lunes, 17 de febrero de 2014
Capítulo 19 y 20: "Pasión en el siglo XIX"
Holaa lo mismo que en la otra nove les dejo doble cap. porque lo mas seguro es que me tarde un poquito en subir los proximos por vaciones, espero disfruten estos el sabado o antes si es que puedo subo el proximo, gracias a las de siempre por comentar y escribir lo que piensan coincido en muchas cosas con ustedes, besos las quiero
CAPITULO 19:
Como siempre, fue Soledad quien salvó la situación tensa y trató de llevar el tema de conversación por otro camino. Retomó el estreno teatral y la fiesta de los Vaugham, que tendría lugar en dos días, pero nada hizo que el ambiente mejorara. La discusión sobre la esclavitud había hecho decaer la velada y los Colbert dejaron la casa de los Robilard media hora más tarde con el gesto aún contrariado. “¿Acaso aquel maldito Pablo Robilard había logrado infectar a Mariana con sus ideas yanquis?”, se preguntó Gaston, que creía imposible que la joven hubiese llegado a tales conclusiones por sí misma.
El anciano Robilard, cuando las visitas se hubieron marchado, le dijo a su nuera que necesitaba hablar con ella. Pablo se quedó en la sala mientras Francisco tomaba en brazos a Soledad y ambos desaparecían escaleras arriba.
–Siento haberte ofendido ante los Colbert, no era mi intención, pero debes comprender que el tema de la esclavitud es muy delicado y no debes tratarlo con tus vecinos. Menos aún en estos tiempos. Si tu opinión es diferente, lo mejor es escuchar y callar. Si finalmente estalla el conflicto con los yanquis, Dios no lo quiera, serán hombres como los Colbert los que te defiendan, no lo olvides. Ningún yanqui te defenderá. Puedes pensar igual o distinto a tus vecinos, pero ellos son tu gente y los yanquis no luchan para abolir la esclavitud, al menos no sólo por eso. Quieren arrancarnos nuestras costumbres, nuestro modo de vivir. Quieren cambiarnos haciendo correr nuestra sangre, sin darnos tiempo a asimilar los cambios –la joven lo escuchó en silencio–. No pienso así porque yo tenga esclavos, Mariana . Hace muchos años que los Robilard no tenemos esclavos. Los liberamos hace tiempo. Los que se quedaron en casa son empleados, trabajan a cambio de un salario –la muchacha abrió tanto la boca por la sorpresa que Pablo esbozó una sonrisa divertida.
–No lo sabía, señor Robilard –dijo ella en un murmullo.
–Pues ahora ya lo sabes, querida. No te reprendí ante los Colbert porque opine distinto a ti. Te reprendí, aun opinando igual, porque me pareció que eras poco prudente y estamos viviendo una época complicada. No debemos buscar enemigos en casa, pues ya tenemos demasiados afuera.
Esa misma noche, cuando se fue a acostar, le contó la conversación a Génesis, mientras ella la ayudaba a quitarse el vestido y prepararse para ir a dormir.
–Eso es lo que quiero hacer contigo y con Tobey, quiero que seáis libres. Le preguntaré al señor Robilard qué hay que hacer. Le pediré a papá los papeles de propiedad –miró a su criada–. Después podrás hacer lo que quieras. Quizás en el norte tengas más oportunidades que aquí. Te echaré horriblemente de menos, pero… –Mariana la miraba con infinito cariño.
–¿Me está hablando en serio? –preguntó Génesis, incrédula, con lágrimas en los ojos–. ¿Voy a ser libre?
–Sí, te doy mi palabra –Mariana terminó de atarse la bata de raso granate y abrazó a Génesis.
–Bueno, cuando sea libre, seguiré trabajando para usted y pocas cosas cambiarán –dijo ella–. No pienso abandonarla.
–Todo cambiará. Serás dueña de tu vida, de tu cuerpo y podrás hacer lo que quieras. Todo cambiará… –Mariana le sonrió. En ese momento se oyeron unos golpes en la puerta que separaba su cuarto del de Pablo. “¿Puedo pasar?”, preguntó él. Génesis se apresuró a dejar sola a Mariana.
–Pasa –dijo la joven con voz altanera. Pablo entró con el pecho desnudo y el primer botón del pantalón desabrochado. La joven se obligó a no escandalizarse, pues eso era lo que él quería, escandalizarla con sus modales de libertino. Si deseaba compartir su lecho, ya podía ir olvidándose. La noche anterior Mariana había esperado la visita nocturna de Pablo sólo para darse el gusto de rechazarlo, pero él no cruzó la puerta que separaba sus cuartos. Ahí estaba ahora, frente a ella y medio desnudo–. ¿Qué quieres? –le preguntó.
–A veces dices cosas asombrosamente coherentes –le dijo él, haciendo alusión al tema de la esclavitud. Ella hizo un gesto de impaciencia antes de responder.
–Sólo dices eso porque opino igual que tú. Si opinara diferente, darías por supuesto que mis opiniones son estupideces –él sonrió y cambió de tema.
–Quería comunicarte que mañana me voy a llevar a tu chico –le explicó. Mariana no sabía de qué le estaba hablando.
–¿Mi chico? –preguntó contrariada.
–Sí, Tobey. Se viene conmigo. Volveremos a la hora de la comida –Pablo le daba poca información a propósito, para mantenerla en vilo y que le hiciera preguntas.
–¿Y se puede saber a dónde te lo llevas y por qué? –ella temía que Pablo tratara de hacer que le niño llevase a cabo alguna tarea dura y ella debería ponerlo en su sitio.
–Adora los caballos y como mañana tengo que comprar uno, he pensado que le gustaría venir conmigo –miró a Mariana con sus ojos burlones–. Me ha tomado mucho cariño.
–¿Te conoce desde hace dos días y ya te ha tomado cariño? –preguntó la joven con impaciencia.
–Tiempo de sobra. La gente inteligente tiende a tomarme cariño muy pronto porque capta cómo soy –sus ojos se volvieron más burlones aún y su boca se curvó en una sonrisa seductora.
–¡Cuántas tonterías tengo que escuchar, Dios mío! –exclamó, malhumorada y apartando la mirada de él para no caer en el hechizo de sus ojos . Pablo se acercó a ella, pero Mariana no retrocedió ni un paso, no le daría ese gusto. No le tenía miedo y podía manejar perfectamente la situación. Si creía que podía intimidarla por acercarse a ella medio desnudo es que no la conocía en absoluto.
–¿Me das permiso entonces para llevar a Tobey? –le preguntó con una voz suave como el terciopelo.
–Por supuesto –respondió ella. Su corazón casi galopaba ante la cercanía del hombre.
–Bien, pues me retiro a mi cuarto, te dejo para que descanses. Buenas noches.
–Buenas noches –dijo ella. Pablo pasó a su lado, pero no cruzó la puerta que separaba sus cuartos, pareció pensárselo mejor, la tomó del talle y la acercó a él. Ella emitió un gemido de sorpresa. La miró unos segundos, como si quisiera darle la oportunidad de que se apartara, pero Mariana estaba demasiado aturdida por la cercanía y el contacto de sus manos, que ceñían su cintura con una intimidad que la desarmaba. El rostro de Pablo comenzó a descender lentamente sobre el de su esposa y dejó los labios a escasos centímetros de los de ella. Mariana entreabrió la boca, anhelante, y sólo entonces la besó. No fue un beso duro, ni exigente, ella podría haberlo evitado de no haberse sorprendido tanto por la cercanía de su marido. Fue un beso tierno, aunque invasor. En un primer momento sus sentidos se agudizaron y sólo fue consciente de las manos de PAblo asiéndola con delicadeza, del cuerpo de ambos, uno contra el otro, y de aquella boca sensual y tibia que le obligó a abrir la suya y recibir el beso con más deleite del que hubiera deseado. Su cuerpo temblaba contra el de él y tuvo que hacer acopio de fuerzas para no echarle los brazos al cuello. Mantenía sus manos apoyadas en el pecho de Pablo y notaba sus músculos tensos, su torso desnudo. El beso duró tan sólo unos segundos, pues cuando Pablo mordisqueó uno de sus labios, ella salió del estado de hipnotismo en el que se encontraba sumida y lo apartó de un empujón. Aún tenía la respiración jadeante cuando le dijo con furia:
–¡No compartirás mi cama! –él seguía estando demasiado cerca de ella y su mirada oscilaba entre los ojos de Mariana y sus labios, levemente hinchados por el beso. La sonrisa de Pablo seguía siendo burlona.
–No te he pedido compartir tu cama –no dejaba de sonreír. Sus ojos se entornaron y su apariencia era la de un enorme felino a punto de capturar una presa.
–Tampoco volveré a besarte –dijo ella tan furiosa que su respiración casi era entrecortada.
–Ni yo te lo he pedido, a pesar de que tengo todo el derecho, ¿o se te olvida que eres mi esposa? –Mariana rió al escuchar las palabras de él.
–No sólo deberías recordar que soy tu esposa cuando desees compartir mi cama, sino también cuando tratas de humillarme en público… ¿Crees que he olvidado tu truquito para hacerme quedar mal delante de los Colbert? ¿Qué creías, que iba a decir una de mis impertinencias en contra de los estrenos teatrales y todos me mirarían como a una pobre estúpida? –a esas alturas estaba ya tan furiosa que lo hubiera abofeteado–. Los Colbert me conocen perfectamente. Saben lo que me gusta y lo que no me gusta y no me desprecian por ello…–como vio que Pablo no decía nada, simplemente sonreía, continuó–. Te crees mucho mejor que yo, ¿no es cierto? Pero no lo eres… En realidad eres un ser despreciable, no eres un caballero y tampoco eres ni la mitad de atractivo de lo que crees –Mariana no sabía por qué había dicho esto último y se arrepintió al instante. Pablo dejó de sonreír, pero no estaba enfadado. La miraba con atención y sus ojos se tornaron más burlones que nunca. A veces le parecía tan bonita que le apetecía estrecharla entre sus brazos y besarla hasta hartarse. Inclinó la cabeza hacia la de ella y, tan cerca que sus bocas casi se tocaban, le susurró: “También tú te consideras atractiva, ¿nunca te has preguntado si realmente lo eres?”. Ella contuvo la respiración y sólo exhaló el aire cuando él hubo cerrado tras de sí la puerta que comunicaba ambos cuartos.
CAPÍTULO 20
Mariana no podía olvidar las palabras de Pablo. Ella, en efecto, se consideraba bonita porque creía que lo era. Cuando se miraba al espejo lo que veía reflejado era un rostro hermoso. Nunca se había planteado si tal vez estaba demasiado pagada de sí misma, ya que sus múltiples pretendientes le corroboraban que era atractiva. Sólo cuando Pablo le hizo la pregunta, las dudas comenzaron a invadirla. Al fin y al cabo, sus pretendientes eran hombres de Carolina del Sur cuyo viaje más largo nunca les había llevado, ni siquiera, a territorio yanqui. Pablo, en cambio, había viajado más. Había estado incluso en Europa y su visión del mundo y de la belleza era más confiable. Sus pretendientes conocían la belleza sureña. Su marido conocía la belleza, de manera más amplia. Quizás ella no fuese atractiva para un hombre como Pablo, eso explicaría que no hubiera vuelto a insistir, tras la noche de bodas, en compartir su cama. Cada vez que la besaba parecía un castigo más que un beso. “¡Dios mío, eso es lo que ocurre: no le gusto en absoluto!”, pensó Mariana, y este pensamiento la hirió profundamente. No sólo la despreciaba por su ignorancia, tampoco le gustaba físicamente. La joven sintió unas terribles ganas de llorar, pero se contuvo.
Iba flanqueada por Génesis y el pequeño Tobey, que no dejaba de repetir una y otra vez lo bien que lo había pasado con el señor Pablo comprando caballos. “¡Dejó que me montara en uno!”, exclamaba el chiquillo, emocionado. Estaban en plena calle King, la arteria principal de Charleston, el centro neurálgico en lo que a compras se refería. Mariana había recorrido esa calle miles de veces sin reparar nunca en la librería del señor McDermont. Cuando se encontró ante el escaparate, observó la gran cantidad de libros que había en el interior y también expuestos frente al ventanal. Muchos de ellos estaban en otros idiomas. Mariana se había propuesto entrar a mirar, tal vez comprar algo que pudiera resultarle entretenido, pero la visión de aquellas montañas de libros la hizo sentirse insignificante e insegura. “¿A quién voy a engañar?”, se dijo a sí misma. “Jamás seré como los Robilard”. Siguió su camino hasta la tienda de la señorita Poppy Stevens. Siempre que quería un vestido de fiesta especial acudía a ella y la fiesta de los Vaughan era muy especial. Por primera vez, asistiría. Mucho antes del incidente del carruaje que la había obligado a casarse con Pablo, Mariana ya soñaba con aquella fiesta y había encargado la confección de un vestido muy especial, en muselina azul noche y con un escote en forma de uve, ribeteado por un volante de la misma tela. Dejaría al descubierto bastante piel, haciéndole el pecho más voluminoso de lo que en realidad era, y adornaría su cuello con el camafeo que había heredado de su abuela Vagness Roix. Cuando por fin se lo probó ante el espejo de la tienda, no pudo más que sorprenderse de su imagen. ¡Estaba hermosa! Mejor dicho: estaba hermosa a la manera sureña. “A Pablo seguro que le parecerá un horror”, pensó mientras fruncía los labios con una mueca de disgusto.
Los dos días que mediaban hasta la fiesta ni siquiera bajó a comer con la familia. Fingió un terrible dolor de cabeza. No hizo otra cosa que visitar a su cuñada en su cuarto cuando Génesis le comunicaba que Pablo había salido de casa. “Quiero que me lo cuentes todo cuando regreses de la fiesta”, le pidió Soledad. “No puedo asistir, así que serás mis ojos y mis oídos”. Mariana asintió, complacida. Le gustaba poder hacer algo para entretener a su cuñada. “Ojalá pudiéramos ir juntas…”, estaba hablando cuando de pronto le pareció que el vestido de Soledad se movía. La joven Robilard estaba sentada en una silla de su cuarto, frente al ventanal. Mariana hubiera jurado que acababa de mover un pie. Ella estaba sentada sobre la cama, se levantó de un salto, se arrodilló al lado de su cuñada y exclamó: “¡Estás moviendo un pie!”. Soledad se llevó un dedo a los labios y ordenó callar a Mariana , después se le escapó una risita nerviosa.
–Hace dos días comencé a notar que me picaba la planta del pie derecho, cuando lo normal era no sentir nada en absoluto. Desde entonces puedo moverlo un poquito, mira –la muchacha lo movió ligeramente y sonrió–, pero por favor, no se lo digas a nadie aún. Si es una falsa alarma y vuelve a quedar inmovilizado, sería… Oh, Dios… Papá ya ha sufrido bastante con esto. No quiero darle falsas esperanzas. Hablaré con él si voy ganando sensibilidad en las piernas, por ahora sólo es un pie.
–No te preocupes, no se lo diré a nadie, pero tenemos que ejercitarlo –Mariana estaba emocionada. Soledad sólo pensaba en Victorio Du Maurier. Tal vez si ella podía volver a caminar… Pero no, no quería hacerse ilusiones. Aún no.
–Por supuesto que haré ejercicios y tú me ayudarás, pero no ahora… Ahora debes prepararte para el baile. Y ya sabes: ¡quiero que me lo cuentes todo! –Mariana se sentía feliz por Soledad. No podía ni imaginarse lo que había sufrido la muchacha cuando las piernas dejaron de responder. Se despidió de ella, tras prometerle que sería sus ojos y sus oídos en casa de los Vaugham, y corrió hacia su cuarto para comenzar a prepararse.
Mariana descendió por la gran escalera de caracol con gesto tenso. Pablo la estaba esperando en el hall y eso que ella no se había retrasado. Era la primera vez en su vida que salía antes de tiempo para ir a un baile. Estaba preparada para todo y lo resistiría con la cabeza bien alta, fingiendo que no le afectaba. No sabía si Pablo se reiría abiertamente de ella y de su vestido, si la miraría con burla, tal vez con desprecio… Pero fuera lo que fuese, estaba preparada.
Pablo miraba la hora en su reloj de bolsillo. Suponía que Mariana se retrasaría y comenzó a enfadarse sin motivo, sin saber si la joven sería o no puntual. La oyó entonces descender por la escalera y miró con desgana. Lo que vio lo dejó sin palabras. El vestido, de muselina azul oscuro, estaba salpicado de algunos brillos aquí y allá, nada muy recargado, que le recordaban a un cielo de verano lleno de estrellas. El escote, en forma de uve, era tan pronunciado que Pablo contuvo la respiración. Sus hombros quedaban al descubierto y él pensaba que no habría un solo hombre en aquella fiesta, soltero o casado, joven o viejo, que no quedase impactado ante semejante visión. El color del vestido era muy poco habitual, de hecho Pablo no recordaba haber visto a ninguna joven con nada semejante. Solían llevar tonos pastel y estampados florales. Las más atrevidas a veces usaban telas de cuadros. Pero nadie llevaba vestidos azul oscuro, y sin embargo era de lo más favorecedor.
Cuando Mariana llegó a la altura de su marido, este le ofreció el brazo y la condujo hasta el carruaje, ayudándola a subir. El viaje hasta la casa de los Vaughan no duraba más de quince minutos y lo hicieron en absoluto silencio. Las respiraciones de ambos era lo único que podía escucharse en el interior del habitáculo. Pablo la observaba de reojo sin poder dejar de admirarla.
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Le encanta alterarla
ResponderEliminarLali se deja infuenciar x lo k el dice.
Me encanta la barrera k le pone a Pablo ,es un si ,pero no ,jajaja.
Hola percha como estás tanto tiempo :D
ResponderEliminarLos dos son muy orgulloso pero con esto queda claro que la más orgullosa para mi es lali!!..
Ella si le puede decir las cosas a pablo pero cuando el le dice las misma cosas se siente herida???.
Quiere que pablo se deslumbre por ella y la trate como todos sus pretendiente, sin duda el hermano no pudo dar más en el clavo!
encontro a alguien de la norma de su zapatos! ajajaj.
Pero morí de risa en como ella controla la situación, el va a su cuarto para hablar y ella ya le contesta impaciente, de mal humor dispuesta a enfrentarlo y controlar la situación sin embargo el se le acerca y deje que la bese.. jajaja
Eso si muero por ver que pasa en el baile, me imagino a pablo celoso, ya que de por si siempre siguio los pasos de la lali con la vista cuando no eran nada no me imagino ahora que es su esposa y esta que se le cae la baba por ella más que nunca .. Pobre del que se le acerque jajjajaj
Bueno percha espero más que ansiosa el próximo cap DOBLE! jajaj
besos!!! ;)
JAJAJA YA NOSE Q ESPERAR DE ESTOS DOS.... Y creo q ellos tampoco!!!
ResponderEliminarMe encanta la relacion q se esta formando entre Sole y Lali... y como ya dije me encantaria una historia de amor de ella y Vico!!!
Quiero ver que va a pasar en la fiesta porq segun la descripcion del vestido de Lali va a atraer toooooodas las miradas y como reaccionara Pablo es casi imposible de decir!!!
Espero q subas pronto... Besos q estes bien!!! :D