jueves, 27 de febrero de 2014
Capítulo 27 y 28: "Pasión en el siglo XIX"
Holaa como andan??les dejo nuevos capis Se vienen momentos dificiles para nuestros amados protagonistas, besos
CAPITULO 27
Mariana no había querido salir de su cuarto y su madre trató de hablar con ella. “Tienes que decirme lo que ha ocurrido, Mariana , sin miedo ni vergüenza. Si él te ha hecho algo…”.
–No, él no me ha hecho nada, mamá… Solamente me odia, pero eso es algo que ya sabía antes de casarme. Él me odia y yo… –la joven se calló de pronto.
–Él te odia y tú lo quieres, es eso le que ibas a decir, ¿verdad? –su madre la miraba con ternura. La joven asintió y se cubrió el rostro con las manos.
–¿Cómo he podido ser tan idiota? ¡Enamorarme de un hombre que no me soporta cuando tenía a tantos a mis pies!
–Querida, creo que exageras cuando dices que él no te soporta o que te odia. Puede que no esté enamorado de ti, pero no creo que te odie –trató de convencerla su madre.
–Nos hemos dicho cosas horribles y a él no le duelen. A mí, en cambio, me desgarran. Tengo que alejarme de él, mamá. No me obligués a volver a la casa de los Robilard –suplicó Mariana.
–¿Por qué no te vas a Savannah a pasar unas semanas con tía Solange? –su madre trataba de animarla, pero lo que hizo fue darle una idea.
–¡Oh, mamá, podría hacer algo mejor que eso! Dime que sí por favor… Dime que podré ir a visitar a tía Amarille. Si me dices que no, me moriré de la pena, mamá… –a Gimena no le gustaba la idea de que Mariana viajara tan lejos, pero si ese era el único modo de verla de nuevo feliz, tendría que convencer a su marido.
–Es un viaje demasiado largo, querida. ¿Estás segura de que necesitas ir tan lejos para superar la situación con tu marido? –quiso saber Gimena.
–Sí, mamá, es el único modo. Déjame ir, por favor, por favor… –Mariana estaba dispuesta a hacer lo que fuera para conseguirlo.
Victorio había ido a visitar a Pablo a su casa y éste creyó que iba a reclamarle por lo ocurrido con su hermana aquella mañana en el burdel.
–Me envía mi padre para decirte que Mariana está en Las Magnolias y no quiere regresar aquí –Pablo abrió muchos los ojos. Pensaba que su esposa seguía en su cuarto y él estaba dándole tiempo hasta la noche, cuando pretendía disculparse con ella.
–¿Qué dices? –le preguntó a Vico. Este le puso al corriente de la situación a grandes rasgos
– …Y dice que no quiere regresar aún aquí, que necesita tiempo para pensar. Ha decidido pasar una temporada con tía Amarille –explicó Victorio.
–¿Amarille regresó a Savannah? –preguntó Pablo. En su época, Amarille Du Maurier había sido como Mariana , una beldad, una mujer que tenía decenas de pretendientes. Hacía años que había abandonado Savannah para vivir en Europa, pero aún se hablaba de ella en el sur, pues su belleza había sido tan famosa como la de su sobrina.
–No, no regresó a Savannah, sigue viviendo en París –Pablo tardó unos instantes en comprender lo que eso implicaba… ¿Mariana huía a París para no verlo?
–Dios, ¿tanto me odia tu hermana que necesita poner un océano por el medio para separarse de mí? –su voz sonaba desesperada y Victorio sintió lástima.
–Déjala que vaya, pasará allí tres o cuatro meses y cuando regrese lo habrá olvidado todo. Conozco a mi hermana, en cuanto esté en París echará tanto de menos Charleston que no tardará demasiado en regresar. Eso también le servirá para echarte de menos a ti –Pablo rió burlonamente.
–A tu hermana no le importa si vivo o muero, Vico, pero está bien: que vaya. ¿Puedo, al menos, hablar antes con ella? –el joven Du Maurier apretó los labios. Sentía tener que decirle aquello.
–No quiere verte. Lo siento –Pablo se pasó la mano por el pelo, su gesto era derrotado y triste.
–Dios mío, creo que no hay un marido más odiado que yo en toda Carolina del Sur.
CAPÍTULO 28
Mariana estuvo cuatro días en Las Magnolias antes de emprender el viaje, preparando los baúles. Temía que Pablo se presentara por sorpresa, no estaba preparada para verlo, no se sentía con fuerzas. Él, sin embargo, no dio señales de vida y la joven creyó que era una prueba más de su indiferencia. Escribió dos cartas de despedida: una para Soledad y otra para el pequeño Tobey, que quedaba al cuidado de Pablo hasta su regreso.
Génesis y ella tomaron el tren a Savannah un martes al mediodía. Allí las esperaba tía Solange, que había recibido un telegrama días antes pidiendo que las acompañara a París. Tía Solange nunca se pensaba dos veces realizar un viaje. “Puedo preparar veinte baúles en cinco horas y salir de inmediato hacia la otra punta del mundo”, solía decir, y Mariana comprobó que era cierto. Durmieron aquella noche en Savannah y al día siguiente tomaron el buque que las llevaría a Irlanda. La travesía duró casi dos semanas y la melancolía de Mariana se vio en parte mitigada por la alegre algarabía de aquellos irlandeses bulliciosos que regresaban a la tierra de sus padres. Eran amables y les hicieron el viaje muy agradable. Lucían cada noche sus mejores galas y sus mejores joyas y las cenas terminaban con los bailes más alegres que Mariana había visto jamás. “Esta es tu gente”, le había dicho a Génesis, ya que al ser hija del hacendado O’Malley y de la esclava Tirsia, era medio irlandesa y medio africana. Desde luego, sus increíbles ojos verdes eran irlandeses.
Permanecieron unos días en Irlanda antes de tomar otro barco a Inglaterra y, una vez allí, otro a Francia. Llegaron a París en tren. Había pasado mes y medio. Mariana se enamoró del paisaje irlandés y de sus gentes, de la bulliciosa Londres, pero si algo la dejó impactada, fue París. Solía decir que no había nada como Las Magnolias (y seguía creyéndolo en parte, pues no amamos los lugares por lo hermosos que sean, sino por los recuerdos que nos vinculan a ellos), pero París no se parecía a nada que ella hubiera visto antes. Su familia procedía de allí, concretamente de la zona de Saint Germain. Imaginar a sus antepasados emprendiendo un viaje tan largo sin una moneda en el bolsillo, pasando las mayores calamidades, para llegar al Nuevo Mundo y construir de la nada una fortuna hizo que sintiese un inmenso respeto por su estirpe, los Du Maurier, los Roix, los Delafont y tantos otros apellidos que corrían por sus venas. No tenía ni una gota de sangre no francesa en sus venas.
La tía Amarille las recibió verdaderamente emocionada. Cuando aún vivía en Savannah y Mariana pasaba temporadas con ella, de niña, planeaban vivir en París, pero entonces Amarille estaba casada con el capitán Leclerc, uno de esos hombres que consideraba que nada fuera de Savannah merecía la pena ser visto. Cuando enviudó y se dio cuenta de que heredaba una fortuna, se trasladó a Europa de inmediato. Llevaba viviendo en París desde entonces y cuando escribía a su sobrina, le pedía que fuese a visitarla. Bien, allí estaba por fin.
Tía Solange y Tía Amarille se llevaron maravillosamente bien desde el principio. Ambas habían vivido años en Savannah y se habían encontrado en multitud de ocasiones en bailes y fiestas, pero no habían llegado a intimar. Solange Roix Dubois y Amarille Du Maurier Leclerc descubrieron que eran más parecidas de lo que pensaban: tenían gustos similares, ambas era jóvenes, hermosas y habían enviudado sin hijos. Solange comprobó que Amarille había hecho un mejor uso de su libertad que ella y decidió aprender la lección.
Con ellas, Mariana terminó contando todo lo que, por miedo y respeto, no le había contado a su madre. Sus tías eran alegres y desenfadadas, hablaban de sus pretendientes y de besos robados en bailes, y finalmente Mariana se sinceró con ellas. Así supieron que no eran las peleas lo que le había empujado al otro extremo del mundo, sino un amor imposible y sin esperanzas por un hombre que la despreciaba y que, para colmo, era su marido. “El vino a mi cama para castigarme y yo lo recibí con los brazos abiertos”, les contó un día que las cuatro (Génesis incluida) habían tomado más licor de la cuenta.
La estancia en París fue curativa. Comprobó que los hombres reaccionaban ante ella de un modo similar a como lo hacían en su tierra, de modo que sus dudas sobre las palabras de Pablo acerca de su atractivo se disiparon. De todos modos, el dolor seguía ahí: él no la deseaba. Pablo deseaba a Rocio Deveril. Pero era su marido y, por desgracia, seguiría siéndolo toda su vida. Había divorcio, pero ninguna buena familia de Charleston se planteaba nada tan escandaloso como eso. Cuando regresara, se dijo, él no tendría ni un solo motivo para burlarse de ella. Al principio, este pensamiento era algo abstracto, pero finalmente se concretó: tía Amarille le propuso que tomara clases, si de verdad se sentía tan avergonzada por su ignorancia. Fue así como Mariana comenzó a estudiar a los diecisiete años todo lo que no había estudiado de niña. Aprendió francés, historia, arte, literatura, comenzó a leer todos los días y a comprar novelas en una librería del Boulevard Donstain y lo que iba a ser una estancia de tres o cuatro meses se convirtió en dos años de ausencia.
Al principio esperaba noticias de Pablo. Creía que sus padres, su hermano o su cuñada Soledad le hablarían sobre él, pero tal vez porque creían que la molestarían, nadie lo nombró siquiera, excepto el pequeño Tobey, pero las suyas era noticias que aportaban poco: “El señor Pablo me obliga a estudiar mucho, ojalá vuelvas pronto” (escrito de su puño y letra con una caligrafía clara y elegante que sorprendió a Mariana) o “el señor Pablo y yo hemos estado montando a caballo”, nada que indicase lo que su marido sentía o pensaba. Poco a poco él fue convirtiéndose en un nombre que dolía cada vez menos y si bien al principio había comenzado a estudiar por su culpa, para evitar que se burlase de ella, pronto lo hizo por sí misma. Mariana se alegró de algunas de las noticias que recibía de Charleston: las cosechas de Las Magnolias estaban siendo estupendas, Matias Robilard había ganado las elecciones a la alcaldía de Charleston a pesar de que, por ser soltero, no lo consideraban el candidato favorito. Charleston era una vieja ciudad que se había fundado sobre valores como el de la familia y un hombre soltero a cierta edad despertaba cierto recelo y disgusto. Le había alegrado saber, sobre todo, que su cuñada Soledad había logrado volver a caminar y que por una de esas jugadas extrañas del destino, Victorio Du Maurier y ella se habían enamorado y estaban comprometidos. Recibió noticias de Pablo cuando ya no lo esperaba, aunque seguía pensando en él cada día, pero con una resignación mayor ante el hecho de que nunca iba a quererla, quizás porque se quería a sí misma lo suficiente como para que su autoestima ya no dependiera del amor de él o de su aprobación.
El señor Hartford, el abogado de Pablo, le envió un documento donde le explicaba que su marido solicitaba el divorcio y que era necesaria su presencia en Charleston para firmar los documentos. El impacto inicial la dejó postrada en la cama durante varios días. Sus tías trataron de animarla y de aconsejarla. “Vuelve a Charleston y haz que se enamore locamente de ti”, decía Solange, siempre tan romántica. “Acepta con dignidad el divorcio, piensa que vuelves a estar disponible y que muchos de tus antiguos pretendientes siguen solteros”, comentó Amarille, mucho más realista. “Además”, dijo su tía, podrás permitirte el lujo de no aceptar ni un centavo de Pablo”. Mariana la miró extrañada. ¿Pretendía que regresara a casa de sus padres con las manos vacías? Al menos debía recuperar la dote. “Que se la quede, dile que es por las molestias que le haya causado un matrimonio por obligación para reparar tu honor. Vas a ser mi heredera y no voy a esperar a morirme para darte parte de esa herencia”.
El viaje de regreso duró casi dos meses y fue triste no sólo por el divorcio, sino también por separarse de tía Amarille. El divorcio, bien pensado, no era de extrañar, ellos habían sido una pareja rodeada por el escándalo y así terminarían, con un escandaloso divorcio, pues ninguna otra buena familia de Charleston tenía tal mancha. Aún recordaba las habladurías que suscitó en la ciudad el hecho de que ella entrase a buscar a Pablo al burdel y que él la paseara montando a horcajadas y sin el miriñaque por toda la ciudad. Ahora, con la perspectiva que le daba el tiempo, se preguntaba qué diablo se les había metido a ambos en el cuerpo para comportarse de un modo tan indecoroso.
Una vez que tía Solange hubo quedado en Savannah y que Mariana tomaba el tren que la llevaría a casa, comenzó a pensar qué le deparaba esa nueva etapa en su vida. El vagón de primera clase se detuvo en la estación de Charleston y cuando divisó los rostros sonrientes de sus padres y de Victorio, supo que tenía fuerza para soportarlo todo y salir airosa. No, nadie lograría hundirla, ni Pablo con su divorcio, ni aquel amor enfermizo por él que no había logrado arrancarse del corazón tras dos años en París.
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OHHHHH POR DIOOOOOS!!!! DOS AÑOOOOOOOOOOOOOOS PASARON.. mucho mucho tiempo sin verse y sin saber de Pablo.. y q lindo q Sole este comprometida con Vico..!!! YA QUIERO SABER COMO SIGUE ESTA HISTORIAAAA!!
ResponderEliminarEspero q subas pronto... Besos q estes bien!!!
Hola percha como estas?
ResponderEliminarConcuerdo 2 años es una exageración de tiempo sin saber nada de el, la verdad pense que iba a estar furiosa con pablo y la realidad es que no, no me gusto la actitud de ella de huir es demasiado orgullosa no me conmueve cuando dice que lo quiere y lo unico que falta es qie se sienta ofendida con el divorcio o se sienta ofendida y se ponga celosa de rocio cuando ella lo abandono, asi que si espero que rocio le haga sombra y se de cuenta que no es el ombligo del mundo que no todos los hombres estan a sus pies y que sepa que lo puede perder!
Ni entiendo la actitud que tomo de irse sin hablar con el y para colmo queria noticias de pablo! Un gran jum para ella! Bueno percha espero leerte pronto! ;)
Lo mismo k Jess,
ResponderEliminarEncima se pasó d tiempo ,k esperaba???