CAPITULO 9
–Dímelo todo, Génesis, palabra por palabra. No quiero que me ocultes nada –le pidió Mariana a su criada. Ambas se encontraban en la habitación de la joven, una estancia decorada en tonos claros y con muebles de caoba. La cama tenía un enorme dosel y los cojines llevaban bordadas con hilos de color rojo las iniciales de Mariana .
–¿Está segura, señorita Mariana? Algunas cosas son un poco duras –le reconoció Génesis. Mariana enderezó la espalda, como un gato que recibe un sobresalto. Estaba sentada en la cama y su criada de pie, a su lado.
–Aunque sea duro, quiero saberlo…
–Está bien –Génesis se tomó unos segundos antes de continuar. Se había escondido, por orden de su ama, entre los cortinones de la sala principal de la plantación de los Du Maurier y permaneció allí por espacio de media hora, hasta que el señor Du Maurier y su hijo Victorio se encerraron para conversar sobre los detalles del próximo enlace de Mariana –. El señorito Victorio le dijo al amo que el señor Robilard no quería casarse con usted de ninguna de las maneras y que fue muy difícil convencerle pues…, pues él aseguraba que usted no le gustaba nada de nada y que tampoco le había hecho nada indecente dentro del carruaje, así que no entendía por qué debían casarse. El señorito Victorio le dijo también al amo que había tenido que retar a duelo al señor Robilard y que este, sabiendo que era superior a Victorio, había optado por casarse con usted ya que la otra opción era matar a su hermano, que es su mejor amigo.
–¿Y mi padre qué dijo? –preguntó Mariana con un hilo de voz. Su orgullo, hasta su dignidad, habían sido pisoteadas por aquel maldito hombre, Pablo Robilard. ¡Si ella fuese más valiente y no tuviese sobre sus hombros el honor de toda la familia, se negaría a casarse con él, le escupiría a la cara que prefería permanecer soltera y deshonrada que plantearse siquiera una boda con semejante hombre miserable y poco caballero! ¿Cómo se atrevía a humillarla así, a ella, que tenía a sus pies a todos los caballeros del condado?– ¿Papá no dijo nada en contra del señor Robilard?
–No, señorita, él sólo suspiró aliviado cuando supo que el señor Robilard al fin había accedido a casarse con usted –le explicó Génesis.
De modo que a nadie le importaba el orgullo herido de ella, su dignidad pisoteada. Aquel maldito hombre se había atrevido a insultarla de la peor manera imaginable y nadie había reparado en eso, sólo en el hecho de que tenían que casarse. Todo Charleston estaría riéndose de ella, pues sabrían que Pablo Robilard no quería casarse. ¡Su hermano era el culpable de todo! ¡Si él no la hubiese dejado sola por ir a visitar a una de sus mujerzuelas, nada de aquello habría ocurrido! ¡Era su hermano quien debía solucionarlo todo, retar a un duelo a Pablo Robilard y matarlo, sí, matarlo, meterle una bala entre ceja y ceja!… Mariana hundió la cabeza entre los almohadones de su cama y comenzó a sollozar.
–No se preocupe, señorita Mariana. Ahora no la quiere, pero podrá hacer que la quiera y… –Génesis trataba de animarla.
–¡Yo no quiero que me quiera! ¡Yo sólo quiero que se muera! –de pronto se dio cuenta de que si se moría sin casarse con ella, la deshonra la perseguiría toda la vida–. ¡Yo sólo quiero que se case conmigo y que acto seguido se muera, allí mismo, en la iglesia! –a Génesis la actitud de Mariana le estaba pareciendo cómica. Iba a casarse con un hombre muy atractivo, no creía que fuese tan difícil para ella hacer del matrimonio algo placentero para ambos.
Sol Delclos era la dueña del burdel más elegante de Charleston. Sólo los caballeros más destacados podían acceder a él. Sol había elegido un nombre español y un apellido francés para dar un aire más exótico a su personalidad. En realidad se llamaba Nelly Wilson y era de Wichita, pero la leyenda decía que era hija de un francés y una española y que había nacido en París. Era una mujer llamativa, más atractiva que hermosa y con el cabello teñido de rojo. Conocía a Pablo Robilard desde hacía bastantes años, antes incluso de que él hubiera pasado aquella larga temporada en el norte, entre los yanquis. Al principio fueron amantes. Mejor dicho: había entre ellos una relación comercial. Pablo pagaba por los servicios de Sol, pero ella cometió el error de encapricharse de él y jugó mal sus cartas. Le dijo que, como madame, ya no iba a seguir acostándose con clientes. Creyó que él insistiría y su relación daría un paso más allá, pero Pablo se mostró comprensivo y comenzó a pagar por los servicios de cualquiera de las otras muchachas. Sol se arrepentía, pues Pablo era un magnífico amante, pero ya era tarde para volverse atrás. Sufrió un poco al principio, pero acabó por conformarse con aquella relación amistosa que tenían y nunca perdió la esperanza de que él volviera a intentar acostarse con ella.
El burdel se llamaba “París Dorado” y los hombres iban principalmente para acostarse con las muchachas, pero no sólo para eso: jugaban a las cartas y al billar, bebían, hablaban, incluso se cerraban negocios. Pablo Robilard bebía un whisky en uno de los salones acompañado . La decoración era un tanto exagerada: terciopelos de color rojo por todas partes y lámparas doradas.
–No pongas esa cara tan larga, te casas con la mujer más codiciada de la ciudad –dijo Sol, estudiando las reacciones de Pablo, pues temía que él acabara por encapricharse de Mariana y no volviera a pisar el burdel.
–Es una lástima que no se case con ella uno de esos pretendientes que tanto la codician –refunfuñó él.
–Oh, no conseguirás que sienta lástima por ti. Te casas con una muchacha hermosa que además es hija de uno de los hombres más ricos de Carolina del Sur. Cualquiera de los caballeros que hay aquí ahora mismo se cambiaría por ti sin dudarlo –le dijo Sol y echó un vistazo a lo que se veía a través de la puerta entreabierta: las muchachas yendo y viniendo y los clientes persiguiéndolas.
–Importa poco quién es ella o cómo es. Lo que importa es que me veo obligado a casarme y nunca he querido casarme. Menos aún con Mariana Du Maurier –Pablo encendió un puro y su rostro reflejaba un cierto aire entre el enfado y la despreocupación.
–Tú no eres de los que hacen las cosas por obligación, querido –la sonrisa de ella mostraba unos dientes blanquísimos.
–No sigas por ese camino, Sol. Acabo de irme de mi casa porque mi hermana trataba de hacerme creer que a mí me interesa la señorita Du Maurier y nada más lejos de la realidad –en el semblante de él ya se reflejaba cierto fastidio.
–Conviene que sepas que a lo largo de estos días son muchos los caballeros que se han pasado por aquí lloriqueando por la que va a ser tu esposa. Jamás he visto a una joven con tantos y tan devotos pretendientes. Pobrecilla –Sol lo decía de corazón–, con tantos hombres adorándola y tiene la mala suerte de casarse con uno que la ignora completamente.
–A ella no creo que le importe lo más mínimo, Sol. Vive en un mundo distinto al nuestro. Mientras pueda ir a fiestas y estrenar vestidos, dudo que se dé cuenta de que yo la ignoro –explicó Pablo con el convencimiento absoluto de que Mariana era una idiota incapaz de darse cuenta de nada.
–¿Es eso lo que realmente piensas de la que va a ser tu esposa? No acabo de creérmelo, Pablo. Si ella fuera tan estúpida como dices, nada en este mundo te obligaría a casarte con ella, ni siquiera el hecho de que sea la hermana de tu mejor amigo –Sol estaba insistente aquella tarde y Pablo, demasiado fastidiado tras la conversación con su hermana como para aguantarla. Se levantó, hizo una inclinación de cabeza tratando de ser humorístico y se marchó del burdel. Estaba harto de que todo el mundo quisiera obligarlo a pensar diferente de Mariana, como si él fuese un pobre bobo que no supiera qué sentir o qué pensar con respecto a la muchacha. Tal vez fuese el sueño dorado de todos aquellos pretendientes imberbes, pero desde luego no era el suyo. Se alejaba muchísimo del tipo de mujer que a él le resultaría tentador y atractivo. Se alejaba tanto, que Pablo creía imposible que nunca pudiese despertar en él un solo sentimiento positivo.

Jajajaja,todos parecen estar confabulados en contra d Pablo.
ResponderEliminarMe sigo reafirmando ,k Lali le de una muy buena lección.