miércoles, 12 de febrero de 2014
Capítulo 16 : "Pasión en el siglo XIX"
Holaaa les traigo un solo capi, peroe s bastante largo espero que les guste, no se olviden de pasar por mi otro blog donde empezo la nueva adaptacion, besos
PD: Tambien pasen por el nuevo blog de Jess que empezo una adaptacion genial: novelaspablalis.blogspot.com.ar
CAPÍTULO 16
En un primer momento, Mariana había decidido no bajar a desayunar, pues no quería encontrarse nuevamente con Pablo, ni tampoco ver al resto de los Robilard, a los que imaginaba igual de crueles y desagradables que su marido. Pero eso fue en un primer instante. Después comprendió que si había un momento para ser valiente y orgullosa, era aquel. No permitiría que las burlas de Pablo la acobardaran. Bajaría con la cabeza bien alta, se sentaría entre la manada de lobos y ninguno de ellos la vería temerosa. No la aplastarían. El maldito Pablo Robilard no lograría aplastarla.
Génesis entró en el cuarto, expectante. No sabía cómo iba a encontrarse a su señora y la sorprendió verla con un brillo tan intenso en los ojos. La conocía lo suficiente como para saber que ese brillo no era de felicidad, sino de rabia, de modo que no le preguntó cómo había transcurrido la noche de bodas. Sería mejor esperar a que Mariana decidiera contárselo.
–Quiero ponerme el vestido azul de cuadros –le dijo a Génesis. Era un vestido muy original, confeccionado con una tela comprada en Baton Rouge, Luisiana, y tan de moda, que sólo ella en Charleston tenía un vestido como aquel, algo habitual, por otra parte, pues era una de esas mujeres que no seguían la moda, sino que la imponían.
La criada buscó el vestido en el armario y lo colocó sobre la cama. Espero a que Mariana se diera un baño y tuvo que esperar mucho, pues los criados de los Robilard no eran tan rápidos como los de los Du Maurier, o tal vez se debía a que la casa de los Robilard era mucho mayor, y el agua caliente tardó en llegar casi quince minutos. Tras el baño, Génesis la ayudó a vestirse: las medias, los pololos que hacían la función de ropa interior, el corsé que apretó hasta que Mariana casi no podía respirar, el miriñaque atado a la cintura con lazos de raso y finalmente las chinelas azules. Sin haberse puesto aún el vestido, se sentó en el tocador para que su criada la peinase. Como estaba casada, el pelo debía ir recogido. Ya no podía llevarlo suelto y cayéndole sobre los hombros.
–Hazme un recogido juvenil, Génesis, como el de aquella muchacha que vimos en Atlanta el verano pasado, ¿recuerdas? –dijo la joven.
La criada asintió y comenzó a peinarla. Mariana tuvo que reconocer que el resultado final era encantador, pues el pelo recogido hacía más visibles y llamativos los rasgos de su rostro, los ojos oscuros, los pómulos, y ponía de manifiesto que su cuello era otro de sus atractivos. Sonrió al verse en el espejo. Se levantó del tocador y permaneció de pie en el medio del cuarto mientras Génesis tomaba el vestido de encima de la cama. Comenzó a ponérselo por la cabeza y dejó que el organdí resbalase por su cuerpo hasta los pies. Finalmente lo abotonó en la espalda– ¿Qué tal estoy? –quiso saber.
–Está maravillosa, señora Mariana–dijo Génesis con la mirada llena de orgullo. Si bien aquella negrita no era una criada al uso, sí sentía, como el resto de esclavos de los Du Maurier, el orgullo de trabajar para una familia tan ilustre. En el caso de Génesis, a eso había que añadir que quería a Mariana más como a una hermana que como a un ama. La joven señora Robilard se encaminó entonces hacia la puerta del cuarto, alzó la barbilla, elevó el busto y se decidió a bajar a desayunar con su nueva familia con un gesto de desafiante orgullo en la mirada.
Los Robilard tenían la costumbre de ser muy puntuales, de modo que estar esperando casi veinte minutos para que Mariana bajara a desayunar les pareció una insolencia atroz, pero ninguno de ellos dijo nada y trataron de tomárselo con calma, pues la muchacha aún no conocía los horarios de la casa y probablemente en Las Magnolias los Du Maurier se levantasen más tarde.
Entró en el comedor cuando ya todos estaban sentados y el delicioso olor de su perfume de rosas y el frufrú de su vestido hicieron que la estancia se llenase de un aire nuevo, más alegre. Un negro escuálido y de grandes ojos verdes al que todos llamaban Welltom le apartó la silla para ayudarla a sentarse. Era imposible no rendirse ante la visión maravillosa de la joven.
–Buenos días –dijo ella. Todos le respondieron, a la vez que colocaban las servilletas en el regazo. Soledad miraba a Mariana embobada. ¡Cuánto había oído hablar de ella y nunca habían tenido tiempo de dedicarse más que un saludo! La había conocido en una fiesta en Las Magnolias, había ido acompañando a su hermano Pablo, y a pesar de que el atractivo arrebatador de Victorio Du Maurier la había dejado hechizada, también tuvo tiempo para observar a su hermana. Mariana tenía un año menos que Soledad, pero siempre se había oído hablar de ella en Charleston.
Cuando no era más que una niña, en las reuniones sociales ya se decía que de mayor sería muy hermosa y más tarde, en los bailes y las fiestas, cuando no podía asistir, aunque tenía quince años, por estar de luto tras la muerte de su abuela materna, Vagness Roix, ya los jóvenes suspiraban por ella. Tres meses atrás había debutado en sociedad y no había otro tema de conversación en toda la ciudad que Mariana Du Maurier, su maravilloso cutis, su naricilla respingona, su brillante pelo negro, los vestidos exclusivos que lucía, la cantidad de pretendientes que la rondaban en las fiestas e iban a visitarla a Las Magnolias. No era la muchacha más hermosa de Charleston ni mucho menos, pero su sensual atractivo de gata dejaba mal paradas a otras jóvenes cuyas facciones eran más parecidas a las de las estatuas griegas.
–En esta casa se desayuna a las ocho en punto, se come a las doce en punto y se cena a las siete en punto. Ni un minuto más, ni uno menos –dijo Pabli sin mirarla siquiera y con un tono tan duro que su familia se sorprendió. Mariana lo ignoró por complejo y su disculpa fue dirigida al padre de Pablo.
–Lo siento muchísimo, señor Robilard. En Las Magnolias desayunábamos a las nueve y media y, tonta de mí, no me di cuenta de preguntar los horarios de esta casa. No volverá a ocurrir –Mariana mintió para guardarse las espaldas.
En realidad, siempre llegaba tarde a todas partes, pero se juró a sí misma que su maldito marido no volvería a ponerla en un aprieto por la impuntualidad. A partir de ese momento se cuidaría de cumplir con los horarios.
–Querida, por favor, no te disculpes por esa tontería –dijo el anciano, dedicándole una sonrisa a su nuera y una mirada glacial a su hijo Pablo.
–No permitiré esto, Pablo. Te hemos permitido muchas excentricidades, pero por Dios que mientras vivas en esta casa te comportarás como un caballero con tu esposa, aunque no seas tal caballero, y la tratarás como lo que es: una dama –era la primera vez que Mariana escuchaba a Matias, el hermano mayor de Pablo.
Se parecían enormemente, pero Matias no tenía ese toque canalla que hacía a Pablo tan arrebatador. Era un caballero y, como tal, a sus movimientos les faltaba la vivacidad y el brío de los de su hermano, mucho menos interesado en mantener las formas. Había oído hablar de él por la ciudad. Se dedicaba a la política, aunque ese era un tema en el que nunca se le había permitido participar a la joven y no sabía a qué partido pertenecía o qué ideas eran las suyas, aunque imaginó que sería un sureño leal, un patriota, y sus ideas no podían ser muy diferentes a las de tantos sureños patriotas que ella conocía, sus amigos y vecinos. La mirada que los hermanos se dirigieron demostraba la mala relación entre ambos.
–Tenemos ideas muy diferentes de lo que es un caballero, Matias, y de todos modos no tendrás que soportarnos mucho tiempo. Pronto abandonaremos esta casa –Mariana no sabía si su marido se refería a que en un mes aproximadamente emprenderían su luna de miel a Saratoga, el destino de moda en la época, o a que construiría una casa para ellos.
Ninguno de los hermanos dijo ni una palabra más del asunto. Soledad, en cambio, trató de salvar la situación, pues nunca había soportado las tensiones en la mesa.
–¿Tienen algún plan Pablo y tú para hoy, Mariana ? –le preguntó a su cuñada.
–No –se apresuró a responder la joven con una sonrisa e ignorando completamente a su marido.
–Quizás quieras acompañarme al jardín, entonces. Hace un día tan bonito… Pablo suele leerme en el jardín muchas veces. Me encantaría que también tú me leyeras algo que te guste –la joven trataba de congraciarse con su cuñada. Le caía bien de una forma instintiva, no sólo porque fuese la hermana de Victoro y él le hiciese latir el corazón hasta casi salírsele del pecho, sino porque adivinaba una fuerza en ella, una decisión, que le resultaba admirable.
–¡Oh! –dijo Mariana sin pensar antes de hablar– pero es que no hay ninguna lectura que me guste. No he leído un libro en mi vida –todos sin excepción levantaron la mirada de sus platos y la clavaron en ella con expresión de incredulidad. Ella lo notó y hubiese dado media vida por dar marcha atrás y no haber dicho lo que dijo. Los Robilard eran famosos (y extraños, pues eso no se estilaba en el sur) por su amor a los libros. Esa confesión por su parte haría que la tomaran por una idiota y le daría a Pablo munición para seguir burlándose de ella. Trató de arreglar su metedura de pata, pero lo empeoró más aún–. Es que en Las Magnolias no hay libros y nunca he visto con un libro entre las manos a nadie, ni a mi familia, ni a nuestros vecinos… A nadie –la mirada burlona de Pablo la hirió profundamente. ¿Qué se creía ? En muchos aspectos era superior a él. Sería capaz de llevar sola la hacienda de su padre, miles de acres y casi doscientos esclavos. Él no podría hacerlo ya que nunca se habían dedicado al algodón. Montaba a caballo tan bien o mejor que él, pero la maldita moral de la época la obligaba a no demostrar sus habilidades para que los caballeros no se sintieran cohibidos. Había muchas cosas que seguramente hacía mejor que él, así que no comprendía a qué venía esa manía de leer libros. Ninguno de sus conocidos leía y eran perfectamente felices, mantenían sus fortunas, llevaban una vida digna… ¿Para qué servían los libros?
–Vaya, cuánto lo siento –dijo Soledad entristecida, como si Mariana se hubiese perdido algo por no haber leído un libro–, ¿es que no has ido a la escuela?
–¡Cómo no iba a ir a la escuela! Claro que sí. Fui hasta los quince años a la Academia Femenina Leflerc, pero allí nadie me pidió que leyera un libro –explicó ella. Las jóvenes consideraban completada su educación al llegar a los quince, pues entonces eran presentadas en sociedad y comenzaban a buscar marido.
–¿Y qué les enseñaban allí? –quiso saber Soledad, verdaderamente interesada, pues ella había sido educada en casa por un profesor francés, Monseur LePen, que le obligaba a leer al menos tres libros al mes y a estudiar historia, geografía, literatura, matemáticas y, por supuesto, francés.
–Cómo comportarnos, cómo arreglarnos, qué hacer y qué no hacer nunca e incidían mucho en los rezos. He leído La Biblia… ¿cuenta eso como un libro? Si es así, puedo decir que al menos he leído uno –dijo Mariana con una inocencia que encandiló a todos los Robilard excepto a su esposo, que intervino en la conversación para mortificarla.
–Por eso los Robilard siempre nos hemos educado en casa, porque las academias no enseñan nada de provecho –miró fijamente a Mariana con ojos furiosos y altaneros–. Soledad, por ejemplo, habla perfectamente francés, toca el piano, ha estudiado arte, literatura, matemáticas, historia, geografía…
–Yo no tengo ese tipo de conocimientos –lo cortó Mariana –, sin embargo tengo otros. Cuando mi padre se puso enfermo y mi hermano estaba en West Point, yo sola llevé la plantación durante más de un año y los beneficios fueron muy cuantiosos. Disparo y monto a caballo tan bien como cualquier hombre, aunque con la mayoría tenga que disimular para no hacerlos sentir incómodos y… –la carcajada de Matias Robilard hizo que se callara. ¡Quién iba a imaginar que aquella joven de exquisita delicadeza y feminidad tuviera cualidades tan… masculinas!
–Me alegro inmensamente, querido Pablo, de que hayas encontrado la horma de tu zapato –dijo, mirando burlonamente a su hermano–. Ahora, señoras y señores, debo irme. No quiero llegar tarde al despacho –Pablo lo miró también con sarcasmo.
–No te respondo, hermano, porque sería demasiado fácil humillarte y hasta yo tengo mi corazoncito y no quiero abusar –Desmond apretó los puños, inclinó la cabeza como despedida y salió del comedor. Los demás terminaron de desayunar en absoluto silencio.
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Ya amo a Matía s y a Soledad.
ResponderEliminarK borde k es Pablo .
Jajajaja,la horma d su zapato ,y no sabe Pablo como le va a apretar ese pequeño zapatito.
Amo a Matías y a Soledad .
ResponderEliminarK borde k es Pablo .
Jajajja,la horma d su zapato ,y no sabe Pablo ,lo k le va a apretar ese pequeño zapatito
Me daba como no publicado .
ResponderEliminarEstoy segura k Mariana aprende rápido
Perchaa!!! hola como estás? Gracias por auspiciar mi nueva nove y por la ayuda en conocimiento respecto a los blog ajjajaj!!!
ResponderEliminarSabes que amo tu nove asi que aproveche y me pase un momento flash por acá.
AMO A ESTE PAR!! jajajaj
Ahora digo yo no decime que voy alcanzar a leer la luna de miel o cuando vayan a vivir solos! y que va ver escenas como el de la mañana ajajjajaj
mori de risa! ese despertar tan romántico! que termino con mariana arrojandole un jarrón a pablo!! jaajaj
Lo único que no me gusto es que tengan cuartos separados Jum! eso va complicar más las cosas espero que no, jajaja que sea solo apariencias para los de afuera...
No quisiera estar en el lugar de Gastón cuando pablo lo vea porque más ahora que mariana es suya... no creo le guste ni que la mire a mariana jajaja
Bueno percha espero más nove!!!
Besos!!! ;)
AHHHHHH TENGO GANAS DE MATAR A PABLO POR MOMENTTOS Y MUY MUUY LENTAMENTE!!!
ResponderEliminarPor dios es insoportable cuando se le antoja... ya quiero ver como lo lleva Lali pero q no se la va a hacer nada facil el !!!
Y Lali nada que ver a como la pintaban ellos jajaja tiene mas alma de hombre q de dama cuando quiere jajaja me imagino la cara de todos cuando hablaba de comportarse igual q los hombres jajaja
Espero leernos prontito... Besos q estes genial... :D!!!