto de subir a su carruaje. Matias se había dado la vuelta, sorprendido.
–La verdad es que no, no creo que debamos resolver nada. Pablo y yo nunca nos hemos llevado bien –a él no parecía importarle.
–¡Pero son hermanos! –exclamó ella.
–¿Y qué? ¿Dónde está escrito que los hermanos deban llevarse bien? Uno no elige a la familia. Con suerte, elige a los amigos, a las amantes, a la esposa… Además, ¿desde cuándo tratas de interceder en favor de Pablo? Creí que se odiaban –él la miraba con el ceño fruncido.
–¡No nos odiábamos! Simplemente nos llevábamos mal, pero ya no –dijo ella, sonrojándose.
–Bueno, si eso es lo que te hace feliz… Sólo espero que mi hermano te trate bien, aunque lo dudo –la besó en la mano, a modo de despedida.
–Ambos piensan lo peor el uno del otro. Crees que él no puede hacerme feliz y debes saber que tu hermano es maravilloso. Él piensa que tú serías capaz de coquetear conmigo… y Soledad también lo cree –él pareció molesto.
–¡Yo jamás haría nada semejante, ni por molestar a Pablo ni por nada del mundo! Puede que él no lo sea, pero yo sí soy un caballero. No entiendo por qué él y Sole creen que yo tendría un comportamiento así –estaba realmente enfadado y molesto.
–Quizás deberías preguntarte por qué tus hermanos tienen esa opinión sobre ti –le dijo Mariana. Él se despidió con una inclinación de cabeza, cerró la puerta del carruaje y desapareció por la avenida.
La fiesta que los Bolton ofrecían en honor de Victorio y Soledad con motivo de su próximo compromiso era todo un acontecimiento. No se hablaba de otra cosa en la ciudad desde hacía semanas. Los Bolton tenían un salón bastante pequeño y estaba comprobado que sólo cabían, holgadamente, unas setenta personas, lo cual obligaba a ser muy puntillosos a la hora de elegir a los invitados. Los setenta charlestonianos más influyentes estarían allí y quienes quedaran excluidos se contentarían con ver salir de los carruajes a tan insignes ciudadanos desde la calle.
Pablo había querido darle una sorpresa a Mariana y había mandado confeccionar para ella un vestido de seda verde manzana. Cuando la joven lo vio extendido sobre la cama, no puedo contener un grito de satisfacción. Él la miraba con una enorme sonrisa. Estaba apoyado contra el quicio de la puerta y disfrutaba al observar el gesto maravillado de la joven.
–¡Es… no tengo palabras! –lo tomó entre las manos y se observó con él frente al espejo–. ¿Cómo sabías que este color me favorecería?
–Fácil –respondió él–. Te favorecen todos los colores –ella lo miró con una sonrisa que indicaba que él estaba exagerando–. Cuando te vi por primera vez, en Las Magnolias, llevabas un vestido amarillo. No conozco a nadie a quien le quede bien el amarillo. Tú, en cambio, estabas espléndida –la joven lo miró a través del espejo. Se sorprendió de que Pablo recordara cómo iba vestida cuando se conocieron.
–¿Recuerdas eso? –dijo ella con la voz tomada por la emoción.
–Lo recuerdo todo –se miraron unos segundos, ambos a través del espejo, hasta que Pablo se acercó a Mariana y la abrazó por la espalda. La estrechó por la cintura y depositó un beso suave sobre su hombro–. ¿Sería muy atrevido si tu pretendiente te pide un beso? –ella negó con la cabeza. Pablo la hizo girar hasta que quedaron frente a frente. Ella elevó el rostro y lo miró con los ojos muy dilatados y los labios entreabiertos. ¡Cuántas veces había soñado con verla así, deseándolo, ansiando que la besara, que la tocara! Inclinó la cabeza para ir depositando pequeños besos a lo largo de la línea de la mandíbula y después descendió por su cuello para, finalmente, ascender de nuevo y detenerse antes de tomar su boca. Cuando Mariana abrió los ojos, lo vio a escasos centímetros de su rostro, observándola. Tenía una sonrisa malévola. “¿Estás ansiosa, Mariana?”, le preguntó él antes de besarla. “No más que tú, Pablo”, le dijo ella, juguetona, al tiempo que se ponía de puntillas, lo tomaba por las solapas de la chaqueta y lo obligaba a besarla. Pablo la estrechó contra su cuerpo con delicadeza y la besó tiernamente al principio. Sus manos rodeaban la delgada cintura de la joven y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no arrastrarla a la cama. Trató de controlarse, pero muy pronto sus labios ansiaron más y el beso se tornó más profundo. Sentía la tibieza del cuerpo de Mariana pegado al suyo, su respiración entrecortada, y comenzó a explorar la boca de la muchacha, que se entregó con pasión. Pablo supo que ella era apasionada desde su noche de bodas. Había un volcán bullendo bajo esa apariencia de frívola beldad sureña. La deseaba de una manera tan intensa que cuando se obligó a detenerse sintió casi dolor físico, pero no quería hacerle el amor con prisas y en dos horas debían estar en la fiesta de los Bolton. Apartó sus labios de los de la muchacha y ella emitió un quejido ronco de protesta. Él tampoco quería dejar de tocarla. Sabía que era tentar al diablo, pero creía tener la suficiente fortaleza para seguir jugueteando con ella sin que ocurriese nada más, de ese modo Mariana iría a la fiesta tan excitada como él y también ansiaría regresar a casa para hacer el amor. Sí, así era: su intención de ir despacio no parecía posible. Pablo no había contado con que la pasión y la sensualidad de su esposa dieran al traste con su plan de tomarse aquel cortejo con calma.
–Déjame que te ayude a quitarte el vestido –le dijo a su esposa mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.
–No tenemos tiempo –murmuró ella, ahogando un gemido y apretándose contra él.

AMEEEEE ESTE CAPITULO NOPUEDENSERMASTIERNOS!!!! Me encanta son hermosos los dos... Lali defendiendolo... Pablo dejando de lado el orgullo y su temor para cortejaaarlaa es un amor!!! Y ese contejo si que trae sus frutos jajaja no pueden estar separados los chicos!!
ResponderEliminarYa quiero mas noveeee... Espero q estes bien GENIA!! Nos leemos prontito... Besos!!!!
En cuanto tienen el mínimo contacto ,sucumben en brazos del otro.
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