domingo, 2 de marzo de 2014

Capítulo 31 y 32: "Pasión en el siglo XIX"


Holaaa les dejo dos nuevos capi, espero que Mariana y Pablito aprovechen estos dos meses jjaja, besos

CAPITULO 31
Mariana y Soledad se abrazaron y comenzaron a hablar como si no hubiese dos años que no se veían. Como la correspondencia había sido frecuente entre ambas, pocas eran las cosas que no se habían contado. Mariana aún no podía creerse que Soledad ya caminara.
–Cuando me pidió matrimonio, tú ya habías iniciado tu viaje de regreso y no pude contártelo. ¡Vamos a ser doblemente cuñadas, eso casi te convierte en mi hermana! –dijo Soledad entre risas.
–No te imaginas qué sorpresa me llevé al enterarme de que tu misterioso amor platónico era mi hermano. ¡Y ya ves! Decías que era imposible que se fijara en ti y van a casarse –Mariana estaba feliz por ellos.
–La verdad es que no hay nada imposible, por eso yo no me conformo con su divorcio. Sigo soñando con que todo se arreglará entre Pablo y tú.
–Oh, no, Soledad, eso es imposible. Pablo jamás me ha querido, ni siquiera le he gustado. Es normal que quiera el divorcio. Al fin y al cabo, tiene derecho a encontrar a alguien que lo haga feliz. Además, el nuestro fue un matrimonio para acallar rumores. Nunca debimos habernos casado –Soledad estaba sorprendida de la tristeza que reflejaban las palabras y la mirada de Mariana.
–Por Dios, ¡tú quieres a Pablo! –ella se sorprendió al escuchar en boca de su cuñada cuáles eran sus sentimientos, pero no tuvo fuerza para negarlo.
–¡Qué más da lo que yo sienta! Él…
–Oh, por favor, basta de estupideces. ¡No lo soporto más! –Soledad  resopló, impaciente–. ¿Por qué huiste a Europa y permaneciste allí dos años? –Mariana iba a responder, pero la interrumpió–. ¡No, no me lo digas, lo sé de sobra!: Porque no soportabas pensar que mi hermano te odiaba mientras tú lo amabas, ¿no es cierto? –Mariana asintió–. Pues quiero que sepas que Pablo enloqueció con tu partida, estuvo más de un año sin pisar un acto social, bebía demasiado y Victorio me ha dicho que cuando te negaste a verlo antes de partir a París, él le comentó desesperado que no creía que hubiese un esposo más odiado que él en toda Carolina del Sur. ¿Crees que esas son las reacciones de un hombre que odia a su esposa? –Mariana no podía creerse lo que su cuñada le estaba contando y como Soledad se dio cuenta, decidió revelar aquel secreto que mantenía oculto por miedo a que su hermano no volviera a hablarle nunca–. Debo contarte algo, Mariana… Dios mío, Pablo me matará si sabe que te lo he contado. Cuando te conocimos en Las Magnolias, él se prendó de ti. Nunca lo había visto tan interesado por una muchacha y eso que, no te ofendas por lo que voy a decirte, querida, pero no eras en absoluto su tipo. De hecho, siendo lo estricto que es Pablo, estaba dispuesto a pasar por alto que no te interesaba nada de lo que le interesaba a él. Estaba loco por ti, Mariana. Lo estuvo desde el primer instante, pero entonces tú comenzaste a coquetear con Gaston Colbert ante sus propias narices y lo humillaste, lo hiciste sentir como un pobre imbécil, como un títere en tus manos. Creyó que habías jugado con él. Ese es el motivo de que siempre te tratara de eso modo cruel y despectivo. Se sentía herido, Mariana, pero le gustabas y, después, tras el matrimonio, sé que llegó a quererte, lo sé…
–Oh, Dios, coqueteé con Gaston Colbert porque mi nodriza, Portia, me dijo que estaba siendo demasiado explícita con Pablo y que a los caballeros no les gustaban las mujeres que estaban tan disponibles. Les interesaban los retos –suspiró desesperada–. A mí me gustaba Pablo, me gustaba, maldita sea, y lo he perdido por ser boba y hacer caso a quien no debía –las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Sole se acercó a ella y la abrazó.
–Aún estás a tiempo. Tampoco seas demasiado directa, porque no te creerá, pensará que vuelves a jugar con él. Vete poco a poco demostrándole que tus sentimientos y tus actitudes hacia él han cambiado, haz que se sienta cómodo contigo, ¡diablos!, coquetea con él, tú sabes muy bien cómo hacerlo –Soledad bajó el tono–. Vuélvelo loco de deseo.
Rocio Deveril, acompañada de una esclava, se encaminó hacia el club de caballeros donde Pablo iba cada tarde. Su idea era interceptarlo en la entrada y hablar con él. “Esto no es apropiado, Rocio”, le dijo en cuanto la vio. Pero la joven estaba enfadada y no le hizo caso.
–Creí que te ibas a divorciar de Mariana y me entero de que se ha instalado en tu casa –la joven parecía triste. Cómo habían cambiado las cosas desde hacía unas pocas horas. Ver de nuevo a Mariana le demostró que no había para él más mujer que ella y que debería esforzarse mucho para amar a Rocio.
–En primer lugar, señorita, usted y yo no tenemos ninguna relación ni ningún compromiso. Yo no le he prometido nada, lo único que he hecho ha sido escuchar sus palabras y recomendarle que ni las repitiese ni se expusiera, pues su honor puede quedar mal parado. En segundo lugar, le he suplicado que no se haga ilusiones conmigo –Pablo no quería que la muchacha se pusiera más en entredicho. El día que él estuviera ya divorciado la buscaría, se casaría con ella, formaría una familia que lo hiciera sentir querido, pero aún no podía darle esperanzas a aquella muchacha, sería una canallada por su parte.
–No me doy por vencida. Te amo y sé que tú me amarás. Soy la mujer perfecta para ti, Pablo. Mariana no es más que una coqueta sin corazón –Pablo hizo una inclinación de cabeza y desapareció dentro del club de caballeros. Su humor se había oscurecido. Lamentablemente, Rocio tenía razón: Mariana era una coqueta sin corazón. Él le había entregado su amor a alguien capaz de pisotearlo y burlarse sin sentir ni un ápice de remordimiento… ¿O no? Mariana parecía tan distinta ahora a aquella muchacha con la que se había casado. ¿Era realmente distinta o es que él quería creerlo así?

CAPÍTULO 32
Era superior a sus fuerzas saber que Mariana estaba al otro lado de aquella maldita puerta que comunicaba los cuartos y no acercarse a ella. Dio varias vueltas en la cama, apagó la luz, volvió a encenderla, trató de leer el libro que tenía sobre la mesilla de noche, pero nada lo distraía de la idea obsesiva de que ella estaba tras aquella maldita puerta. Había creído que lo que sentía por ella se había mitigado, pero eso era antes de haberla visto de nuevo. Cuando bajó del vagón, su corazón se había detenido durante unos segundos. Hablar con ella después no lo ayudó a calmar sus latidos desbocados. Parecía otra. Él recordaba a una Mariana distinta, beligerante, déspota, con miradas rencorosas y dardos envenenados en vez de palabras. No esperaba encontrarse a esa nueva Mariana que lo miraba con aquellos ojos limpios de rencor y en cuyas palabras él encontró calidez y hasta ternura. Esa nueva Mariana lo desarmaba, debía reconocerlo. No hizo ningún escándalo por el divorcio, ni por tener que aplazarlo e irse a la casa de los Robilard. Parecía dispuesta a hacer las cosas de la manera menos dolorosa para todos. Entonces él recordó cómo se había comportado con ella, las cosas horribles que le había dicho, cómo había tratado de humillarla. Cerró los ojos con fuerza, avergonzado. Decía que ella se había comportado como una niña, pero él no había sido más maduro en sus reacciones. Su manera de sobrellevar sus celos, su frustración y su amor no correspondido era burlándose de ella, de su formación, de cada cosa que hacía o decía. No tenía justificación. Nada de lo que dijera o hiciese la compensaría jamás por tanta barbaridad y tanto atropello. Le dolía cada palabra que le había dicho. Antes de darse siquiera cuenta, se levantó de la cama, se puso el batín y llamó con los nudillos a la puerta que comunicaba los cuartos. Lo hizo muy suavemente, para no despertarla en caso de que ya estuviese dormida. Tenía sólo una idea en la cabeza: disculparse, demostrarle hasta qué punto se arrepentía de todo lo que había hecho.
Mariana  no lograba conciliar el sueño. Todo estaba resultando muy diferente a como había imaginado. Creía que esa noche estaría durmiendo en Las Magnolias y que no vería a Pablo nada más que para la firma del divorcio y en alguna que otra fiesta, desde lejos, de manera que iba a ser complicado demostrarle que había cambiado. Sin embargo, la boda de su hermano y Soledad y la petición de su inteligente cuñada de posponer el divorcio para que el escándalo no afectase a la boda le daría una oportunidad de oro que debía aprovechar.
Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para conciliar el sueño. Debía pensar en lo que le había dicho Sole… ¿Sería cierto que Pablo la quería? Era demasiado hermoso para ser cierto y, además, el comportamiento de él indicaba más bien lo contrario. Claro que Mariana reflexionó sobre su propio comportamiento con Pablo y no era el de una mujer enamorada, a pesar de que lo estaba, y mucho. Los golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos. ¿Procedían del cuarto de su marido? ¿Acaso era Pablo quien llamaba? Una oleada de calor arreboló sus mejillas y el estómago le dio un vuelco.
–¿Sí? –dijo la joven.
–¿Puedo pasar? –la voz de Pablo sonó en los oídos de Mariana mejor que la mejor de las sinfonías. Dios mío, iba a entrar en su cuarto, ella estaba en la cama, ¿debía levantarse y poner una bata o permanecer entre las sábanas? En una décima de segundo decidió hacer lo segundo.
–Pasa –le había temblado un poco la voz y esperaba que él no se hubiera dado cuenta. Pablo abrió la puerta y dio unos pasos indecisos hacia el centro de la habitación. Llevaba un batín azul oscuro y un pantalón de dormir del mismo color. El pelo, un tanto despeinado, le daba un aspecto peligroso y enormemente atractivo. Cuando vio a Mariana en la cama sintió una ternura que nunca antes su esposa había despertado en él. Atracción, deseo… Amor… Ahora ternura. ¿Acaso nunca dejaría de asaltarlo un nuevo sentimiento cuando la tuviera cerca? Ella llevaba puesto un camisón blanco de seda y el pelo suelto se extendía sobre la almohada, era mucho más largo que cuando había partido hacia París. Si ella seguía manteniendo esa actitud con él, Pablo estaba dispuesto a darse otra oportunidad, claro que debía estar seguro de que no jugaba con él y de que cuando comprendiera sus verdaderos sentimientos no haría como cuando era una muchachita y la había conocido en Las Magnolias, que tras comprobar que le interesaba, comenzó a coquetear con Gaston Colbert ante sus narices. No, iría con cuidado, pero no ignoraría aquel cambio en Mariana.
–Siento molestarte, pero no hemos podido estar a solas durante todo el día y hay algo que quiero decirte sin demorar un instante más –Mariana contuvo la respiración. Él la miraba de aquel modo que siempre le había dado miedo, tan profundamente como si sus ojos pudiesen escarbar en las profundidades de su alma o como si quisiera absorberla en una sola mirada–. No tuve la oportunidad de decírtelo antes de que te marcharas a París y a lo largo de estos dos años ni siquiera sabía si querías escucharlo o saber de mí, pero necesito decírtelo –tomó aire–. La forma en la que me he comportado contigo no tiene perdón. No he sido un caballero, ni siquiera he sido un hombre. Me porté como niño malcriado e irrespetuoso y te pido perdón por ello. Jamás volveré a hacerlo y quiero que estés tranquila, ahora que vuelves a vivir por una temporada en esta casa. No haré ni diré nada que te incomode –se calló y esperó las palabras de Mariana . La joven se removió entre las sábanas. Estaba sentada en la cama e irguió un poco más la espalda. Parecía incómoda o incrédula y Pablo lo comprendía, pero iba a demostrarle que sus palabras y sus disculpas eran ciertas.
–Yo también debo disculparme por muchas cosas, Pablo. Mi comportamiento no ha sido mejor que el tuyo. Nos hemos hecho daño a propósito, nos hemos faltado al respeto y yo también te doy mi palabra de que no volverá a ocurrir. Sólo quiero que seamos civilizados por una vez, que el divorcio, ya de por sí escandaloso, sea lo menos desagradable posible. No quiero sufrir, ni quiero hacer sufrir a nadie –Mariana parecía tan sincera cuando hablaba, que Pablo estaba tentado a creerla sin reservas, pero algo dentro de él gritaba que tuviese cuidado, ya había sufrido mucho por ella, un nuevo golpe sería mortal. Debía ir con pies de plomo.
–De acuerdo, entonces… ¿amigos? –le preguntó con una sonrisa que habría derretido el hielo, pícara y a la vez con un desvalimiento que la joven nunca había visto en los ojos de Pablo, como si él desease ser su amigo, como si lo necesitara y la respuesta de ella pudiera darle paz.
–Claro que sí. Amigos –respondió Mariana, también sonriendo.
–Me retiro entonces. Te dejo descansar. Has llegado hace pocas horas de un largo viaje… Buenas noches, Mariana –su mirada se detuvo, sin poder evitarlo, en la boca de la muchacha.
–Buenas noches, Pablo –le dijo ella, con la voz entrecortada. Él desapareció tras la puerta y la joven sintió que el cuerpo se le helaba. Ya había olvidado las reacciones físicas que tenía ante él, la manera en la que Pablo podía hacerla sentir.

2 comentarios:

  1. DIOSSSSSSSSSS SON TANNNNNN..... Tengo ganas de besarlos y samarrearlos a los dos para q reaccionen.... y que Rocio se este metiendo no ayuda en nadaaaa... tengo ganas de encerrarla en na cajita bien chiquita q se pueda perder facilmente porq estoy segura q ella le va a decir algo a Lali y va a provocar q se aleje nuevamente de Pablo cuando al fin se estan acercando...
    Quiero mas noveeeee..... espero q estes de 10 puntos... Besotes y nos leemos pronto!!!

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  2. Ambos conocen sus errores .Espero k os corrijan a tiempo.
    Besos

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