domingo, 16 de marzo de 2014

Capitulo final : "Pasión en el siglo XIX"


Hola hola chicas espero que esten muy bien sory por la demora estoy con problemitas tecnicos no se si les conte que mi cable se rompio y tengo que estar prestando el de mi hermana en conclusion tengo que esperar que no lo este usando y yo tenga tiempo para conectarme jum jum, bueno llego el final de esta historia espero que les haya gustado, luego se viene otra nove no se preocupen pero antes el epilogo de esta linda historia mañana o el martes lo subo.besos muchos

PD: Tambien subi nove en mi otro blog 


CAPITULO 41
–Ya he escuchado suficiente. Estoy cansada y deseo dormir. Seguiremos hablando mañana –él trató de hablar, pero ella se lo impidió–. Si sigues hablando ahora, sólo conseguirás que me enfade. Respétame, es lo único que te pido. No quiero seguir hablando.
–De acuerdo –dijo Pablo–. Seguiremos mañana, entonces, pero no me daré por vencido –aseguró justo antes de dejarla sola en el cuarto. No pudo dormir en toda la noche. Habían llegado a un punto muerto y lo sabía: Mariana quería castigarlo por Rocio aun sabiendo que él no había hecho nada, porque realmente Mariana lo sabía. Sabía que él no era el culpable, pero sus celos la estaban cegando. Quería castigarlo y punto. Pablo debía hacer algo rápido para hacerla entrar en razón.
A la mañana siguiente, Mariana se levantó temprano y cuando bajó a desayunar al comedor, se encontró a Pablo al pie de las escaleras.
–¿Podemos hablar ahora? –preguntó él, mirándola de arriba abajo. La conocía lo suficiente como para saber que si lucía especialmente hermosa era para torturarlo.
–Puedes hablar tú si quieres. Yo ya he dicho todo lo que tenía que decir –Mariana tenía aquella mirada altanera que tanto ofendía a Pablo, pero esta vez no iba a permitirle que echara todo a perder por su maldito orgullo. Él la amaba y sabía que también ella lo amaba, así que dejó de lado su miedo y decidió hablar abiertamente de sus sentimientos.
–Te amo –respiró profundamente al ver que ella parpadeaba sorprendida y, de inmediato, trataba de disimular. El corazón de Mariana comenzó a descontrolarse y ella estuvo a punto de claudicar y echarse en sus brazos, pero no, no lo haría, no después de que él se hubiera planteado una relación con Rocio–. Estoy loco por ti –continuó él, y subió los escalones que le separaban de ella hasta quedar a su lado–. No he podido arrancarte de mi cabeza ni de mi corazón desde que te vi con el vestido amarillo en Las Magnolias y he sufrido cada desplante, cada coqueteo con alguno de tus pretendientes, muriéndome de la rabia –la tomó por la cintura y la estrechó contra él. La joven no se lo impidió, pero lo miraba con aparente frialdad, aunque le temblaban las piernas y se le había acelerado el pulso–, pero si tú no sientes lo mismo, me iré y no volveré a molestarte, te doy mi palabra –ella estaba callada, casi no pestañeaba–. ¿Quieres que me vaya de tu vida, Mariana? –preguntó él, sabiendo que eso no es lo que quería la joven.
–Quizás eso sea lo mejor, que te vayas de mi vida –dijo Mariana con frialdad.
–Mentirosa –la voz susurrante de Pablo sonaba burlona. Ella lo miró furiosa y se encontró con aquellos ojos verdes y chispeantes. ¡Qué seguro estaba de sí mismo!
–¿Acaso te ríes de mí? No creo que esta situación sea como para reírse –le dijo ella con una voz cortante como un cuchillo. Él se puso serio de pronto.
–No, jamás me reiré de ti de nuevo. Solo me hace gracia la manera en la que tratas de manipularme –Pablo volvió a sonreír y la estrechó más contra él. La joven lo empujó y se alejó de su esposo, pero él seguía con las manos sobre su cintura, aunque ahora había unos centímetros de separación entre ambos–. Deberías saber, querida mía, que estoy loco por ti, pero no soy ningún pelele. Te amo y no me asusta tu carácter. Yo también tengo el mío. No he hecho nada por lo que merezca tu enfado. Desde el mismo instante en que te saqué de aquel carruaje accidentado, no he tocado a ninguna otra mujer ni he pensado en ninguna otra mujer –los ojos de Mariana se abrieron enormemente, incrédulos–. Y por todos los demonios, no finjas que no te importa que te amo. ¿Acaso crees que no estoy escuchando los latidos desbocados de tu corazón? –ella frunció los labios y se marchó escaleras abajo. Él la oyó murmurar:
–Vete a decirle tonterías a Rocio. Tal vez ella te las aguante –justo al llegar al hall se encontró con Matias. Era lo que le faltaba, enfrentarse también al otro hermanito.
–Veo que el armisticio entre Pablo y tú ha acabado. ¿Vuelven a estar en guerra? –le dijo.
 Matias vio a su hermano en lo alto de la escalera–. Para estar en guerra con alguien debes manejar toda la información, Mariana, y yo tengo mucha información de primera mano sobre Rocio y Pablo. ¿Quieres saberla?
–Por supuesto –respondió ella, alzando la barbilla para dar a entender que nada de lo que le contara la pillaría por sorpresa. Estaba convencida de que Pablo y Rocio eran las peores personas del mundo, aun sabiendo que su marido la amaba, pues ya no le cabía ninguna duda al respecto, pero una rabia interna la obligaba a castigarlo. Entraron al despacho del viejo señor Robilard y tomaron asiento en los sillones que había frente a la chimenea.
–Ayer yo también estaba en la terraza mientras Rocio y Pablo hablaban, pero ellos no me vieron –Matias observó la mirada expectante de Mariana–. Sabes que no le tengo demasiado aprecio a mi hermano, pero no soporto las injusticias. Te diré que jamás he visto a una dama más irrespetuosa que Rocio. Pablo no se citó con ella en la terraza, fue ella la que lo siguió. En la conversación quedó claro que ella le había declarado su amor e insistió en varias ocasiones, incluso lo amenazó. No sé lo que crees que ocurrió, pero Pablo te ama. No lo creí capaz de un sentimiento tan profundo y limpio, pero te ama de verdad –Mariana lo miraba con el ceño fruncido.
–Lo sé –admitió por fin. Ahora era su cuñado quien fruncía el ceño.
–¿Entonces qué te pasa? –le preguntó.
–Estoy enfadada. Yo no he pensado en nadie más que en él desde que lo conocí y él, en cambio, me pide el divorcio y piensa que Rocio sería una buena sustituta para mí –le costaba no llorar. Se sorprendió ante la sonora carcajada de Matias.
–¿Cómo puedes ser tan ingenua, Mariana? ¿Acaso no te das cuenta de que fue la desesperación lo que lo llevó a pedirte el divorcio y a plantearse otra relación? Pensó en Rocio porque fue la primera que se le ofreció. Si otra se hubiera adelantado, sería esa otra la supuesta sustituta. Cualquier cosa o cualquier mujer hubieran servido para tratar de no seguir sufriendo por ti… ¡Pero si dejó de ir al burdel y no me extrañaría que no hubiera tenido ninguna relación con nadie durante este tiempo! Mi hermano se ha convertido en un monje por ti, Mariana . Si Rocio no se le hubiese ofrecido de esa manera, ¿crees que él habría pensado en ella una sola vez? Es más, ¿crees que aun así ha pensado en ella ni una sola vez? Apuesto la cabeza a que no.
–Mataría a esa maltita Rocio… Mosquita muerta… –la odiaba de un modo tan intenso que no podía dejar pasar la ocasión de decirle en su cara lo que pensaba.
Mariana fue a la casita que había en el jardín, donde sabía que el señor Hobbes estaría dando clase a Génesis y a Tobey, para pedirle a su joven amiga que la acompañara a casa de los Deveril para hablar cara a cara con Rocio, pero lo que vio la conmovió intensamente. El pequeño Tobey hacía sus tareas en la mesa más pequeña de la sala y en la otra, el señor Hobbes le estaba explicando algo a Génesis. Los dos estaban muy cerca, casi cabeza con cabeza, sobre un libro, y se miraban con timidez y ternura. La manera en la que ambos se miraban era un signo inconfundible de amor. El señor Hobbes era un mulato alto y atractivo, de profundos ojos negros y grandes convicciones políticas. “Un héroe para los suyos”, había dicho Pablo en alguna ocasión, pues lo respetaba profundamente. Al igual que Panlo, Zacharias Hobbes había pasado varios años en el norte, formándose como profesor, y había regresado después a Charleston para ayudar a otros negros a salir de su ignorancia y a luchar por sus derechos. Era una extraordinaria influencia para Tobey y para Génesis. Mariana no dio ni un paso más por miedo a romper la magia de aquel instante. Retrocedió si hacer ruido y los miró una última vez antes de regresar al interior de la casa. Decidió ir sola a la hacienda de los Deveril. Su odio hacia Rocio le bullía en venas y cuando la hicieron pasar a la sala principal de la familia, donde también estaban los padres de la joven y su hermano, antiguo pretendiente de Mariana, y la vio palidecer por la impresión, la hubiera abofeteado gustosamente allí mismo.
–Señor Deveril, señora, perdonen que los moleste a estas horas de la mañana, pero es de suma importancia que hable a solas con Rocio –dijo. El rostro de Mariana era tan serio, que toda la familia se retiró para dejarlas a solas. Rocio no levantó la mirada del suelo y, si cabe, había palidecido aún más–. Ten la vergüenza de mirarme al menos a la cara, pequeña sabandija, ¿o te crees que a estas alturas me creo esa pose? Ten el mismo valor para enfrentarme que tuviste para tratar de quitarme a mi marido –la otra levantó los ojos hacia ella, chispeantes de orgullo herido y furia–. No te reprocho haberte enamorado de él, ni te reprocho que le declarases tu amor mientras yo estaba en París, pues creíste que el matrimonio estaba roto. Amar nos engrandece y no voy a juzgarte por ello, trataré de ser buena y generosa contigo, aunque no te lo merezcas. Lo que te reprocho es lo de anoche: amenazar a un hombre cuando te das cuenta de que ama a su esposa es lo más ruin que he escuchado jamás. Tú no eres una dama. Y sí, asúmelo: me ama y lo amo. Nos amamos con locura, Rocio Deveril, y si sigues obsesionada con él tú jamás experimentarás lo que es que te ame un hombre, ¿lo comprendes? ¿Te merece la pena rebajarte por alguien que no te ama?
–¿Y a ti, te merece la pena estar con un hombre que no quería casarse contigo? –le escupió con furia Rocio. Mariana rió con ganas.
–¡Ay, Rocio! ¿Acaso importa que no quisiera casarse? Para mí lo que importa ahora es que no quiere divorciarse ni muerto porque me ama.
–¡No serás feliz! –la rabia de Rocio no conocía límites.
–Oh, sí, querida, seré triplemente feliz: porque me ama, porque lo amo y porque tú estás sufriendo. Triplemente feliz. Y si vuelvo a tener noticias de que nos amenazas o tratas de hacernos una jugarreta, diré ante todo Charleston la verdad: que has perseguido a mi marido como una mujerzuela y que quieres provocar nuestro divorcio. El escándalo paralizará la ciudad, te lo aseguro. Pablo y yo podemos superar cualquier escándalo, Rocio, ya lo sabes, pero… ¿Podrás tú? ¿Serás capaz de recuperarte después de que tu reputación quedé destrozada para siempre? –Rocio retrocedió un paso, nuevamente pálida, y Mariana se marchó triunfante de la casa de los Deveril.

CAPÍTULO 42
Cuando Mariana llegó a casa y entró en su cuarto, descubrió que Pablo estaba echado despreocupadamente sobre su cama. Iba vestido con un traje gris, de los que solía llevar cuando iba al banco, y estaba curioseando entre los libros que ella tenía sobre la mesilla de noche, todos ellos de temática amorosa. La joven se sonrojó. Se moriría si algún día Pablo llegaba a saber que lo veía a él en cada protagonista de novela romántica y en cada soneto amoroso que leía.
–¿Sigues enfadada o hablar con mi hermano te ha aclarado las ideas? –le preguntó él. Ella se encogió de hombros. No sabía muy bien cómo arreglar las cosas y, aunque no fuera la culpa de su marido, seguía dolida por todo lo ocurrido con Rocio–. Bueno, si sigues enfadada, tendré que centrar mi interés en Rocio, entonces… –dijo él para que Mariana estallara. Sabía que si se enfadaba lo suficiente, aflorarían sus verdaderos sentimientos y diría lo que de verdad pensaba. Pablo no contó, sin embargo, con que la joven le lanzara el pequeño bolso de tela que llevaba en la mano y le diera de lleno en el medio del pecho.
–¿Crees que puedes ponerme celosa de una manera tan burda? Como si no supiera que estás loco por mí. Déjate de tonterías –Pablo sonrió. Ahí estaba lo que él quería escuchar. Su esposa estaba alargando aquel enfado por pura pataleta infantil, pero ella sabía toda la verdad. Él se levantó de la cama y se acercó a ella.
–¿Tan segura estás? –el tono de Pablo era burlón e irónico. Su mirada la recorría de arriba abajo una y otra vez, como un gato que se relame ante su inmediato festín. Mariana no pudo evitar una sonrisa y miró al suelo.
–Completamente segura –dijo. Él se acercó a la joven que, instintivamente, pegó su espalda contra la puerta. Pablo apoyó sus manos a ambos lados de la muchacha.
–Espero que no tengas nada importante que hacer, porque no saldrás de este cuarto en muchas, muchas horas –ella volvió a sonreír ante sus palabras y no respondió, pero él se puso serio de pronto–. Mariana , prométeme que nunca volverás a huir cuando tengamos un problema, ni te irás a Las Magnolias o a cualquier otro lugar. Prométeme que trataremos de solucionarlo –dijo Pablo mientras con el dedo índice dibujaba la línea imaginaria que unía su barbilla, su cuello y el inicio de su escote.
–Prometido –respondió ella, conteniendo la respiración–. Prométeme que nunca me ocultaras nada, aunque creas que puede hacerme daño y que es mejor que lo soluciones tú mismo. Si desde el principio me hubieras contado lo de esa estúpida, anoche no habríamos discutido –comentó ella.
–Prometido –él sonrió y depositó un beso en su cuello–. Quiero que comiences a confiar en mí. Yo confío en ti –dijo, sin dejar de depositar pequeños besos a lo largo de su cuello y su clavícula–. No quiero que haya entre nosotros más malos entendidos. Nos lo contaremos todo y no desconfiaremos el uno en el otro. Nunca más permitiremos que nadie se interponga entre nosotros –la estaba mirando fijamente, con sus manos asiendo fuertemente la cintura de Mariana. La seriedad se borró entonces de su rostro y en su lugar se dibujó una enorme sonrisa–. De acuerdo, ahora dímelo, sé que lo estás deseando.
–¿Decirte qué? –preguntó la joven sin saber a qué se refría él.
–Dime que me quieres –la mirada de él era burlona, arrolladora. Mariana sonrió.
–No voy a decírtelo ahora sólo porque tú me lo pidas… –la mirada de ella también se tornó burlona.
–Entonces tendremos que hacer todo lo necesario para que no te quede más remedio que decírmelo. Conozco métodos infalibles para hacerte hablar… –ella sonrió más ampliamente. Pablo comenzó a desnudarla muy lentamente, besando cada centímetro de piel que quedaba desnudo ante sus ojos. Ella también le iba quitando la ropa, acariciándolo, descubriendo los puntos débiles de su marido, al igual que él iba descubriendo los de la joven. El amor hacía que ese acto de erotismo fuese más profundo, como una comunión que iba más allá de los cuerpos. Mariana escuchaba el martilleo de los latidos de su corazón y sentía los de su marido al apoyar la mano en su pecho. Pablo tenía un nudo en la garganta, la amaba tanto que aquel instante no le parecía real: tenerla entre sus brazos, saberla enamorada de él y excitada por sus caricias era una experiencia de extrema emoción. Se acariciaron con la ternura y la avidez de los inexpertos, pues aunque Pablo sí tenía experiencia, aquella era la primera vez que hacía el amor sabiéndose profundamente enamorado. Se entregaron el uno al otro con alegría y absoluto desenfado. Mariana olvidó todas las normas que imponían contención a las damas sureñas y llevó a cabo cada deseo. Descubrió que hacer el amor con Pablo era un acto que le resultaba tan natural como respirar. Lo deseaba de una manera avasalladora, igual que él la deseaba, pero en vez de temer un sentimiento tan intenso, la disfrutaba y lo saciaba sin sentirse culpable por ello. Cuando alcanzaron el momento de máximo placer y se abrazaron, relajados y satisfechos, Mariana murmuró al oído de Pablo: “Te amo”. Él sonrió complacido y le respondió: “No más que yo a ti”. Ella lo pellizco en el brazo, juguetona, y le dijo con voz quejumbrosa: “No comencemos a pelear por quién quiere más a quién porque perderías”. Él se rió y le dijo: “Yo jamás pierdo, pequeña”, y comenzó a besarla de nuevo.


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