martes, 25 de febrero de 2014

Capítulo 25 y 26: "Pasión en el siglo XIX"


CAPÍTULO 25
Pablo se colocó de rodillas en la cama entre las piernas de Mariana y le levantó el vestido. Ella comenzó a revolverse para tratar de escapar del contacto de su marido.
–¡No seas ridículo! ¿No te das cuenta de que no podrás quitarme el corsé si yo no quiero que lo hagas? ¿Crees que voy a mantenerme quietecita mientras cometes tus fechorías conmigo? –dijo ella con una risa burlona mientras luchaba contra él, aumentando la ira y la frustración de su marido.
–No necesito quitarte el corsé, niña boba –bramó él–. Sólo me molestan tus malditos calzones –le dijo, mientras con sus dedos desataba la cinta de los calzones y los deslizaba piernas abajo hasta quitárselos. Ella estaba tan sorprendida que dejó de pelear por unos segundos y él aprovechó esa ventaja. La miró. Las medias le llegaban hasta la mitad del muslo y el corsé tapaba su ombligo. Entre ambos, entre los muslos y el ombligo, absolutamente expuesta y desnuda ante los ojos de Pablo, aparecía la blancura de la piel de su vientre y su pubis. Ella se sentía consternada, humillada. Pablo apoyó su mano entre los muslos de la joven y comenzó a acariciarla con delicadeza. Mariana cerró las piernas como acto reflejo, pero él no dejó de acariciarla y aumentó la presión. En cuanto la había tocado, la furia de Pablo había desaparecido y en su lugar se instaló un deseo salvaje, animal. La deseaba tanto, llevaba deseándola tanto tiempo, la sintió tierna y húmeda y perdió el control. No, maldita sea, esta vez no fingiría que la creía indiferente. Puede que ella no lo amara, puede que lo despreciase, pero lo deseaba y él la deseaba, y nada en el mundo impediría que fuese suya. Siguió acariciándola entre las piernas y notó cómo ella se relajaba, cómo se abría para él. La joven mantenían los ojos cerrados y la cara enterrada en la almohada, excitada y también avergonzada por los deseos que él le despertaba, por el modo en que su cuerpo se entregaba a Pablo a pesar de todo.
–Mírame, Mariana –le dijo él sin dejar de acariciarla íntimamente, inclinándose sobre ella y mordisqueándole el lóbulo de la oreja. Ella volvió el rostro y lo miró, con los ojos húmedos, como si fuese a llorar. Pablo se detuvo un instante, pero entonces ella gimió y él supo que no podía soportarlo por más tiempo, debía poseerla. Maldijo al darse cuenta de que aún seguía vestido. Se desabrochó el pantalón torpemente y no llegó ni siquiera a quitárselo. En algún rincón de su mente se dijo que no estaba bien, que debía ir más despacio, desnudarla y desnudarse, pero ya era tarde, estaba ardiendo y Mariana gemía contra él, estaba húmeda y entregada. La miró a los ojos y entonces entró en ella con suavidad, muy despacio, apretando los dientes para poder controlarse. La joven arqueó la espalda contra él y gimió su nombre. Lo miraba con las pupilas muy dilatadas. Pablo comenzó a moverse dejándose arrastrar por aquella locura, aquel deseo salvaje de poseerla. El placer que experimentaba con ella no lo había sentido antes, quizás porque nunca antes había experimentado tampoco los celos, ni la frustración, ni el dolor del rechazo.
Mariana no podía pensar en nada, sólo sentir, aunque en el fondo sabía que estaba mal entregarse a él, que no la amaba, que deseaba a Rocio, que a ella la despreciaba. El placer se unió a la mortificación y cada gemido era una mezcla de ambos: no debía desearlo y lo deseaba, no debía sentir placer con él y se comportaba como una mujerzuela entre sus brazos, entregada. Experimentó algo primitivo creciendo en su interior, algo que la volvía más voluptuosa y sensual, algo que estalló en mil pedazos haciéndola sentir que se cuerpo y el de Pablo eran uno solo. Cuando volvió a la realidad, él descansaba sobre su pecho y ella lo abrazaba. Pablo se incorporó sobre un codo y sólo entonces ella comprendió la magnitud de lo que había hecho. Se quedó sin palabras.
Pablo no sabía qué decir, ni qué hacer. Los sentimientos que lo invadían le atenazaban la garganta. ¿Qué diablos era aquello? ¿Amor? ¿Acaso había sido tan imbécil como para enamorarse sin darse cuenta de una joven que lo despreciaba, que nunca podría amarlo?

CAPITULO 26
 No fue capaz de decir ni una palabra. Estaba aún sobre Mariana . Se echó a un lado y fue consciente de la escena: él todavía vestido, con los pantalones bajados a medias. Ella con el vestido enrollado en la cintura. La joven se lo bajó de inmediato al darse cuenta de que él la miraba. Sus ojos estaban húmedos, llenos de lágrimas. Se ovilló, dio la espalda a Pablo y le pidió que la dejara sola.
–Vete, por favor –le suplicó ella con voz temblorosa. Allí estaba el maldito arrepentimiento, pensó él. Lo deseaba y se odiaba por ello. Se había entregado a él en un momento de debilidad y ahora solo quería olvidarlo y que él se alejara, mientras PAblo aún se consumía de deseo… Aún la deseaba y, lo que más lo asustó: creía que la quería. Quería a una mujer que no lo soportaba.
Mariana , en ese instante, solo quería morirse. “A Rocio no le hubiera hecho el amor así. Con Rocio hubiese sido gentil y se hubiese tomado su tiempo, no la hubiera tumbado sobre la cama como a una mujerzuela y la hubiese tomado con prisas y sin una pizca de ternura”, se dijo a sí misma. Y ella lo deseaba… Lo deseaba y lo quería… Por fin lo reconocía íntimamente. Quería a un hombre que estaba enamorado de otra y que sólo sentía por ella desprecio.
–Siento haber sido brusco. Yo… –comenzó a decir él, pero Mariana no le permitió continuar.
–Por favor, déjame sola –volvió a suplicarle entre lágrimas. El apretó los puños, se abrochó el pantalón y salió del cuarto. Se dirigió al despacho de la planta baja, abrió una botella de licor y comenzó a beber.
Mariana se asomó a la puerta de su cuarto y le pidió a uno de los criados, que en ese momento estaba cerca, que avisara a Génesis. Cuando la negrita llegó, le dijo: “Prepara discretamente un carruaje. No hagas las maletas, habrá tiempo de eso. Regresamos a Las Magnolias. Por el camino te lo explico todo”.
El carruaje se detuvo frente a la entrada principal de Las Magnolias. Victorio Du Maurier se disponía a montar en su caballo Trueno para visitar los cultivos cuando vio descender a su hermana.
–¿No habías quedado con mamá en el salón de té de madame Blanche? –preguntó él, extrañado. La joven corrió a refugiarse en los brazos de su hermano y hundió el rostro contra su pecho–. ¿Estás llorando, Mariana ? ¿Le ha ocurrido algo a mamá? –ella negó con la cabeza–. ¿Qué ocurre entonces?
–¡No regresaré a casa de Pablo! ¡No lo haré, aunque me azotén, no lo haré! –Victorio la estrechó entre sus brazos. Conocía bien a su hermana pequeña, era voluntariosa, coqueta, caprichosa, pero no era llorona… Algo tenía que haber ocurrido para encontrarse en ese estado.
–Entremos en casa –le dijo, y le dio un beso en al frente–. Las cosas suelen ser menos graves de lo que nos parece en un principio.
Media hora más tarde, Mariana contaba a su hermano y también a su padre lo que había ocurrido aquella misma mañana en el burdel de Sol Delclos.
–¿Entraste a buscar a tu marido al burdel? –se escandalizó su padre–. No te quejes entonces de lo que él hizo. Fue blando, ¡yo no te hubiese llevado a caballo sin miriñaque y a horcajadas, te hubiese dado una buena tunda para que aprendieras a comportarte como una dama y no como una mujerzuela!
–Padre, por favor… –trató de mediar Victorio.
–Oh, claro, padre –gritó Mariana–, a veces se me olvida que como mujer que soy mi único cometido es soportar. No vivir, no exigir, sólo soportar lo que a mi marido se le antoje que deba soportar. ¡Yo no soy así, no lo soy! –Mariana estaba completamente fuera de sí–. Y si me obligas a volver con él haré tantas locuras que querrás morirte de la vergüenza… Arrastraré nuestro apellido por el lodo y… –las palabras de Mariana quedaron interrumpidas por la sonora bofetada que le dio su padre. Ella se llevó la mano a la zona dolorida de la mejilla, lo miró perpleja y corrió escaleras arriba, hacia su cuarto.
Cuando Gimena Du Maurier llegó, poco después, y su marido la puso en antecedentes, ella sacó todo el carácter que había mantenido a raya durante los largos años de matrimonio y defendió a su hija como una leona. “Si Mariana dice que no regresará con él, no regresará hasta que ella lo desee. Pobre de ti si tratas de obligarla, porque haré las maletas y Mariana y yo nos iremos a Atlanta con mi hermana. Lo que le pasa a nuestra hija es algo muy serio. Nunca la había visto así y estaremos a su lado pase lo que pase, ¿entendido?”. Más por amor a su esposa que por temor a que cumpliera sus amenazas, el señor Du Maurier asintió ante las palabras de Gimena.

2 comentarios:

  1. AHORA SIIII q se armo una grande... y todo por que son los dos unos TERCOS ORGULLOSOS... quiero ver como va a reaccionar Pablo con esto!!!
    Nos leemos prontito!!! Besotes y espero q estes mas que bien!!! :D

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  2. Pablo se pasó.
    Cabezotas ,k no quieren ver lo k sienten .
    Lali está super dolida ,pero al menos ella ya reconoce k lo ama,y lo desea.

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