miércoles, 12 de marzo de 2014

Capítulo 39 y 40: "Pasión en el siglo XIX"



CAPITULO 39
Salió a la terraza y se lo encontró de espaldas, fumando. “¿Pablo?”, lo llamó con voz temblorosa. Hacía mucho tiempo que no había cruzado una palabra con él, desde que Mariana regresó. El hombre se dio la vuelta con una mirada glacial. Había reconocido la voz y se sentía fastidiado por la insistencia de la muchacha. Ni siquiera se había dado cuenta de que ella también estaba en la fiesta, pues Mariana lo había tenido absorto.
–¿Qué diablos haces aquí, Rocio? ¿No te das cuenta de lo terriblemente inconveniente que es esto para tu reputación? –iba a hablar con la muchacha de una vez por todas para aclarar las cosas. Le diría que estaba enamorado de Mariana, que debía olvidarse de él.
–No me importa nada, ni mi reputación, ni absolutamente nada que no seas tú, Pablo. Yo… –dio un paso hacia él, pero Pablo la detuvo con un gesto, alzando la mano.
–Estoy enamorado de Mariana y ella también me quiere. Nos hemos dado una segunda oportunidad. Siempre te dije que no debías hacerte ilusiones conmigo –Pablo se lo había comunicado de una manera tan fría y directa, que Rocio tardó en comprender el significado de sus palabras.
–¡No! –exclamó–. Ella te está chantajeando para que le digas eso a la gente porque teme el escándalo del divorcio, pero no te quiere… ¡No pueden quererse! –la joven estaba fuera de sí, pálida como una muerta y con las manos crispadas sobre el brazo de Pablo.
–No digas locuras, Rocio… ¿De qué chantaje hablas? Ella no me está obligando a nada. Yo la quiero, siempre la he querido –Pablo trató de zafarse de las manos de la joven, que lo asían fuertemente del brazo.
–¡No! –gritó ella de nuevo–. Tú vas a enamorarte de mí, vas a casarte conmigo. ¡No la quieres a ella! –estaba levantando la voz y el hombre temió que alguien la escuchara desde el salón de baile.
–Basta de escenas melodramáticas, Rocio. Sabías a lo que te exponías persiguiendo a un hombre casado –Pablo estaba siendo excesivamente cruel y lo sabía, pero no sentía lástima por la muchacha–. No trates de que sienta compasión por ti, no eres la cándida jovencita que quieres hacer creer a todo el mundo. Te vi en casa de Viktor Koplotz, comportándote con Mariana como una víbora miserable, diciéndole palabras dulces y riéndote internamente porque pensabas que ibas a quitarle el marido. ¿Cómo te sientes ahora que la gran perdedora eres tú y no ella? Porque la amo, Rocio. La amo como no creí que fuera capaz amar a nadie –él estaba diciendo estas palabras por primera vez en voz alta y el vértigo se apoderó de él. Calló de pronto.
–¡No, no y no! –gritó Rocio, desencajada–. ¡Tú eres mío!
Entre las sombras, Matias Robilard había observado toda la escena, impactado por los profundos sentimientos de Pablo hacia Mariana y por el comportamiento de Rocio Deveril, a quien nunca había creído capaz de algo tan bajo y ruin.
Mariana había visto a Matias moviéndose por el salón de baile y se había puesto nerviosa. Temía que él y Pablo se encontrasen y terminaran por estropear la fiesta de Victorio y Soledad. Cuando vio que su cuñado se dirigía a la terraza, trató de cortarle el paso, pero una señora interceptó a Mariana antes de esta saliera a la terraza y la joven no tuvo más remedio que intercambiar unas palabras con ella. Cuando por fin se vio libre de la dama, caminó con rapidez hacia la puerta acristalada en busca de Matias y Pablo, pero a quien vio entre las sombras fue a su marido… A su marido acompañado de una mujer en una terraza oscura, bajo la luz de la luna. La mujer lo agarraba del brazo con confianza y desesperación, casi como si quisiera arrancárselo. “¡Tú eres mío!”, oyó claramente que decía la voz femenina. La silueta le resultaba familiar, aquel cabello rubio y hermosamente peinado… Y entonces se dio cuenta: ¡Rocio Deveril! Mariana hogó un grito, se llevó la mano a la boca y se tambaleó. Pablo la vio justo en ese instante, sus miradas se cruzaron y él notó el reproche y el dolor desgarrador en los ojos de Mariana, que se dio la vuelta y volvió corriendo al salón de baile. Él iba a ir tras ella cuando la mano de Rocio lo agarró de nuevo fuertemente del brazo y la joven lo amenazó: “Si me dejas aquí de esta manera, te juro que armaré tal escándalo que no te quedará más remedio que divorciarte de Mariana. Acabaré con ella, ¿me oyes? ¡Acabaré con Mariana !”. Matia salió de entre las sombras y Rocio palideció de pronto al darse cuenta de que Pablo no era el único que había sido testigo de su verdadera forma de ser. El mayor de los Robilard miró a su hermano con un gesto de comprensión y le dijo: “Busca a Mariana. Yo me encargo de Rocio”, le dijo. 
Pablo miró a su hermano como si no lo conociera, sorprendido de que apareciese de la nada en el momento más conveniente. “Gracias”, le dijo con una sinceridad que Matias captó al instante. Corrió al salón de baile y la joven Deveril no se atrevió a mover ni un solo músculo cuando se vio bajo la atenta mirada despreciativa del alcalde de Charleston. “¿No se avergüenza de su comportamiento, señorita Deveril? Jamás en mi vida había visto a una joven dama rebajarse tanto”, le dijo Matias.
Pablo encontró a Mariana en una esquina del salón de baile. “Déjame que te explique…”, comenzó a decirle. A la joven le estaba costando un esfuerzo enorme no romper a llorar allí mismo.

CAPITULO 40
–Quiero irme a casa. Pon la excusa de que me encuentro indispuesta y avisa al cochero, por favor –le dijo con un gesto helado, sin mirarlo y con la voz temblorosa.
–Mariana… –él trató de tomarla del brazo, pero ella retrocedió. El dolor de Mariana le dolía, no soportaba la idea de que estuviera sufriendo, pensando las peores cosas sobre él y Rocio.
–Llama al cochero o lo llamo yo, como prefieras –Mariana seguía sin mirarlo. Panlo se despidió de los Bolton aduciendo que su esposa se encontraba mal. El rostro de ella estaba tan desencajado que nadie lo puso en duda.
–Mariana, debemos hablar –acababan de subirse al carruaje. Palo tenía el ceño fruncido y estaba verdaderamente preocupado. No permitiría que la miserable de Rocio Deveril estropeara el acercamiento que había logrado con su esposa. Esa iba a ser su gran noche y aquella muchacha alocada lo había estropeado todo. Maldita sea–. Mírame, Mariana, por favor. Estás imaginándote cosas que no son –la joven seguía sin querer mirarlo.
–No quiero hablar ahora, Pablo –su voz era temblorosa y temía que él lo notara. No le daría la satisfacción de verla sufrir. Aquella era la mayor canallada que él podía hacerle: cortejarla como si le importara, como si la quisiera, y al mismo tiempo coquetear con Rocio. Era más de lo que podía soportar–. Si hablo ahora, diré cosas crueles, hablaré sin pensar, y no quiero comportarme como lo hacía antes. Me tomaré unos días, iré a Las Magnolias y…
–¡No, no irás a Las Magnolias! ¡No permitiré que vuelvas a escaparte! ¡Los problemas hay que enfrentarlos, no huir de ellos como un ratoncito asustado! –exclamó él con firmeza. Mariana no pudo evitar que las lágrimas acudieran a sus ojos.
–¿Cómo te atreves a decirme lo que puedo y no puedo hacer después de la canallada que acabo de presenciar? ¿Qué pretendes, dime, qué demonios pretendes jugando conmigo y con Rocio? –las lágrimas hacían que viera a Pablo borroso y, tratando de controlar el llanto, se descontroló por completo y rompió a llorar desesperadamente. Pablo se acercó para abrazarla y ella se revolvió de forma salvaje–. ¡No me toques, aléjate de mí! –el carruaje se detuvo ante la casa de los Robilard pues vivían muy cerca de los Bolton y, antes de que Pablo pudiera darse cuenta, ella saltaba al exterior y corría hacia la entrada. Él la persiguió escaleras arriba y entró detrás de ella en el cuarto–. ¡Déjame sola! –gritó de nuevo la muchacha.
–No, Mariana. Ya una vez huiste durante dos años a París y todo por no haber aclarado las cosas. Esta vez no ocurrirá eso. Debemos aprender de nuestros errores. Hablaremos de esto y después decidiremos qué hacer. Déjame que te explique… –la joven levantó la mano para que se detuviera, pues él comenzaba a acercarse a ella. Estaban de pie, en medio de la habitación. Ella, por momentos, tenía los hombros hundidos y, por momentos, levantaba el mentón desafiante con los ojos llenos de furia y dolor.
–¿Quieres explicarme lo que ya sé, lo que he tratado de olvidar para no sufrir? No hace falta que me expliques nada, lo sé todo: te gusta Rocio, siempre te ha gustado –su voz se rompió durante unos segundos–. ¿Por qué has jugado conmigo así, Pablo? ¿Por qué no te divorciaste sin más si lo que querías era estar con Rocio? ¿Tanto me odias para hacerme esto? –estaba temblando, como si de pronto un frío glacial hubiese inundado el cuarto.
–Mariana, por Dios, no digas locuras. Yo no he jugado jamás con ninguna mujer y contigo menos aún… No di ni un solo paso que me acercara a Rocio. Debes saber que fue ella… Ella se me acercó en la fiesta que dieron sus padres hace dos o tres meses, me dijo que me quería y que se atrevía a decírmelo porque al llevar tú tanto tiempo en París daba por supuesto que nuestro matrimonio estaba roto. Volvió a insistir en dos o tres ocasiones y siempre, siempre, le dije que se olvidara de mí. ¡Siempre! –él movía las manos mientras trataba de explicarse, parecía confuso y asustado ante la idea de que Mariana se volviera a alejar. La joven lo miró directamente. Tenía el rostro lleno de lágrimas. Pablo hubiera deseado tomar ese rostro entre sus manos y borrar con sus besos las lágrimas y hasta el último vestigio de dolor.
–¿Por qué estabas entonces con ella en la terraza? –la mirada suspicaz de ella le dolió. Era terrible tener que pasar por una situación así para darse cuenta de cuánto lo amaba Mariana, pero sólo en ese momento se dio cuenta de que la muchacha no sólo lo deseaba, sino que también lo quería, que estaba enamorada de él. La certeza se le instaló en el medio del pecho llenándolo de una euforia desconocida. También él debía hacerle entender a Mariana que sus sentimientos eran verdaderos y que para él no existía ninguna otra mujer que ella.
–Salí a fumar, tal y como te dije. Ella me siguió para tratar de insistir en lo mismo de siempre: que tú no me amabas, que no podías hacerme feliz y que ella era la mujer ideal para mí –Mariana no podía creer que aquella mosquita muerta de Rocio Deveril fuera una miserable arrastrada. Sí, una miserable arrastrada, porque sólo así podía explicarse que se ofreciera a un hombre casado como si fuese una cualquiera.
–¿Y esa es la mujer a la que tú considerabas perfecta, con la que siempre me comparabas? ¡Vaya dama del sur! –ella retrocedió un paso al ver que Pablo trataba de acercarse.
–Mariana… Cuando te hablaba de Rocio quería hacerte daño, como cuando tú me hablabas de Gaston Colbert… Éramos otro tipo de personas. Ahora somos distintos –Pablo comenzaba a desesperarse. No permitiría que Mariana se alejara de él. No esta vez. No sin luchar hasta las últimas consecuencias.
–¿Y por qué debo creerte? –ella se dio cuenta de que creía a Pablo, era una locura, pero lo creía. Sólo necesitaba que él dijera aquellas dos palabras, que la quería. Él nunca diría algo así sin sentirlo y Mariana sabía que le costaría mucho reconocerlo.
–Lo sabes, Mariana. Sabes que te estoy diciendo la verdad. Yo jamás le prometí nada a Rocio. Es cierto que estaba desesperado, creí que tú nunca me amarías, y cuando la oí decir que me quería, me di cuenta de que necesitaba que alguien me quisiera y pensé que tras el divorcio debía obligarme a querer a Rocio, dejarme amar por alguien, casarme con alguien así, que me quisiera… –dio un paso hacia ella y la joven no retrocedió, estaba conmocionada.
–¿Pensaste en casarte con Rocio tras nuestro divorcio? –Mariana no podía pensar nada más que en eso. Poco le importaban el resto de palabras que había dicho Pablo. No era capaz de recordar ya toda su declaración, el modo en el que había estado exponiendo veladamente sus sentimientos hacia ella. Sólo podía pensar en Pablo y Rocio, en esa posible boda que se habría llevado a cabo tras el divorcio. Su marido tenía un plan bien trazado por si lo suyo no funcionaba.
–Lo estás malinterpretando todo. Tienes que darte cuenta de que yo creía que tú me despreciabas. Estabas desesperado, ¿no lo comprendes? –preguntó él.
–¿Comprender? ¿Qué es lo que debo comprender, que antes de divorciarte ya tenías una sustituta buscada? ¿Qué diablos debo comprender? –ella comenzaba a perder los nervios–. Fui una imbécil desde el principio. Una redomada idiota. Yo nunca me fijé en otro hombre, ni siquiera cuando todo iba mal, ni cuando estaba en París, ni cuando me escribió tu abogado hablándome del divorcio. Me fui a París y he estado estudiando como una idiota durante dos años, quería mejorar, que dejaras de reírte de mi ignorancia. ¡Quería ser digna de ti! –Pablo estaba mudo por el asombro… ¿De verdad Mariana había hecho todo eso por él?–. Estaba tan concentrada en mejorar para ser digna de ti que en todo ese tiempo no me di cuenta de que tal vez eras tú el que no era digno de mí. Eso es lo que veo ahora claro: yo me merezco algo mejor, Pablo. Merezco alguien que me ame como soy, que acepte que no soy perfecta, alguien que no me considere prescindible y busque un recambio como si yo no valiera nada. Sí valgo, ahora lo sé. Valgo mucho más de lo que ni tú ni nadie imagina y ya no necesito ni de ti, ni de mi familia, ni de estos malditos charlestonianos cortos de miras. No me importa la opinión de nadie, ni siquiera la tuya. Mi tía Amarille ha puesto a mi nombre parte de su fortuna. Soy independiente, libre y rica. No permitiré que nadie vuelva a tratarme como lo has hecho tú –ni siquiera se daba cuenta de que había dejado de llorar. Era su dignidad la que hablaba ahora y lo hacía con sinceridad. Pablo estaba consternado.
–No sabía que habías hecho esas cosas por mí y quería arreglar nuestro matrimonio. Imagínate ahora, Mariana, ahora que lo sé todo… –trató de acercarse a ella, que retrocedió un paso.
–Pero yo ya no quiero arreglarlo, Pablo. Se acabó. No quiero estar con un hombre al que le importo tan poco como para humillarme una y otra vez, primero negándote a casarte conmigo y haciendo que toda la ciudad se riera de mí, la pobrecita Mariana, cuya familia tuvo que implorar a Pablo Robilard porque él no quería casarse con ella ni muerto. Ahora me humillas dejándote ver en una terraza, a solas y románticamente, con Rocio Deveril. Puede haberte visto mucha gente, pero eso no te importó. Yo jamás hubiera hecho semejante cosa con Gaston Colbert y tú me mortificabas con él, pero Gaston y yo siempre nos comportamos de manera intachable. Rocio y tú, en cambio, han sido ruines e innobles y realmente se merecén el uno al otro –Pablo no conocía a la mujer que tenía delante de él. Esa sí que era una mujer, por todos los demonios. No podía amarla más de lo que la amaba en ese instante. Ella tenía razón: no era digno de ella, pero jamás nadie la amaría como la amaba él. Ella también lo amaba y él lo sabía, debía luchar para que el amor de ella no se apagara.
–Por favor, tienes que escucharme… –le pidió Pablo.

2 comentarios:

  1. K lío se formaron con las palabras.
    Pablo arreglalo x lo k más quieras.
    Mariana ,escucha un poquito mejor.

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  2. YO SABIAAAA QUE ROCIO IBA A METER BOCADO EN EL PEOR MOMENTO!!!!
    Por dios la verdad q es muy terca Lali pero me encana Pablo q esta tan empeñado en pelear por su amor!!!!
    Y q tierno Matías, a la final Lali los termino uniendo y no alejando....
    Espero q Lali lo escuche sino se va arrepentir...
    Nos leemos prontito!!! Besotes!!!

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