viernes, 7 de febrero de 2014

Capítulo 12 : "Pasión en el siglo XIX"



Holaa hoy les dejo un capi mas largo de lo comun porque tuve un error de numeros y para no corregir todo ajaja uni dos capis, pero bueno espero que les guste, besos


CAPITULO 12:

La soltó entonces, apartándose de ella como si su contacto quemara.
–No eres un caballero –dijo ella, tuteándolo por primera vez–. Te comportas peor que los jornaleros del campo. Espero que no seas así de brusco en… –ella había pensado en alto y quiso morirse de la vergüenza cuando se dio cuenta del tema que había sacado a la luz. 
Él la miró, comprendiendo a qué se refería, y soltó una carcajada que hizo que Mariana se sintiera más ridícula de lo que ya se sentía.
–De modo que la jovenzuela piensa en la noche de bodas, ¿eh? –volvió a soltar una carcajada–. Apuesto a que te han contado cosas horribles, te habrán dicho que es un martirio, que el dolor es insoportable… –él vio el rostro compungido de la joven y se dio cuenta de que eso era exactamente lo que le habían contado.
–Un caballero no habla de esos temas en presencia de una dama. Eres un libertino, un bárbaro, un… –ella se calló al escucharlo nuevamente reír.
–El tema lo sacaste tú, querida –le recordó Pablo. Ella ahogó una exclamación.
–Imagino que te estás divirtiendo con esto, ¿verdad? Encuentras un placer especial en hacerme sentir mal. No entiendo por qué me odias. Yo no te he hecho nada. También tú a mí me resultas insoportable, pero no por eso trato de hacerte sentir mal, en cambio tú… –la mirada de él se volvió tan turbia y amenazadora que ella dejó de hablar. 
Cuando Pablo la escuchó decir que él le resultaba insoportable, algo se removió en su interior, una furia ciega y salvaje. ¿Que no lo soportaba? Maldita sea, si había consentido aquel matrimonio para limpiar el honor de la muchacha, un honor que ni siquiera había mancillado de verdad.
–Sí –declaró él–, encuentro una especial satisfacción en hacértelo pasar mal –dio un paso hacia ella y trató de besarla con furia, pero Mariana retrocedió y como Pablo la sujetó por una muñeca para que no se escapara, ella levantó su pequeña mano y lo abofeteó tan fuerte que dejó sus cinco dedos marcados en el rostro del hombre. La sorpresa de él fue mayúscula.
–Dentro de dos días me casaré contigo y me veré obligada a hacer cosas que no deseo, pero aún no soy de tu propiedad, señor Robilard, así que ni se te ocurra tocarme –ella dio media vuelta y se disponía a entrar en casa cuan él volvió a sujetarla, esta vez por los hombros, y la empujó hasta que su espalda quedó contra la fachada de la hacienda.
–Podría besarte ahora mismo si me diera la gana, pero no lo hago porque no me apetece, ¿o crees que soy como ese grupo de imbéciles que te rodean en todas las fiestas? Habría que bautizarlos como “Los cuarenta idiotas de Charleston”. No, querida, yo no te deseo más de lo que tú me deseas a mí, así que no me trates como si me muriera por tus besos. El mundo está lleno de mujeres hermosas y complacientes –le espetó.
–También está lleno de hombres guapos y complacientes –le dijo ella elevando tanto la barbilla que le dolía el cuello. Lo miró, con los brazos en jarras–. Oh, sí, me has oído perfectamente. Humíllame públicamente tras nuestra boda teniendo amantes y por Dios te juro que sabrás quién es Mariana Du Maurier –dio media vuelta, entró en la casa y logró dejarlo sin palabras. 
Pablo Robilard se quedó allí parado, en la terraza de Las Magnolias, tan sorprendido que no pudo ni pestañear durante varios segundos. Repasó mentalmente las últimas palabras de ella y comprendió lo que implicaban, ¿acaso ella lo estaba amenazando, acaso sería capaz de tener amantes si él le era infiel? ¿Los Du Maurier no la habían educado para comportarse como una señora? Pues ese comportamiento era más propio de una bribona de las calles. Él iba a enseñarle que nadie amenazaba a PAblo Robilard y menos con algo de ese calibre. Por Dios que le enseñaría a esa mocosa quién era él. Entonces dio tal puñetazo sobre una de las columnas de la terraza que sus nudillos comenzaron a sangrar.
–¿Qué te ha pasado en los nudillos? –preguntó Soledad Robilard a su hermano. Él se los miró sin darle demasiada importancia.
–Nada. Un pequeño golpe –Pablo la miró. Llevaba un hermoso vestido verde y el cabello negro recogido con una sencilla cinta–. No sabes cuánto te agradezco que me acompañes en un día como hoy –Soledad  había accedido a asistir a la boda de su hermano, por eso se celebraría en los jardines de la casa de los Robilard, pues sería más difícil y humillante para ella que la llevasen en brazos hasta la iglesia. El Tío Willy era quien iba a depositarla en su silla antes de que llegaran los invitados.
–Por ti lo que sea, hermanito, ya lo sabes –el rostro de la joven reflejaba preocupación. 
Su hermano se mostraba como un bloque de hielo y ella sabía que era lo suficientemente testarudo como para mantener esa actitud ante su matrimonio durante meses. Con lo fácil que sería admitir que Mariana le gustaba, a pesar de todo, y si la muchacha se mostraba esquiva, él sabría cómo conquistarla, pero aquel maldito orgullo le impedía hacer las cosas bien. Pablo nunca olvidaría que Mariana había coqueteado con el joven Colbert delante de sus narices después de haber coqueteado con él. Fingía que no lo recordaba, pero Soledad estaba segura de que recordaba el episodio a la perfección y de que era precisamente eso lo que lo hacía comportarse de aquella manera absurda.
Tío Willy, un mulato enorme de casi sesenta años, pero la mentalidad de un niño pequeño, llamó a la puerta del cuarto de Soledad  y asomó su blanca y rizosa cabeza para preguntar con una enorme sonrisa si ya podía bajarla al jardín.
–Claro, Tío Willy. Estoy lista –el hombretón la tomó en brazos como si Soledad no pesara más que una pluma y la bajó por la escalera de caracol con sumo cuidado, cruzó el hall, salió al jardín hermosamente decorado con hileras de sillas blancas, adornadas con gladiolos, formando un improvisado pasillo hasta el altar y sentó a la joven en el lugar de honor, muy cerca de la pérgola bajo la cual se darían el “sí, quiero” su hermano y Mariana . El vestido de Soledad era de un hermoso estampado en tonos verdes y su miriñaque, especialmente confeccionado para ella, era mucho más pequeño de lo habitual para que fuese más fácil estar sentada y ser llevada en brazos, ya que los enormes miriñaques que estaban de moda en la época imposibilitaban que nadie se acercase a las muchachas a menos de medio metro (se dice que la función primordial de tal moda era hacer imposible que los caballeros se acercasen más de lo que requería la decencia).
Los invitados comenzaron a llegar pasadas las once de la mañana y fueron entrando al jardín y ocupando los diferentes asientos tras ser recibidos por los tres hombres de la casa: Francisco Robilard, Matias y Pablo. Todos esos invitados se acercaban a saludar a Soledad con mucho cariño, pero esas muestras le parecían a la joven más de lástima que de otra cosa y la hacían sentirse mal, con deseos de que la boda finalizara y poder refugiarse, o mejor dicho: esconderse, en su cuarto.

Todo estaba listo para la entrada de la novia. La buena sociedad de Charleston esperaba ansiosa la aparición de la señorita Du Maurier, la joven más codiciada y con más pretendientes del condado, la protagonista del último gran escándalo, aquella niña mimada de la ciudad que se había visto envuelta en una situación extremadamente comprometida con uno de los jóvenes más disolutos de Carolina del Sur: el señor Robilard, aquel hombre que tantos recelos levantaba por haber vivido largo tiempo en el norte, entre los yanquis.
Pablo iba vestido de oscuro, impresionante con su traje, que lo hacía parecer más alto y atlético. Todos los ojos estaban puestos en él, pues sabían lo mucho que les había costado a los Du Maurier convencerlo de que se casara con Mariana . El rostro de él era duro e inexpresivo, pero cuando la vio entrar vestida de novia no pudo más que abrir la boca, asombrado. De hecho, los invitados de las primeras filas supieron que la novia había salido al jardín antes de que sonara la música de los violines, y lo supieron por el murmullo de admiración de los primeros que la vieron. Pablo se dio entonces la vuelta y vio aquella aparición cubierta de metros de seda blanca, con un miriñaque que la hacía parecer una muñeca y el hermoso pelo recogido, lo que hacía posible ver el cuello esbelto, elegante y muy sensual. Su padre la condujo hasta el altar y el que iba a ser su marido no pudo apartar los ojos de ella, en cambio Mariana no se veía capaz de mirarlo frente a frente. Saber lo que él pensaba era más de lo que su orgullo podía soportar. Casarse con alguien que la tenía en tan baja consideración y que incluso días antes de la boda declaraba que había demasiadas mujeres bonitas y complacientes en el mundo como para reparar en ella era algo que le arañaba el pecho como las zarpas de un tigre. 
Se fijó en los invitados y observó los rostros apagados de algunos de sus pretendientes, los que de verdad sentían por ella algo más que un simple hechizo pasajero. También vio alguna mirada de envidia en las muchachas que admiraban su vestido y después vio aquella otra mirada, una mirada que no supo descifrar: la mirada de Rocio Deveril, oscura, rencorosa, fija en ella como la de un ave rapaz en su futura presa. Llegó entonces a la altura de Pablo, que recibió su mano, ofrecida por el señor Du Maurier, y el resto de la ceremonia se desarrolló como una nebulosa en el recuerdo de la joven. No supo cómo fue capaz de asentir en los momentos en los que tenía que hacerlo, ni cómo pudo evitar salir huyendo de allí, que es lo que realmente deseaba hacer, pero la realidad es que cuando quiso darse cuento el reverendo los declaraba marido y mujer y los aplausos comenzaron a sonar a sus espaldas. Recordaba todas las bodas a las que había ido. El novio siempre daba un cándido beso en la frente de la contrayente en ese instante. Pablo  también cumplió con ese requisito, como con todos los demás, pero lo hizo con una frialdad que llevó a Mariana casi hasta el llanto.
–¿Te has fijado en Mariana ? –le preguntó Mary Elizabeth Robertson a Rocio Deveril–. Está emocionada. ¿Crees que se habrá enamorado de él? –Rocio Deveril no pudo evitar un gesto de desprecio al responder.
–No sé si ella estará enamorada, pero desde luego él preferiría estar en cualquier otro lugar antes que aquí, eso es evidente –dejo ella con muy mal humor. Había estado a punto de no asistir a la boda, le resultaba insoportable imaginarse a Pablo casado con otra mujer, pero si además esa otra mujer era Mariana Du Maurier, el dolor se intensificaba y se unía a la rabia. ¿Por qué tenía que ser precisamente ella… Ella, que podía tener a todos los hombres del condado? ¿Por qué PAblo tuvo que rescatarla del accidente del carruaje y comprometerla?
Todo transcurrió como en un sueño. Mariana nunca lograría recordar con exactitud cómo había sido su boda, pues sólo su cuerpo estaba presente en la ceremonia, el banquete y el baile posterior. Su cerebro, su corazón y su alma estaban a miles de kilómetros de distancia. Lo que sí recordaba es que cuando la estaban ayudando a vestirse varias de las esclavas de la familia, su madre le había preguntado: “¿Estás contenta?” y a ella le había parecido un insulto aquella pregunta. Por supuesto que no era feliz. Por supuesto que no estaba contenta.
 Todos la tenían por una pobre idiota que sólo con llevar un vestido bonito alcanzaba el cielo, como si nada en el mundo importase aparte de eso, como si ella no tuviese cerebro para nada más. ¿Por qué opinaban así? ¿Acaso les había dado motivos para que tuviesen una opinión tan pobre de ella? Su madre había creído que aquel impresionante vestido borraría todo lo demás: el hecho de que su hija fuese la primera de la familia en ser el centro de un escándalo o que casi habían tenido que suplicarle a PAblo Robilard que se casara con ella. Todo Charleston lo sabía y no había vestido, por hermoso que éste fuera, capaz de borrar todo eso, pero no se atrevió a decírselo a su madre. No quería preocuparla. Asintió sin mirarla, para que no descubriera que estaba mintiendo.
–¿Sabes por qué te llamamos Mariana? –le preguntó su madre. La joven lo sabía, pues ya se lo habían explicado miles de veces, pero su madre no esperaba una respuesta por su parte, sólo quería contar su historia otra vez–. Te llamamos Mariana porque en francés significa “amada” y cuando tu padre te vio recién nacida, tan pequeña y tan bonita, con esos enormes ojos , pensó que serías perseguida y amada por todos los jóvenes del condado, tal y como después ocurrió. “Amada”, pensamos entonces… ¡Qué bonito nombre!, y más bonito aún en francés, en nuestra lengua –Mariana no quiso decirle que el francés no era su lengua, pues ella solo conocía alguna que otra palabra. Su madre continuó hablando–. Serás amada, hija mía. Tal vez él no te ame hoy, ni te ame mañana, pero te amará. No podrá evitarlo por más que luche contra ello, y es un hombre muy testarudo. Luchará hasta las últimas consecuencias, pero te amará. Confía en mí. He visto cómo te mira… –la joven si fijó en su madre. Gimena Du Maurier era una mujer extremadamente dulce y sensible, parecía que era inocente hasta el extremo de no darse cuenta de la mayoría de las cosas que ocurrían a su alrededor, pero tal vez eso no fuera así: tal vez sí se diera cuenta de muchas cosas y simplemente se hiciera la despistada. Había comprendido, por ejemplo, que el gran pesar de su hija era casarse con un hombre que no la amaba y al que ella no amaba, pues había sido cortejada por decenas de caballeros y siempre imaginó para sí misma una boda de ensueño con una especie de príncipe azul que la adorase. Las circunstancias, en cambio, la habían llevado a aquella situación.
En esto pensaba Mariana cuando la orquesta comenzó a tocar el vals y PAblo la tomó de la mano para llevarla al centro de la pista que habían improvisado en los jardines de la casa familiar. Mariana , qué ironía de nombre. Su madre aseguraba que algún día sería amada, pero a ella esa ilusión le pareció un imposible. Nunca nadie la amaría de verdad, quizás la amara de lejos, pero sin la posibilidad de acercarse a ella, pues estaba casada con un hombre que la despreciaba y ese era el sentimiento con el que debería vivir el resto de su vida: el desprecio de su marido. Salió de su ensimismamiento al sentir la fuerte mano de Pablo asiéndola por el talle y acercándola a él de manera casi indecente. Los ojos de las damas que observaban a la pareja se abrieron desmesuradamente y algún que otro caballero un tanto libertino mostró una sonrisa comprensiva: ¿quién, si estuviese en el lugar de PAblo, no estrecharía contra sí a aquella deliciosa criatura más allá de los límites de la decencia?
Mariana trató de alejarse de él, pero no pudo pues la firmeza de los brazos de PAblo la tenían sujeta con fuerza. “Sé que has encargado el miriñaque más enorme de todo Charleston para que me mantenga lejos de ti, pero conviene que sepas que nada de lo que hagas me mantendrá lejos si lo que quiero es estar cerca”, le susurró él, mirándola fijamente a los ojos. El cuerpo de ella tembló entre sus brazos. No podía negar la atracción que sentía por Mariana en esos momentos, aunque se despreciaba por ello. Aquella muchachita se engalanaba con la clara intención de atraerlo y manipularlo, como hacía con todos sus pretendientes, y él era tan imbécil de caer en su juego y no poder evitar aquella maldita atracción. Pero lucharía contra ella, lo haría hasta las últimas consecuencias. Él no sería uno más de los títeres de Mariana .
–Haz lo que te plazca –dijo ella con un tono derrotado que a él le extrañó. Estaba cansada, sólo quería que todo terminara de una vez, dejar de ser el centro de atención. Le dolían las mejillas de tanto fingir una sonrisa constante. Vio el ceño fruncido de él, incluso en medio de aquella tristeza, y del malestar, y del deseo de desaparecer de la fiesta, él la hacía temblar como ningún otro hombre antes y se odió a sí misma por ello. ¡Debía detestarlo tanto como él la detestaba a ella y no dejarse llevar por su atractivo viril! Sus labios comenzaron a hormiguear en el mismo instante en que Pablo posó sus ojos en ellos. Se sonrojó intensamente y dio un pequeño traspiés, pero él, como experto bailarín, salvó la situación asiéndola tan fuerte contra su pecho que notó la respiración entrecortada de la joven.
–Por supuesto que lo haré… y no falta demasiado para ello. Quién sabe, tal vez a ti también te plazca –le respondió él, con una sonrisa que no le llegó a los ojos, fríos y duros como el hielo mientras la observaba. Mariana e bajó la mirada y fingió no comprender las implicaciones de aquel comentario. A ella nunca le placería nada de lo que él le hiciese en la cama. Era bien sabido que sólo las mujerzuelas disfrutaban en tales circunstancias. Las damas, jamás.

4 comentarios:

  1. K cuca k es Gimena ,sabe bien como se siente su hija,y con sus palabras parece calmarla.
    espero k Soledad y Mariana sean muy cómplices,eso sería buen punto para k Pablo dejase tanto rencor hacía ella.
    Los dos dicen odiarse ,pero en el fondo sienten más d lo k creen.
    No termino d leer ,y ya ansío el/los siguiente/s.
    Besos

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  2. Hola percha! como estás?
    acá paso a comentar rapidito la nove antes de ponerme a estudiar otra vez...
    y de paso va mi queja un Jum! para mar (aunque un jum chiquito) jajaja por que? te preguntaras, ahi va..
    Pablo es un reconros, orgulloso y sobre todo Celoso!jaja pero Mariana es mucho más orgullosa que pablo..
    él al menos tiene "motivos" básicamente celos por coquetearlo a el y al otro al mismo tiempo jaja
    pero el unico motivo de mariana es su orgullo, ella siempre fue el centro de atención y esta acostumbrada que todos los hombres la admiren la amen etc, y pablo bien clarito le dijo que el no va ser asi ( aunque sabemos que se muere por ella)
    Pero esta mar por ahi me enoja es muy egoista se queja de que pablo no sea como los otros, encima que el acepto casarse con ella para limpiar su honor ella todavia ofendida y no da el brazo al torcer.
    Que dentro de todo el pobre trata de quedar bien ante lo demas "cumpliendo con los requisitos" y ella se queja porque el beso fue frio wtf?
    que esperaba besoso tiernos halagos, admiración? cuando ella ni siquiera trata de ser amable con el, y no ir al menos al choque todo el tiempo y para colmo la ultima vez no se despidieron muy bien que digamos...
    por lo que veo quiere que pablo le ame sin que ella mueva un dedo...
    Pero ME PUEDE!!! me da tristeza verla tan triste, tampoco es justo,pero ni modo ni como ayudarla, jajaja.
    Pablo, frio, rencoroso, y todo lo que quieran HASTA AHORA se re porto!! aprovecho cada momento, y no dejo de admirarla en silencio como las quejas de ella jajaja, esta que necesita mas balde para la baba, jjajaaj y mar triste? ni siquiera lo mira, jum jum no me gusta!
    ademas hasta el pobre si ella no fuera tan orgullosa podria ver como aflojo y le dio una super declaración
    " conviene que sepas que nada de lo que hagas me mantendrá lejos si lo que quiero es estar cerca”, el muy frio se esta derritiendo y pese a que no la "aguanta" le esa comentando que va haber noche de bodas! jajajaj
    con la confirmación final
    "Por supuesto que lo haré… y no falta demasiado para ello. Quién sabe, tal vez a ti también te plazca" jajaj..
    algo es algo que ponga su parte también ella
    Lo que si me GUSTO MUCHO!! es que todos los envidiosos los vean especialmente Rocio y aunque no lo menciono espero que gastón también..
    ahora al final

    Era bien sabido que sólo las mujerzuelas disfrutaban en tales circunstancias. Las damas, jamás. (creo que le falto el signo de pregunta al final) jajaja :p
    bueno percha espero que subas pronto ya sabes avisame y acá estoy haciendome un tiempito
    besos!!!

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  3. Al dia con la noveeee ya!!! Me encanta la historia y me intriga mucho como van a seguir las cosas a partir de ahora porque estos dos son dos bombas y juntos son peor jajaja
    Ya quiero mas noveeeeeeeeee...
    Espero q subas pronto... Besos q estes bien!!!! :D

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  4. porfa continua con la novela odio amarte :ccc

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