Hola chicas gracias por estar siempre son unas genias me alegra leer sus comentarios siempre, les dejo un doble capi que uff se va armar heee despues no digan que no avise, despues de este conflicto va haber un gran cambio, espero que disfruten de leer tanto como yo , no puteen tanto a Pabli jajaja, besos
CARO
CAPITULO 23
–Un verdadero escándalo, Phyllis… No te imaginas de qué manera salieron del salón: él casi la arrastraba como si fuera uno de sus perros de caza. Y después aparece Matias, que también venía de la terraza, sangrando por el labio, figúrate… Todos nos preguntábamos que habría ocurrido.
–Dios mío, Ellen, ¿crees que trataría de propasarse con Mariana ? –preguntó la matrona mientras se llevaba la taza de té a los labios y bebía un breve sorbo.
–¡No! –respondió escandalizada Phyllis–. Matias es un caballero sin tacha… No se puede decir lo mismo de Pablo… No sé qué pudo pasar, pero la culpa no ha sido de Matias. Seguramente el culpable es el otro y también ella, siempre ha sido una muchacha tan voluntariosa e impredecible. Cuando mi hijo Buster la pretendía, rezaba cada noche para que ella no lo aceptase. Siempre he deseado para Buster una mujer más dócil.
–A mí tampoco me gustaba que Charles la persiguiera, pero ya se sabe, cuando los hijos se hacen mayores… De todos modos, Phyllis, esa pareja es muy escandalosa… Se casaron rodeados de escándalo y parecen cómodos viviendo así –ambas mujeres bebieron otro sorbo de té y se quedaron pensativas. Ojalá ellas nunca tuvieran que sufrir una situación tan deplorable en sus propias familias.
Ya se había convertido en una costumbre que Mariana no saliera de su cuarto durante días. Comía en su cuarto y pasaba el tiempo melancólica, en la cama y sin arreglarse. Cuando todos se iban a dormir, se deslizaba en bata por los pasillos hasta el cuarto de Soledad. Hacían algunos ejercicios juntas, Mariana la ayudaba a rotar el tobillo y la joven comenzaba a tener sensibilidad hasta la pantorrilla. “Creo que es hora de que se lo digas a tu padre. Hay médicos que pueden ayudarte a mejorar tu movilidad”, le dijo a Sole. Dos días después del incidente en casa de los Vaugham, Mariana se atrevió a preguntarle a su cuñada por la prometida de Matias. Le explicó la conversación de los hermanos y lo que Pablo le había contado en el carruaje.
–Oh, no, Pablo no hizo nada malo… Macarena se encaprichó de él. Quería casarse con Matias, pero le apetecía probar su atractivo conquistando también a su hermano. Pablo se lo dijo a Matias y éste rompió el compromiso, pero siempre culpó a Pablo. Mis hermanos son unos tontos orgullosos, ¿sabes? Matias se moría de los celos sólo de pensar lo que Macarena había tratado de hacer y creyó, o quiso creer, que no fue ella quien tomó la iniciativa, sino su hermano. Pero los problemas entre ambos vienen de antes, siempre competían para ver quién era el mejor en todo, desde niños. No me extrañaría que Matias tratara de conquistarte –explicó Soledad.
Mariana se escandalizó ante esta afirmación y sintió un leve remordimiento por haber juzgado a Pablo antes de escuchar de su propia boca la historia completa, pero después recordó que él la había comparado con Rocio, aplaudiendo la belleza y encanto de la muchacha, a la que consideraba mejor que su esposa en todo, y ese remordimiento desapareció, pues Mariana volvía a estar furiosa con él.
Al día siguiente, le pidió a Génesis que la acompañara al centro de la ciudad. Había recibido una nota de su madre diciéndole que estaría con unas amigas en el salón de té de madame Blanche y ella se dirigía allí. Se había arreglado especialmente para lucir lo más hermosa posible. Las palabras de Pablo hacían más mella en su corazón de lo que ella reconocería jamás. “¿No te has preguntado si realmente eres tan atractiva como crees?”, le había preguntado él, y de pronto Mariana se planteaba si tal vez siempre había tenido demasiada buena opinión de sí misma. Al fin y al cabo, la suya no era una belleza de líneas puras, como la de Rocio Deveril. Su boca era grande, su nariz respingona, los ojos eran hermosos, eso nadie lo podía negar, los pómulos marcados, el cutis tan blanco como los pétalos de las magnolias, el talle fino y el porte regio. En conjunto resultaba muy atractiva, pero observada por partes quizás no fuese tan hermosa, aunque el resultado final era llamativo y no era una mujer que pasase fácilmente desapercibida.
Iba pensando en estas cosas y acompañada de Génesis, cuando vio a un grupo de gente en medio de la calle rodeando un carruaje. “¿Qué ha ocurrido?”, preguntó la joven a una mujer que estaba en la acera observando la escena. “Han arrollado a un pobre niño”. Mariana se llevó la mano a los labios. “Oh, ¿y le ha ocurrido algo?”. La mujer le explicó que no, pero que el niño se había llevado tal susto que no podía ni hablar. Ya se disponía a cruzar de acera cuando se dio cuenta de que los balcones de la casa de enfrente estaban abiertos y varias mujeres y caballeros se asomaban para mirar. Las mujeres iban con los pómulos llenos de rubor rosado y los labios escandalosamente pintados. “Vaya”, pensó Mariana , “es la primera vez que veo a una de esas malas mujeres que trabajan en el burdel”. Estaba observando fijamente a una de ellas, que hubiera sido verdaderamente bonita si no fuera por sus ropas inmorales y el exceso de pintura, y entonces vio algo que le paralizó el corazón durante unos segundos. ¡Era Pablo! Había visto su rostro durante escasos instantes detrás de la mala mujer y después él se había retirado de la ventana, pero a ella no le cabía ninguna duda de que se trataba de su marido. “¡Maldito bastardo!”, utilizó por primera vez en su vida una palabra malsonante. No le bastaba con humillarla comparándola con Rocio Deveril, diciéndole que hubiera preferido casarse con ella, que era la mujer perfecta. ¿Ahora debía soportar también aquella humillación, que todo Charleston viera a su marido en el burdel? No iba a consentirlo de ningún modo. Pablo Robilard iba a saber quién era Mariana Du Maurier. “Espérame aquí”, le dijo a Génesis mientras cruzaba de acera y se dirigía a la puerta del burdel.
Traspasar la puerta de aquel local fue lo más osado que hizo en su vida y lo más indecente también. Las muchachas llevaban vestidos tan escotados que a algunas se les veían la aureola de los pezones. Todas iban adornadas con plumas y decenas de volantes, colores llamativos y mucha pintura en la cara. Mariana vio a varios caballeros conocidos, algunos habían sido pretendientes suyos. El rubio de los DuBois, por ejemplo, derramó su bebida cuando la vio entrar, y lo mismo le ocurrió al hijo pequeño de los Thorton, que en ese instante besuqueaba el cuello de una de las chicas. Una joven le salió al paso. “Señora, debe irse. Este no es lugar para usted”.
–Vengo a buscar a mi marido y por Dios que si no me llevas con él montaré tal escándalo que les cerrarán el local… –algo aterrador vio la muchacha en los ojos de Mariana , pues la creyó.
CAPITULO 24
–¿Quién es su marido, señora? –le preguntó ella de manera tan cortés y educada que Mariana se sorprendió.
–El señor Pablo Robilard –la joven asintió.
–Sígame –a Mariana le temblaban las piernas. ¿acaso encontraría a Pablo en la cama con una de esas mujerzuelas? No, la joven no le llevaría a un cuarto si supiera que dentro estaba Pablo haciendo… eso… con una de las prostitutas. ¿Dónde estaba Pablo entonces? La respuesta llegó enseguida–. Alguien le busca, señor Robilard –Mariana entró a un saloncito decorado con terciopelos granates y candelabros dorados por todos los rincones. Su marido fumaba sentado en un butacón y, frente a él, también sentada y completamente vestida, se encontraba aquella mujer que había visto desde la ventana y que le había parecido bonita, a pesar de su aspecto de inmoralidad. Pablo se levantó del sillón como si tuviera un resorte y el cigarrillo se le cayó al suelo, quemó levemente la alfombra, pero enseguida se apagó. La mujer que acompañaba a Pablo también se levantó de su sillón.
–¿Qué haces aquí, Mariana? –él había perdido el color, la miraba sorprendido, como si no pudiera creerse que ella hubiese dado aquel paso y hubiera hecho algo tan absolutamente inadecuado y escandaloso como entrar a buscarlo a un burdel.
–Te dije que no me humillaras teniendo amantes. Te lo advertí antes de casarnos –le dijo Mariana enfurecida. Se acercó a él con pasos decididos. Para entonces muchas de las jóvenes y varios caballeros estaban asomados al saloncito observando la escena–. ¿Acaso nunca te vas a cansar de humillarme? –tras decir esto alzó la mano y le cruzó la cara de una bofetada a Pablo. Lo había golpeado con toda la fuerza de la que era capaz. Un grito ahogado y sorprendido se escapó de la garganta de algunas de las prostitutas. El rostro de Pablo reflejaba un emoción desconocida para Mariana, algo fiero y salvaje que la asustó. Retrocedió dos pasos, pero él la agarró por la muñeca.
–Te dije que no volvieras a abofetearme jamás –viendo su rostro desencajado, Mariana sintió más terror que nunca en su vida. ¿Acaso iba a golpearla? Él trató de tomarla del talle y echársela sobre los hombros pero el enorme miriñaque del vestido se lo impedía. La joven gritaba y se debatía contra él para apartarlo. Pablo la soltó un instante, tomó la botella de licor que había sobre una mesita y la estrelló contra la puerta del salón–. ¡Todo el mundo fuera de aquí! –las muchachas se alejaron gritando, asustadas por los cristales rotos de la botella, y los caballeros las siguieron. Mariana había retrocedido hasta esconderse detrás de la mujer con la que había estado sentado Pablo –Ven aquí, maldita sea. No utilices a Sol como escudo.
–Por favor, Pablo, basta ya. La estás asustando y me estás espantando a la clientela –Sol trató de calmarlo, pero él no atendía a razones. Tomó la muñeca de Mariana y la sacó de detrás de la dueña del burdel. La muchacha estaba horrorizada, tanto que ni siquiera podía gritar. Creía que iba a desmayarse. Sin pensar siquiera en lo que hacía, Pablo le levantó el vestido a Mariana para desatarle el miriñaque, pero como llevaba demasiado tiempo hacerlo, arrancó los lazos de raso que lo ataban al corsé y cuando el miriñaque cayó al suelo y el vestido no era más que un enorme trozo de tela colgando sobre el delgado cuerpo de la muchacha, Pablo se la puso sobre los hombros y la sacó del burdel ante la mirada escandalizada de todos.
La joven que había llevado a Mariana ante su marido le dijo a la dueña del burdel: “Ese hombre está loco”.
–Sí, está loco, pero loco por ella –respondió Sol con gesto contrariado. Mariana era mucho más hermosa de lo que todos decían y Pablo estaba enamorado de ella, absolutamente loco por ella. Sol lo conocía lo suficiente como para no dudarlo.
Ya en plena calle, Pablo subió a su mujer al caballo, a horcajadas y no como debe montar una dama, y de un salto se subió tras ella. Mariana estaba tan humillada que no le quedaban fuerzas ni para gritar. La gente se arremolinó alrededor de ambos y Pablo arreó al caballo, pero en vez de ir a su casa con la mayor celeridad, lo hizo a paso lento, para que todo Charleston pudiera contemplar horrorizado la escena. Si hubiera sabido quién era Lady Godiva, Mariana se hubiese sentido como ella, a pesar de no ir desnuda sobre aquel caballo. Nunca, aunque pasaran mil años, se olvidaría en la ciudad un escándalo como aquel.
–Arrea al maldito caballo –masculló ella entre dientes con los últimos restos de orgullo y furia. Pablo se apretó más contra su espalda y la aprisionó con sus musculosas piernas.
–Ni lo sueñes. Todo Charleston te verá. ¿No era eso lo que querías, humillarme? Pues la humillación será pública y compartida, no sólo yo la sufriré –respondió él con una voz ronca y cruel que Mariana no le conocía. Al otro lado de la acera, Génesis vio la escena y corrió hacia su ama, pero esta la detuvo con un movimiento de la mano, pues temía que Pablo, furioso como estaba, pudiera hacerle daño.
Se pasearon a caballo por las calles más céntricas de Charleston. A Mariana le pareció que tardaban siglos en llegar a casa, pero cuando llegaron el castigo no terminó. Él la bajó del animal tomándola por el talle y se la echó nuevamente sobre los hombros. Entró en casa y, afortunadamente, no se tropezaron con nadie, ni una solo criado, ni tampoco los miembros de la familia. Subió con ella hasta su cuarto y la soltó sobre la cama como quien suelta un enorme saco de arroz.
–Acabas de avergonzarme creyendo que había hecho algo que no hice. No he estado con ninguna maldita mujer desde el incidente que tuvimos con el carruaje. Debí dejarte allí tirada en vez de socorrerte. No he estado con ninguna mujer y estoy harto. Vas a ser tú, mi querida esposa, quien calme mis ardores –Mariana estaba aterrorizada. No conocía a ese Pablo iracundo y con gesto malvado que tenía enfrente–. Y no fingiré que no me doy cuenta de que me deseas. Me deseas, sé que me deseas, maldita sea, y por una vez en tu vida vas a comportarte como una mujer y no como una niña.

Jajajjajajajaja,los ardores .
ResponderEliminarPablo es muy rencoroso ,pretende k Mariana no piense mal d el ,encontrándolo ,donde lo encontró.
NOOOOOO ESTOS DOS SI QUE HAN ENCONTRADO EN EL OTRO A SU IGUAAAAL!!! Son unos guachos y hacen la pareja perfecta jajajaja... Me encantaaaann!!!
ResponderEliminarYa quiero ver como sigue esto y me parece que los dos deberían dejar de comportarse como unos niños PORQUE SON AMBOS!!!
Espero q estés bien y nos leemos prontito!!! Besos!!! :D