Holaa les dejo rapidamente un cap muy largo o al menos me parece a mi mas largo que los demas jajaj, besos que lo disfruten
CARO
CAPITULO 18
–Piensa bien lo que vas a hacer –le dijo Soledad momentos antes de que los Colbert atravesaran el umbral de la casa de los Robilard en el centro de Charleston–. Si haces lo que me dijiste que ibas a hacer, si lo echas de casa, Mariana sabrá que lo haces por celos… Y si se da cuenta de eso, querido hermano, te tendrá en sus manos. ¿Es eso lo que deseas? –Sole quería asegurarse de que Pablo no hacía ninguna idiotez y nada mejor que apelar a su orgullo. Preferiría morir antes de que Mariana supiera que estaba celoso.
–No digas tonterías, Soledad. Ni yo estoy celoso, ni Mariana pensaría jamás semejante cosa de mí –trató de sonreír burlonamente, pero la mueca se le congeló en los labios. Soledad sabía que había dado en el clavo y que, muy probablemente, su hermano mantendría las formas en presencia de Gaston Colbert.
Sonaron en la puerta los tres golpes metálicos del anciano señor Colbert, que llamaba con la empuñadura de su bastón. El mayordomo se apresuró a abrir y los Robilard al completo se dirigieron al hall para recibirlos.
Gaston Colbert estaba verdaderamente interesado en Mariana , lo había estado siempre, pero como un verdadero caballero del sur que era, desde el mismo instante en el que ésta se casó, se esforzó por apartarla de su mente. No siempre era fácil dejar de pensar en ella, pero lo que sí resultaba sencillo era comportarse como debía con una mujer casada. Le salía de forma natural. Lo habían educado para respetar una serie de cuestiones inviolables, entre ellas el matrimonio.
Aquella tarde asistía con su padre a presentar sus respetos a la nueva pareja. Quería hacerlo cuanto antes para poder olvidarse después del asunto. No era agradable darle la enhorabuena a Pablo Robilard. Lo envidiaba por estar casado con Mariana y lo detestaba porque no valoraba la suerte que tenía. Qué clase de hombre se niega a casarse con una muchacha después de haberla comprometido y obliga a la familia de ésta casi a que le suplique para hacer lo correcto. Desde luego, no era un caballero.
Gaston y su padre vivían juntos y solos en Los Sauces, la hacienda vecina a la de los Du Maurier. La madre de Gaston había muerto muchos años atrás y el señor Joseph Colbert no había vuelto a casarse. Gaston conocía a Mariana y Victorio desde siempre y siendo un niño ya se había hecho a la idea de que la joven Du Maurier y él estaban predestinados al matrimonio, por eso nunca reparó en que había más muchachas. Nunca se había dado cuenta, por ejemplo, de que Mary Elizabeth Robertson lo adoraba o de que Suellen O`Malley lo perseguía desde que no era más que una niña. No tenía ojos ni corazón para nadie que no fuese Mariana . Verla casada con Pablo Robilard era lo más doloroso que había tenido que sufrir, tras la muerte de su madre.
Ella estaba al lado de su marido, en el hall de la casa de los Robilard. Llevaba un vestido blanco con flores rosadas y el pelo recogido graciosamente. Le sonrió nada más verlo y se acercó con la confianza con la que se acercaba a su hermano.
–Querido Gaston, cuánto me alegra verte –dijo Mariana . Llevaba sólo dos días viviendo en casa de Pablo, pero le parecían semanas. Había viajado muchas veces a distintas ciudades del sur (Atlanta, Savannah, Nueva Orleans, Baton Rouge), había estado alejada de Las Magnolias durante meses enteros, pues debido a la hospitalidad sureña, que no conocía límites, cuando alguien iba a visitar a un familiar no solía permanecer menos de tres o cuatro meses. Sabía lo que era vivir lejos de Las Magnolias, pero siempre tenía claro que tras cada larga estancia, iba a regresar. Ahora era distinto. Estaba casada con Pablo y Las Magnolias nunca más sería su hogar. Iría de visita, se quedaría alguna que otra temporada, pero ya no sería su casa. Echaba de menos todo lo que antes daba por supuesto: el canto del gallo por las mañanas, la voz del capataz llamando a los esclavos para ir al campo, el olor de las magnolias entrando a través de su ventana (por eso la hacienda había recibido ese nombre), los vecinos que se acercaban a caballo y se quedaban a comer y, a veces, incluso a cenar. Extrañaba a su madre, que nunca tenía las manos ociosas y cuando le quedaba tiempo libre, tras organizar el día a día en la casa, se sentaba en la sala con un bordado y la espalda muy recta, y a su padre, que fumaba puros y maldecía como un bucanero cuando algún asunto de la hacienda lo perturbaba. Extrañaba su vida, cómo planeaba las fiestas o cómo trataba de adivinar, por las mañanas, cuál de sus pretendientes se acercaría al atardecer para visitarla. Ver a Gaston Colbert le recordaba lo que había sido su vida, aquella vida que parecía tan lejana y que en cambio había sido la suya hasta poco tiempo atrás.
–Te veo estupenda, Mariana . Te ha sentado bien el matrimonio –le dijo Colbert con aquella galantería sureña que Pablo detestaba y una sonrisa triste. Hacía mucho tiempo que había comprendido que la gente hablaba por hablar, daba igual que tuviese algo que decir o no. Colbert era ese tipo de persona. Pablo pensó que su carácter era parecido, en cierto sentido, al de Mariana y que tal vez la unión entre ellos no hubiese dado un mal resultado, al fin y al cabo. Le sorprendió la punzada en el estómago que había sentido al tener este pensamiento. Soportó con estoicismo que Mariana lo recibiera tan calurosamente. “¿Tratará de ponerme celoso?”, se preguntó Pablo. Aquel joven estaba enamorado de su esposa, no era un capricho o un simple flirteo, no: la amaba y la conocía. La conocía mejor que él, pues habían sido vecinos durante toda su vida. Sabría cosas de Mariana que él ni siquiera imaginaba. La confianza entre ambos, se notaba, era mucha. Cuando Pablo había escuchado hablar de Mariana y de sus cuarenta pretendientes, también había oído el nombre de Colbert como favorito. ¡Hubiera sido tan ventajosa una unión entre ambos! Ella se trasladaría a la propiedad colindante a Las Magnolias y su vida apenas cambiaría, se conocían de toda la vida, las familias eran amigas desde siempre… Pablo volvió a sentir el deseo de estrellar sus puños contra la cara de Gaston Colbert. Los apretó e hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para no tomar a aquel muchacho por las solapas y echarlo de su casa.
Pasaron al salón y se sirvieron unos licores y unos pastelitos salados. Los invitados saludaron a Soledad, que estaba sentada frente a la chimenea. Pablo, como siempre que se sentía incómodo, apenas dijo una palabra. A Mariana , en cambio, le sorprendió mucho la conversación. Los Colbert hablaban con los Robilard del próximo estreno de una obra teatral, de unos nuevos libros llegados de Francia aquel mismo mes y que estaban en la tienda del librero McDermont, en la calle King. Mariana había compartido innumerables veladas con los Colbert y jamás los había escuchado hablar de nada semejante. Cuando iban a Las Magnolias hablaban del arroz (las plantaciones de Charleston, al contrario que las de Georgia, no se dedicaban al cultivo del algodón, sino del arroz, de ahí que todas ellas estuviesen a orillas de un río; Las Magnolias se encontraba a orillas del río Ashley), de la necesidad de más esclavos, de quién había hecho negocios con quién, de alguien que se había arruinado o se había enriquecido repentinamente, de las fiestas que iban a celebrarse o de la guerra, siempre de la guerra, al menos en los últimos tiempos los hombres no sabían hablar más que de un futuro y no muy lejano conflicto con los yanquis, casi como si lo desearan.
Pero nunca de libros, ni de estrenos teatrales, ni de tonterías por el estilo. De hecho Mariana hubiera dado por supuesto que a los Colbert les interesaban tan poco esas cosas como a ella misma, pero con el paso de los días y la llegada de visitas a la casa de los Robilard, se fue dando cuenta de que solo los Du Maurier y algún que otro hacendado de las afueras de Charleston, como los O’Malley o los Ducan, eran inmunes a los supuestos encantos de la cultura. El resto de los caballeros de la ciudad parecían interesados en esos temas. Las damas eran distintas. Ellas se veían obligadas a participar con sus maridos en determinados actos culturales, pero no lo hacían por devoción. Mariana comenzó a recordar lo que durante mucho tiempo estuvo en un rincón oscuro de su mente, como todo lo que no le llamaba la atención: en muchas de las haciendas en las que había estado, sobre todo con motivo de las fiestas, había una gran biblioteca con libros desde el suelo hasta el techo, pero ella jamás pensó que los habitantes de la casa los habían leído, del mismo modo que en las haciendas había cuadros o jardines y la gente no se detenía demasiado tiempo a contemplar ni lo uno ni lo otro. Creyó que los libros también eran simples elementos decorativos. Comenzó a sentirse, entonces, un poco avergonzada. Ella había hecho tantos comentarios estúpidos delante de sus pretendientes y ellos habían reído con ganas de modo que Mariana interpretó esas risas como una confirmación de que ellos opinaban del mismo modo. Ahora se preguntaba cuántos de ellos, igual que su propio marido, la consideraban una cabeza hueca, una cara bonita, pero vacía como la cáscara de una nuez.
–¿Te apetece ir al estreno teatral, querida? –las palabras de Pablo, con evidente afán de mortificarla, la sacaron de su ensimismamiento. Había estado demasiado callada y eso era poco habitual en ella, que tenía la habilidad de llevar siempre las conversaciones a su propio terreno. Se sonrojó al ver el gesto de burla con el que la miraba su marido y trató de salvar dignamente la situación.
–Me encantaría, y en cuanto a la librería de la calle King, mañana mismo me acercaré a ver esas novedades de las que habláis. Me pica la curiosidad –sonrió mientras paseaba la mirada por los rostros de los presentes, excepto el de Pablo. Volvió a permanecer callada y sólo cuando hablaron de la guerra prestó oídos.
–Tarde o temprano ocurrirá –dijo Matias Robilard, el hermano de Pablo. Los Colbert no parecían estar seguros de que eso fuera así.
–Los yanquis son demasiado cobardes, no se atreverán. Serían necesarios cuatro yanquis para poder con un caballero y en el sur lo que sobran son caballeros –dijo Gaston Colbert. El comentario le pareció tan absolutamente descerebrado a Pablo que no pudo más que sonreír irónicamente–. Si esos malditos yanquis siguen así, dentro de poco dirán que debemos educar a los esclavos y que tienen derecho a poseer tierras y hasta a votar –continuó el joven Colbert con la voz cada vez más encendida.
–¿Y por qué no? –preguntó Mariana antes de poder refrenar su lengua. Se daba cuenta de que desde que su nodriza Portia había muerto y su madre no estaba cerca para juzgarla, su lengua estaba más suelta de lo habitual y hablaba de temas que siempre le habían estado prohibidos. Una verdadera dama no se preocupaba de ese tipo de cosas. Todos volvieron la mirada hacia ella, sorprendidos, pero quizás el más sorprendido era Pablo.
–¿Qué quieres decir, Mariana , que tienen derecho a todas esas cosas? –quiso saber Gaston, incrédulo. La joven se dio cuenta de lo inconveniente que había sido hablar de ese tema, pero como ya lo había hecho, diría lo que pensaba. Al diablo con todos, ¿no la consideraban una imbécil? Pues que la consideraran por algo.
–Simplemente me pregunto por qué no tienen derecho a esas cosas y nosotros sí, ¿Porque son negros y nosotros blancos? ¿Porque son pobres y nosotros no? ¿Porque son esclavos? Pero si son esclavos, ¿es su culpa? ¿No han sido los blancos los que fueron a África, los metieron en barcos como si fueran mercancías y los obligaron a palos a doblegarse? – Mariana se dio cuenta de que los Colbert la miraban boquiabiertos. No se atrevió a mirar a los Robilard, mucho menos a Paablo.
–No puedes creer de verdad en lo que estás diciendo. Además, ellos no quieren la libertad, no sabrían qué hacer con ella. Son como niños que necesitan un guía –murmuró Gaston.
–¿Les has preguntado a tus esclavos si desean la libertad, acaso? Tal vez te dijeran que no por miedo a las represalias. ¿Y quién decide que no están preparados para ser libres, tú y el resto de hacendados a los que les compensa tenerlos trabajando gratis? Ellos deben elegir la vida que quieren llevar, igual que tú decides tu vida –acabó acaloradamente su discurso.
–Te recuero que tu padre también tiene esclavos –dijo Gaston, dolido.
–Lo sé, pero resulta que mi padre no es perfecto por el hecho de ser mi padre. En algunas cosas tiene razón y en otras está equivocado.
–Querida Mariana–esta vez era el anciano Joseph Colbert quien hablaba. Hizo girar su bastón antes de continuar–. Eso que dices es altamente peligroso. ¿Sabe tu padre que piensas así? Es un pensamiento indigno de una dama del sur, querida. Es traición. Aquí estás entre amigos, pero lo mejor será que nunca más lo repitas en ninguna parte. No son buenos tiempos para ese tipo de pensamientos.
–No sabe lo que dice –trató de mediar el padre de Pablo–, es joven y está muy encariñada con dos de sus esclavos: Génesis y Tobey, el nieto del cochero que murió en el accidente. No se lo tomes en cuenta. No sabe lo que dice.
–Con todos mis respetos, señor Robilard, sé perfectamente lo que digo. No son tonterías sólo porque yo no piense como usted –estaba dolida y harta de que todos la trataran como a una niña estúpida. Tal vez no tuviera la cultura que tenían los malditos Robilard, pero era perfectamente capaz de tener pensamientos coherentes. Miró entonces a Pablo. No había burla en sus ojos, ni desprecio, ni odio, sólo sorpresa. Mariana no sabía si eso era bueno o malo, pero al menos era una mirada distinta a las que solía recibir de él.

O H P O R D I OS!!!! Nuestra Lali es una revolucionaria!!! jajaja me encanta como tiene mentalidad propia y no se dejo influenciar facilmente por lo q los otros pretenden que crea!!!!
ResponderEliminarSolo quiero saber como va a reaccionar Pablo ante tal ideologia de Lali!!!
Quiero mas noveeeeeee!!!
Espero q estes bien y leernos ponto!!! Besos... :D
Si k es rápida su lengua,jsjajaja y no se corta un pelo al defender lo k piensa con argumentos.
ResponderEliminarX fin mira a Pablo,parece k busca su aprobacion.