Hola chicas vuelvo con doble capi, espero que les guste ,besotes
CAPITULO 10
El comedor de los Du Maurier estaba especialmente engalanado para la ocasión. Aquella cena era una especie de petición de mano, si podía llamarse así teniendo en cuenta las circunstancias especiales que llevaban a aquella pareja a casarse.
Encabezando la mesa, se encontraban el señor y la señora Du Maurier. Ocupando los puestos de honor, a la derecha de los anfitriones, estaban sentados Pablo Robilard y su padre. Victorio ocupaba el lugar a la izquierda de su padre y Mariana a la izquierda de su madre, de modo que la joven se encontraba justo enfrente de su prometido. Eso la hizo perder completamente el apetito. Apenas se atrevía a levantar la mirada del plato y no participó en la conversación más que para responderle a su futuro suegro cuando le preguntó qué tal se encontraba tras el accidente del carruaje y si aún le dolía el tobillo. “Ya me encuentro recuperada y finalmente el tobillo no estaba torcido, pero no puedo olvidarme del pobre Jills”, dijo ella.
–¿Jills? –preguntó el anciano señor Robilard.
–Jills era el cochero, murió en el accidente. Llevaba con nosotros desde antes de nacer los muchachos –explicó el señor Du Maurier y después se dirigió a su hija–. Todos estamos consternados por lo que pasó.
–No sabía que el accidente había sido tan grave como para dejar un muerto –comentó el señor Robilard.
–En realidad no murió en el accidente, sino antes –comentó Victorio–. Parece que llevaba un tiempo con molestias en el brazo y el pecho. Probablemente le dio un ataque al corazón y murió, por eso se desbocaron los caballos.
–Comprendo –dijo Robilard.
–Nuestra querida Mariana se ha empeñado en hacer del nieto de Jills su protegido –dijo la señora Du Maurier–. No tiene a nadie más en el mundo, porque su madre murió en el parto. Me temo que lo malcriará, como ha hecho con Génesis –hasta ese momento, Pablo había permanecido callado durante toda la comida. Su silencio resultaba de lo más maleducado. Pero al escuchar la historia, miró a Mariana y le dijo:
–Puedes llevártelos cuando nos casemos si quieres, a ambos –su mirada era fría como el hielo y tan altanera que a la joven le hubiese apetecido abofetearlo.
–Gracias –musitó, sin atreverse a dirigirle más que una mirada huidiza, pues la asustaban aquellos ojos inquisidores y duros–, pero no sé si mi padre querrá prescindir de ellos.
–¡Por supuesto que sí, hija mía! Considéralos un regalo. Además, los tienes tan mimados que no sé qué podría hacer yo con dos esclavos tan poco acostumbrados al trabajo duro –una amplia sonrisa se dibujó debajo del bigotillo del señor Du Maurier.
Cuando terminaron de cenar, el señor Robilard, Victorio y el señor Du Maurier pasaron al salón para fumar un puro y tomarse un licor, mientras que la madre de Mariana decía:
–La joven pareja puede salir a la terraza y hablar sin carabina, puesto que ya están comprometidos. Yo estaré vigilando desde la sala –a ninguno de los dos les hizo ninguna gracia, ni a Mariana ni a PAblo, pero se encaminaron hacia el lugar que les indicaron.
La noche era agradable. No hacía demasiado calor y había una suave brisa. Desde la terraza se percibía el olor a flores procedente del jardín. Una inmensa luna llena iluminaba el cielo. Mariana pensó que sería una noche de compromiso perfecta si ellos estuvieran enamorados. Eso es lo que fallaba: el amor, un sentimiento que ella nunca podría experimentar, pues no amaba al que sería su marido y tampoco podría enamorarse de otro una vez casada. Suspiró inconscientemente y Pablo lo percibió.
–Imagino que echarás esto de menos cuando te vayas –le dijo, malinterpretando su suspiro. Se refería a que, tras la boda, vivirían en la casa que los Robilard tenían en el centro de Charleston. Ella dejaría la vida campestre en Las Magnolias para vivir una vida urbana. El viejo señor Robilard había dicho que, con el tiempo, Pablo construiría una casa para ellos solos, pues unos recién casados no deben vivir rodeados de tantos parientes: el padre y los dos hermanos de Pablo, Soledad y Matias, el primogénito.
–Sí –respondió ella con sequedad. Respiró profundamente y cruzó los brazos. La brisa nocturna había hecho que se le erizara la piel. Se instaló el silencio entre ellos y Pablo se negó a sacar un nuevo tema de conversación. Bastante amable había sido ya. Vio cómo Mariana miraba hacia el interior de la casa y, tras comprobar que su madre estaba lo suficientemente lejos de ellos como para no oírlos, le dijo:
–No hace falta que finja. Sé muy bien que lo último que le interesa es hablar conmigo. Como tampoco yo tengo el más mínimo interés en hablar con usted, permanezcamos aquí en silencio sin molestarnos –Pablo no creía que pudiera ser cierto que aquella muchacha descarada le estuviera mandando callar.
–No se preocupe, señorita Du Maurier. Si le ha molestado mi intento de ser amable, le ruego que me perdone. Nunca más volveré a intentarlo. Ahora simplemente seré con usted como me apetece ser –dicho lo cual, se alejó de ella dejándola sola en la terraza. Mariana imaginó que iría al salón, con el resto de caballeros. Ella fingiría un dolor de cabeza y se iría pronto a la cama. Sabía que iba a costarle horrores contener las lágrimas hasta llegar a su cuarto.
CAPITULO 11
Los días previos a la boda fueron una auténtica locura. La señora Du Maurier envió a Génesis a la casa de los Robilard para comprobar que las cosas de su hija se instalaban de acuerdo a sus indicaciones, pero como no se fiaba totalmente de la joven esclava, ordenó que la acompañara Dotty, su propia doncella. “La habitación de la señorita Mariana es maravillosa, muy grande y con unos muebles muy bonitos. Todo está listo, la ropa en los armarios, los objetos de aseo personal, el camisón de la noche de bodas y la grasa de oca”, dijo Dotty, hablando más de la cuenta, lo cual le valió una buena reprimenda por parte de su ama.
–¿Grasa de oca? ¿Y para qué voy a necesitarla en mi noche de bodas? –quiso saber Mariana . La expresión de su madre fue de susto y vergüenza, lo que le hizo pensar a la joven que nada bueno le depararía esa primera noche de casada.
–Esos no son temas para hablar con una madre, querida. Sabrás las cosas cuando haya que saberlas. Lo importante es que tu marido sepa para qué sirve la grasa de oca, no tú –contestó Gimena Du Maurier con la mirada fija en el bordado de flores que estaba realizando, un poco sonrojada.
Cuando, más tarde, Mariana se encontró sola en su cuarto con Génesis, la esclava le contó lo que había podido descubrir.
–Dice Dotty que la primera vez duele muchísimo y que la grasa de oca se unta en… en… bueno, ahí –señaló con el dedo el lugar entre las piernas– para que sea más fácil, pero que aun así… Te han dejado una botella de whisky escondida debajo de la cama y como tú entrarás al cuarto antes que él, podrás beberte un buen vaso. Dotty dice que te lo bebas de un trago, sin pensar, y así todo será más llevadero.
–¿Tan horrible y doloroso es? –preguntó Mariana compungida.
–No lo sé, yo nunca lo he hecho, señorita.
–Oh, por Dios… –la joven no era capaz de pronunciar ni una sola palabra más. Estaba aterrorizada, especialmente porque pensaba que Pablo Robilard disfrutaría de lo lindo haciéndole daño, ya que no era más que un desalmado. Esa tarde venía la modista para hacerle la última prueba del vestido y Mariana no deseaba otra cosa que dormirse y despertar la mañana siguiente a su boda.
Su madre, Génesis y el resto de las criadas no pudieron contener las lágrimas al verla vestida de novia y eso que el vestido, según la modista, aún no estaba completamente listo. Faltaba coser el cinturón de incrustaciones de cristal. “En Charleston no se ha visto nunca un vestido más bonito que este”, dijo Mimi Olsen, la modista, y sabía lo que decía pues ella era la encargada de hacer los vestidos de novia de todas las señoritas de la ciudad. Se habían utilizado once varas de seda para confeccionar la falda, que caerían en cascada sobre el miriñaque más enorme que se había visto nunca en Carolina del Sur. “Puede que se case para tapar una deshonra”, había dicho el señor Du Maurier, “pero la boda será tan escandalosamente cara que haremos olvidar ese pequeño detalle a todo Charleston”.
Dos noches antes de la boda, Pablo Robilard había sido invitado a cenar nuevamente en casa de los Du Maurier y asistió sin demasiado entusiasmo. Llegó a caballo, desde la ciudad, y vino acompañado de sus tres perros de caza, tal y como era costumbre entre los terratenientes del sur, que no se movían sin su caballo y sus perros. Mariana lo vio llegar desde la ventana de su habitación y cuando apareció por el recodo del camino se le encogió algo en el pecho. Era tan alto y le quedaban tan bien los pantalones de montar y aquella chaqueta larga color burdeos. ¡Maldito! Ojalá fuese horrorosamente feo.
Cuando bajó por la escalera de caracol, Prescot, el mayordomo, ya había abierto la puerta y sus padres y su hermano saludaban a Pablo. Ella se unió al saludo y recibió el seco besamanos de costumbre, pero al enderezarse él de nuevo, su mirada y la de Pablo se cruzaron un instante y ella contuvo la respiración. ¡Él parecía tan enfadado!, pero ella no había hecho nada para enfadarlo. No había hecho nada… aún.
Pablo Robilard se puso furioso en cuanto vio bajar a Mariana por la escalera. Aquella era una ocasión normal y corriente y ella se había vestido como si fuese a un baile de etiqueta. ¿Acaso creía aquella muchachita que por lucir hermosa él iba a caer a sus pies? Llevaba el pelo suelto, ondulado y sedoso. Le caía suavemente sobre los hombros y lo había sujetado con una cinta violeta que hacía juego con el estampado floral del vestido. El escote dejaba ver una piel blanquísima y su talle no era mucho mayor que el musculoso antebrazo del propio Pablo. Si él no supiera cómo era ella, hubiera caído subyugado ante aquella visión encantadora. Pero sabía cómo era, de manera que por muy bonita que se vistiese, él no caería en sus redes.
Cuando salieron solos a la terraza, tras la cena, el silencio volvió a reinar entre ellos. Esta vez, la madre de Mariana ni siquiera los vigilaba. Pablo fumaba un puro y parecía realmente enfadado. Harta de ese juego, ella lo miró fijamente a los ojos, armándose de valor, y le preguntó:
–¿Siempre es usted tan terriblemente maleducado? Tiene la rara cualidad de hacer que el que está a su lado se sienta incómodo. Dígame, ¿es siempre así? –ella, cuya estatura no superaba el metro cincuenta y cinco centímetros, lo miraba desafiante, con su barbilla alzada. La luz que se filtraba a través de los cristales la favorecía. Sus ojos brillaban furiosos, y Pablo se maldijo por encontrarla tan bonita.
–Sólo soy desagradable cuando la compañía me desagrada –dijo él con una mueca entraña en los labios.
–Oh, bueno, pero eso tiene fácil solución –le respondió ella, y dio media vuelta para alejarse de él. Pablo la tomó de la muñeca para impedir que se fuera y ella emitió un gemido de sorpresa.
–¿Te gusta tener la última palabra, verdad? Pues no creas que te voy a permitir que me dejes plantado con dos palmos de narices –le dijo él desde tan cerca que ella pudo percibir el olor de su colonia. Se dio cuenta de que la tuteaba y, por algún extraño motivo, eso hizo que le temblaran las piernas.
–Sólo quería evitarle la causa de su mal humor. Si mi presencia es la que lo pone en ese estado, es muy fácil: me voy –dijo ella, altanera–. ¿O es que se cree que me muero por compartir la velada con usted? –la mirada de él se volvió oblicua y su sonrisa no era más que una mueca cínica.
–Pues te espera una larga condena… Deberás compartir conmigo todas las veladas del resto de nuestra vida –murmuró él, más cerca de ella de lo que se consideraba decente. La joven empezó a respirar con dificultad.
–Apártese de mí o gritaré –le comunicó Mariana furiosa. Él, para ponerla a prueba, dio un paso y se acercó más aún. Inclinó la cabeza como si fuese a besarla.
–Vamos, grita –le dijo él.
Mariana se dio cuenta de que la ponía a prueba y de que si claudicaba, habría perdido terreno con él, que nunca más se tomaría en serio sus amenazas, de modo que decidió gritar, pero algo debió de ver Pablo en ella, la determinación de llevar a cabo lo que dijo que haría, pues la mano de él le tapó la boca de inmediato y el grito murió en la garganta de la joven. Él frunció el ceño, como si no se creyera que ella iba a ser capaz de hacerlo. Estuvo así, con la mano sobre su boca, más tiempo del necesario. Cuando se dio cuenta, tenía a Mariana estrechada contra su cuerpo y la asía fuertemente por el talle.

Hola percha como estas? Paso a comentar tu nove rapidito ya que estoy desde el cel, pero no podia no comentar como me rei en estos cap jaja me encanto¡
ResponderEliminar1) según lo que lei mariana dice que pablo ni hablo en la cena no? Q paso casi x mal educado ahora me pregunto ella no hizo lo mismo? Jajaja contestaba cuando le preguntaban algo nada más o es que en el hombre nomas queda mal?
2) MORI con la conversación de la grasa de oca jajaajaja! Pobre mariana la dejaron aterrorizada! Esta bien que pablo no demuestra ser muy amable pero tampoco para que piense q la va lastimar al proposito si la ayudo con lo del pie! Jaja
3) ,y el otro que se enoja porque es hermosa y le puede jahaja al igual que el a ella me gustaria q mariana le pregunte x algunos de sus pretendientes a ver como reacciona pablo! Jajaj xq tengo que reconocer que le sacaria algo en cara pablo x tener que casarse con ella y dentro de todo esta aceptando todo "bastante bien"
4) me hubiera encantado que mariana grite para ver que idea se le iba a ocurrir jajaja mi futuro marido con el cual me caso en 2 dias se me acerco mucho o me quiso besar? o algo asi? Jajaja o eso tbn esta prohibido? Jaja si ya en la habitación le prepararon la grasa de oca para la noche de bodas y ella queriendo gritar xq se le acerca jajaja lo que si un bajón si en la noche de bodas estan los familiares en la casa jaja pero bueno no pasa nada xq me parece que ni al beso llegamos ni uno de los dos va ceder son igual de orgullosos es más no creo que compartan la misma habitación si todo sigue asi jaja aunque el final me da esperanza :D todo depende de pablo y eso me da miedo xq no confio en el y a mariana sobre q no va ceder la dejaron aterrorizada con la grasa de oca jajaja
Bueno percha espero ansiosa el proximo cap besos!
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarLos dos están muertos d amor y no lo saben reconocer!!!!
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