Holaaa chicas, les dejo capi bastante larguito en comparacion con los anteriores espero que les guste, besos
CAPITULO 17
Soledad y Mariana estaban sentadas a la sombra de un sauce. La joven Robilard miraba a su cuñada con el ceño fruncido.
–Imagino que sabes que cuando Pablo te dice cosas odiosas no habla en serio. Él tiene un carácter muy difícil –le explicó.
–Sí las dice en serio, Soledad, no lo justifiques, y las dice con la única finalidad de herirme, pero no me importa, no me hace daño –mintió la joven–. Me considera inferior a él porque no me interesan las mismas cosas, pero no se da cuenta de que yo puedo despreciarlo a él por el mismo motivo –disimulaba tan bien su congoja que nadie hubiese adivinado hasta qué punto su orgullo había sido magullado por las palabras de Pablo.
–Ese es un argumento estupendo. Si algún día se pone altanero y quiere quedar por encima de ti, díselo –Sole sonrió–. Nunca lo había visto tan enojado. Consigues sacarlo completamente de quicio –volvió a reír, pero Mariana permanecía seria.
–Es triste, ¿sabes? Consigue sacar lo peor de mí e imagino que también yo saco lo peor de él. Pero dejémonos de cosas desagradables y cuéntame por qué te gustan tanto los libros –Mariana trató de animarse.
–Me gustan porque algunos de ellos ponen palabras a mis sentimientos. Los leo y pienso: “eso mismo siento yo, pero hasta que lo he leído no sabía explicarlo”. Otros libros me gustan porque me hacen viajar a épocas y lugares que son lejanos y me introduzco en historias que no podría vivir de otro modo. Me gustan, sobre todo, porque sin esfuerzo aprendo muchas cosas. Por ejemplo, me di cuenta de que estaba enamorada tras leer la descripción que hacía del amor Stendhal.
–¿Estás enamorada? –preguntó sorprendida Mariana –. ¿Puedo saber de quién? –Soledad se sonrojó hasta la raíz del cabello. No tenía tanta confianza como para confesarle a su cuñada que amaba de su hermano Victorio desde que lo conociera, dos años atrás.
–No puedo decirte quién es él –declaró con cierta tristeza en la voz–. De todos modos, él nunca se fijará en mí. Jamás nadie se fijará en mí.
–¿Lo dices porque no puedes caminar? Quizás algún día puedas volver a hacerlo y, además, eres tan bonita que cualquier hombre se enamoraría de ti –Mariana lo pensaba de verdad, pero se sorprendió al decirlo porque era la primera vez que sentía afinidad con otra muchacha además de Génesis. Comprendía a Soledad. Ella también tenía la sensación que nadie la amaría nunca y así lo dijo.
–Yo siento algo parecido. Nadie me amará nunca y estoy atrapada en un matrimonio con un hombre que me desprecia –Mariana , en esta ocasión, no pudo disimular su tristeza.
–¡No creo que Pablo te desprecie! Él… es complicado –podría explicarle a Mariana cómo le había afectado a su hermano verla coquetear con Gaston Colbert después de haber coqueteado con él, dos años atrás, cuando se conocieron en Las Magnolias. Podría explicarle que Pablo había quedado hechizado al verla y lo había herido en el orgullo y si algo no soportaba Pablo Robilard era sentirse humillado y manipulado y Mariana había tratado de hacer ambas cosas con él. Podría explicárselo todo y su cuñada entendería, pero Soledad no iba a decir ni una palabra, pues sabía que eso sería traicionar a su hermano. Él jamás se lo perdonaría.
La conversación entre las cuñadas se alargó una hora más y cuando finalmente Soledad quiso entrar en casa, Mariana fue a buscar a algún esclavo para que la ayudara. Pablo, que había estado observándolas desde el ventanal del despacho, salió al encuentro de su hermana cuando ésta quedó sola. Ella le sonrió al verlo acercarse.
–Debes prometerme que mañana te comportarás como un caballero –le exigió la joven. Pablo no comprendió esta petición–. Los Colbert vendrán a presentar sus respetos –era una costumbre sureña que la luna de miel comenzase un mes después de la boda, pues a lo largo de ese mes, los recién casados recibían las visitas de los vecinos, que venían a felicitarlos por el enlace, y también eran invitados a múltiples recepciones en su honor. Para Pablo, el hecho de que fuesen los Colbert los primeros vecinos en visitarlos era peor que recibir una puñalada. No iba a comportarse como un caballero. No iba a comportarse en absoluto. Si a ese imbécil se le ocurría pisar su casa…
–Si Gaston Colbert pisa esta casa, lo echaré a patadas –rugió Pablo con los ojos inyectados de furia. Soledadd abrió la boca con gesto horrorizado.
–Eres un loco… ¡Gaston Colbert no te ha hecho nada para que lo odies así! –dijo la joven, consternada, temiendo lo que su hermano sería capaz de hacer.
La culpa no era de Gaston Colbert y Pablo lo sabía. La culpa era de Mariana , pero aun así él no podía evitar odiar a Gaston.
Pablo no quería reconocer ni siquiera ante sí mismo el motivo de ese odio o del rencor que sentía por su esposa. Era demasiado humillante reconocerlo, pero la verdad es que todo había comenzado dos años atrás.
Victorio Du Maurier y Pablo Robilard empezaron a coincidir en el casino de Charleston, en el burdel de Sol Delclos, en las casas de algunos conocidos comunes y se hicieron amigos. Pablo había llegado hacía meses de su larga estancia en el norte y se encontraba fuera de lugar en su ciudad. Sólo con Victorio fue capaz de hablar de política sin tapujos y, a partir de ahí, compartieron otras muchas aficiones. Victorio era más conservador que Pablo, podría decirse que era más sureño, pero ambos eran inteligentes y críticos con la sociedad en la que les había tocado vivir y eso los unió.
Pablo fue invitado a pasar unos días en Las Magnolias. El verano se iba acercando y las jóvenes preparaban el inicio de la temporada de fiestas. Algunas se disponían a ser presentadas en sociedad, por ejemplo Mariana Du Maurier. Pablo había escuchado hablar tanto de ella que deseaba conocerla, no con un interés romántico, pues entre sus planes no estaba buscar esposa aún, ni mucho menos con interés conquistador, pues era la hermana de su mejor amigo, y aunque no la uniera el parentesco con Victorio, él no jugaba a hacerse el conquistador con jovencitas decentes que buscaban marido. El interés se había despertado en él porque no había un lugar en Charleston en el que no se la nombrara con admiración. Su hermana Soledad hablaba de ella, las jóvenes que venían a visitarla también, las mujeres en las reuniones sociales, los caballeros en el casino, incluso en el burdel de Sol Delclos se hablaba de aquella muchachita bellísima y llena de picardía que iba a debutar en apenas dos semanas y ya estaba provocando estragos entre los jóvenes caballeros de Charleston. Finalmente, Mariana no fue presentada en sociedad hasta dos años después, cuando terminó el luto por su abuela Vagness Roix, pero por los días en que Pablo la conoció, la joven estaba entusiasmada con ser debutante.
Pablo y Soledad habían ido juntos a Las Magnolias. La reunión fue muy agradable y se dieron cita algunos jóvenes de Charleston en edad casadera: las hermanas MacBein, el muchacho de los Robertson y Gaston Colbert, entre otros. La primavera tocaba a su fin y los campos desprendían ese particular olor a hierba seca que recordaba al verano. Pablo había visto por primera vez a Mariana de espaldas, en el porche de Las Magnolias, recibiendo instrucciones de su nodriza Portia para que el sol no le oscureciera la piel, ni le salieran pecas. “Tápese, hágame el favor, señorita Mariana , aunque haga calor, que se le puede estropear la piel”, le decía Portia, una anciana mulata que ya había sido la nodriza de Gimena, la madre de Mariana . Pablo reparó en su cintura finísima y en la voz grave y autoritaria con la que le dijo a Portia: “No te pongas pesada. Sé perfectamente lo que tengo que hacer. Ya no soy una niña”. Portia vio a Pablo antes que la propia Mariana y enrojeció al comprender que aquel caballero, un perfecto desconocido, había asistido a una riña privada, una escena que no debía ser observada por nadie que no perteneciese a la familia pues demostraba el carácter voluntarioso de la joven Du Maurier, algo que no convenía en absoluto si quería encontrar un buen partido.
Pablo había inclinado la cabeza como saludo y al elevar nuevamente la mirada, se tropezó frente a frente con unos ojos marrones y vivaces cuyo gesto burlón mostraba el carácter poco convencional de la muchacha. Pablo pensó que las habladurías no le hacían justicia. No sólo llamaba la atención por bonita. Charleston estaba lleno de mujeres preciosas. Llamaba la atención por la seguridad en sí misma que transmitía, por la fuerza de carácter, la sensualidad de sus movimientos y porque desde lejos se notaba que le gustaba divertirse y se tomaba pocas cosas en serio. A Pablo le gustó lo que estaba viendo. Tenía todos los atributos de una dama, pero la mirada y la sonrisa eran propias de una briboncilla. Ella le sonrió y lo miró con interés.
–Creo que no hemos sido presentados, señor…– y esperó a que él le indicase su apellido. Tardó un poco en responder pues había quedado impactado por la joven. Con su vestido amarillo chillón estaba encantadora.
–Robilard –respondió él con una sonrisa que no le había gustado nada a Portia, pues la veía poco gentil. “La ha mirado como un lobo mira a un cordero”, le dijo más tarde a Mariana y le recomendó que se cuidara de ese hombre, pues era un mujeriego.
–¡Oh, el señor Pablo Robilard, el amigo de Victorio! He escuchado hablar mucho y muy bien de usted –exclamó ella con coquetería. No pudo evitar un escalofrío cuando él se acercó, le tomó la mano y se la besó. Había notado que la mirada masculina resbalaba desde sus ojos hasta su boca, de ahí a su busto y finalmente al dorso de la mano, donde depositó un beso breve. Ella debería haberse sentido insultada por aquella mirada tan impropia de un caballero, pero lo cierto es que le gustó. “¡Dios mío, qué me está pasando!”, se preguntó la joven, sintiéndose de pronto acalorada y temblorosa.
–¿Me permite que la acompañe al salón? –Pablo le ofreció el brazo y ella lo tomó ante la atenta mirada de Portia, que reprobó el comportamiento de ambos, pues le pareció demasiado familiar para acabar de conocerse.
Durante toda la tarde, y a pesar de que otros jóvenes se acercaban tratando de llamar su atención, Mariana le dirigió miradas a Pablo y lo busco disimuladamente cuando él salía de su campo de visión. Él tampoco podía apartar los ojos de ella. Por Dios, la muchacha le gustaba. Era la hermana de Vico y quería andar con pies de plomo, estar seguro de que no era un simple capricho antes de dar cualquier paso. Entonces escuchó una conversación de ella. Estaba en medio de un grupo de jóvenes.
–¿Museos? –preguntó fingiendo estar escandalizada– ¿A quién le interesan los museos? No, a mí nunca me verán en el interior de uno. Si algún día me pierdo, caballeros, búsquenme en cualquier parte, excepto en un museo –lo dijo con una sonrisa encantadora y los jóvenes a su alrededor rieron el comentario jocoso, pero Pablo no pudo evitar fruncir el ceño. Justo en ese instante Mariana lo miró y le sonrió y él se debatió entre las dos imágenes opuestas que tenía de la muchacha: la vivaracha y sensual que despertaba sus sentidos, por un lado, y la que menospreciaba los museos y a saber cuántas otras cosas, por otro.
Sin embargo, la visión de ella era demasiado poderosa para olvidarse por el hecho de que fuese absolutamente inculta, como lo eran muchas damas sureñas. Mariana había despertado los sentidos de Pablo, era una cuestión de piel: la veía y se sentía como un chiquillo ansioso. Nadie era perfecto. La joven nunca despertaría un interés profundo en él y lo sabía, pues no tenía las cualidades necesarias para ello, pero despertaba un interés sensual evidente. No podía quitársela de la cabeza. Los siguientes días en Las Magnolias fueron una auténtica condena. Ella era una joven decente, buscaba marido, era la hermana de su amigo Victorio, características todas ellas que evitaban que Pablo se acercase a Mariana . Pero la deseaba y su cuerpo no comprendía las razones de su mente. Casi había decido pasar por alto el hecho de que ambos no tuviesen nada en común y acercarse a la joven, comprobar si podía haber algo entre ellos, cuando Mariana comenzó a coquetear descaradamente con Gaston Colbert ante sus propias narices. La lucha interior de Pablo había sido titánica, había obviado que con ella no podría hablar de nada de lo que realmente le interesaba y, al final, había llegado a la conclusión de que debía conocerla mejor, de que a pesar de todo quizás sería ella la elegida, cuando de pronto comprendió que para la joven él no había sido más que un coqueteo intranscendente y que, en cuanto había captado su atención, su orgullo se vio satisfecho y comenzó a coquetear con Gaston Colbert. Cómo la detestó Pablo entonces, y cómo se detestó a sí mismo, cómo comenzó a mirarla con desprecio, a minimizar sus cualidades y a exagerar sus defectos…
Pablo no sabía que el comportamiento de Mariana se había debido al miedo y, sobre todo, a las palabras de Portia. “Le hace demasiado caso al señor Robilard y que yo sepa, él aún no la ha pedido en matrimonio”. Era cierto, ni Pablo le había pedido matrimonio, ni se le había declarado y ella estaba dejando demasiado claro su interés. Eso no era inteligente. Portia decía que los hombres eran como niños que quieren siempre el juguete que tiene otro niño. No debía mostrarse tan disponible, pues la dificultad era para ellos un aliciente. “Coquetee con cualquier otro, no le allane el camino al señor Robilard… Y no sé por qué le doy buenos consejos, señorita Mariana , porque ese señor Robilard no me gusta nada. No, señor. A mí no me engaña: no es un caballero. Es un bribón. Pero si usted lo quiere… Al fin y al cabo es de buena familia”. Trató de contentarse Portia, que había soñado para la joven poco menos que un príncipe.
Mariana creyó que su nodriza estaba hablando con sensatez, claro que sí. Esa había sido siempre su táctica, ser amabilísima con todos, pero no ser especial con ninguno, de esa manera sus pretendientes tenían siempre vivo el interés por ella. ¿Cómo había sido tan tonta? ¿Qué le había pasado con Pablo Robilard? Había olvidado las reglas más básicas del coqueteo. Se prometió a sí misma que al día siguiente actuaría con más inteligencia. “Y que me aspen si no logro una declaración por su parte antes de que termine el mes”.
Mariana se equivocaba. Pablo no era un muchacho con el que jugar. Era un hombre experimentado y tan orgulloso y tozudo como ella misma. Que la joven pisoteara su orgullo coqueteando con Gaston Colbert era más de lo que él pensaba soportar. El cambio que se operó en Pablo fue tan drástico y repentino que Mariana no comprendió a qué se debía. Era ingenua y aunque se jactaba de conocer bien a los hombres, en realidad nunca un hombre la había cortejado, solo muchachos. Creyó que el interés de Pablo Robilard por ella había decaído debido a que había sido demasiado explícita demostrándole que le gustaba y cuando quiso ser más esquiva y darle celos, ya era tarde: él había comprendido que la tenía comiendo de su mano y conquistarla había dejado de ser un aliciente. Se sintió estúpida, tremendamente estúpida. Era el primer hombre que le interesaba de verdad y lo perdía por no actuar con inteligencia, ella, que llevaba coqueteando desde que se había puesto su primer par de chinelas. Comenzó a sentirse angustiada y torpe en su presencia. Él la miraba de una forma tan despectiva…
¿Acaso que él se hubiera dado cuenta del interés de ella era causa suficiente para aquellos desprecios? Huía de él como de la peste y cuando se veía obligada a tolerarlo su cuerpo reaccionaba como ante un corsé demasiado apretado: le costaba respirar y temía desvanecerse en cualquier momento. No estaba acostumbrada a las críticas, ni a más miradas reprobatorias que las de su madre y Portia. Los hombres la adoraban, había sido así desde siempre. Quedaban tan hechizados ante ella que los deslices e imprudencias que habrían criticado duramente en otras muchachas, en Mariana les resultaban encantadores y un rasgo que demostraba su carácter excéntrico y fuera de lo común. La mirada de Pablo la ponía frente a un espejo en el que no quería verse reflejada: el espejo de sus limitaciones, de sus torpezas. En su presencia se sentía más frágil, más estúpida, más fea y ella deseaba con todas sus fuerzas que la rabia que sentía se transformara en odio y que éste le impidiera reconocer el atractivo de Pablo, pero ella no sabía qué tenía aquel maldito hombre que la hacía temblar como una hoja seca arrastrada por el viento.
Pablo tenía un sentimiento idéntico al de ella, había logrado despreciarla profundamente y, sin embargo, algo hacía que cuando Mariana estaba presente, hasta el último poro de su piel fuera consciente de su cercanía. Ejercía sobre él una fascinación que detestaba. Sabía de sobra que ella había coqueteado con muchos, pero justo aquel día, cuando él había decidido olvidar sus prejuicios, sus planes de futuro, su idea de lo que era una mujer perfecta, justo cuando se sentía con la guardia más baja que nunca antes frente a una mujer, ella había posado sus ojos en aquel maldito muchacho barbilampiño y, frente a sus propias narices, había comenzado a coquetear con él. Cada vez que pensaba en Colbert, una furia primitiva hacía que le hirviera la sangre, volvía a sentirse vulnerable y ridículo como aquel día y deseaba borrarle la sonrisa bobalicona de un puñetazo a aquel imbécil. Tampoco ayudaba el hecho de que Pablo creyera que Colbert era el preferido por Mariana entre todos sus pretendientes y que, de no ser por el maldito incidente del carruaje que les había obligado a aquel absurdo matrimonio, tal vez ella estaría ya comprometida con él. Tal vez incluso ya fuera la señora Colbert en ese momento.

Vaya con el orgullo d los dos .Caracteres bastante fuertes.
ResponderEliminarMe encanta Soledad,es muy sensata.
Hola percha como estás?
ResponderEliminarA esto llamo un capitulo largo!!! ahora espero todos los cap asi de largo o un doble cap :D.
Todavia no se quien es más orgulloso de los dos jajaja!!
Muero por ver el encuentro de Gastón y Pablo! jajajja! bien directo él, no se va a dar con vuelta no va intentar disimular que no le cae bien jaj!
Ahora que bajón su tradición esperar un mes para la luna de miel! y todo para recibir los saludos de los vecinos Jum!! jaja
Bueno percha espero más que ansiosa el proximo cap!!
besos!!